domingo, 29 de noviembre de 2020

El Nuevo Orden Mundial

Si alguna teoría de tintes conspiracionista se revela de rabiosa actualidad en plena era pandémica ésta no es otra que aquella a la que se conoce como Nuevo Orden Mundial, la cual es tan prolifera en elementos estructurales, ornamentales e incluso delirantes, como diversas son las personas que la esgrimen para entretenimiento de tertulias más o menos acaloradas. No obstante, de la amalgama de versiones de la susodicha teoría puede sustraerse cuatro supuestos elementos nucleares: el traspaso de un antiguo a un nuevo régimen socio-político, la existencia de un plan diseñado para instaurar un gobierno único, la autoría directa de una élite económica, y la firme voluntad de controlar las masas.

Esta tetradimensión de la teoría conjuracionista conforma una misma naturaleza política sustancial que, de hecho, no es nada nueva sino que bien al contrario existe desde que el hombre es un ser social, por lo que podemos observarla como un patrón de gestión de poder sociológico reiterativo a lo largo de la historia de la humanidad. Pues un Nuevo Orden Mundial es stricto sensu, dentro del mundo conocido, lo que instauró el Imperio Egipcio de los faraones y posteriormente el Imperio Romano en la Antigüedad, la Iglesia Católica (como heredera, sea dicho de paso, de la cultura romana) en la Edad Media, la Ilustración con la Revolución Francesa a la cabeza (germen de los actuales Estados Sociales y Democráticos de Derecho) en la era Moderna, y el Capitalismo con la Revolución Industrial ya en la era Contemporánea. Y llegados a éste corte temporal, como punto y seguido de nuestra historia, cabe apuntar que el imaginario colectivo sobre la teoría del Nuevo Orden Mundial se enriquece en su complejidad por devenir una figura poliédrica fruto de la suma de múltiples actores participantes, con independencia tanto de su insostenible relación antagónica como de la falta de rigurosidad histórica de los mismos a la luz de la lógica.

Si nos ceñimos a la observancia de nuestra actual era contemporánea, en la que llevamos registradas cuatro revoluciones industriales bajo un sistema de organización social basado en el capitalismo (cada cual más disruptiva y acelerada, si cabe, para la vida cotidiana del ciudadano medio: la era del carbón a finales del s.XIX, la era de la electricidad a principios del s.XX, la era de internet y de las energías renovables en la segunda mitad del s.XX, y la era de la inteligencia artificial a principios del s.XXI), podemos constatar tres nuevos hitos manifiestos de implantación de lo que podemos denominar proyectos para un Nuevo Orden Mundial con personalidad socio-económica y política propia por singular.

El primer proyecto para un Nuevo Orden Mundial, desde la primera revolución industrial, lo encontramos en 1945 tras el fin de la segunda Guerra Mundial, siendo los protagonistas los países Aliados que junto a Estados Unidos (con tan solo treinta años como primera potencia económica mundial), establecieron las bases no solo de la actual era de las relaciones internacionales políticas, sino a su vez planificaron el desarrollo y crecimiento económico y comercial del mundo desarrollado.

El segundo proyecto para un Nuevo Orden Mundial, desde la primera revolución industrial, debemos fijarlo en 2008 con la quiebra de la financiera norteamericana Lehman Brothers, la cual sume al mundo occidental -o primer mundo- en una profunda crisis del modelo capitalista y por extensión socio-económico que perdura hasta el día de hoy, afectando de manera directa a los Estados de Bienestar Social de la zona Euro. Este acontecimiento representa el inicio del fin de Estados Unidos como potencia mundial, y abre el camino de su relevo a China como nueva y emergente potencia económica global, con el tensionado reequilibrio de poderes a nivel internacional que ello implica.

Y el tercer proyecto para un Nuevo Orden Mundial, desde la primera revolución industrial, debe fijarse en 2020 con la declaración de pandemia global por coronavirus por parte de la OMS, lo cual como es bien sabido por todos no solo implica un recorte de los derechos fundamentales de las personas como ciudadanos y un retroceso de la economía productiva mundial (con la consiguiente caída de los PIB’s nacionales), sino sobre todo un cambio de paradigma económico y por extensión laboral y educativo por implantación de la realidad virtual de manera transversal en el conjunto de dimensiones de la vida cotidiana de los individuos (Ver: La Pandemia, el año cero de la nueva era).

