sábado, 21 de noviembre de 2020

Velemos por la veracidad del conocimiento sociabilizado

 

Todos afirmamos creer qué es el conocimiento como saber, entendiéndolo al menos por un lado tanto como aquel conjunto de datos de información que -experiencia mediante- nos permiten adquirir una percepción conceptual de la realidad, como entendiéndolo por otro lado como aquella metodología racional que al amparo de las leyes fundamentales de la Lógica nos acercan cognitivamente a una percepción objetiva de lo que llamamos Principio de Realidad, el cual bien puede resumirse en: lo que es Es, y lo que no es No Es.

Dicho lo cual, la pregunta pertinente que se precia es: ¿qué es aquello que creemos saber y por qué?. Un dilema frente al que todo el mundo, sin excepción alguna, no puede evitar más que mirar a su alrededor para encontrar una respuesta, pues es justamente en ese contexto ambiental o hábitat humano en el que se desarrolla una persona como individuo donde reside la respuesta de dónde extraemos el conocimiento que creemos saber y por qué creemos saberlo. Es decir, el conocimiento encuentra su fuente directa en los otros (99 por ciento en lo que hemos aprendido, leído o escuchado, y 1 por ciento en aquello deducido personalmente por capacidad de pensamiento crítico propio si es que se tiene). Un hecho empírico, aún más acuciante si cabe, en un mundo complejo como el actual cuyo conocimiento integral de la realidad conocida es demasiado extenso para la limitada capacidad aprehensiva humana de un solo individuo, cuya alta especialización del conocimiento en campos de estudio singulares le confiere la característica de una naturaleza segmentada por multiatomizada, y donde dicho conocimiento poliédrico se reinventa cada día de manera vertiginosa en un proceso de actualización continua mediante la gestión de la inteligencia colectiva en un contexto global e interrelacionado a tiempo real. Es por ello que, muy a mi pesar, la figura del humanista como persona polímata es una idea romántica, por actualmente inexistente por inviable.

Llegados a éste punto, la pregunta obligada no puede ser otra que ¿cómo se crea el conocimiento?. Cuya respuesta resulta tan simple como obvia, a la luz deductiva de lo anteriormente expuesto: por sociabilización (ver: La realidad objetiva humana no existe fuera del consenso general subjetivo). Es decir, el conocimiento es sociabilizado o no lo es. Un rasgo sustantivo que conlleva, de manera implícita por necesaria, dos factores sociológicos claves: un acceso colectivo a dicho conocimiento (publicidad), y un consenso colectivo respecto a dicho conocimiento (acuerdo social). Y sobre este axioma, la epistemología como estudio del conocimiento humano, da paso ya no a la sociología sino a la filosofía de la moral. Pues en un mundo humano, profundamente humano, organizado por una sociedad estructurada sobre el eje vertebrador del capitalismo (donde prima el capital como generador de riqueza para beneficio de la propiedad privada, que no colectiva, pues en caso contrario no existiría la desigualdad y por extensión la injusticia social), la publicidad del conocimiento para su consenso social se ve profundamente determinada por el tipo de escala de valores morales del que parte dicha voluntad de publicidad. O dicho en otras palabras, puede existir publicidad de conocimiento no sujeta al presumible valor moral por excelencia de la verdad, bajo parámetros conductuales intencionados de control de la sociedad. Con lo que llegamos a la pregunta del millón, objeto de alto interés por parte de cualquier ciudadano moderno que se precie como fiscalizador de los principios rectores democráticos: la publicidad del conocimiento ¿proviene de un solo proveedor o de múltiples proveedores independientes entre sí?.

Lo que resulta una obviedad es que un presunto escenario de monopolio sobre el conocimiento es inversamente proporcional al grado de salubridad de un conocimiento verdadero. Por lo que no hay mayor garantía para la publicidad de un conocimiento fundamentado sobre la verdad del mismo que un sistema de publicidad democrático, donde participan múltiples proveedores, de manera libre e independiente, en el abastecimiento de dicho conocimiento para su posible verificación, validación y posterior consenso colectivo. Pues si algo hay de frágil en todo este proceso, ya no es el conocimiento per se sino el propio ser humano, el cual no solo conoce por sociabilización en un mundo que reniega peligrosamente del pensamiento crítico, sino que aún más es, aun sin quererlo, un producto cultural desde el preciso momento incluso anterior a su propia concepción. Libertas capitur, sapere aude.