sábado, 6 de febrero de 2021

Yo, decido no Votar

 

A lo largo de la última década he escrito catorce artículos filosóficos sobre Democracia stricto sensu, que forman parte de cerca del centenar de registros reflexivos que compilan mi obra de Filosofía Política, una de las diversas temáticas filosóficas desarrolladas en el glosario de términos de mi obra abierta del Vademécum del Ser Humano. Y es que la Democracia, como estado de organización social, y con ella la Política, como ciencia que estudia el gobierno y las organizaciones humanas, han representado y representan tanto una pasión vital como una inquietud existencial de manera transversal a lo largo de mi efímera vida. Pues, como bien apuntó Aristóteles, el hombre es un animal político, por ser un ser social por naturaleza. Es decir, que en el mundo de los hombres ni los garbanzos son apolíticos. Y aun así, en las inminentes elecciones de mi comunidad regional declaro que no voy a votar.

No votar, en contra de lo que se puede creer, es una decisión y una postura tan política como lo es ir a votar. Y asimismo, no votar no es un acto que atenta -ni mucho menos como algunos intentan hacernos creer-, contra la propia Democracia. Pues dos de los valores superiores de la Democracia son justamente el Pluralismo Político, en el que entra la lógica de la disidencia con los propios partidos políticos establecidos, y la Libertad, en la que tiene cabida la libre elección y pensamiento de los individuos en consonancia con su propia consciencia.

No votar es una manifestación conductual de insumisión civil, justamente, por consciencia política. Una patente declaración de principios crítica –derivada del pensamiento reflexivo crítico- por la divergencia existente entre el modelo real de democracia imperante en una sociedad y los principios fundamentales de la Democracia que debe regir a dicha sociedad. O dicho en otras palabras, Yo decido no votar porque los partidos políticos contemporáneos ni siguen los principios democráticos (Igualdad, Limitación y Control del Poder), ni velan por el cumplimiento de sus valores superiores rectores como son la libertad, la justicia, la igualdad y el pluralismo político de todos los ciudadanos.

Aún más, los actuales partidos políticos, y con ellos sus representantes a título individual, se han convertido en una clase social privilegiada (mantenida con los erarios públicos sufragados por el conjunto de los ciudadanos) separada y aislada del resto de clases sociales que conforma el pueblo, y que vive de espaldas al propio pueblo. Tanto es así que el ciudadano de a pié, en el que en teoría reside la soberanía nacional del Estado (título preliminar de la Constitución), ya no percibe cubiertas sus necesidades esenciales al calor del abrigo de una bandera particular, pues en realidad se siente solo e impotentemente indefenso -frente a la larga sucesión de graves problemas socio-económicos que acucian los difíciles por convulsos y cargados de incertidumbre tiempos presentes-, por una flagrante ausencia de socorro de los llamados políticos. Unos políticos que, en su descarada omisión de responsabilidad de funciones en plena época de penuria social, se han revelado públicamente en vividores de la Administración Pública bajo la máxima descarada del donde dije digo, digo Diego, al más puro estilo maquiavélico del arte de mentir como medio para alcanzar sus propios fines: la sostenibilidad de su conveniente bienestar.

Es por ello que votar ha dejado de ser un acto festivo popular de celebración de la Democracia, para convertirse en un acto de complicidad con el mantenimiento de una clase social parásita por vividora como son los políticos, mientras el resto del pueblo malvive en su desesperanza. Un acto, el de votar, que a todas luces por todo lo expuesto, resulta de naturaleza contra consciencia política. Pues el votar, en este contexto, no es bueno ni para la Política, ni para la Democracia, tan solo es bueno para los propios políticos a título individual.

La alternativa no es otra que una mayor rigurosidad de la ciudadanía en la elección de sus representantes, así como un mayor control social de los mismos sobre su capacidad efectiva de resolver los problemas reales de los ciudadanos. Un juego viciado en tanto que la capacidad legislativa de posibles cambios sociales en materia de Democracia directa recae en la misma clase política que no desea salir de su acomodada e impune zona de confort, como en una sociedad con encefalograma político plano por causa del síndrome de la rana hervida (analogía frente a la falta de percepción de un daño irremediable causado de manera tan lenta como progresiva). Es decir, la alternativa al estado de situación actual es, tristemente, propia de un problema reducido al absurdo por inviable.  

Todo y así, confieso que aun no solo creo en la Política sino asimismo en la Democracia, aunque ambas requieren de acciones correctoras de raíz a la par. No obstante, la tendencia rodillo de un Mercado omnipotente homogeneizador y excluyente que ejerce de Estado dentro del Estado, así como la transmutación negativa de los valores sociales humanistas que el mismo implementa para su propia supervivencia, no proyectan un futuro muy alentador. La era de que el hombre es un lobo para el propio hombre de Hobbes, parece devenir la nueva realidad. Y en esta era de tonto el último, o sálvese quien pueda, los políticos contemporáneos son los reyes de la fiesta (que prácticamente solo ellos disfrutan).

Manifestado lo cual, es cierto que una persona que no ejerza su derecho a voto no hace la diferencia, pues una flor no hace primavera. Pero no es menos cierto que no hay primavera sin la suma de millones de flores individuales. Es por ello que a la espera de una esperanzadora primavera florecida, consciencia mediante, Yo decido no votar como clamorosa reivindicación por una nueva justicia social. Alea iacta est!