Como puede deducirse a la luz de la cronología expuesta, los presumibles proyectos para un Nuevo Orden Mundial siempre surgen a partir de una catarsis global, ya sea de naturaleza bélica, financiera o sanitaria, que en todo caso tienen una afección directa sobre la economía, en su doble dimensión macro y micro, que obliga a una reestructuración de los parámetros de la realidad social conocida. Pero, llegados a éste punto, y sobre la aceptación de la existencia de la teoría del Nuevo Orden Mundial bajo los postulados de su naturaleza tetradimensional inicialmente presentados, la pregunta del millón no puede ser otra que: ¿quiénes están detrás del Nuevo Orden Mundial contemporáneo?.

Para responder a ésta pregunta, cabe señalar que a nadie se le escapa que los tres supuestos proyectos enumerados para un Nuevo Orden Mundial en los tiempos presentes, en el contexto de una sociedad estructurada sobre el eje vertebrador del capitalismo (donde prima el capital como generador de riqueza para beneficio de la propiedad privada, que no colectiva, pues en caso contrario no existiría la desigualdad y por extensión la injusticia social), están profundamente marcados por los designios del Mercado. El cual, no debe concebirse como un ente abstracto ya que cuenta con personas físicas y jurídicas bien definidas y corpóreas bajo el principio de realidad, sino que aún más el Mercado representa de facto el Estado dentro de los estados por su omnipotente influencia sobre el conjunto de las sociedades. Es decir, las entidades mercantiles –y con ellas las personas que conforman sus consejos de administración- que controlan el Mercado global dentro de una sociedad de consumo como la actual, se erigen ciertamente como un Gobierno mundial que opera sobre los gobiernos locales de los Estados democráticos (Ver: El Mercado, un nuevo modelo de Dictadura global). Por lo que en respuesta a la pregunta planteada sobre los actores del Nuevo Orden Mundial, la réplica no es otra que aquellas personas que dirigen el Mercado: las élites económicas.

Planteado lo cual, cabe puntualizar ciertos aspectos clave sobre la naturaleza de los actores de dichos Nuevos Órdenes Mundiales:

1.-En una sociedad de mercado capitalista, los actores del Nuevo Orden Mundial son agentes económicos.

2.-Dichos agentes económicos son una minoría de la población mundial por acumulación de recursos del Mercado (el 1% de los ricos del mundo acumula el 82% de la riqueza global), derivado de un proceso de centralización del mismo iniciado ya desde la primera revolución industrial.

3.-El fin último de estas élites económicas no es otro que velar por su status quo privilegiado que, en una sociedad de consumo, representa controlar a la masa como ciudadanos-consumidores mediante planes estratégicos de desarrollo a escala global.

4.-La implementación de un sistema de control sobre el conjunto de una sociedad de consumo pasa, irrenunciablemente, por el establecimiento de un Orden Mundial de continua actualización que preserve sus intereses, lo cual tiene implicaciones directas en los ámbitos económicos, políticos y sociales de los ciudadanos de a pie.

5.-El grado de control de masas de los actores del Mercado es, a día de hoy, directamente proporcional a la sociabilización tecnológica, proceso consolidado en la Cuarta Era de la Revolución Industrial (2011) y consagrado en el año cero de la Nueva Era que inaugura la pandemia [Ver: El derecho de ser Divergente, una cuestión de Estado (con validez caduca)].        

6.-Si bien las élites económicas que controlan el Mercado son los actores intelectuales y materiales del Nuevo Orden Mundial, los miembros de dicha élite económica no son inmutables sino cambiantes, tal y como se pone de manifiesto en la alteración interanual de la lista de personas más ricas del mundo o en el ranking de grupos empresariales con mayor capitalización del mercado. Dicha actualización anual de las élites económicas viene determinado, en la actualidad, por dos variables claves: el auge de la economía de bienes y servicios tecnológicos en detrimento de los negocios clásicos, y la traslación del eje geoeconómico de Estados Unidos a China como nueva potencia mundial del siglo XXI.

