viernes, 31 de diciembre de 2021

La Esperanza por un año nuevo positivo, en cuidados intensivos

Hace cuatro años escribí para estas fechas una reflexión sobre la Esperanza, y más concretamente en relación directa a los diversos tipos de Suerte incierta que la motivan, sobre una deprimente fotografía fija socioeconómica de la España de entonces que, a día de hoy, aún se observa más deteriorada a causa de la pandemia que lleva azotándonos en los dos últimos años (Ver: La paradoja de producir nuestra Suerte en un contexto improductivo).

Como todos sabemos, la Esperanza es un estado de fe y de ánimo optimista de las personas basado en la expectativa de que suceda a futuro un resultado favorable para la propia vida, relacionado con eventos o circunstancias que nos sean provechosos. Es por ello que la Esperanza está íntimamente ligado con la Suerte individual, que es una especie de fuerza invisible del Universo que conspira a nuestro favor, en un momento dado de la vida, para que las circunstancias adecuadas se alineen para beneficio propio. De tipos de Suerte, como ya apunté en la reflexión de antaño, existen tres: La Suerte Preconcebida (derivada de un ambiente favorable en el que nos desarrollaremos como personas y otorgada en el momento incluso anterior a nuestra propia concepción), la Suerte Sobrevenida (derivada de manera inesperada por los designios azarosos del misterio de la vida), y la Suerte Producida (derivada del resultado de una actividad productiva previamente realizada). De la primera, no hay nada que hacer si de inicio no se nace de buena cuna. De la segunda, muchos son los llamados y muy pocos los elegidos. Y, de la tercera, pocas expectativas nos podemos generar en un ambiente económico como el actual de tierra quemada, donde el principio de igualdad de oportunidades hace tiempo fue exterminado (junto a una clase social media ya extinta).

Es por ello que, a nivel general, podemos decir por simple olfateo del entorno ambiental de estos tiempos, que la Esperanza por un año nuevo positivo para la vida de los mortales comunes se encuentra en un estado de cuidados intensivos. Lo cual no quita que las personas, como animales de costumbres que somos, continuemos realizando los rituales de fin de año marcándonos felices objetivos que, en realidad, se piensan, dicen, o escriben, pero en verdad no se sienten por la fuerza gravitatoria de la propia realidad. Pues si bien la Esperanza es lo último que no se desea perder, el hombre medio no es tonto por realista. Nota aparte merecen los jóvenes, quienes por naturaleza aún creen ciegamente en su plena capacidad de comerse y cambiar el mundo. ¡Bendita juventud! ¡Larga vida a la Esperanza de los jóvenes!.

Hoy es el último día del año 2021, y como cada noche de fin de año realizaré -no sin cierta apatía y empujado por el espíritu incombustible de mi mujer- el ritual de dar sentido a mi existencia personal en este punto del camino mortal como parte de la necesidad del mito humano, profundamente humano, de conciliar contrarios irreconciliables como es la Esperanza individual por una vida mejor y los inalterables designios selectivos del Mercado (Ver: El rito de fin de año, reflejo de la mitología desequilibrada de la sociedad contemporánea). No obstante, mientras haya vida hay Esperanza, como palpita ancestralmente en nuestro seno interior el instinto de supervivencia inherente a todo ser vivo. Por lo que, a falta de otros tipos de Suerte, no nos queda más a las personas comunes que aferrarnos a la Suerte Producida, que es la única sobre la que podemos tener una cierta influencia personal, gracia mediante de las Moiras (Ver: Frente a la Irreversibilidadde una situación: ¡A luchar, vencer o morir!).

Sí, esta noche, previo a la hora bruja, aun a desganas repetiré el ritual de la renovación de los votos de Esperanza por un año nuevo mejor. Si bien es cierto que, en medio del desolado ambiente existente, no puedo más que, pipa en boca, agradecer los bienes terrenales de los que disfruto aun sin mérito propio alguno, debo por justicia apuntar. Por lo que más que marcar nuevos y renovados objetivos para el año entrante, quizás lo más inteligente sea aferrarme como clavo ardiente al rezo del “virgencita, virgencita, que en este año nuevo me quede como estaba”, que popularizó el poeta sevillano Juan de Arguijo del Siglo de Oro español, en uno de sus cuentos. Pues al final, la vida es un cuento, y los cuentos, cuentos son (con permiso de Calderón de la Barca, de quien, sea dicho de paso, fueron mis antepasados Mármol quienes testificaron a su favor para conseguir su ingreso como caballero de la Orden de Santiago). Feliz año.      

 

jueves, 30 de diciembre de 2021

El Bitcoin será sociabilizado (por las autoridades monetarias), o no será

Hace un par de semanas escasas coincidí azarosamente, en una comida ociosa en el Círculo del Liceo de Barcelona, con el fundador del primer unicornio de internet de España (empresa que, a su vez, fue la primera startup española en salir a bolsa en un mercado principal), con quien departí calurosamente una larga conversación, entre plato y plato, sobre el mundo de las criptomonedas y la derivada tecnología Blockchain.  Qué decir que mi interlocutor, muy diestro en dichas materias, despertó tanto mi curiosidad -ya de por sí insaciable por todo nuevo conocimiento-, como mi necesidad imperiosa de someterle a una batería de preguntas que quizás rayara el tercer grado. Y si bien mi compañero comensal me intentó vender no solo los beneficios sino incluso las virtudes de la nueva generación de internet, elevándola a categoría de panacea de la libertad individual y de la universalización democrática del dinero, no pude más que intuir ciertos puntos débiles del sistema en cuestión que deseo exponer en esta breve reflexión. Así pues, de esos lodos estos barros.

Por todos es sabido que el Bitcoin es una moneda exclusivamente digital y no física, llamada también criptomoneda porque su configuración está encriptada por algoritmos digitales para evitar modificaciones posibles en el mundo de internet, cuya razón de ser es la de pretender erigirse en una moneda de uso mundial libre de las zarpas del sistema financiero clásico, díganse los bancos comerciales, y asimismo libre de ser controlado por ningún país. El Bitcoin, sin lugar a dudas, es hoy en día la moneda digital más popular por extendida, siendo la primera de su estirpe desde que surgió en enero de 2009, a la que le siguieron a posteriori una multiplicidad de criptomonedas alternativas como son el Litecon, el Ripple, el Dogecoin, o el Peercoin, entre otras tantas. Si alguien se pregunta quién creó el primer Bitcoin, nadie lo sabe. De hecho, se desconoce si fue una persona o un grupo de personas, y si éstas son personas físicas o jurídicas, y si tanto las unas como las otras tenían intenciones en origen desinteresadas o, por el contrario, claramente interesadas. Lo único que se ha revelado para conocimiento de la opinión pública es el nombre de Satoshi Nakamoto como su supuesto creador, el cual es un nombre certeramente ficticio que agranda aún más el misterio del origen de las criptomonedas. A partir de aquí, uno no puede dejar de preguntarse quién emite, cómo se regula, y qué valor real ostenta como moneda el Bitcoin, como ejemplo máximo del submundo de las criptomonedas. En definitiva, uno se pregunta cómo funciona. Para dar a luz a estas cuestiones, intentaré ser lo más claro y conciso posible según mi conocimiento hasta la fecha, como exposición previa necesaria a la reflexión filosófica consiguiente.

¿Quién emite, cómo se regula, y qué valor real tiene el Bitcoin?

Comencemos por el principio. La entidad emisora de bitcoins, lo que a la par hace las funciones de Banco Central Mundial de facto, es un algoritmo digital, el cual emite volúmenes periódicos de dicha moneda digital. Pero la emisión de la moneda digital en curso no es ilimitada, ya que el algoritmo reduce por dos el número de producción de bitcoins cada cuatro años, hasta que acabe emitiendo el total de 21 millones de bitcoins que el algoritmo tiene programado de origen. Un proceso de obsolescencia programada, el cual se prevé que finalice dentro de aproximadamente cien años. La razón de la limitación de la emisión de monedas radica, básicamente, en la estrategia de conseguir que el Bitcoin vaya adquiriendo progresivamente un valor mayor que cualquier otra moneda física del mercado, ya que éstas son susceptibles de ser devaluadas por las políticas monetarias de sus bancos centrales según conveniencias coyunturales. En este sentido, podríamos decir que la naturaleza esencial del Bitcoin toma como claro referente la dinámica del valor de mercado del oro como activo financiero de recurso limitado.

Sigamos. Referirse al mecanismo regulador del Bitcoin ya es un poco más complejo, aunque es de suma importancia entenderlo, ya que en él reside el ideario de un espíritu romántico, tan rebelde como libertador, que busca actuar de contrasistema al establishment imperante en el mundo global, y que sirve de reclamo idealista a millones de personas bajo un imaginario parejo al popular movimiento Anonymous. En este sentido, el Bitcoin se basa en la denominada tecnología del Blockchain (“cadena de bloques”, siendo cada bloque un eslabón de la cadena que contiene información inalterable), que no es más que una gran base de datos o registro público que puede ser compartido por multitud de usuarios privados a la vez, como tú o como yo, y que permite almacenar información de manera inalterada y organizada. O, relatado de manera más concreta, diremos que el Bitcoin existe y forma parte de una gran red de ordenadores domésticos descentralizados a nivel mundial, en los que en cada uno de ellos hay una copia alojada del software de Blockchain que cualquier hijo de buen vecino puede descargarse en su ordenador por internet de manera gratuita, convirtiéndose dicho ordenador doméstico de esta manera en lo que se denomina un “nodo” de Blockchain. Estos nodos tienen la función, principalmente, de que cada transacción realizada en el mundo con la moneda digital se replique en todos y cada uno de dichos nodos distribuidos a lo largo y ancho del planeta, realizando a su vez todos ellos copias sincronizadas de las transacciones efectuadas, lo que convierte a la moneda digital en imposible de alterar o modificar. Por lo que, cuando mayor es la red de ordenadores o nodos de Blockchain, mayor es el nivel de seguridad tanto del Bitcoin como de sus operaciones. Expuesto lo cual, la siguiente pregunta que podemos hacernos es: ¿quién valida las transacciones de la moneda digital en la compra de un bien o servicio que utilice bitcoins?. Para ello están los llamados “mineros” que forman parte de los nodos, que reciben susodicho nombre -por analogía con la minería del oro-, porque son personas que se dedican durante horas a extraer de internet bitcoins de transacciones mundiales realizadas con dicha moneda para crear nuevos bloques para la red Blockchain de bitcoins. O, dicho en otras palabras, los mineros validan y sellan las transacciones mundiales realizadas con la moneda digital, y cobran por su arduo trabajo un porcentaje de bitcoins de las transacciones intervenidas como incentivo. Llegados a este punto, la pregunta que se tercia es cómo conseguir bitcoins. Para ello hay tres maneras genéricas: convirtiéndose en un minero, permitiendo que haya gente que nos pague con Bitcoin algún producto o servicio que pongamos a la venta en internet, o directamente comprando bitcoins emitidos usando la moneda clásica de nuestra cuenta corriente. Y, ¿cómo quedan registrados estos bitcoins?, para ello existen aplicaciones de software que hacen las funciones de monederos virtuales. Espero haberlo expuesto de manera entendible.

