sábado, 20 de febrero de 2021

Nuevo (des)Orden… ¿hacia dónde?

Disturbios en Barcelona, 19/02/2021
En los últimos años estamos siendo testigos, en las grandes ciudades del orbe occidental, de un fenómeno que a cada día que pasa irrumpe con mayor fuerza e incluso empoderamiento para escarnio de la mayoría de ciudadanos: los disturbios callejeros de corte reivindicativo.

Representa un escarnio porque violenta la moral social consensuada despreciando los principios democráticos más básicos, mediante una manifiesta burla cruel por desvergonzada y agresiva de parte de grupúsculos sociales. Son disturbios porque dicho fenómeno se exterioriza a través de conflictos en la vía pública que alteran la paz social, provocando enfrentamientos -sin visos de prejuicio ni amedrontamiento alguno- contra las fuerzas y cuerpos de seguridad del orden público, destruyendo a su paso tanto mobiliario urbano como privado. Y son de corte reivindicativo porque su motivación de raíz es claramente de oposición al sistema establecido, al amparo idealizado de las trasnochadas revoluciones radicales donde la violencia extrema es el medio para alcanzar el fin, y cuyos destellos bien recuerdan a los antisistemas que bibliografían el amplio abanico de la historia política reciente: desde los bolcheviques, pasando por los anarquistas, hasta llegar a los fascistas, por exponer algunos de sus iconos más representativos.

Asimismo, el objetivo del fenómeno social de rabiosa actualidad es diáfano: instaurar un nuevo orden, el cual solo es viable mediante el derrocamiento del Estado por medio del uso de la fuerza. Y, siendo éste, el nuestro, un sistema de organización social democrático, el espíritu del nuevo orden atenta por consiguiente y de manera directa contra la propia Democracia (la cual, para los menos doctos en la materia, cabe recordar que propugna como valores superiores de su ordenamiento jurídico la Libertad, la Justicia, la Igualdad, y el Pluralismo Político). Es decir, el fenómeno de los disturbios callejeros de corte reivindicativo que busca la instauración de un nuevo orden, a la luz del Principio aristotélico del Tercero Excluido de la Lógica clásica, no hace más que promulgar la implantación de un nuevo orden desde la supresión sin pudor de la Libertad, la Justicia, la Igualdad y el Pluralismo Político para el conjunto de la ciudadanía. Un escenario futurible muy poco alentador, sea dicho de paso.

De este fenómeno social, por otro lado, cabe destacar tres rasgos diferenciales dignos de exposición:

1.-La Reivindicación

La pregunta del millón es dilucidar el leitmotiv de su reivindicación. ¿Qué reivindican exactamente los activistas del nuevo orden? La respuesta es sencilla: ni ellos mismos lo saben. Pues su configuración como cuerpo social está formada por movimientos multidiversos e incluso antagónicos, con propuestas de enmiendas parciales o a la totalidad frente al propio sistema social, y aun así cohesionados como grupo con identidad propia por la adopción de una única línea de acción común de naturaleza transversal: la gestión del cambio social mediante la violencia sin parangón.

No obstante, y con independencia del tipo de reivindicación particular, puede observarse que todos los argumentos sin excepción denotan las siguientes características:

I.-Un raciocinio carente de la observancia más mínima de los Principios de la Lógica (que paradójicamente esgrimen desde la [sin]Razón de una [sin]Lógica absoluta, propia de los locos).

II.-Un reclamo de derechos sociales y políticos carente de la observancia más mínima de los principios rectores democráticos (que paradójicamente esgrimen desde una autoproclamada Democracia verdadera, propio de ignorantes e incultos).

Y, III.-Un coctel de proposiciones molotov manifestado a partes iguales por una flagrante inmoralidad individual y una descarada ausencia de empatía social (que paradójicamente reclaman desde su cátedra populista ad hoc, propio de dictadores).

2.-La Participación

Pero no se puede explicar, y menos entender, el contenido (la Reivindicación) de dicha fenomenología social, sin su continente (la Participación); es decir, dígase del perfil de individuos que participan y conforman su movimiento social. Así pues, ¿quiénes son los reivindicantes violencia callejera mediante del nuevo orden? La respuesta a esta pregunta se muestra a ojos de cualquier observador a un solo clic de un noticiero: jóvenes de edades comprendidas entre 15 y 25 años, lo que significa que inclusive participan menores de edad.