Y, 7.-El elemento sustancial de los miembros que componen la élite económica en un tablero de juego como es el Mercado global no es otro que el Capital, siendo elementos accidentales por anecdóticos los credos, costumbres e incluso vicios particulares de dichos miembros. Es decir, que un miembro de la élite económica sea sionista, por poner un ejemplo, no presupone que la corriente filosófica sionista sea la artífice intelectual del Nuevo Orden Mundial. Pues el Capital no tiene otro credo que su propia religión, la cual se vertebra sobre un valor humano, profundamente humano, como es el egoísmo personal (Ver: La exaltación del Egoísmo:el éxito del Capitalismo).

No obstante, el hecho que los presuntos proyectos para un Nuevo Orden Mundial se fragüen en la discrecionalidad, por no decir secretismo, de los despachos de las élites económicas que buscan el control de masas para rentabilidad propia, es justamente un caldo de cultivo perfecto para todo tipo de especulaciones de los amantes de las teorías conspirativas. Por lo que, ¿quién soy yo para negar a los conspiracionistas la participación de illuminatis, masones, satanistas, reptilianos e incluso bebedores de sangre de hormigas azucaradas sin colorantes ni aditivos, entre muchos otros imaginarios, como manos invisibles que manejan los hilos del Nuevo Orden Mundial?.

La historia del Nuevo Orden Mundial se repite desde que el hombre tiene historia como ser social y político, pues es un reflejo externo de nuestra propia naturaleza egoísta sobresaturada de luchas de poder. Por lo que aquello que debe escandalizarnos en la actualidad no es la existencia de un Nuevo Orden Mundial (por enésima vez), sino la falta de control sobre el mismo en la vergonzosa cesión voluntaria de la responsabilidad de gobernanza de los Estados Sociales y Democráticos de Derecho a favor de un nuevo gobierno global instaurado por el Mercado. Los muchos –como rebaño de ovejas- se dejan gobernar por unos pocos –como manada de lobos-, aún conscientes que son devorados. El ciudadano libre, una vez más, desprecia su libertad para volver a la condición de esclavo, en un mundo cuya luz ilustrada se apaga por momentos. Nihil novum sub sole.   

   

sábado, 28 de noviembre de 2020

El derecho de ser Divergente, una cuestión de Estado (con validez caduca)

Que vamos camino de mudar la actual realidad física por otra de naturaleza virtual, es un hecho inevitable, tal como soplan los vientos que anuncian las gafas de realidad aumentada que en breve comercializará facebook con la intención de que éstas suplanten a los actuales teléfonos móviles con nuevas y mejoradas aplicaciones, o que asimismo pronostica el proyecto Neuralink de Elon Musk cuya interfaz conectará cerebro humano con internet, entre otros avances en materia de inteligencia artificial propio de la ciencia ficción (ver: Neurotecnología: el peligro de la pérdida de control sobre la percepción de la realidad). Un cambio de realidad a una década vista en el que, sin lugar a dudas, los parámetros de referencia del ser humano sobre lo que es la realidad se verán profundamente alterados, siendo el hombre engullido por una madriguera de conejo virtual más delirante incluso que la de Alicia en el país de las maravillas. Lo cual no solo abocará a una transformación abrupta del mundo de las creencias humanas, y por extensión a una redefinición disruptiva de la moral, sino que afectará a su vez de lleno a lo que debemos de entender como conocimiento en su más amplio sentido.

Y en éste escenario -dioses del Olimpo no quieran que sea distópico por ausencia de humanidad-, es una obviedad que la sociedad como sistema de organización humana será sí o sí de corte orwelliano. Es decir, el hombre como individuo y ser social estará sujeto a un control férreo no solo de desarrollo de habilidades y capacidades sino también de pensamiento, por pura lógica de inmersión a una realidad virtual creada por agentes terceros que, en una sociedad de consumo, tienen como fin último el control de las masas para beneficio mercantil propio. Por lo que, llegados a éste punto, la pregunta del millón no es otra si, en dicho horizonte futuro, el hombre tendrá criterio propio o, por su contra, todo el criterio referente tanto a quien es (ontología), como a lo que el mundo que le rodea es (epistemología), le vendrá determinado por un paquete predefinido de programación neuronal apto para su autoconsumo por imperativo legal.