Y, por último, en este primer apartado introductorio a la materia, lo que interesa saber de manera sobremaneramente a toda persona que vive en el pragmático mundo físico es el grado de validez real que tiene el Bitcoin como moneda. En este punto, si bien es cierto que el Bitcoin lleva revalorizándose al alza continuamente desde su origen, y a pesar que a día de hoy representa aún un activo financiero muy pequeño en relación a otros activos clásicos como pueda ser el dólar o el oro, lo cierto es que el Bitcoin -al igual que el resto de criptomonedas-, no puede considerarse una moneda stricto sensu. Pues si bien almacena valor, no así cumple con la función principal de toda unidad monetaria que es la de facilitar de manera genérica la transferencia de bienes y servicios y, por extensión, tampoco puede ser unidad de cambio de referencia sobre los mismos. Es decir, en la actualidad, servidor no puede, aunque quisiera, dirigirme al estanco de la esquina y comprar con bitcoins mi imprescindible tabaco de pipa. He aquí, pues, la prueba del algodón sobre la validez real del Bitcoin en la vida real por cotidiana.

Las insalvables debilidades humanas del universo Bitcoin

Expuesto lo cual, a modo somero de introducción didáctica de la materia a abordar, ahora sí es el momento de hacer algunas consideraciones reflexivas, desde el pensamiento crítico, sobre el mundo de las criptomonedas y de la derivada de su tecnología Blockchain. Comenzando por las primeras, lo que parece evidente es que, como toda tecnología disruptiva, el Bitcoin va a ayudar a transformar el concepto actual que tenemos sobre el dinero. Pero de ahí a tener la firme creencia de que el Bitcoin consiga democratizar a futuro el control sobre el dinero, es mucho decir, demasiado diría yo, mal les pese a las jóvenes y no tan jóvenes mentes idealistas. Que avanzamos hacia una sociedad sin dinero físico y cada vez más digital es una evidencia empírica, derivada de la regulación que el sistema financiero está imponiendo de manera progresiva en la vida diaria de las personas de a pie. Así como es una obviedad que dicha transición viene regulada por las autoridades monetarias clásicas (Bancos Centrales y Ministerios de Economía de los Gobiernos de turno), con la clara intencionalidad de controlar tanto el dinero en circulación, como la economía sumergida y asimismo el blanqueo de capitales, en cuya ecuación no entra la variable altruista de la democratización universal del dinero para uso y beneficio del conjunto de ciudadanos que coexistimos en el planeta. Seamos realistas. Los Señores del Mercado, que por dominar el espacio natural donde se realizan todas las transacciones comerciales controlan el poder financiero internacional, no tienen interés alguno en dejar en manos de los ciudadanos a título individual el control sobre el flujo y circulación del dinero. Pues va contra su natura, semejante a pedir que por iluminación y gracia divina un lobo desista, de la noche a la mañana, en comer carne para convertirse en vegano (Ver: La Inflación: la gallina de los huevos de oro creada por la avaricia humana). Por lo que podemos deducir con un alto grado de previsibilidad, lógica mediante, que llegado el momento en el que el Bitcoin u otras criptomonedas alcancen un cierto nivel crítico de relevancia social tras superar su actual fase de experimentación sociológica, las autoridades monetarias las intervengan para sociabilizarlas con la finalidad de integrarlas en el engranaje del sistema (dígase regularizarlas bajo su control). Y, de paso, asegurar la supervivencia de sus cadenas de mando intermedias que no son otras que los bancos comerciales, cuya función real es la de aplicar la política financiera marcada por las autoridades monetarias a escala local.

Pero, junto al más que asegurado intervencionismo -o mejor dicho, fagotización- del omnipresente sistema financiero clásico sobre el Bitcoin en un futuro no muy lejano (de cuya tendencia ya existen precedentes de rabiosa actualidad, entre los que se encuentra China -actual primera potencia económica mundial- que el pasado mes de septiembre ilegalizó por ley cualquier transacción financiera con criptomonedas, sin desmerecer las acciones de fiscalización y regulación del sector que están llevando a cabo EEUU y la Unión Europea), las criptomonedas en su conjunto vislumbran otras debilidades susceptibles de adulterar el ideario de la filosofía new age de las monedas digitales diásporas por libres. De entre ellas, y para no hacerme cansino, destacaré dos tanto por su relevancia como por su claridad pedagógica.

En primer lugar, cabe apuntar que el funcionamiento actual del Bitcoin, como máximo exponente del submundo libre de las criptomonedas, plantea un grave problema de seguridad jurídica, ya que el propio sistema del Blockchain pone patas arriba el propio ordenamiento jurídico sobre el que se sostiene el derecho tanto nacional como internacional, situando en tela de juicio las transacciones comerciales principalmente de bienes, ya sean muebles o inmuebles, que afectan a la propiedad privada y que, por tanto, pueden ser objeto de nulidad procesal (como acaba de suceder en China). De hecho, el Bitcoin actúa de manera ya no alegal, sino paralelamente a la sombra de una supuesta legalidad sin consenso colectivo que se ha autocreado. Tanto es así, que en el universo alternativo del Blockchain el Código es Ley. Es decir, la única Ley observable en el submundo de las criptomonedas es el Código de programación del sistema: lo que pone en el Código se puede hacer y, por el contrario, lo que no aparece en el Código no se puede hacer. Una máxima que choca frontalmente contra cualquier Tribunal de Justicia contemporáneo y que, por si fuera poco, se ve agravado frente al hecho fehaciente que el susodicho Código que es Ley, tal si de la tabla de los Mandamientos de Moisés se tratase, no es más que un código de programación abierto susceptible de ser modificado por cualquier mortal talentoso o, en su caso, por cualquier eventual Moisés iluminado de turno con conocimientos de informática.

Y, en segundo lugar, cabe mencionar la práctica de los mineros -que recordemos son las personas que validan y sellan las transacciones en criptomonedas-, los cuales tienden en la actualidad a agruparse cooperativamente no solo para ser más efectivos en su trabajo (pues la unión hace la fuerza), sino para ser sobre todo más competitivos con respecto a otras agrupaciones de mineros contra los que compiten en extracción de Bitcoins para la creación de la “cadena de bloques” del sistema, pues en ello les va las ganancias. Un proceso éste, el de la creación del sistema Blockchain por parte de los mineros, que si bien debe ser validado conforme a unas normas de consenso dentro del mismo sistema, a la práctica dicha validación resulta bastante trivial para agilidad del crecimiento del propio sistema de Blockchain. Por lo que podemos pronosticar, acorde a la ley de la selección natural inherente en las relaciones humanas de poder, el hecho de que no existe impedimento alguno para que en dicha dinámica evolutiva una agrupación de mineros acabe a futuro por sobreponerse y dominar al resto y, con ello, reformular para beneficio propio corporativista los parámetros de validación del mismo sistema. O, lo que es lo mismo, que el ideario democrático del Blockchain puede muy probablemente acabar convirtiéndose, por evolución natural, en un ideario oligárquico en un horizonte no muy lejano, para prejuicio y decepción de sus más adeptos seguidores.

El Blockchain, reformulado, sí que tiene futuro

Otro capítulo aparte, sin embargo, merece propiamente la tecnología del Blockchain. La cual, si bien nació inicialmente para dar cobertura a las criptomonedas, tiene ya a día de hoy la plena capacidad de elevar a un plano superior el internet de la información actual a uno de valor, abriendo así las puertas a una nueva generación de internet. Ya que el sistema Blockchain sirve para cualquier tipo de transacción que comporte intrínsecamente valor, y con la relevante capacidad innovadora de poder substituir a cualquier intermediario en el proceso, mediante los llamados contratos (de certificación) inteligentes. Es decir, el Blockchain tiene la funcionalidad potencial de desintermediar todos aquellos procesos que, a día de hoy, requieren de intermediarios clásicos que dan valor como puedan ser bancos, notarios, abogados, agentes comerciales, etc. Una nueva tecnología superdisruptiva que, sin bien aún requiere de las bases necesarias para asegurar un marco de seguridad jurídica regia para usuarios y consumidores, se vislumbra claramente como el futuro tecnológico inminente de una nueva era en la que productos y servicios dejarán de depender de terceros, para estar totalmente descentralizados. Sabedores que, en todo este proceso, como en cualquier otro de corte disruptivo, el mercado laboral de profesiones tradicionales se verá, indudablemente, profundamente alterado. Aunque este es trigo de otro costal, merecedor de una futura reflexión.

Llegados a este punto, y volviendo al cuerpo nuclear del discurso centrado en el Bitcoin, no quisiera finalizar sin señalar que, aunque pueda parecer paradójico, personalmente como humanista que soy me siento atraído por el imaginario romántico de crear dinero alternativo al circuito del sistema monetario imperante, principalmente como posible medio opcional para reducir la desigualdad social en el mundo. Y que, si bien percibo que el Bitcoin no es una solución a largo plazo, no por ello desmerece el valor del camino sembrado para la democratización de una nueva y futura versión de moneda universal digital más perfecta en su funcionalidad.

