viernes, 8 de mayo de 2020

Muerte a la Inmortalidad: segundo trabajo del Hércules moderno


Amigo o amiga, imagina por un instante que eres un Hércules moderno, el cual debe realizar una penitencia de obligado cumplimiento impuesta por la más alta autoridad de tu sociedad para poder resarcirte de un grave daño causado en antaño, y con éste objetivo -beneplácito del Oráculo de Delfos mediante- se te encomienda que realices el total de Los Doce Trabajos de Hércules. Por lo que, tras haber acometido con éxito el primero, debes ahora enfrentarte al segundo trabajo que es matar a la hidra de Lerna. No cabe decirte, sea dicho de paso, que por mucho que viajes a la actual Lerna, antigua región de manantiales donde incluso podías encontrar un lago cerca del actual pueblo griego de Mili, situado en la costa noroeste del Golfo Argólico, no hallarás la mítica hidra, famosa en su tiempo por ser una monstruosa y despiadada serpiente de varias cabezas, las cuales se regeneraban por dos cada vez que perdía una, y cuyo aliento era mortalmente tóxico. Por lo que únicamente te queda afrontar el trabajo metafóricamente; es decir, finalizar con aquello que la hidra de Lerna representa, que no es otra cosa que la Inmortalidad. Dicho lo cual, la pregunta pertinente es: ¿cómo acabar con la Inmortalidad?.

Hacer referencia a la Inmortalidad es concebir la idea de la imposibilidad de morir estando ya vivo. Una definición que, aunque acertada, también es bastante imprecisa en sí misma, ya que en ella puede tener cabida tres supuestos bien diferenciados:

1.-Una Inmortalidad Pura o Absoluta:
En la que perdura indefinidamente la vida desde un estado físico o material en términos biológicos, lo cual implica asociar la Inmortalidad a la idea de Eternidad. Una proposición por la que ya abogan los transhumanistas o posthumanistas en su tesón por pretender vencer a la Muerte. [Ver: El Transhumanismo, el lobo (del mercado) con piel de cordero e ¿Y si la inmortalidad se pudiera comprar?].

En éste sentido, equiparar la Inmortalidad Pura o Absoluta a la idea de Eternidad es concebir la existencia de una persona dentro de un horizonte de sucesos en el que el tiempo es infinito y el espacio no tiene límites, y en cuyo universo personal no existe el Principio de Indeterminación, por lo que el hombre viviría aun sin estar sujeto ni al cambio ni a la Muerte como singularidad. Un sistema de referencias en el que la persona, no obstante, no quedaría exenta de experimentar la vida y por tanto de reafirmar su consciencia en su Yo personal siempre y cuando su realidad más inmediata no esté supeditada también a la naturaleza de la Eternidad, pues en caso contrario no existiría ni experiencia ni consciencia individual, ya que ésta depende de aquella para su autoconocimiento.

Por otro lado, si concebimos la coexistencia de una vida personal de Inmortalidad Pura o Absoluta en una realidad no eterna, es decir, una vida individual exenta del cambio en un mundo en continuo cambio y transformación, no solo nos hallaríamos frente a la convergencia de dos dimensiones opuestas y por tanto con leyes físicas diferentes donde la Lógica como principio de la Razón sería divergente en relación a su contrario, siendo lo objetivo para uno lo subjetivo para el otro y viceversa, sino que lo más terrible sería que el hombre inmortal viviría su existencia desde la lógica del sufrimiento continuo de la pérdida en un mundo que existe y se manifiesta desde la lógica asumida de la caducidad.