Hacer referencia al criterio propio equivale a hacer referencia a la capacidad de desarrollo del pensamiento crítico por parte del ser humano como ser racional y sintiente, sin cuya capacidad, por otro lado, no puede existir el libre albedrío (ver: Y tú,¿tienes libre albedrío?). Así pues, en el supuesto de una futurible sociedad orwelliana, resulta evidente dilucidar que la capacidad de criterio propio quedará reservada a las élites que controlan al resto de la masa como población (o rebaño) necesaria que retroalimenta la economía de consumo. Es decir, la consciencia de la población de consumo, como mentalidad colectiva existencial, vendrá determinada por la consciencia con capacidad de criterio propio de los controladores de la masa. Por lo que, cualquier individuo que forme parte de dicha masa y que desarrolle, de manera inducida o por naturaleza deductiva personal, un criterio propio será considerado como un Divergente, que no es otro que todo aquel que diverge por pensar de manera diferente a la corriente del pensamiento preestablecido.

No obstante, sólo cabe la posibilidad que un Divergente no sea perseguido, o purgado socialmente, en una inminente sociedad orwelliana que requiera de éstos para la tan necesaria creación del pensamiento disruptivo, el cual es la piedra angular de toda innovación como motor de desarrollo y competitividad de las sociedades de mercado tecnológico. Aunque, muy a nuestro pesar, no tardaremos en ser testigos como la capacidad innovadora humana es sustituida por la capacidad innovadora de la Inteligencia Artificial por su alto grado de eficacia, efectividad y eficiencia (ver: La IA sustituirá a los humanos en los departamentos de Innovación de las empresas).

Lo cierto es que el panorama que nos viene encima no vislumbra un buen agüero, cuya futurible sociedad orwelliana encuentra su razón de ser, por evolución gravitatoria natural, en el imperio de los mercados como Gobierno global que manda y ordena sobre los propios gobiernos de los estados locales (ver: El Mercado, el nuevo modelo de Dictadura mundial). De lo que se deduce que el ser Divergente, como derecho fundamental de toda persona al amparo del libre criterio propio como ser pensante, debe ser considerado hoy más que nunca un tema de Estado. Pues solos los estados, en obligación de sus competencias por velar por los principios rectores de la Democracia moderna que bebe de los derechos humanos, tienen en su haber la capacidad de hacer preservar el derecho inalienable de todo ciudadano a una vida vivida con criterio propio, mediante acciones no solo activas y decididas en materia de educación pública, sino incluso en materia legislativa de regulación de unos mercados que en su voracidad por controlar a los ciudadanos-consumidores arrasan con toda consciencia con pensamiento crítico a su paso.

Señores, en estos tiempos de transición inter realidades en los que aun somos capaces de distinguir lo que es un pensamiento propio del que no lo es, por falta de completarse el proceso de inmersión de la nueva realidad virtual sobre nuestra realidad actual, reivindiquemos el derecho humano, profundamente humano, a la Divergencia de razonamiento. Reivindiquémoslo sin demora antes de sucumbir al eterno sueño virtual de una noche de verano al puro estilo shakesperiano, o al sueño eterno ulisiano de una ciberhechicera Circe contemporánea, pues entonces por no saber, no sabremos ya ni quiénes somos. ¿O a caso el hombre puede saber quién es sin libre e independiente pensamiento propio?.

Firmado: Un Divergente, por adelantado.


sábado, 21 de noviembre de 2020

Velemos por la veracidad del conocimiento sociabilizado

 

Todos afirmamos creer qué es el conocimiento como saber, entendiéndolo al menos por un lado tanto como aquel conjunto de datos de información que -experiencia mediante- nos permiten adquirir una percepción conceptual de la realidad, como entendiéndolo por otro lado como aquella metodología racional que al amparo de las leyes fundamentales de la Lógica nos acercan cognitivamente a una percepción objetiva de lo que llamamos Principio de Realidad, el cual bien puede resumirse en: lo que es Es, y lo que no es No Es.