Respecto a mi compañero ocasional de mesa, retomando el hilo inicial del artículo, qué decir más que le agradezco el haberme despertado el interés por deliberar sobre la temática de rabiosa actualidad. Y aunque por más apasionado que se mostró en venderme las bondades de la criptomoneda, al calor de la enriquecedora comida compartida -de la que sea dicho de paso, el apartado gastronómico aun pasando a segundo plano fue excelente-, todo y queriendo no pude comprarle sus argumentos, sino más bien exponerle mis dudas razonadas que dejo por escrito en la presente reflexión, por si pudieran servirle de apunte a algún interesado. Siendo consciente, a su vez, que puedo estar equivocado, si bien mi foro interno me dicta lo contrario. Sea como fuere, y quizás derivado de ser un hombre del siglo pasado que intenta proyectarse sobre el alocado presente, seguiré aferrado a la moneda física de curso legal bajo la máxima de que más vale pájaro en mano que ciento volando. Ya que, a todas luces y bajo licencia de pensador, concluyo que el futuro del Bitcoin pasa por ser sociabilizado por las autoridades monetarias, o no será. Al pan, pan, y al vino, vino. Qué le vamos a hacer.

 

martes, 28 de diciembre de 2021

El hombre contemporáneo no piensa, sólo cree

Que la mayoría de las personas sólo tiene capacidad para creer, y no para pensar, es una máxima que ya categorizó en su día Schopenhauer, pero que se mantiene en plena vigencia, aún más si cabe, en los tiempos actuales. Entendiendo la capacidad de creer no en sentido de confianza o de fe (creencia-en), sino en su pleno significado conceptual de creencia como actitud psico conductual de una persona que asume una idea, un pensamiento, o un hecho como verdadero (creencia-de-que), sin intermediación de pensamiento crítico alguno que examine el grado de veracidad de dicha supuesta verdad inducida socialmente. De hecho, vivimos en una sociedad donde el conocimiento, medios de comunicación omniscientes mediante interconectados a las personas como rasgo característico de la era digital, se ha convertido en información, y ésta se suministra masivamente en cápsulas o píldoras de contenidos prediseñadas para ingesta directa del ciudadano-consumidor no pensante, el cual vive regurgitándolas en su vida diaria en un ciclo vicioso sine die a modo de simple rumiante.

Vivir en una sociedad donde las personas basan su existencia en la creencia y no en el raciocinio tiene una clara derivada sociológica de control de masas, ya que si el ciudadano medio no sabe percibir que es real de lo que no lo es, que es verdadero de aquello que es una falacia, dicho ciudadano no tiene capacidad alguna para resistirse a la realidad manipulada impuesta. Una premisa de oro para la manipulación social, elevada a ley fundamental en un mundo orwelliano, sobre la que el ciudadano-consumidor del siglo XXI ha sido adiestrado magistralmente gracias a la técnica invasiva del ruido mediático de dispositivos móviles digitales -acoplados al organismo como prótesis extensivas de la propia persona-, que inducen a consumir compulsivamente ideas y estados de opinión paquetizados por terceros, los cuales se integran en la psiqué del ciudadano-consumidor como propios desde la plena percepción personal de creerlos como verdades absolutas. Y, en este contexto, las personas viven convencidas de que las cosas son como son, y se relacionan como se relacionan, sin alternativa de realidad social posible por irrefutable, aunque ello produzca un profundo sentir de congoja vital.

Más allá de la obviedad de que el ciudadano creyente y no pensante es un ciudadano que ha perdido la libertad individual, pues tanto su posible libre albedrío como su destino potencial está sujeto a un movimiento de pensamiento colectivo deliberadamente manipulado, por inducido externamente, el escenario sociológico plantea diversas preguntas propias de la Filosofía de la Sociedad, e incluso de la Gnoseología, que cabe presentar en orden de lógico desarrollo argumental para una adecuada exposición didáctica.

La primera pregunta que se tercia no puede ser otra que aquella que dé respuesta a qué sujeto o entidad está detrás de la manipulación de la realidad social, mediante la estrategia del diseño,  manufacturación, y paquetización de ideas y estados de opinión para consumo masivo. En este punto no hay que ser un Sherlock Holmes para seguir la cadena a la inversa de los consumibles, en una sociedad global articulada sobre la economía de libre competencia inmersa en la era digital, y dar con su origen fabril: el Mercado. Sabedores que este concepto que se nos manifiesta interesadamente ambiguo para la mente común, el Mercado, no es más que el eufemismo de un modelo de gobierno autoritario no electo formado por una selecta minoría de personas, las cuales gobiernan sobre los propios Estados y controlan el Derecho Internacional de facto para beneficio de sus acciones comerciales (Ver: El Mercado, el nuevo modelo de Dictadura Mundial). Tanto es así que, tal si el planteamiento expuesto fuera parte de un silogismo y tuviéramos que extraer una conclusión a modo de metáfora, podríamos afirmar que mientras el reducido elenco de personajes que controlan los bienes y servicios a nivel mundial son los propietarios-beneficiarios del Mercado global, los Gobiernos de turno de los Estados son sus capataces en calidad de cadenas de mando instrumentales, mientras que los ciudadanos-consumidores nos asemejamos a reses en granjas de autoabastecimiento para las arcas financieras de los primeros.

La segunda pregunta que se tercia es aquella que dé respuesta hacia dónde nos conduce, como sociedad, el actual modelo de ciudadanos-consumidores creyentes y no pensantes. Visto el histórico de las dos últimas décadas, especialmente a partir del corte económico temporal decisivo para el denominado Estado de Bienestar Social producido a partir de la Gran Crisis del 2008, queda patente que evolucionamos hacia un sistema productivo en el que progresivamente se ve aumentada la brecha social donde los pocos ricos cada vez son más ricos, y los muchos pobres son cada vez más pobres [Ver: La Inflación: la gallina de los huevos de oro creada por la avaricia humana , La estafa de ser pobre (modelo Ponzi) y La Productividad actual lleva a la Desigualdad Social]. Un proceso de degradación social progresivo que sigue a la perfección el patrón que describe el efecto de la rana hervida, en el que el ciudadano-consumidor medio se va adaptando paulatinamente a la pérdida de derechos sociales, en medio de un cambio socioambiental sutil tan persistente como irreversible que va erosionando los resortes de los Estados de Bienestar y de Justicia Social, el cual concluirá finalmente con la implantación de un modelo social claramente distópico para prejuicio existencial del ciudadano-consumidor, sin que éste prácticamente se percate del mismo hasta la plena supresión social del derecho a la dignidad personal.   

Y la tercera pregunta que se tercia no puede ser otra que aquella que dé respuesta a si se puede revertir la actual tendencia de suma de sucesos sociológicos que, con toda probabilidad en una proyección a futuro de los acontecimientos, darán como resultado el inquietante futurible expuesto de profundas desigualdades y desequilibrios sociales. Sin desgranar ni prolíferamente ni en profundidad dicha cuestión con variables socio-económicas y políticas múltiples, para no alargar ni aburrir al valiente lector en la presente breve reflexión, percibo que la respuesta es categóricamente negativa, mal me pese, a la luz de dos factores de peso que pueden sintetizar el conjunto de elementos implicados. Por un lado, para revertir la tendencia sociológica actual se requeriría de una masa crítica suficiente de ciudadanos-consumidores pensantes y no creyentes que, desde la fuerza de la razón crítica y al amparo del derecho al bienestar social universal inherente a todo ser humano, plantearan una firme y decidida resistencia socio-política al rodillo del engrasado Mercado que, como verdadera máquina social compactadora, no permite grieta ideológica alguna en la sociedad de consumo homogeneizada. Es decir, no solo el ciudadano-consumidor medio debería despertar de su estado de encefalograma plano, sino que a su vez se requeriría de un volumen de individuos pensantes suficientes para crear un punto divergente de inflexión en la línea temporal evolutiva de la sociedad actual de Mercado. Y, por otro lado, para revertir la tendencia sociológica actual, se requeriría que dicha masa crítica de ciudadanos pensantes fuera capaz de contrarrestar la defensa de ataque natural del sistema, dígase Mercado, que deliberadamente trivializa -dentro de la enajenadora cultura de consumo hedonista hegemónica- cualquier pensamiento potencialmente peligroso por contrario al propio sistema de Mercado imperante.

En definitiva, podemos afirmar que si el hombre contemporáneo no sale de su creencia ciega en la realidad elevada a categoría de verdad creada por el Mercado -quien modela a antojo la sociedad humana para rédito propio-, el hombre continuará subyugando su libertad a un férreo control mental de pensamiento único manipulado, abocándose irremediablemente hacia una sociedad desigual a la par que injusta, tal bovino confiado que desconoce que su final no es otro que el matadero. Todo y así, seamos realistas sin caer en la ingenuidad de pedir peras al olmo, pues por todos es sino sabido sí al menos intuido, que la confortable comodidad autocomplaciente que ofrece un conocimiento precocinado y paquetizado apto para consumo de masas cumple la máxima del ser humano medio del mínimo esfuerzo, ya que mientras éste tenga quien piense y decrete por él mismo, aunque sea de manera malintencionada y falaz, no se esforzará lo más mínimo en pensar por motu proprio, en el supuesto caso que haya aprendido a pensar (Ver: ¿Hemos desaprendido a pensar? y ¿Qué es la Inteligencia? ¿Soy una persona inteligente?). Mientras tanto, y a falta de un milagro, el Mercado puede continuar impunemente castigando el cotidiano existir mundano de la persona media, vilipendiando y suprimiendo en su propia cara sin sonrojarse sus derechos sociales y civiles más fundamentales, puesto que el ciudadano-consumidor, mientras crea y no piense, aguantará lo inaguantable el resto de sus días, incluida la pérdida del derecho a una vida digna. Y entonces ya no habrá oportunidad ni para lamentaciones al puro estilo del rey moro Boabdil, pues al igual que en el síndrome de la rana ésta acabó hervida, el ciudadano-consumidor yacerá hervido y bien hervido. Alea iacta est!