Tras unos segundos para poder asimilar la cruda y triste información de una realidad contrastada, la pregunta pertinente no puede ser otra si la carga argumental de las reivindicaciones sociales, políticas y económicas -en caso de haberlas-, es motivación suficiente para que dichos jóvenes de nuestra sociedad muestren un comportamiento conductual grupal de violencia extrema. Y, a la luz de sus acciones manifiestas, está claro que la respuesta es un no tajante. Pues, si algún rasgo destaca de su activismo vandálico de tintes terroristas es justamente la explosión de un estado emocional de rabia personal contenida, proyectada como odio social que canalizan y descargan con furia contra la policía, garantes del sistema social democrático de todos.

En este contexto, si bien es cierto que el peso de la Ley como esencia de la Democracia debe recaer con toda su contundencia sobre estos jóvenes por el bien común -en nuestro derecho legítimo de defensa-, no es menos cierto que las características singulares de dicho fenómeno social deben hacernos saltar las alarmas de un evidente fracaso en nuestra sociedad que cabe enmendar. Ya que no hay rabia social sin desesperación, ni ésta sin un Estado de Bienestar Social sólido que vele por un Principio real de Oportunidades. Así como no hay falta de respeto por las instituciones, y asimismo ignorancia democrática, sin una buen Sistema Educativo. Sin contar, que no es asunto menor sino de Estado, que el futuro de nuestra propia sociedad está en manos de nuestros propios jóvenes.

3.-La Legitimización

Un fenómeno sociológico que, por otro lado, no dejaría de ser un triste acontecimiento anecdótico si estuviera carente de legitimación social, al amparo del principio fundamental democrático del Pluralismo Político y bajo los límites del derecho de manifestación tasados por el ordenamiento jurídico, el cual vela por una sociedad de Libertad, Igualdad y Justicia para el conjunto de los ciudadanos. Pero no es el caso. Pues estos disturbios callejeros de corte reivindicativo que buscan implementar un nuevo orden mediante el uso de la violencia extrema, para asombro de propios y ajenos, está siendo legitimado actualmente en el caso de España desde no solo una parte del hemiciclo parlamentario (sede de la soberanía del pueblo español) sino incluso desde parte del propio Gobierno del Estado. O, dicho en otras palabras, la gravedad del asunto radica en que miembros del Estado están siendo cómplices del movimiento para el derrocamiento del propio Estado. Al lobo bolchevique vestido de oveja democrática se le ha caído el disfraz. Los antisistemas se han colado en las instituciones democráticas, a nivel estatal y regional, para intentar dinamitarlas desde su interior. Un hecho del que hay que reflexionar y tomar nota por el bien de la salubridad democrática.

La parte positiva es que, presunción de intento de legitimación institucionalizada aparte, los resortes de la Democracia española son sólidos, y el movimiento violento por un nuevo (des)orden acabará siendo neutralizado ley mediante. Al menos en la actualidad, y con previsión de desenquistar cualquier tendencia antidemocrática a nivel generacional, pues en caso contrario el fenómeno circunstancial puede acabar convirtiéndose en estructural con tintes de cáncer social.

Una anotación en el lateral de la página requiere el caso del rapero Pablo Hásel, el joven leridano de apellido real Rivadulla, cuyo proceso judicial de rabiosa actualidad, fruto de múltiples sentencias penales, ha servido de excusa para encender la llama en el pajar del movimiento antisistema violento. Un joven desequilibrado que desprende odio contra todo lo que se mueve, mujeres incluidas, que vende un pseudo intelectualismo político revolucionario radical bajo un mal entendido concepto de cultura musical. Un personaje delirante carne de psiquiátrico que, si bien se ha convertido en bandera de los actuales disturbios callejeros de corte reivindicativo para la implantación de un nuevo orden, muy a su pesar -si es que es consciente de ello- está siendo utilizado por los partidos antisistema instaurados en las instituciones del Estado. Y cuya trascendencia no pasa más allá de representar un icono, como podría ser otro cualquiera, como excusa necesaria para estandartes, carteles y chapas de solapa de movimientos extremistas. Como tantas otras veces ha ocurrido en la convulsa historia política de la humanidad. 