Dicho lo cual, la pregunta pertinente que se precia es: ¿qué es aquello que creemos saber y por qué?. Un dilema frente al que todo el mundo, sin excepción alguna, no puede evitar más que mirar a su alrededor para encontrar una respuesta, pues es justamente en ese contexto ambiental o hábitat humano en el que se desarrolla una persona como individuo donde reside la respuesta de dónde extraemos el conocimiento que creemos saber y por qué creemos saberlo. Es decir, el conocimiento encuentra su fuente directa en los otros (99 por ciento en lo que hemos aprendido, leído o escuchado, y 1 por ciento en aquello deducido personalmente por capacidad de pensamiento crítico propio si es que se tiene). Un hecho empírico, aún más acuciante si cabe, en un mundo complejo como el actual cuyo conocimiento integral de la realidad conocida es demasiado extenso para la limitada capacidad aprehensiva humana de un solo individuo, cuya alta especialización del conocimiento en campos de estudio singulares le confiere la característica de una naturaleza segmentada por multiatomizada, y donde dicho conocimiento poliédrico se reinventa cada día de manera vertiginosa en un proceso de actualización continua mediante la gestión de la inteligencia colectiva en un contexto global e interrelacionado a tiempo real. Es por ello que, muy a mi pesar, la figura del humanista como persona polímata es una idea romántica, por actualmente inexistente por inviable.

Llegados a éste punto, la pregunta obligada no puede ser otra que ¿cómo se crea el conocimiento?. Cuya respuesta resulta tan simple como obvia, a la luz deductiva de lo anteriormente expuesto: por sociabilización (ver: La realidad objetiva humana no existe fuera del consenso general subjetivo). Es decir, el conocimiento es sociabilizado o no lo es. Un rasgo sustantivo que conlleva, de manera implícita por necesaria, dos factores sociológicos claves: un acceso colectivo a dicho conocimiento (publicidad), y un consenso colectivo respecto a dicho conocimiento (acuerdo social). Y sobre este axioma, la epistemología como estudio del conocimiento humano, da paso ya no a la sociología sino a la filosofía de la moral. Pues en un mundo humano, profundamente humano, organizado por una sociedad estructurada sobre el eje vertebrador del capitalismo (donde prima el capital como generador de riqueza para beneficio de la propiedad privada, que no colectiva, pues en caso contrario no existiría la desigualdad y por extensión la injusticia social), la publicidad del conocimiento para su consenso social se ve profundamente determinada por el tipo de escala de valores morales del que parte dicha voluntad de publicidad. O dicho en otras palabras, puede existir publicidad de conocimiento no sujeta al presumible valor moral por excelencia de la verdad, bajo parámetros conductuales intencionados de control de la sociedad. Con lo que llegamos a la pregunta del millón, objeto de alto interés por parte de cualquier ciudadano moderno que se precie como fiscalizador de los principios rectores democráticos: la publicidad del conocimiento ¿proviene de un solo proveedor o de múltiples proveedores independientes entre sí?.

Lo que resulta una obviedad es que un presunto escenario de monopolio sobre el conocimiento es inversamente proporcional al grado de salubridad de un conocimiento verdadero. Por lo que no hay mayor garantía para la publicidad de un conocimiento fundamentado sobre la verdad del mismo que un sistema de publicidad democrático, donde participan múltiples proveedores, de manera libre e independiente, en el abastecimiento de dicho conocimiento para su posible verificación, validación y posterior consenso colectivo. Pues si algo hay de frágil en todo este proceso, ya no es el conocimiento per se sino el propio ser humano, el cual no solo conoce por sociabilización en un mundo que reniega peligrosamente del pensamiento crítico, sino que aún más es, aun sin quererlo, un producto cultural desde el preciso momento incluso anterior a su propia concepción. Libertas capitur, sapere aude.  


sábado, 14 de noviembre de 2020

La Pandemia, el año cero de la nueva era


Que la pandemia es una causa-efecto que tiene un impacto directo sobre toda (pan) la población (demos), es un hecho objetivamente indiscutible ocho meses después de que la OMS declarase oficialmente el brote de coronovarius como pandemia global. Pero este tsunami infeccioso que afecta peligrosamente a la salud del ser humano, va más allá de alterar la vida cotidiana de las personas, pues lleva consigo el impetuoso germen arrollador de la creación de una nueva era de la humanidad en la que los hombres vivirán en un mundo que será de todo menos real. O, al menos, donde el principio de realidad se verá profundamente redefinido.