 

jueves, 23 de diciembre de 2021

Recortar la Historia de España, o cómo hacer que una sociedad pierda su identidad

Los Reyes Católicos impartiendo justicia
La cultura es símbolo de identidad de una sociedad, como es por todos bien sabido. Así como también sabemos que la cultura es el conjunto de usos, costumbres y tradiciones que conforman dicha sociedad, en la que la Historia representa la raíz y sustrato vertebrador de la misma, a imagen y semejanza del adn como material genético que conforma la singularidad de un organismo vivo. O, dicho en otras palabras, sin Historia no hay cultura, y sin ésta y sobre todo sin aquella, no hay identidad social y, por ende, individual. Es por ello que podemos afirmar que un sistema de educación que elimine aquella parte nuclear de la Historia, cuyo conocimiento representa la razón de ser y explica el modelo socio-político contemporáneo de un país, es un sistema educacional que apuesta de manera deliberada por un proceso de pérdida de identidad de su propia sociedad. Un supuesto que, si bien nos pudiera parecer impensable por contrario a la lógica del buen hacer social, deviene una triste realidad en la enésima vigente reforma educativa española que afecta peyorativamente en este caso a la asignatura -y no a otra- de Historia de España, en un suma y sigue de políticas cargadas de despropósitos educativos desde hace ya cuatro décadas y con independencia del cromatismo ideológico del Ejecutivo de turno. En este punto, recomiendo la lectura del artículo “Una España sin Edad Media, una España sin El Cid” de Óscar Villarroel, profesor de Historia Medieval de la UCM.

No cabe señalar por obvio, en esta línea argumental, que dicho fehaciente acto intencionado del Legislativo español de amputar institucionalmente parte de una educación obligatoria del conocimiento sobre la Historia de nuestro pueblo, deja a nuestras futuras generaciones huérfanas de facto de sus propios orígenes milenarios y, por tanto, de la herencia cultural que por derecho natural tienen sobre su carácter histórico como rasgo socio conductual inherente. Ya que la herencia histórica, de inviolable arraigo ancestral, tiene como fin último el conectar a nuestros jóvenes -dentro de la línea temporal genealógica compartida de un pueblo común- con el saber de quiénes son en el mundo en calidad de identidad cultural diferenciada. Y aun así, y contra todo sensato pronóstico, el sistema educativo español parece ir en sentido diametralmente opuesto, como si buscase difuminar de la mente colectiva del planeta la identidad histórica española.

La gravedad de la situación, por tanto, no solo radica en que los garantes de la res publica (que destacan por la ausencia de su brillantez intelectual a la par que por su desmesurado afán por hacer acopio de privilegios) muestran, sin siquiera despeinarse, una clara actitud negligente contra Ética, al violentar un derecho natural consubstancial de toda persona como es su legitimidad a una identidad cultural propia. Sino que, asimismo, sus letradas señorías abren la caja de Pandora -quisiera creer que inconscientemente, pero no por ello menos culposo- a la manipulación de la Historia para beneficio de sectarismos ideológicos de perfil totalitario, como son los movimientos políticos segregacionistas. Tanto es así que, por poner un ejemplo, la actual tergiversación histórica que los jóvenes catalanes sufren a día de hoy en las aulas por parte de acólitos de los partidos independentistas que gobiernan en Cataluña -por omisión cómplice del Estado, cabe apuntar-, convertirá irremediablemente en verdad aceptada socialmente la flagrante mentira histórica de que Cataluña fue un Reino en la Edad Media con rey y ejército propio (para conveniencia del fantástico relato del nacionalismo catalán), entre otras barbaridades al uso, ante la inexistencia del derecho a una contrarréplica posible por parte de un saber histórico certero causado por la mutilación de la asignatura de Historia de España. La cual, desde ahora y gracia mediante de nuestros gobernantes, se enseñará a partir del corte temporal de Felipe V de Borbón como vencedor de la Guerra de Sucesión (s. XVIII), en detrimento por eliminación del temario educativo de una trascendental Edad Media que conformó la realidad socio-cultural de la España actual, y sin la cual no puede entenderse por extensión la propia realidad de la Europa contemporánea como civilización continental.

Si, además, somos conscientes que los ciudadanos de las sociedades modernas, desde hace ya tiempo, cedimos la responsabilidad de la transmisión intergeneracional del legado histórico propio a las entidades educativas y al amparo de los Estados, en el caso que éstos hagan dejadez de sus obligaciones naturales como se hace patente visto lo expuesto en el caso educativo de España, no cabe esperar que, por inusual acto iluminado de gracia divina, nuestras nuevas generaciones subsanen dicha huerfanidad intelectual de motu propio y a título individual. Y aún menos, si cabe, en el agravante por irreversible espacio socio contextual presente, donde se impone de manera progresiva un metaverso social teledirigido por un agente externo y a espaldas de toda gestión pública como es el Mercado, a quien además solo le interesan los ciudadanos en calidad de consumidores compulsivos no reflexivos. Perfiles conductuales los cuales, sea dicho de paso, el Mercado ya tiene asegurado desde el mismo momento en que nuestro malogrado sistema educativo ha conseguido erradicar, obedientemente, la práctica totalidad de la asignatura de Filosofía que permitía a nuestros jóvenes no solo desarrollar la capacidad del pensamiento crítico, sino aún más la de aprender a pensar. Por lo que resulta una evidencia empírica el desazonado hecho de que en España estamos construyendo una sociedad de ciudadanos no pensantes y, a partir de ahora, también sin identidad histórica propia.

La pregunta pertinente que se tercia, por tanto, no puede ser otra que aquella que dé respuesta al por qué de dicho interés en sumir a las futuras generaciones en el olvido de su propia Historia por desconocimiento inducido. Lo que parece plausible es que siendo ésta una acción de naturaleza política, cabe descartar tota posible causalidad por desidia de gobernanza, pues los políticos no mueven un dedo sin rédito, no seamos ingenuos. Por lo que cabe suponer que el interés por parte del complot aritmético parlamentario de la fragmentada Cámara Legislativa española en hacer que su propia sociedad pierda su identidad cultural radica, justamente, en el interés que dicha suma de diputados de conveniencia tiene por construir una nueva identidad nacional substitutoria para beneficio político propio. He aquí, a la luz de los hechos, que se revela la verdadera esencia maquiavélica del legislativo español contemporáneo, quien sin ruborizarse no duda en atentar contra el bien común por patrimonial del Estado. Un mal hacer que, aunque lo ignoren y mal les pese, la propia Historia de España acabará por juzgarlos.

Expuesto lo cual, quizás sea el momento que las familias volvamos a reunirnos alrededor de la chimenea del salón para transmitir oralmente la Historia de España con antiguos libros en mano, como único medio de hacer perdurar el legado de una milenaria identidad social propia, aun a sabiendas que pueda llegar a ser un saber prohibido. Pues, al fin y al cabo, ¿qué es una persona carente de identidad cultural hereditaria sino un apátrida histórico?, semejante a una persona sin rostro, a una hormiga sin antenas, o a un árbol sin raíces. La Historia no es solo una sucesión de acontecimientos predecesores que configuran nuestra realidad social, sino que es la savia misma que da sentido de identidad existencial a los miembros que conforman una misma comunidad social, como partícipes de un tronco cultural común. Pues un hombre sin Historia es un hombre tan desarraigado como vacío de valores legados, y todo aquello que yace vacío es tentado de ser manipulado en su seno interior desde el exterior para beneficio de terceros torticeros. Reunámonos pues, al calor de un fuego en el hogar con sentido de responsabilidad familiar, para transmitir el 90 por ciento de nuestra Historia (correspondiente al periodo de la Edad Media) a nuestros descendientes, pues suyo es por derecho natural el conocimiento de su herencia histórica. Fiat lux!

 

viernes, 17 de diciembre de 2021

Navidad: del católico religioso al católico cultural

La coherencia no es uno de los fuertes del ser humano, y la religión no escapa a dicha máxima. Tanto es así que entre religiosos practicantes y no practicantes existe un importante desequilibrio a favor de éstos últimos, o al menos así se manifiesta en el caso de los cristianos católicos españoles (que en antaño se erigieron en evangelizadores del mundo entero). De hecho, del 70 por ciento de católicos declarados en España tan solo, a día de hoy, entre el 12 y el 15 por ciento acuden a misa de manera habitual, siendo justamente la misa el acto más elevado de la Iglesia católica donde el creyente manifiesta su relación con su dios cristiano. Hecho del que podemos extraer, no solo por evidencia estadística sino por simple empirismo sociológico, que identificarse como católico no equivale a identificarse como persona religiosa. De lo que se deduce, a modo genérico, que el catolicismo es un rasgo cultural compartido por miembros de una misma comunidad histórica, mientras que la práctica religiosa católica es una opción de filosofía de vida de carácter exclusivamente individual dentro de dicha comunidad.

Expuesto lo cual, y a una semana vista de la festividad de la Navidad -una de las celebraciones más importantes del cristianismo junto con la Pascua de resurrección y Pentecostés-, es una obviedad señalar que la Navidad se ha convertido en un acto social contemporáneo más laico que religioso. El católico cultural ha hecho el sorpaso de facto, en la sociedad actual, al católico religioso. La diferencia entre ambos es evidente, pues mientras unos viven bajo el credo o confesión de fe de la religión cristiana, los otros viven de espaldas al mismo con independencia de que puedan participar de ciertos sacramentos sociabilizados como es el bautismo y el matrimonio. Y, asimismo, las semejanzas también son evidentes, pues ambos comparten los mismos valores morales humanistas que, si bien son de tradición griego-romana, fueron cultivados por el cristianismo católico en la Europa continental, e impulsados posteriormente por la ilustración francesa, dando lugar a los principios rectores que rigen las democracias modernas como modelos de organización socio-política.