Pero, ya para concluir con la presente reflexión, y volviendo al movimiento social que nos ocupa -formado por milicias de jóvenes cargados de rabia y violencia manifiesta (con la complicidad de ciertos gobernantes)-, ha quedado en evidencia que intentan imponer un nuevo desorden social. Aunque, la pregunta que nos falta por realizar no es otra que: ¿hacia dónde? Lo cierto es que no se sabe, ya que el diálogo ha sido suplantado por la violencia callejera. La única certeza que tenemos es la percepción presumible de un horizonte para un nuevo sistema de organización social que puede ser de todo menos democrático. Y en un sistema antidemocrático, ya se sabe que no hay persona más peligrosa que un tonto (por ignorante e inculto) con poder, y aún más un tonto rabioso con pistola.

Frente al intento de implementar un nuevo desorden, solo cabe imponer un mayor orden social, para tranquilidad de las personas democráticas de bien. La Democracia debe ser generosa, pero en absoluto débil. Pues la debilidad es pasto para los violentos.


domingo, 14 de febrero de 2021

Cuando la Asertividad es imposible

En este mundo en el que todos andamos a nuestras anchas, siendo el individualismo ultra liberal la máxima expresión conductual, fruto de una cultura consumista hedonista, la Asertividad se ha erigido como un mantra mágico para la buena convivencia en medio de la diversidad de culturas, polifilosofías de vida y pensamientos divergentes, donde realidades incluso antagónicas se ven obligadas a reconciliarse desde sus opuestos. Un concepto, la Asertividad, que deviene piedra angular -junto con la Empatía- de la tan requerida Inteligencia Emocional en un mundo complejo como el actual, representando a su vez un medio imprescindible para el desarrollo de la tan necesitada Inteligencia Social que requiere todo individuo en su indisociable dimensión natural de ser social que es (por el simple hecho de vivir en sociedad y necesitar de ésta para autorrealizarse).

Asimismo, si bien es por todos conocida la esencia significativa de la Asertividad, que no es otra que mostrarse ante los demás tal y como uno Es pero respetando la forma de pensar y hacer del prójimo, es decir, relacionarse con sinceridad sin negar o herir los sentimientos de terceros; la práctica es más compleja, pues como dicta el refranero: del dicho al hecho hay un gran trecho. Tanto es así que la práctica social de la Asertividad genera tres escenarios conductuales bien definidos. Veamos:

En primer lugar, nos encontramos con aquellas personas que practican la Asertividad desde una carencia notable de autoestima personal y de una necesidad emocional casi patológica de sentirse partícipes de un grupo social (entiéndase aquí como afiliación, propia del tercer nivel de necesidades básicas a cubrir de la pirámide de Maslow). En este caso, la Asertividad está tan distorsionada que se manifiesta en un tipo de relación interpersonal donde el individuo se anula a sí mismo para no desagradar al grupo, siendo su Yo el “Yo de los Otros” (De hecho, su falta de personalidad queda suplida por la personalidad colectiva como grupo). Siendo el rasgo conductual por excelencia de dicho perfil una conformidad sistemática con terceras opiniones aun estando en desacuerdo. Éste es un comportamiento que podemos definir como de conducta pasiva.

En segundo lugar, tenemos aquellas personas que, aun caracterizándose por una conducta pasiva como en el caso del grupo anterior, participan de su grupo social no tanto por necesidad de sentirse emocionalmente aceptados sino por obligación circunstancial, encabiendo en esta familia incluso a individuos con un nivel de autoestima saludable, pero aun así con el concepto de práctica asertiva adulterado. Siendo su rasgo conductual por excelencia la conformidad como norma sistemática frente a terceras opiniones desde el resentimiento, pues si bien tienen plena capacidad de negarse desde la autoridad y la claridad personal, optan por adoptar el consenso colectivo en detrimento de reafirmar su criterio propio por omisión manifiesto del mismo. Éste es un comportamiento que podemos definir como de conducta pasiva-agresiva.

Y, en tercer lugar, tenemos a aquellas personas con un nivel de autoestima saludable que se relacionan desde su Autoridad Interna, es decir, siendo fieles consigo mismo y frente a los demás (fruto de un proceso de autoconocimiento y madurez de consciencia), y que por tanto han superado el umbral de la necesidad emocional y de la obligación circunstancial de participar de un grupo social para sentirse autorrealizados como individuos. En este caso, la práctica asertiva se manifiesta -Inteligencia Emocional mediante- en su justa y verdadera esencia. Siendo el rasgo conductual por excelencia de este perfil una comunicación interpersonal sincera, de espíritu sereno, seguro y directo con su interlocutor, y aun así carente de desafío. Éste es un comportamiento que podemos definir como de conducta asertiva. Lo que los clásicos denominaban la Humildad Socráctica (Ver: Más Humildad Socrática y menos sinceridad diplomática).