La pandemia está transformando, de manera tan acelerada como descarada -por su carencia de disimulo-, el bosque figurativamente hablando en el que habita el hombre. Mientras éste no ve más allá de los árboles que tiene justo frente a sus narices (llámense confinamiento, pérdida de empleo, cierre de negocios y empresas, alarmas sanitarias, limitación de derechos fundamentales, devaluación de la calidad de vida, necesidad de reinvención profesional, instinto de supervivencia familiar, malabarismos científicos, reality show políticos, redefinición del modelo educativo, o reinvención de los principios democráticos, entre otros), el hombre queda impedido de la capacidad para ver el conjunto del bosque. Un bosque que, sin que el hombre de a pié se percate, está transmutando su naturaleza esencial material en una de carácter virtual por tecnológica, con la misma rapidez que una manzana madura en el suelo se ve afectada en un proceso de podredumbre por unas bacterias que la consumen para reconvertirla en una nueva realidad conforme al famoso principio de conservación de la masa: la materia no se crea ni se destruye, solo se transforma. Con la singularidad que dichas bacterias no son biológicas, sino algorítmicas.

Es decir, la contaminación tecnovírica del bosque, al que también podemos denominar realidad o hábitat natural del ser humano, está transformando el mundo clásico tetradimensional en un nuevo universo multidimensional cuya esencia o arjé último son ceros y unos estructurados, tal como moléculas con identidad natural propia, en un conjunto de algoritmos con capacidad de autoevolución. Donde el espacio físico queda engullido por el espacio virtual de internet, entendiendo éste como un nuevo caldo primigenio de vida mediante la interrelación de megadatos de información, los cuales cocrean un horizonte de conocimientos exponencialmente infinitos potenciados por el aprendizaje profundo de la inteligencia artificial. Llegando incluso, allí donde la naturaleza virtual requiere corporizarse por requerimiento obligado de las leyes físicas, a iniciar la colonización del espacio exterior propio del ser humano mediante robots o seres tecnológicos con un nivel de independencia característica de cualquier animal que se precie, pero con una capacidad de inteligencia potencial muy superior a la humana. [Ver: La consciencia artificial cuestiona la consciencia humana, Como seres imperfectos ¿qué implica crear seres perfectos para corregir la imperfección?, y La Roboética o la falacia de controlar a los robots (Teoría de la Revolución Robótica)].

Una nueva era futurible a corto plazo cuyo año cero se inicia con la actual pandemia global, por devenir ésta –sin discusión alguna- un acelerador de realidades posibles gracia mediante de la incipiente cuarta revolución industrial fundamentada en la inteligencia artificial, la cual aboca al ser humano a un nuevo paradigma existencial con una afectación directa y transversal al conjunto de sus dimensiones más vitales. No es por ello baladí que la estrategia transmutadora maestra de la realidad por parte de las nanobacterias tecnológicas resulte tan precisa como inteligente: primero afecta y coloniza el elemento nuclear sobre el que se vertebra la sociedad humana conocida como es el mundo laboral. Y, a partir de ahí, como un juego expansivo más de dominó que de ajedrez, coloniza el mundo profesional (con sus roles caducos) y por extensión el mundo económico, para proseguir imperativamente con el mundo educativo (ya en fase obsoleta) y paralelamente con el mundo del ocio (tan sociabilizado como delirante por consumista), y así proseguir su fogatización infalible por el conjunto de actividades de la vida cotidiana del ser humano. Llegados a éste punto, tal será la transformación de nuestra realidad que, sin lugar a dudas, el mundo tal y como lo conocemos dejará de existir.