Todo y así la Navidad es una festividad social profundamente consolidada en el orbe occidental, que aunque se ha visto fuertemente instrumentalizada por la filosofía capitalista capaz de simbiotizarse con todo aquello que le reporte un beneficio propio, cumple una clara función de mito social al dar respuesta a cuestiones trascendentales que afectan a la existencia del hombre, conciliando opuestos irreconciliables para la propia existencia humana como es la vida y la muerte o el bien y el mal, parejo a la función social que igualmente cumplió en su día la fantástica mitología griega para los coetáneos de la época. Un mito, el de la Navidad, aceptado en la actualidad por consenso colectivo, cuya narración recoge un libro -o mejor dicho conjunto de libros canónicos recopilados y aprobados más de 400 años después de la muerte de Jesús de Nazareth- al que se le conoce como Biblia (etimológicamente “los libros sagrados”), y con independencia y plena indiferencia e ignorancia popular por su origen narrativo mitológico procedente de fuentes milenarias tanto egipcias como sumerias. Ya que, Historia comparada de civilizaciones antiguas stricto sensu, la vida de Jesús es una copia casi exacta del mito de la vida de Horus, las Bienaventuranzas están inspiradas en las Máximas de Ptahhotep, el Diluvio Universal y el Arca de Noé proceden del mito sumerio de Utnapishtim, los Diez Mandamientos de Moisés son un eco de las Leyes del Libro de los Muertos egipcio, y la oración del Padre Nuestro encuentra su original en la Oración de los Ciegos del Papiro de Ani, por relacionar algunos ejemplos. A aquellos curiosos, incrédulos, e incluso negacionistas de la Historia, no me cabe más que invitarles a investigar. Libertas capitur, sapere aude!

Más allá del peligro potencialmente fundamentalista que conlleva creer como verdad única y verdadera lo escrito en un libro, lo cual atenta contra los resortes más esenciales de la Razón humana, lo cierto es que la Navidad se asemeja al dios romano Jano de las dos caras que miran hacia ambos lados de su perfil: una cultural y otra religiosa, las cuales participan de una misma naturaleza común indisociable que es la tradición católica. Por lo que ser solamente católico cultural, como servidor (y tras un largo proceso de madurez personal), sin ser católico religioso, no es en absoluto incompatible con festejar los valores humanistas que representa el mito de la Navidad. Pues no solo la alabanza por antonomasia de la Navidad, recogida en el famoso rezo de “(…) y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad” (Lc, 2,14), es una fiel síntesis del compendio de los 30 artículos de la Declaración Universal de los Derechos Humanos aprobado por las Naciones Unidas en 1948, los cuales a su vez son un reflejo directo del espíritu de los valores universales humanistas que como faro iluminan las sombras de este mundo; sino que la tradición navideña es, asimismo, parte intrínseca por milenaria de la cultura de las civilizaciones de raíz católica. Y ya sabemos que todo hombre, con independencia de su cuna, es un producto cultural de su entorno contextual incluso en el momento anterior a su propia concepción, siendo pues la cultura un elemento identitario natural por sustancial de las personas que conforman una misma comunidad social.

Llegados a este punto, la pregunta obligada no puede ser otra si la Navidad, de marcado origen religioso, puede llegar a persistir en una era en la que la sociedad es cada vez más laica y menos religiosa. La respuesta, que en estos días podemos hallarla de manera patente en las iluminadas y ruidosas calles de nuestras ciudades occidentales, no puede ser más categóricamente afirmativa. Pues si bien la práctica de la religión católica se encuentra claramente en retroceso, una nueva religión releva, sustenta y revitaliza como propia la festividad de la Navidad en nuestros tiempos: el Capitalismo. Un hecho que, si bien nos puede parecer paradójico por tratarse de filosofías de vida casi antagónicas (el humanismo católico versus el individualismo capitalista), en realidad no es más que el resultado de un normalizado proceso de sociabilización que protagoniza toda corriente de pensamiento predominante a lo largo de una Historia marcada por las luchas de poder entre los hombres. Así, y a modo de exposición tan abreviada como genérica, las religiones egipcias fueron sociabilizadas por las religiones griegas, éstas por las religiones romanas, las cuales a su vez fueron sociabilizadas por la religión católica, quien a la par también sociabilizó a las religiones americanas prehispánicas y, actualmente, la religión católica está siendo fagotizada sin remedio por la nueva religión capitalista imperante. Una circunstancia que, siendo sinceros, no sorprende a nadie y a muchos menos les preocupa. 

Dicho lo cual, como católico cultural por nacimiento y ciudadano-consumidor capitalista que soy (pues uno es lo que es), me dispongo jovialmente a celebrar un año más el mito de la Navidad con mis seres queridos. Y sin más dilación, doy aquí por concluida la presente reflexión, ya que aún me faltan regalos de Navidad por comprar. Al hombre lo que es del hombre, y al mito lo que es del mito. Fiat lux!

 

miércoles, 15 de diciembre de 2021

¿Queda registrada mi edad en el Universo?

Tras casi una semana de haber cumplido los cincuenta, llevo días preguntándome cómo queda anotada mi edad biológica en el registro del Universo conocido por observable, pues toda energía queda registrada en la naturaleza cósmica, ¿no?, aunque solo sea mediante el proceso chequeable de transferencia de energía que continuamente se produce entre los flujos energéticos que conforman un mismo ecosistema. Tal y como, bien sabemos, dispone el popular principio de conservación de la energía (primera ley de la termodinámica).

Por imaginar, imagino mi edad registrada en la escala física humana como un anillo o una mueca más en el mitológico gran árbol de la vida, o quizás como un grabado en números arábigos o romanos (50 o L) sobre alguna tablilla de cuenta cuentas a manos de las Moiras o de la mismísima Parca, o puede que tan solo se trate de una efímera anotación por volátil combinación de números binarios (110010) en el mundo digital de un Metaverso impermanente. Mientras que, a escala subatómica o cuántica, por imaginar, me imagino representado por una multiplicidad casi fractal de números cuánticos (principales, secundarios o azimutales, magnéticos, y de espín, como mínimo), que en la suma de su conjunto no hacen más que intentar describir mi complejo espacio atómico orbital dentro del sistema universal. Sabedor, como marca el principio de Heisenberg, que mi posición existencial es, a su vez, incierta por imposible de determinar para el propio Universo. Entonces, siendo el Universo indisolublemente físico y subatómico, ¿puede determinar y aún más registrar mi edad?.

En el mundo físico no hay duda, pues la edad no es más que una representación humana del tiempo, el cual siempre viaja en una sola dirección que es hacia adelante, semejante a una flecha que vuela por el aire. Una evidencia empírica razonada a la luz de la segunda ley de la termodinámica (que establece que todo sistema evoluciona irremediablemente hacia un estado más caótico, y no al revés, pues en todo proceso de transferencia y transformación de energía se pierde parte de ésta), y de la entropía (que es la irreversibilidad de dicho caos, cuya naturaleza solo puede aumentar y no disminuir), principios físicos de los que extraemos el convencimiento irrefutable de que el tiempo solo avanza en la dirección en que aumenta la entropía: que no es otro que la búsqueda del fin de la vida humana tal y como la entendemos. Pero en el mundo subatómico la cosa cambia para desquicio del más cuerdo, pues el tiempo a escala cuántica se manifiesta en una superposición de estados donde pasado, presente y futuro se funden, y en la que los procesos de causa y efecto se invierten. Es decir, el tiempo a escala cuántica no sigue la lógica de una flecha que solo avanza hacia el futuro, sino que coexiste en una doble dirección en la que tanto avanza hacia el futuro como a la par retrocede hacia el pasado, en un estado de superposición de dos realidades sensitivamente antagónicas que conforman una misma naturaleza. Entonces, siendo el tiempo del Universo una magnitud que ordena los sucesos en secuencias indivisiblemente futuras y pasadas por igual a diferente escala, vuelvo a preguntarme: ¿puede el Universo determinar y aún más registrar mi edad?. Y aún más, si yo, como ser viviente, soy indudablemente una manifestación física a partir de una dimensión subatómica, ¿cumplo o descumplo años? (Ver: Desfreír el huevo, ¿el salto evolutivo de la conciencia humana?)

Lo cierto es que la segunda ley de la termodinámica, si somos sinceros, no tiene demasiado sentido en un Universo sin límites, y por tanto infinito. Pensar lo contrario contradeciría la primera ley. Pues la energía de un cuerpo, en su evolución entrópica, no se diluye en la nada sino que se transforma en una nueva energía dentro del mismo Universo sin límites de espacio ni de tiempo, al igual que hace una hoja tras caer del árbol para volver a formar parte de la tierra de la que surgió. Y todo y así, nuestra propia entropía nos lleva a desaparecer en el mundo físico. Aunque no así a nivel subatómico, donde nuestras partículas materiales más esenciales pueden estar simultáneamente en dos lugares espacio-temporales diferentes como es en un presente existente y en un presente inexistente. Un dilema digno de la alta magia que, si no lo resolvió el mismísimo gato de Schrödinger, no voy a ser yo quien lo resuelva. Quien sabe, quizás la respuesta tengamos que hallarla en la sabiduría del profesor Albus Dumbledore, director del Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería (personaje de la saga de Harry Potter, como apunte para los no neófitos del cine fantástico).  

Sea como fuere, parece que al Universo poco le importa registrar mi edad, siendo una materia indiferente tan solo de relevante observación para el polvo de los hombres (Ver: Recuerda, hombre, que polvo eres y al polvo volverás). Y el polvo, aunque sea el elemento substancial sobre el que hemos construido nuestra ilusoria densa realidad humana, polvo es para el Universo. Todo y así, y derivado de mi naturaleza egocéntrica común a todos los mortales, me decantó por creer románticamente que mis años quedan registrados, a modo de collar de cuentas, en el hilo de la vida que manejan las Moiras como personificaciones del destino de los humanos (Ver: ¿Existe el Destino o es otra cosa?). Pues, a pesar del evidente absoluto desinterés e impasibilidad del Universo respecto a registrar nuestros años de edad, siempre nos queda la mitología (de religiones extintas o vigentes) para nuestra propia complacencia. Dicho lo cual, pipa en boca, me encamino con espíritu relajado a cumplir un aniversario más, indulgencia mediante de las imperturbables Moiras.