Expuesto lo cual, el quid de la cuestión se plantea cuando el buen comportamiento asertivo se ve enfrentado a personas que niegan o hieren la sensibilidad intelectual y/o emocional de su interlocutor, ya sea por acción u omisión, por inteligencia o falta de ella, y por tanto de manera consciente o inconsciente, amparados en todo caso en una sociedad que promulga el individualismo prácticamente sin límites bajo la máxima de Yo y mis necesidades en primer lugar. O, dicho en otras palabras, ¿qué sucede con la práctica asertiva frente a la ausencia de Asertividad del otro? Y aquí, sea dicho de paso como nota aclaratoria en el lateral de la página, la alternativa del ofrecimiento de la otra mejilla propio de la filosofía cristiana resulta inaceptable por ser contrario a uno de los valores rectores del Humanismo como es el Respeto, cuya naturaleza es bidireccional (del individuo frente a los demás y de éstos frente al individuo). De ahí que la Humildad Socrática del mundo clásico con la humildad cristiana del mundo contemporáneo son conceptos opuestos, pues si bien los primeros buscan la trascendencia del individuo desde la reafirmación de la dignidad de las cualidades personales del Yo Soy, los segundos buscan la trascendencia personal desde la anulación individual del Yo Soy (en pos del imaginario de una dignidad mayor de naturaleza no mortal).

La solución al dilema planteado es diáfana, propia de toda reacción natural de igual magnitud y dirección pero en sentido contrario a la acción causal (tercera ley de Newton). Es decir, una situación en la que una persona asertiva se enfrenta a la carencia de Asertividad de su interlocutor de manera prolongada o reiterativa en el tiempo, acaba convirtiendo al primero en calidad de persona asertiva en una persona inevitablemente agresiva, cuya conducta se caracteriza -más allá de la lógica de la reacción física, por pura reacción de supervivencia personal-, en una persona que se relaciona desde sus certezas parapetado en una atalaya de opiniones manifiestas tan rígidas como fuertes. Ya que fuera de dicho comportamiento solo cabe la conducta pasiva o pasiva-agresiva, que no deja de ser una cesión imperdonable por su alto coste personal del propio Yo, y por ende de la propia Autoridad Interna, frente a los demás (Ver: Reivindico el Ego como instinto básico de existencia y supervivencia personal).

Ciertamente, como bien apuntó el aristócrata intelectual Korzybski, cada cual tiene su mapa personal de la realidad, sin que nadie pueda conocer y mucho menos interpretar la realidad en su totalidad. Y, de hecho, mucho se ha escrito, y ya aceptado mayoritariamente por la comunidad académica, sobre la existencia de los sesgos mentales o cognitivos que tenemos los seres humanos sobre la Realidad per se, y más especialmente sobre la realidad de los otros en un mundo tan complejo por multidiverso. Pero no es menos cierto que frente a la ausencia de Asertividad como puente de conexión entre realidades personales diferentes, toda persona tiene derecho a defender y hacer respetar su propia realidad, pues en ello reside los resortes fundamentales de su dignidad como ser humano. Es por ello que, cuando la Asertividad resulta imposible como práctica de relación interpersonal, la conducta agresiva, por firme y sincera desde el Yo Soy, deviene una acción conductual imprescindible no solo por salud mental y emocional, sino asimismo por salud existencial. Dixi!


sábado, 6 de febrero de 2021

Yo, decido no Votar

 

A lo largo de la última década he escrito catorce artículos filosóficos sobre Democracia stricto sensu, que forman parte de cerca del centenar de registros reflexivos que compilan mi obra de Filosofía Política, una de las diversas temáticas filosóficas desarrolladas en el glosario de términos de mi obra abierta del Vademécum del Ser Humano. Y es que la Democracia, como estado de organización social, y con ella la Política, como ciencia que estudia el gobierno y las organizaciones humanas, han representado y representan tanto una pasión vital como una inquietud existencial de manera transversal a lo largo de mi efímera vida. Pues, como bien apuntó Aristóteles, el hombre es un animal político, por ser un ser social por naturaleza. Es decir, que en el mundo de los hombres ni los garbanzos son apolíticos. Y aun así, en las inminentes elecciones de mi comunidad regional declaro que no voy a votar.