Ciertamente, los árboles no nos dejan ver el bosque. Pero no por ello es menos cierto que la transición inter realidades es un hecho, por lo que la cuestión no es otra que readaptarse o morir, aunque sea en el intento (Ver: La Teoría de la Readaptación). Mientras tanto, como ciudadanos tan parejos como perplejos a aquellos que protagonizaron la caída del Imperio Romano, continuamos aferrándonos a un juego existencial del que no solo nos han arrebatado el tablero y las fichas, sino que por no haber no hay ya ni panem et circenses. La nueva era tecnológica ya está aquí, y con ella la sombra alargada de la tecnopurga social se ceba sobre todo el primer mundo. La pandemia, por tanto, ha dejado de ser sanitaria para convertirse en existencial. El hombre postpandémico o será tecnológico, o no será.

Es por ello que expuesta la presente reflexión y a la espera del día final del mundo contemporáneo, de cuyo proceso transitorio rezo para que se alargue más allá de mi corta esperanza de vida aunque ello implique alargar la agonía, me permito deleitarme estoicamente -e incluso con cierto pose de descaro contra la (re)evolución tecnológica-, con el sabor a madera de mi inseparable pipa ahumada que me reconecta con el placentero mundo clásico de una civilización en peligro eminente de extinción. Y mientras fumo, a la espera de lo inevitable, no puedo evitar rememorar las más que acertadas palabras del César: alea iacta est.

sábado, 7 de noviembre de 2020

La Teoría de la Readaptación: readaptarse o morir (en el intento)

Hay una gran diferencia entre la Teoría de la Evolución darwiniana y la Teoría de la Readaptación -ésta última creada bajo licencia de autor del que escribe como objeto de la presente reflexión-, ya que si bien la primera se contempla en el continuo temporal de un proceso que conlleva siglos, la segunda deviene ya no en un  escenario de años, sino de meses, en el mejor de los casos. Y si bien ambas tienen como factor vertebrador la supervivencia del individuo como parte de una especie, la Teoría de la Evolución se circunscribe al ámbito biológico (a día de hoy ya superado por la raza humana, ver: Somos seres tecnológicos cuya evolución se basa en el conocimiento), mientras que la Teoría de la Readaptación a la que me refiero se limita al ámbito laboral, cuya  dimensión humana es de una gran trascendencia para el hombre contemporáneo. Puesto que a nadie le resulta ajeno, a éstas alturas del desarrollo de la humanidad, el hecho objetivo que el mundo laboral representa el principio existencial sobre el que se sustenta la identidad del hombre del siglo XXI, no solo afectando a todos y cada uno de los niveles de la famosa pirámide de Maslow (que contempla la cobertura de necesidades fisiológicas, de seguridad, sociales, de estima y reconocimiento, y de autorrealización), sino inclusive al propio concepto de dignidad de la vida humana actual que es un valor resultante del cómputo de todas aquellas en su conjunto, por representar las rentas del trabajo la fuente mayormente en exclusiva para el sustento vital de la práctica totalidad de los individuos en una sociedad de consumo sin modelo social alternativo. Es decir, no hay vida para el hombre moderno fuera de la sociedad instaurada, ni pertenencia a la misma sin capacidad económica para sufragarla.

Es por ello que, en tiempos como los presentes, en un mundo en continuo cambio y transformación vertiginoso, cuya única certeza no es otra que la incertidumbre propia del principio de indeterminación, la Teoría de la Readaptación como modelo conductual automatizado de las personas por imperativo de fuerza mayor fruto de un instinto existencial por intentar adaptarse a un entorno profesional volátil lleno de abismos, adquiere una trascendencia de rabiosa actualidad. Readaptarse, por tanto, no significa ni más ni menos en el contexto actual que agarrarse a un flotador laboral a mano, por precario que sea, para sostenerse a flote en una sociedad de consumo cuyo estado del  bienestar social brilla por su ausencia por hacer aguas, aunque ello implique saltar de flotador en flotador laboral por puro instinto de supervivencia, en una realidad que se deconstruye cada día en un juego más propio del purgatorio en el que los perfiles laborales se extinguen para crear unos nuevos que vuelven a extinguirse aceleradamente para crear otros diferentes en un ciclo sin fin aparente. Un juego macabro capaz de enloquecer al más cuerdo y de desesperar al más optimista. A imagen y semejanza del castigo que Zeus procuró a Prometeo tras robar el fuego del Olimpo, condenándole a la pena ejecutada por un águila que le comía su hígado inmortal, el cual tras crecer nuevamente cada día, el águila volvía a comérselo al día siguiente. Este, y no otro, es el crudo concepto de readaptarse en los tiempos que corren.

