sábado, 28 de noviembre de 2020

El derecho de ser Divergente, una cuestión de Estado (con validez caduca)

Que vamos camino de mudar la actual realidad física por otra de naturaleza virtual, es un hecho inevitable, tal como soplan los vientos que anuncian las gafas de realidad aumentada que en breve comercializará facebook con la intención de que éstas suplanten a los actuales teléfonos móviles con nuevas y mejoradas aplicaciones, o que asimismo pronostica el proyecto Neuralink de Elon Musk cuya interfaz conectará cerebro humano con internet, entre otros avances en materia de inteligencia artificial propio de la ciencia ficción (ver: Neurotecnología: el peligro de la pérdida de control sobre la percepción de la realidad). Un cambio de realidad a una década vista en el que, sin lugar a dudas, los parámetros de referencia del ser humano sobre lo que es la realidad se verán profundamente alterados, siendo el hombre engullido por una madriguera de conejo virtual más delirante incluso que la de Alicia en el país de las maravillas. Lo cual no solo abocará a una transformación abrupta del mundo de las creencias humanas, y por extensión a una redefinición disruptiva de la moral, sino que afectará a su vez de lleno a lo que debemos de entender como conocimiento en su más amplio sentido.

Y en éste escenario -dioses del Olimpo no quieran que sea distópico por ausencia de humanidad-, es una obviedad que la sociedad como sistema de organización humana será sí o sí de corte orwelliano. Es decir, el hombre como individuo y ser social estará sujeto a un control férreo no solo de desarrollo de habilidades y capacidades sino también de pensamiento, por pura lógica de inmersión a una realidad virtual creada por agentes terceros que, en una sociedad de consumo, tienen como fin último el control de las masas para beneficio mercantil propio. Por lo que, llegados a éste punto, la pregunta del millón no es otra si, en dicho horizonte futuro, el hombre tendrá criterio propio o, por su contra, todo el criterio referente tanto a quien es (ontología), como a lo que el mundo que le rodea es (epistemología), le vendrá determinado por un paquete predefinido de programación neuronal apto para su autoconsumo por imperativo legal.

Hacer referencia al criterio propio equivale a hacer referencia a la capacidad de desarrollo del pensamiento crítico por parte del ser humano como ser racional y sintiente, sin cuya capacidad, por otro lado, no puede existir el libre albedrío (ver: Y tú,¿tienes libre albedrío?). Así pues, en el supuesto de una futurible sociedad orwelliana, resulta evidente dilucidar que la capacidad de criterio propio quedará reservada a las élites que controlan al resto de la masa como población (o rebaño) necesaria que retroalimenta la economía de consumo. Es decir, la consciencia de la población de consumo, como mentalidad colectiva existencial, vendrá determinada por la consciencia con capacidad de criterio propio de los controladores de la masa. Por lo que, cualquier individuo que forme parte de dicha masa y que desarrolle, de manera inducida o por naturaleza deductiva personal, un criterio propio será considerado como un Divergente, que no es otro que todo aquel que diverge por pensar de manera diferente a la corriente del pensamiento preestablecido.

No obstante, sólo cabe la posibilidad que un Divergente no sea perseguido, o purgado socialmente, en una inminente sociedad orwelliana que requiera de éstos para la tan necesaria creación del pensamiento disruptivo, el cual es la piedra angular de toda innovación como motor de desarrollo y competitividad de las sociedades de mercado tecnológico. Aunque, muy a nuestro pesar, no tardaremos en ser testigos como la capacidad innovadora humana es sustituida por la capacidad innovadora de la Inteligencia Artificial por su alto grado de eficacia, efectividad y eficiencia (ver: La IA sustituirá a los humanos en los departamentos de Innovación de las empresas).

Lo cierto es que el panorama que nos viene encima no vislumbra un buen agüero, cuya futurible sociedad orwelliana encuentra su razón de ser, por evolución gravitatoria natural, en el imperio de los mercados como Gobierno global que manda y ordena sobre los propios gobiernos de los estados locales (ver: El Mercado, el nuevo modelo de Dictadura mundial). De lo que se deduce que el ser Divergente, como derecho fundamental de toda persona al amparo del libre criterio propio como ser pensante, debe ser considerado hoy más que nunca un tema de Estado. Pues solos los estados, en obligación de sus competencias por velar por los principios rectores de la Democracia moderna que bebe de los derechos humanos, tienen en su haber la capacidad de hacer preservar el derecho inalienable de todo ciudadano a una vida vivida con criterio propio, mediante acciones no solo activas y decididas en materia de educación pública, sino incluso en materia legislativa de regulación de unos mercados que en su voracidad por controlar a los ciudadanos-consumidores arrasan con toda consciencia con pensamiento crítico a su paso.

Señores, en estos tiempos de transición inter realidades en los que aun somos capaces de distinguir lo que es un pensamiento propio del que no lo es, por falta de completarse el proceso de inmersión de la nueva realidad virtual sobre nuestra realidad actual, reivindiquemos el derecho humano, profundamente humano, a la Divergencia de razonamiento. Reivindiquémoslo sin demora antes de sucumbir al eterno sueño virtual de una noche de verano al puro estilo shakesperiano, o al sueño eterno ulisiano de una ciberhechicera Circe contemporánea, pues entonces por no saber, no sabremos ya ni quiénes somos. ¿O a caso el hombre puede saber quién es sin libre e independiente pensamiento propio?.

Firmado: Un Divergente, por adelantado.