No votar, en contra de lo que se puede creer, es una decisión y una postura tan política como lo es ir a votar. Y asimismo, no votar no es un acto que atenta -ni mucho menos como algunos intentan hacernos creer-, contra la propia Democracia. Pues dos de los valores superiores de la Democracia son justamente el Pluralismo Político, en el que entra la lógica de la disidencia con los propios partidos políticos establecidos, y la Libertad, en la que tiene cabida la libre elección y pensamiento de los individuos en consonancia con su propia consciencia.

No votar es una manifestación conductual de insumisión civil, justamente, por consciencia política. Una patente declaración de principios crítica –derivada del pensamiento reflexivo crítico- por la divergencia existente entre el modelo real de democracia imperante en una sociedad y los principios fundamentales de la Democracia que debe regir a dicha sociedad. O dicho en otras palabras, Yo decido no votar porque los partidos políticos contemporáneos ni siguen los principios democráticos (Igualdad, Limitación y Control del Poder), ni velan por el cumplimiento de sus valores superiores rectores como son la libertad, la justicia, la igualdad y el pluralismo político de todos los ciudadanos.

Aún más, los actuales partidos políticos, y con ellos sus representantes a título individual, se han convertido en una clase social privilegiada (mantenida con los erarios públicos sufragados por el conjunto de los ciudadanos) separada y aislada del resto de clases sociales que conforma el pueblo, y que vive de espaldas al propio pueblo. Tanto es así que el ciudadano de a pié, en el que en teoría reside la soberanía nacional del Estado (título preliminar de la Constitución), ya no percibe cubiertas sus necesidades esenciales al calor del abrigo de una bandera particular, pues en realidad se siente solo e impotentemente indefenso -frente a la larga sucesión de graves problemas socio-económicos que acucian los difíciles por convulsos y cargados de incertidumbre tiempos presentes-, por una flagrante ausencia de socorro de los llamados políticos. Unos políticos que, en su descarada omisión de responsabilidad de funciones en plena época de penuria social, se han revelado públicamente en vividores de la Administración Pública bajo la máxima descarada del donde dije digo, digo Diego, al más puro estilo maquiavélico del arte de mentir como medio para alcanzar sus propios fines: la sostenibilidad de su conveniente bienestar.

Es por ello que votar ha dejado de ser un acto festivo popular de celebración de la Democracia, para convertirse en un acto de complicidad con el mantenimiento de una clase social parásita por vividora como son los políticos, mientras el resto del pueblo malvive en su desesperanza. Un acto, el de votar, que a todas luces por todo lo expuesto, resulta de naturaleza contra consciencia política. Pues el votar, en este contexto, no es bueno ni para la Política, ni para la Democracia, tan solo es bueno para los propios políticos a título individual.

La alternativa no es otra que una mayor rigurosidad de la ciudadanía en la elección de sus representantes, así como un mayor control social de los mismos sobre su capacidad efectiva de resolver los problemas reales de los ciudadanos. Un juego viciado en tanto que la capacidad legislativa de posibles cambios sociales en materia de Democracia directa recae en la misma clase política que no desea salir de su acomodada e impune zona de confort, como en una sociedad con encefalograma político plano por causa del síndrome de la rana hervida (analogía frente a la falta de percepción de un daño irremediable causado de manera tan lenta como progresiva). Es decir, la alternativa al estado de situación actual es, tristemente, propia de un problema reducido al absurdo por inviable.  

Todo y así, confieso que aun no solo creo en la Política sino asimismo en la Democracia, aunque ambas requieren de acciones correctoras de raíz a la par. No obstante, la tendencia rodillo de un Mercado omnipotente homogeneizador y excluyente que ejerce de Estado dentro del Estado, así como la transmutación negativa de los valores sociales humanistas que el mismo implementa para su propia supervivencia, no proyectan un futuro muy alentador. La era de que el hombre es un lobo para el propio hombre de Hobbes, parece devenir la nueva realidad. Y en esta era de tonto el último, o sálvese quien pueda, los políticos contemporáneos son los reyes de la fiesta (que prácticamente solo ellos disfrutan).

Manifestado lo cual, es cierto que una persona que no ejerza su derecho a voto no hace la diferencia, pues una flor no hace primavera. Pero no es menos cierto que no hay primavera sin la suma de millones de flores individuales. Es por ello que a la espera de una esperanzadora primavera florecida, consciencia mediante, Yo decido no votar como clamorosa reivindicación por una nueva justicia social. Alea iacta est!