domingo, 14 de febrero de 2021

Cuando la Asertividad es imposible

En este mundo en el que todos andamos a nuestras anchas, siendo el individualismo ultra liberal la máxima expresión conductual, fruto de una cultura consumista hedonista, la Asertividad se ha erigido como un mantra mágico para la buena convivencia en medio de la diversidad de culturas, polifilosofías de vida y pensamientos divergentes, donde realidades incluso antagónicas se ven obligadas a reconciliarse desde sus opuestos. Un concepto, la Asertividad, que deviene piedra angular -junto con la Empatía- de la tan requerida Inteligencia Emocional en un mundo complejo como el actual, representando a su vez un medio imprescindible para el desarrollo de la tan necesitada Inteligencia Social que requiere todo individuo en su indisociable dimensión natural de ser social que es (por el simple hecho de vivir en sociedad y necesitar de ésta para autorrealizarse).

Asimismo, si bien es por todos conocida la esencia significativa de la Asertividad, que no es otra que mostrarse ante los demás tal y como uno Es pero respetando la forma de pensar y hacer del prójimo, es decir, relacionarse con sinceridad sin negar o herir los sentimientos de terceros; la práctica es más compleja, pues como dicta el refranero: del dicho al hecho hay un gran trecho. Tanto es así que la práctica social de la Asertividad genera tres escenarios conductuales bien definidos. Veamos:

En primer lugar, nos encontramos con aquellas personas que practican la Asertividad desde una carencia notable de autoestima personal y de una necesidad emocional casi patológica de sentirse partícipes de un grupo social (entiéndase aquí como afiliación, propia del tercer nivel de necesidades básicas a cubrir de la pirámide de Maslow). En este caso, la Asertividad está tan distorsionada que se manifiesta en un tipo de relación interpersonal donde el individuo se anula a sí mismo para no desagradar al grupo, siendo su Yo el “Yo de los Otros” (De hecho, su falta de personalidad queda suplida por la personalidad colectiva como grupo). Siendo el rasgo conductual por excelencia de dicho perfil una conformidad sistemática con terceras opiniones aun estando en desacuerdo. Éste es un comportamiento que podemos definir como de conducta pasiva.

En segundo lugar, tenemos aquellas personas que, aun caracterizándose por una conducta pasiva como en el caso del grupo anterior, participan de su grupo social no tanto por necesidad de sentirse emocionalmente aceptados sino por obligación circunstancial, encabiendo en esta familia incluso a individuos con un nivel de autoestima saludable, pero aun así con el concepto de práctica asertiva adulterado. Siendo su rasgo conductual por excelencia la conformidad como norma sistemática frente a terceras opiniones desde el resentimiento, pues si bien tienen plena capacidad de negarse desde la autoridad y la claridad personal, optan por adoptar el consenso colectivo en detrimento de reafirmar su criterio propio por omisión manifiesto del mismo. Éste es un comportamiento que podemos definir como de conducta pasiva-agresiva.

Y, en tercer lugar, tenemos a aquellas personas con un nivel de autoestima saludable que se relacionan desde su Autoridad Interna, es decir, siendo fieles consigo mismo y frente a los demás (fruto de un proceso de autoconocimiento y madurez de consciencia), y que por tanto han superado el umbral de la necesidad emocional y de la obligación circunstancial de participar de un grupo social para sentirse autorrealizados como individuos. En este caso, la práctica asertiva se manifiesta -Inteligencia Emocional mediante- en su justa y verdadera esencia. Siendo el rasgo conductual por excelencia de este perfil una comunicación interpersonal sincera, de espíritu sereno, seguro y directo con su interlocutor, y aun así carente de desafío. Éste es un comportamiento que podemos definir como de conducta asertiva. Lo que los clásicos denominaban la Humildad Socráctica (Ver: Más Humildad Socrática y menos sinceridad diplomática).

Expuesto lo cual, el quid de la cuestión se plantea cuando el buen comportamiento asertivo se ve enfrentado a personas que niegan o hieren la sensibilidad intelectual y/o emocional de su interlocutor, ya sea por acción u omisión, por inteligencia o falta de ella, y por tanto de manera consciente o inconsciente, amparados en todo caso en una sociedad que promulga el individualismo prácticamente sin límites bajo la máxima de Yo y mis necesidades en primer lugar. O, dicho en otras palabras, ¿qué sucede con la práctica asertiva frente a la ausencia de Asertividad del otro? Y aquí, sea dicho de paso como nota aclaratoria en el lateral de la página, la alternativa del ofrecimiento de la otra mejilla propio de la filosofía cristiana resulta inaceptable por ser contrario a uno de los valores rectores del Humanismo como es el Respeto, cuya naturaleza es bidireccional (del individuo frente a los demás y de éstos frente al individuo). De ahí que la Humildad Socrática del mundo clásico con la humildad cristiana del mundo contemporáneo son conceptos opuestos, pues si bien los primeros buscan la trascendencia del individuo desde la reafirmación de la dignidad de las cualidades personales del Yo Soy, los segundos buscan la trascendencia personal desde la anulación individual del Yo Soy (en pos del imaginario de una dignidad mayor de naturaleza no mortal).

La solución al dilema planteado es diáfana, propia de toda reacción natural de igual magnitud y dirección pero en sentido contrario a la acción causal (tercera ley de Newton). Es decir, una situación en la que una persona asertiva se enfrenta a la carencia de Asertividad de su interlocutor de manera prolongada o reiterativa en el tiempo, acaba convirtiendo al primero en calidad de persona asertiva en una persona inevitablemente agresiva, cuya conducta se caracteriza -más allá de la lógica de la reacción física, por pura reacción de supervivencia personal-, en una persona que se relaciona desde sus certezas parapetado en una atalaya de opiniones manifiestas tan rígidas como fuertes. Ya que fuera de dicho comportamiento solo cabe la conducta pasiva o pasiva-agresiva, que no deja de ser una cesión imperdonable por su alto coste personal del propio Yo, y por ende de la propia Autoridad Interna, frente a los demás (Ver: Reivindico el Ego como instinto básico de existencia y supervivencia personal).

Ciertamente, como bien apuntó el aristócrata intelectual Korzybski, cada cual tiene su mapa personal de la realidad, sin que nadie pueda conocer y mucho menos interpretar la realidad en su totalidad. Y, de hecho, mucho se ha escrito, y ya aceptado mayoritariamente por la comunidad académica, sobre la existencia de los sesgos mentales o cognitivos que tenemos los seres humanos sobre la Realidad per se, y más especialmente sobre la realidad de los otros en un mundo tan complejo por multidiverso. Pero no es menos cierto que frente a la ausencia de Asertividad como puente de conexión entre realidades personales diferentes, toda persona tiene derecho a defender y hacer respetar su propia realidad, pues en ello reside los resortes fundamentales de su dignidad como ser humano. Es por ello que, cuando la Asertividad resulta imposible como práctica de relación interpersonal, la conducta agresiva, por firme y sincera desde el Yo Soy, deviene una acción conductual imprescindible no solo por salud mental y emocional, sino asimismo por salud existencial. Dixi!