 

domingo, 12 de diciembre de 2021

El origen físico del apellido Mármol: la casa toledana de Alonso de Mármol

Convento San Juan de los Reyes s.XV -s.XXI
Aun con el cuerpo recuperándose de los excesos de las celebraciones por mis cincuentas aniversario, hoy me he levantado con el ánimo de realizar una tarea largo tiempo pendiente -a modo de pseudo cronista heráldico para quien interese, y no por ello menos ocioso para distraer el rato- de señalar la ubicación del primer Mármol que dio inicio al linaje del apellido. Pero, previamente, pongámonos en situación de quién fue y cuándo vivió el padre de la casa familiar.

Tal y como ya recogí en la pasada reflexión bajo título “Linaje de los Mármol: la huella ancestral familiar o la herencia psíquica de nuestros antepasados”, cuyo relato histórico viene corroborado por el Doctor en Historia de la Universidad de Granada Javier Castillo Fernández en su estudio “Los Mármol, un linaje de origen converso al servicio de la Monarquía Española”, el primer Mármol fue un judío llamado Alonso de Toledo, médico de cámara (formado en la Universidad de Salamanca) de los reyes castellanos Enrique III “el doliente” y Catalina Lancaster, y de su hijo Juan II en el siglo XIV-XV. Un judío converso que adoptó el nombre de Alonso de Mármol por la presión social antijudía de finales de mil trescientos y tras la instauración del Santo Oficio (la temida Inquisición), en el contexto de la triste campaña eclesiástica denominada de limpieza de sangre. Es decir, el primer Mármol era un judío, cuyo apellido primerizo “de Toledo” viene dado porque vivía en Toledo (y más concretamente en la zona de la judería), ciudad que entonces como capital del Reino de España (desde el siglo X a mediados del XVI) albergó a la corte real. Y adquirió posteriormente el apellido de Mármol porque vivía en una casa que, por su arquitectura marmórea, se conocía como la Casa del Mármol, cuya calle colindante tenía el mismo nombre.

Dados estos conocimientos, y en ocasión de un viaje reciente que realicé con mi mujer Teresa a Toledo, fuimos al encuentro de los posibles restos de la Casa del Mármol donde habitó el médico Alonso, en un viaje ciertamente más turístico que de investigación histórica, aprovechando a su vez para visitar la maravillosa catedral de Toledo y las obras del toledano renacentista El Greco, que recomiendo con fervor. Lo cierto es que no tardamos en dar con la ubicación, ya que la casa originaria de Alonso de Mármol se haya actualmente, ubicada en la antigua judería, dentro del actual Monasterio de San Juan de los Reyes. Según “El Urbanismo de Toledo entre1478 y 1504: el convento de San Juan de los Reyes y la Judería” de Jean Passini, arquitecto miembro de la facultad del Centro Nacional Francés de Investigación Científica y de Ciencias Humanas, e investigador experto en restos judíos de la ciudad de Toledo, “La casa del Mármol (se puntualiza que la casa nunca se llegó a medir debido a su gran extensión) se alzaba en la calle que descendía en fuerte pendiente al puente de San Martín, y daba a dos calles transversales, una de la cuales se llamaba “la calle del Mármol”. (…) “La calle del Mármol y la zona llamada también del Mármol deben su nombre a la casa del mismo nombre, que se mantenía aún en pie en 1740. En el siglo XV, la calle del Mármol se cerraba al sur por una puerta llamada de la Judería; en 1455 se menciona un cobertizo en este lugar. En el lado interior de la Judería se describen en 1455 dos tiendas, una antigua sinagoga, sin duda abandonada desde el último cuarto del siglo XIV, y una casa “fondon el marmol”. La calle del Mármol sensu stricto se incluyó en el siglo XX en el convento de San Juan de los Reyes”. Asimismo, el investigador Passini certifica que dicha casa era de Alonso de Mármol, en el siguiente apunte histórico: “En 1439 se reseña la existencia de una tienda de la iglesia en la calle del Mármol, y de una casa-tienda a la puerta de la Judería “por la calle de adentro” y “fondon el Marmol” que pagaba un tributo de 360 maravedís anuales al hospital de la Misericordia. Esta casa-tienda, que la viuda del maestre Alonso, médico del rey, donó a Juan de Sevilla, comprendía, además de la tienda de la planta baja, una cámara de la sinagoga”.

Como ya apunté con anterioridad en el artículo de 2019 sobre la historia del linaje de los Mármol, profundamente vinculados a la casa real de los Austrias, la estirpe sucesora de Alonso de Mármol perdió todos sus beneficios de nobleza (títulos nobiliarios y propiedades incluidas) tras la derrota de los fieles de Carlos II frente al borbón Felipe V en la llamada Guerra de Sucesión (s. XVIII). No obstante, dos siglos antes el linaje de los Mármol ya se había dividido en dos grandes casas, una en la villa de Madrid (con línea sucesoria en Amberes, Bélgica) y otra en la villa cordobesa de Lucena (con línea sucesoria en Buenos Aires, Argentina), las cuales comparten el mismo escudo de armas originario de Alonso de Toledo: un león rampante con cruz clavada en montículo, y en el caso de las casas sucesorias de Bélgica y de Buenos Aires además con columna de mármol medio caída. De la casa de Lucena destacan sus descendientes, principalmente, como caballeros de la Orden de Santiago e hidalgos con Reales Provisiones de Estado desde el siglo XVI, pasando a partir del siglo XVIII a Castro del Río, ciudad natal de mi abuelo paterno.

Sea como fuere, y con independencia de cualquier otra consideración, lo cierto es que resulta agradable a modo simplemente ocioso conocer los orígenes de la estirpe de uno, más allá de los derroteros y vaivenes de las diferentes líneas generacionales. Lo cual, como ya apunté al inicio, dejo constancia para posibles interesados y curiosos. Conocer el origen sefardí de una familia común, que posteriormente se entregó profundamente a la causa católica, tiene su gracia histórica. Ahora entiendo, en tiempos que viví en Casablanca, del porqué a los marroquíes les resonaba como judío. Quizás fuera por mi fisonomía, quién sabe. Aunque confieso que al visitar una sinagoga medieval en Toledo sentí la misma familiaridad que cuando, en mi pasada juventud, frecuentaba las iglesias católicas. He aquí, tal vez, restos de una herencia psíquica de nuestros ancestros. Por lo que solo sé, que no sé nada, más allá de haber dado con el origen físico del apellido de los Mármol, para quienes pueda interesar.

Barcelona, a 12 de diciembre de 2021

 

martes, 7 de diciembre de 2021

El pensador mudo que escribe con letra invisible

Solo abrir las ventanas justo cuando uno se levanta ya puede percibir que fuera, en el mundo exterior de las urbes civilizadas, hay mucho ruido. Un ruido disonante y estridente que bloquea los sentidos por saturación. Y, por si fuera poco, ese ruido es producido por una ráfaga incesante de estímulos visuales, tan agresivos como embotadores, semejantes a las luces y láseres de flashes intermitentes de las discotecas. Un mundo atrapado en una caja de resonancia cuya exaltada frecuencia carga de electricidad estática el mismo aire que respiramos, para desquicio del sistema nervioso del más sosegado. Y, en medio de este hábitat enervante, solo se escuchan las opiniones de aquellos que, medios de comunicación y redes sociales mediante, compran un espacio de paréntesis para hacerse distinguibles entre tanto estrépito, en formato de programa televisivo o radio, spot publicitario, o publicación en editorial, prensa o plataformas de internet. Sabedores que dichas voces, que sobresalen previo pago por encima de la onda de frecuencia del estruendo ambiental, no son más que teloneros que cumplen una función beneplácita por necesaria para la continuidad del propio ruido.  

No es de extrañar, en consecuencia, que en este ambiente ruidoso los pensadores sean mudos. No porque no tengan capacidad de habla, sino porque sus palabras no alcanzan a escucharse. Y si plasman sus pensamientos en escritos, éstos acaban escribiéndose con letra invisible. No porque no puedan leerse, sino porque sus reflexiones no son atendidas por nadie al no poder sobreponerse al envolvente halo de ruido. De hecho, el proceso intelectual deliberativo del pensador nace del silencio, por lo que su naturaleza ya parte de inicio en clara desventaja por ser diametralmente opuesta al ruido. Un ruido que, en definitiva, busca la enajenación de la mente humana para incitarla deliberadamente a un estado de encefalograma plano, donde la masa zombificada baila a un mismo ritmo. (Ver: Breve diserción sobre el Ruido y el Silencio Personal y Social)

No obstante, que nadie se lleve a engaño en una sociedad egocentrista, el pensador no piensa para que se le escuche o se le lea, sino que sus reflexiones forman parte de una necesidad personal, casi fisiológica, de dar sentido a su propia existencia. Y, de paso, como dinámica de autosanación en un mundo tan dispar como irracional que intenta descifrar a modo de juego existencial. (Ver: La filosofía como terapia personal). Lo que no es incompatible, a su vez, al hecho que el pensador no desee -que no es lo mismo que tener necesidad- el compartir sus pensamientos como ser social que es, en el sentir de una inherente vocación de aportar valor al conjunto de la sociedad. Dicho lo cual, no hay pensador que cese de reflexionar a expensas de un ruido ambiental que no solo le enmudece, sino que lo invisibiliza a ojos de los demás. Es por ello que, siendo el hábitat natural del pensador el silencio, y sin padrinos naturales ni capacidad económica suficiente para adquirir paréntesis de notoriedad alguno que haga de cuña sobre la frecuencia del ruido, el pensador, desde su intimidad reflexiva, es mudo y escribe con letra invisible.