La Teoría de la Readaptación contemporánea acusa una adaptación continua de la persona al siempre nuevo entorno laboral cambiante, lo cual implica un esfuerzo constante de reinvención profesional y por extensión curricular, que a su vez requiere de grandes dotes personales de gestión psicoemocional tanto de resilencia como de resistencia, pues aquel que no sabe sortear los renovados retos incesantes o se rinde a la fatiga intrínseca que conlleva el propio proceso, cae sin remedio al abismo. Es por ello que todo readaptado sigue luchando adelante, conscientes que aún resilentes y resistentes no hay seguridad de éxito alcanzable. Pero como bien saben todos los readaptados: la esperanza es lo último que se pierde, aunque en ello vaya la vida (pues el tiempo empleado no es oro, sino tiempo de vida que se va descontando). Y no hay peor horizonte futurible para un readaptado que hundirse bajo el nivel de las arenas movedizas de la precariedad de las que intenta salir con todas sus fuerzas, aunque ello implique luchar contra un entorno socialmente hostil por excluyente. Echando mano de una tuneada versión shakesperina, podemos resumirlo con la leyenda que reza: readaptarse o morir (aun en el intento), esa es la cuestión.

No obstante y siendo rigurosos, cabe apuntar que la Teoría de la Readaptación si bien puede aplicarse de manera abrumadoramente extensiva al conjunto de la sociedad, y más en los tiempos que nos tocan vivir, no es universal. Pues ésta no es aplicable a aquellos individuos que en tiempo de una realidad tan incierta como impermanente como la actual, viven por encima de los designios cambiantes del mercado laboral, ya sea inactivos y aun así imperceptibles a éstos, ya sea inclusive con capacidad de modular la realidad ambiental para su propio beneficio. Siendo la diferencia sustancial entre los readaptados y éstos últimos, en que si bien los primeros dependen su subsistencia de las rentas del trabajo, los segundos viven de rentas del capital. O, dicho en otras palabras, en una sociedad de consumo y del bienestar donde se paga por vivir en ella de manera ineludible y por imperativo legal, la diferencia la establece, como bien apuntó Quevedo, en el poderoso caballero Don Dinero.

Expuesto lo cual, es oportuno señalar que la Teoría de la Readaptación es directamente proporcional a la desigualdad social, en términos de distribución media de la renta de una sociedad entre el conjunto de sus conciudadanos. Dos magnitudes sociales directamente relacionadas que van más allá de la aplicación de medidas correctivas en materia de políticas de justicia fiscal (condición sine qua non para que haya justicia social), las cuales permiten redistribuir las rentas de un país para sostener y dar cobertura a políticas asistenciales propias de los Estados de Bienestar Social tan necesarias hoy en día, sino que afectan de manera directa no solo a las estrategias del mercado laboral de una sociedad, y con ello al modelo productivo por el que apuesta un país, sino que afectan asimismo de lleno a las políticas educativas que deben estar alineadas con la actividad profesional real por factible. O, dicho en otras palabras, la sociabilización de la Teoría de la Readaptación como realidad ciudadana pone en relieve la urgencia de cambios estructurales de una sociedad de manera transversal. Pues solo existen ciudadanos readaptables como perfil profesional normalizado en sociedades claramente fallidas.  

Más allá de lo expuesto, solo hay un escenario peor que una sociedad inmersa bajo los parámetros de la Teoría de la Readaptación, que no es otra que una sociedad desesperada por incapacidad de poderse readaptar laboralmente ante la flagrante necesidad de una subsistencia personal y familiar. Y ya se sabe que de la desesperación laboral, la cual conlleva penuria económica, a la rabia social hay un pequeño y frágil paso. Así pues, recemos a los dioses del Olimpo para que nuestros gestores de la res publica tengan la sabiduría suficiente para estar a la altura de las circunstancias históricas que nos tocan vivir. Fiat lux!

España, a 7 de noviembre de la segunda oleada

de la Pandemia del Conoravirus (2020)