Así pues, lo relevante, para la coherencia con la naturaleza propia del pensador, no radica en ser mudo o invisible al mundo exterior, sino saberse escuchar y poderse leer en el mundo interior de uno mismo. Semejante al bienestar placentero que se siente en la mismidad, sentado solo en la playa frente al inmenso mar, al reflexionar sobre los aspectos más mundanos como trascendentales de la vida. El pensar es silencio y soledad (Ver: La soledad voluntaria, un bien preciado desprestigiado). Y el pensador, un buscador curioso del sentido de la verdad. Es por ello que, si alguna elegía se compone tras mi muerte, solo pido que se me recuerde como un pensador que, pipa en boca, disfrutó de su viaje mortal reflexionando sobre la insondable vida (cuyas notas recogió en su bitácora personal del Vademécum del Ser Humano). Dixi!


lunes, 6 de diciembre de 2021

La Prodigalidad, el freno de urgencia familiar que el Capitalismo esconde

Vivimos en una época en que el derecho de propiedad es un bien sagrado, y el uso y explotación por parte de un titular del conjunto de sus bienes materiales no tiene límites. O, dicho en otras palabras, el propietario de un patrimonio puede hacer con él lo que le plazca a su antojo, inclusive dilapidarlo hasta reducirlo a la nada. Una práctica que, de hecho, en un mundo consumista donde brillan y se jalean los excesos, es aceptada plenamente bajo el influjo del credo de la filosofía capitalista ultraliberal como nueva religión de masas dominante.

No obstante, es por muchos desconocidos -acción deliberada mediante por el propio Capitalismo-, la existencia de un tecnicismo milenario que limita al propietario de un patrimonio su derecho de explotación sobre el mismo, situándolo en su justa condición de velador responsable de dicho patrimonio para con sus descendientes, principalmente. Es decir, aunque una persona ostente la titularidad de un patrimonio, éste también es a la práctica de sus hijos. Por lo que la tan manoseada frase del “Yo te mantengo” dicha por un padre a un hijo (extensible de hijo a padre y de cónyuge a cónyuge), realmente debe reformularse como “Yo me mantengo mediante el uso que tú haces de mi patrimonio” a decir de un hijo a un padre. Pues, en este sentido, efectivamente el hijo ostenta un derecho sobre el patrimonio que, aunque sea en potencia (por falta de titularidad efectiva), no por ello es violentable.  

Dicho tecnicismo que persiste hasta nuestros días, tiene su origen en el derecho de los antiguos romanos, quienes crearon la figura jurídica del prodigus (Pródigo), entendiéndola como aquella persona “quien no es capaz de llevar cuenta y límite en sus gastos, sino que se arruina dilapidando y malgastando sus bienes”. Una figura que, mal le pese al Capitalismo, perdura en la actualidad bajo el término jurídico de Prodigalidad, y que tiene como objetivo atender al peligro que la conducta de un propietario de un patrimonio entraña para el propio patrimonio y, particularmente, para las expectativas sucesorias que sus familiares más próximos albergan sobre este patrimonio. Como vemos, el Pródigo es aquella persona que malgasta su patrimonio en detrimento presente y futuro de su propia familia. Y la Prodigalidad es, por su parte, la figura jurídica que permite actuar a descendientes, ascendientes, o cónyuges, contra la conducta de la persona pródiga que malgasta su caudal con ligereza y/o desorden a capricho. O, al menos, así se contempla en los ordenamientos jurídicos de los países contemporáneos que utilizan el derecho continental europeo, derivado en gran parte del derecho romano (además del germano, del canónico y del pensamiento de la ilustración), y que representa el sistema jurídico más utilizado del planeta (El resto de países utilizan, principalmente, el derecho anglosajón o el derecho islámico).

Pero, historia y filosofía del Derecho a parte, lo relevante es observar cómo tanto la naturaleza sustancial del hombre como ser social desmesurado a controlar no ha variado a lo largo de más de dos mil años de civilización (nihil novum sub sole), como el hecho que la exaltación del individualismo como máxima del modelo social del Capitalismo tiene límites, en materia de gestión patrimonial, en el uso y despliegue de su propia libertad. Aunque al mismo Capitalismo no le guste publicitar, para total desconocimiento de la mayoría de mortales.

El hecho que el derecho sobre el patrimonio sea extensible al resto de la familia más próxima, con independencia del grado de consanguinidad de los miembros y de quién ostente la titularidad (que por esencia es provisional, pues la vida del titular del patrimonio es temporal), tiene interesantes y relevantes implicaciones filosóficas. Veamos:

En primer lugar, por obvia, cabe apuntar la implicación acorde a la Filosofía de la Moral, pues el titular de un patrimonio familiar tiene la obligatoriedad ética de una gestión responsable con y sobre los bienes comunes más allá de su propia muerte. Es decir, la conducta socialmente recurrente sujeta al principio de que tras la muerte del titular del patrimonio sus herederos “ya se apañarán con lo que quede”, es una conducta claramente pródiga.

En segundo lugar, cabe apuntar la implicación acorde a la Filosofía Social y Económica, pues el derecho común tácito de un grupo familiar sobre un mismo patrimonio hace de éste una propiedad privada compartida de facto. Es decir, la gestión del patrimonio deviene, por aplicación de la ética de la responsabilidad, de carácter mancomunado. Pues todos y cada uno de los miembros de una familia, en pleno uso de sus facultades mentales, tiene derecho a sopesar y decidir sobre las implicaciones personales respecto a las expectativas de beneficio del patrimonio presentes y futuras derivadas de su gestión.  

Y, en tercer lugar, cabe apuntar la implicación acorde a la Filosofía Ontológica, pues la propiedad privada compartida por familiar, sujeta al principio de gestión mancomunado, pone en relieve la importancia relacional entre persona (ente universal por lo que es) y patrimonio (ente particular por lo que se tiene) como elementos tan codependientes como causales para garantizar la dignidad de vida del ser humano.

No hay que decir que dichas implicaciones de la Filosofía de la Moral, Social y Económica, y Ontológica, de marcado carácter humanista, son irrelevantes y aún más menospreciables para la filosofía imperante del Capitalismo, cuyo éxito deviene de la creación de una propia moralina fundamentada en el egoísmo cortoplacista en el contexto de una cultura consumista de corte hedonista. No obstante, ley milenaria mediante, siempre queda la opción del freno de urgencia, a conductas capitalistas familiares insolidarias con sus consanguíneos por despilfarradoras, como es la figura reglada de la Prodigalidad. Aunque, no es menos cierto que, en temas familiares con relaciones idiosincrásicamente complejas por cargadas de tóxicos chantajes emocionales, pocos son los que se atreven a ponerle el cascabel al gato. Pues la persona pródiga, es Pródigo toda la vida, en su profundo sentimiento individualista de un derecho divino adquirido como propio por nacimiento, el cual defenderá soberbiamente con uñas y dientes. Pues él o ella, desde su religiosa concepción capitalista, es quien mantiene al resto de miembros desde la comodidad del uso de un patrimonio familiar explotado en exclusividad y, tras su fallecimiento, que se apañen los que quedan con aquello que quede. Si éste, amigo lector, es tu caso, a falta de gallardía procesal, que sean los dioses del Olimpo los que tengan a bien ampararte. Pues no hay tesoro, por opulento que sea, que a un derrochador aguante.


martes, 30 de noviembre de 2021

La Inflación: la gallina de los huevos de oro creada por la avaricia humana

Si cada vez puedes comprar menos con el mismo dinero, o te cuesta llegar más a final de mes con el mismo salario, es que padeces la enfermedad vírica de la Inflación, cuya naturaleza no es biológica sino económica. De hecho, la Inflación no es ni más ni menos que el resultado de la pérdida de poder adquisitivo que sufrimos los ciudadanos, causado por el aumento de precios de los bienes y servicios que consumimos habitualmente. Por lo que tranquilo, no se trata de una enfermedad rara que te afecta solo a ti, sino que contrariamente es una enfermedad epidémica que la padecemos prácticamente todos. Un palabro, la Inflación, que seguro has escuchado últimamente de manera reiterada por ser noticia de rabiosa actualidad, ya que representa la reaparición tan intensa como abrupta de uno de los Jinetes del Apocalipsis de la economía global (tras casi tres décadas de cierta tranquilidad en el orbe occidental), justamente, cuando tímidamente iniciábamos la tan anhelada recuperación económica tras la devastación sufrida por la peste del Covid-19.

Es por ello que cabe concebir la Inflación, en su más amplia ascendencia mitológica, como un verdadero monstruo terrorífico para cualquier economía con independencia de su cuna ideológica, pues afecta directamente a la calidad de vida de las personas, en tanto en cuanto somos ciudadanos-consumidores en una sociedad de mercado. Hecho éste que, por sí mismo, merece el interés de cualquier filósofo contemporáneo que se precie, por lo que la presente reflexión la enmarco -como apunte aclaratorio- dentro de la Filosofía de la Economía. (Ver el apartado de la temática filosófica sobre la economía en el glosario de reflexiones del Vademécum del Ser Humano). Ya que la Economía, al fin y al cabo, no es más que Filosofía aplicada sobre modelos de organización social: dime qué economía ejecutas, y te diré qué tipo de sociedad construyes. He aquí mi breve alegato como filósofo, a modo introductorio, en defensa personal por el interés que me despierta el tema de la Inflación.

Dicho lo cual, iniciemos en el relato reflexivo de la temática objeto de análisis desde la vertiente más agradable, para progresivamente ir desvelando su naturaleza más cruenta: Si alguna faceta tiene de positiva el monstruo de la Inflación es que se puede medir, y todo aquello que podemos medir es susceptible de poderse gestionar, aun en contextos complejos como los actuales. Siendo su termómetro de medición la variación interanual (subida o bajada) de los precios de los productos y servicios que las personas consumimos habitualmente (dígase cesta familiar), respecto al presupuesto de las familias (dígase capacidad de gasto medio del hogar). Termómetro al que los economistas denominan Índice de Precios al Consumidor, más conocido como IPC. El cual, como todos sabemos por simple experiencia empírica cotidiana, a día de hoy se sitúa por las nubes para empobrecimiento y consiguiente dolor de cabeza de la mayoría.

Pero, tan importante como saber medir el nivel de peligrosidad o capacidad de destrucción del monstruo, resulta aún más relevante conocer sus causas. Pues toda gestión, para ser efectiva, debe atacar de manera directa las causas que originan el problema en cuestión. Y he aquí la dificultad del asunto, pues estas causas son tan variadas como complicadas en un mundo humano de por si enrevesado. Veamos a continuación las tres causas que, personalmente, considero las más destacables por sintetizadas en el panorama socio-económico global actual:

1.-Acaparamiento de productos

Si integramos en una misma ecuación el factor del aumento de la población mundial y el factor de escasez tanto de recursos como de capacidad productiva humana, nos dará como resultado obvio la fuerte tentación por parte de gobiernos y de grandes corporaciones de acaparar productos (ya sean bienes primarios o secundarios) para garantizarse su autoabastecimiento, en detrimento del derecho legítimo de terceros de disfrutar de los mismos. Una política que a la práctica siguen tanto gobiernos, como es el caso destacado de China como reciente primera economía mundial que manifiesta una fuerte necesidad fagocitadora de recursos y productos internacionales para cubrir su descomunal apetito interno, como multinacionales consolidadas que luchan por no perder sus cuotas de mercado, y cuya tendencia tanto de unos como de otros en acumular y retener productos para un abastecimiento a futuro se ha visto agudizado, aún más si cabe, por el temor de volver a experimentar la reciente mala experiencia de la carencia de suministros derivada por el parón absoluto de la economía productiva que, durante un largo año, causó la pandemia del Covid-19. Una tendencia de acaparamiento de bienes por parte de las entidades jurídicas más poderosas del planeta que, irremediablemente, provoca una escasez de oferta en un mercado global de gran demanda, lo que se traduce en aumento de precios.

2.-Falta de oferta suficiente

Derivado de la causa anterior de una falta de oferta suficiente para cubrir las necesidades de todos, es popularmente sabido que lo escaso se traduce en caro, pues al final quien adquiere un producto o bien limitado es aquel con mayor capacidad económica, para regocijo de comerciales que siempre buscan vender al mejor postor. Pues, poderoso caballero es Don Dinero, como bien ya apuntó Quevedo. Y si, además, da la casualidad que la escasez de dicho bien o servicio (como pueda ser la energía, los cereales, o los chips, por poner algunos ejemplos) resulta imprescindible para la realización de un bien o servicio complementario final (como puedan ser, en línea con los ejemplos previos, la electricidad, el pan o el pienso de ganado, o los coches o los teléfonos móviles), aquellos encarecen a su vez toda la cadena de producción de éstos, repercutiendo por tanto en el bolsillo de los consumidores finales en un efecto dominó de aumento de precios.

3.-Especulación comercial

Y ya se sabe que, como reza el refranero, a río revuelto, ganancia de pescadores. Es decir, que los buitres de los mercados financieros, desde la comodidad de sus despachos enmoquetados en los rascacielos de las grandes urbes financieras diseminadas a lo largo y ancho del mundo, aprovechan dicha situación de desequilibrio de distribución de recursos para sacar provecho propio mediante la estrategia comercial de la especulación. Un método de mercadeo, tan antiguo como el propio hombre, que reside en comprar en un lugar productos de necesidad general para revenderlos en otro lugar a un precio superior, para mayor miseria de aquellos que necesitan comprarlos. Una táctica comercial que acarrea una flagrante alteración de los precios, haciendo de los ricos más ricos y de los pobres más pobres, en contextos de crisis económica.

Así pues, como podemos deducir sin esfuerzo, ciertamente la Inflación es un monstruo que políticamente es claramente antidemocrático, socialmente profundamente injusto, y económicamente maliciosamente cancerígeno para el Bienestar Social de la gran mayoría de ciudadanos de a pie. Aunque no es menos cierto, a la par, que la Inflación deviene una gallina de los huevos de oro a ojos de los Señores del Dinero, quienes ejercen de mano omnipotente que mece a antojo el Mercado, bajo un sistema moral propio por partidista diametralmente opuesto al del resto de mortales. Tengámoslo presente.  

Expuesto lo cual, la pregunta del millón no puede ser otra que aquella que cuestiona qué medidas optan nuestras autoridades monetarias para controlar y mantener la estabilidad económica, que afecta directamente a la calidad de vida de las personas, en una situación de alta Inflación como la actual. Sabedores que las autoridades monetarias están formadas por los gobiernos (ministerios de economía) y los bancos centrales de cada país. Y que, en Europa, además, al participar de una moneda única oficial, los países miembros estamos supeditados a su vez a los dictámenes del Banco Central Europeo. En este sentido, la respuesta a la pregunta millonaria se sintetiza, principalmente, en cuatro líneas de acción:

1.-Aumento de los tipos de interés

El tipo de interés es, ni más ni menos, el precio que pagamos a un banco a cambio de que nos preste dinero. Por lo que, si los tipos suben, obviamente se pedirán menos préstamos. Una acción deliberada que busca disminuir el dinero en circulación, por lo que se reduce el consumo y, por ende, bajan los precios de los productos y servicios. Una estrategia que, como todos sabemos, si bien puede ayudar a mitigar al monstruo de la Inflación, afecta negativamente a la economía productiva de las pequeñas y medianas empresas (que representan el 80% del tejido empresarial de un país desarrollado), por lo que es un pez de miseria que se come la cola, donde el ciudadano medio deja de gestionar dinero para gestionar deudas.

2.-Cerrar el grifo bancario

Como medida complementaria a la anterior, y para que las autoridades monetarias se aseguren la reducción de dinero en circulación, éstas obligan a los bancos comerciales a tener más dinero líquido como garantía de sus depósitos (que no son más que los ahorros que los clientes dejan en su banco durante un tiempo determinado) sin meterles mano, lo que limita directamente y en sentido negativo a sus políticas comerciales de vender productos bancarios (como son los créditos), que a la práctica se traduce en que los bancos cierran el grifo de liquidez a sus clientes. Es decir, aquí se cumple el axioma de que los bancos te ofrecen un paraguas cuando hace sol y te lo quitan cuando llueve. Y ya sabemos que, sin financiación bancaria, no hay actividad empresarial que levante cabeza o despegue (en el caso concreto de los emprendedores) en una situación de crisis de consumo, lo que perjudica a la viabilidad de la reactivación de la economía productiva de un país.

3.-Vender deuda pública

Y como refuerzo de las dos medidas antecedentes expuestas, los gobiernos inflacionistas ponen en venta su deuda pública (que es el exceso de gasto sobre los ingresos del conjunto de sus administraciones públicas), tanto a particulares como a otros gobiernos. Una venta que se realiza, gracia mediante, la garantía del Estado de que se les devolverá el dinero con un beneficio comercial marcado por un tipo de interés beneficioso, como recompensa o compensación por el hecho de asumir el riesgo financiero que implica comprar deuda ajena (lo que se conoce, en un sentido amplio, como Prima de Riesgo). Una medida que, además de permitir a los gobiernos afrontar parcialmente sus gastos, tiene como objetivo principal disminuir el dinero en circulación, para así bajar el consumo y reducir los precios de los productos y servicios. Lo que nos lleva de vuelta a los tristes efectos secundarios, para el conjunto de la ciudadanía, propios de la casilla de salida que marca la acción del aumento de los tipos de interés.

4.-Aumento de los salarios  

No obstante, junto a las tres medidas estrella de política monetaria descritas, encontramos una cuarta acción de intento de lucha anti inflacionista que, si bien no es de autoría propia de las autoridades monetarias como las anteriores, también juega un papel relevante en el tablero de juego por su notoriedad pública, megáfono en mano. Me refiero a la petición de aumento de salarios que los agentes sociales, y más específicamente los sindicatos de trabajadores, reclaman a gobierno y patronal para hacer frente al monstruo de la Inflación que, como sabemos, es responsable directo de la pérdida del poder adquisitivo de los ciudadanos. Una exigencia sindicalista fundamentada en la lógica, en definitiva, de aumentar el dinero en circulación y, asimismo, aumentar la capacidad de consumo, en un intento de neutralizar el alto coste que sufre la cesta familiar en un contexto de Inflación. Un planteamiento del que puede observarse, sin ser demasiado sagaz, que topa de frente con las medidas estándar de las autoridades monetarias (poniendo de paso en un tenso aprieto a los gobiernos de la zona euro con su garante económico, que no es otro que el Banco Central Europeo, y sus alineadas políticas económicas comunitarias), así como enfrenta un choque de trenes contra un tejido empresarial maltrecho por una interminable crisis económica, la cual dura ya más de dos décadas tras la caída de la financiera norteamericana Lehman Brothers en 2008.

En resumidas cuentas, visto lo visto, las medidas por las que optan las autoridades democráticas para abatir al monstruo de la Inflación no son nada alentadoras, pues se resumen -más allá de la entelequia de los sindicatos que plantean un problema de imposible solución- en obligarnos a los ciudadanos a tener menos dinero para consumir menos, provocando por imperativo legal un efecto dominó en claro prejuicio para los emprendedores, profesionales, y las pequeñas y medianas empresas, que en su conjunto sostienen, mediante su actividad fiscal, el denostado Estado del Bienestar Social que es el único modelo que puede garantizar la vida digna de las personas. O, dicho en otras palabras, las medidas de las autoridades monetarias no solo no afrontan de raíz las causas de origen de la Inflación, sino que le hacen el juego y, con ello, siguen bailando al ritmo de aquellos que se benefician de las atrocidades del monstruo.

La solución al problema de la Inflación, por tanto, no existe. La Inflación ha venido para quedarse todo lo que pueda. Pues éste es un monstruo construido a partir de la avaricia humana, donde sus causas primogénitas encuentran su razón de ser en un profundo sentido de insolidario egoísmo como rasgo natural del hombre. Y si bien dichos vicios humanos son susceptibles de ser transmutados en virtudes, educación en valores humanistas mediante, no hay superhombre o superorganización sobre la faz de la tierra capaz de colocar a estas alturas de la película el cascabel al feroz e irascible por codicioso monstruo. Por lo que el horizonte de nuestra especie se vislumbra, en una exponencial tendencia de aumento poblacional y de escasez de recursos y de oferta, en una altamente probable sociedad distópica caracterizada por una abismal brecha de desigualdad e injusticia social entre ricos y pobres. Imaginar un futurible alternativo es pura candidez pueril. Pero tranquilidad, no hay necesidad de alarmarse, pues el dolor de la triste realidad será neutralizado previsiblemente por los adecuados medios enajenadores de control de masas, metaversos incluidos. Y si no, tiempo al tiempo. Pues sale más a cuenta anestesiar la conciencia de los hombres, que sacrificar la gallina de los huevos de oro que representa la Inflación.