En éste contexto, frente a la pregunta de cómo acabar con la Inmortalidad desde un posicionamiento existencial mortal, debemos aceptar que nos encontramos ante una de tantas conjeturas irresolubles, ya que intentamos dar solución a la relación de dos sistemas de referencia con lógicas y leyes físicas diferentes. [Ver: Las matemáticas no son perfectas, al menos en nuestro mundo (conjetura de Collatz)]. Por lo que debemos concluir que si la hidra de Lerna existiese en su condición de Inmortalidad Pura o Absoluta no podríamos acabar con ella, fracasando estrepitosamente de ésta manera en nuestra empresa personal por llevar a cabo el segundo trabajo de Hércules.

2.-Una Inmortalidad Trascendental:
En la que perdura indefinidamente la vida ya no desde un estado físico o material sino desde un estadio espiritual o inmaterial, lo cual implica asociar la Inmortalidad al tránsito necesario del concepto de la Muerte como requisito de acceso imprescindible a la idea posterior de la Eternidad, la cual asimismo abre una nueva incógnita sobre la continuidad o no de la consciencia del Yo individual. Una proposición por la que, con independencia del problema de la subsistencia de la consciencia individual, ya abogó inicialmente Platón en su obra el Fedón en la que Sócrates mantenía una conversación en la prisión con sus amigos sobre la Inmortalidad del alma, y que posteriormente ha constituido el núcleo antropológico de todas las religiones del mundo. (Ver: ¿Existe el Alma más allá de la idea humana preconcebida? y ¿Qué es la consciencia?).

En éste sentido, equiparar la Inmortalidad Trascendental a la idea de Eternidad es concebir la existencia de una persona post mortem dentro de un horizonte de sucesos en el que ésta se encuentra fuera de la dimensión del tiempo o, simplemente, en el que el tiempo no existe. Y tanto si se está fuera del tiempo como si éste no existe, nos hayamos ante una supuesta dimensión espacial de la que, lo único que podemos deducir es, en primer lugar que no está sujeta al cambio, en segundo lugar que desconocemos si en dicho espacio se replica la lógica euclidiana (es decir, si las formas continúan siendo tridimensionales tal y como las conocemos), y en tercer lugar que la lógica física por la que se rige es totalmente diferente a la nuestra al no existir una correlación de sistemas tetradimensionales propios del espacio-tiempo de la vida como realidad cognoscible.

No obstante, más allá de la naturaleza de la Inmortalidad Trascendental, como ésta requiere de la singularidad de la Muerte o no-Vida para cumplir con la hipótesis de transmutar la mortalidad a la categoría de la Inmortalidad en términos de Eternidad, nos resulta poco relevante a la hora de afrontar el segundo trabajo herculiano de matar a la hidra de Lerna. Por lo que la Inmortalidad Trascendental, como idea poco práctica para la empresa que nos ocupa, cabe dejárselo a los teístas como especuladores de lo sobrenatural. Y en el caso que ciertamente la hidra se convierta en un ser inmortal en el mundo de Hades una vez ya muerta, ya nos ocuparemos si es pertinente llegada la ocasión. De lo que podemos concluir, respecto a la pregunta de cómo acabar con la Inmortalidad, que si ésta es mortal en vida aún inmortal en muerte, en vida tan solo cabe actuar con las leyes naturales de los vivos: frente a las formas desde la acción firme y decidida, y frente a las ideas desde el cambio profundo del sistema de creencias.

3.-Una Inmortalidad Formal:
En la que perdura indefinidamente la vida desde un estado del legado de la vida humana, lo cual implica asociar la Inmortalidad a la idea de Eternidad ya no del hombre como individuo sino de las obras creadas por parte éste, con capacidad de las mismas de perseverar sinde die a lo largo de la historia de la humanidad. Una proposición por la que aboga, desde el inicio de los tiempos, todas las sociedades que rinden culto al conocimiento como motor de evolución humana y aun a expensas de sus credos.

En éste sentido, equiparar la Inmortalidad Formal a la idea de Eternidad es concebir la existencia de las obras de una persona dentro de un horizonte de sucesos en el que ésta se encuentra dentro del continuo del espacio-tiempo humano. Por lo que se puede afirmar que la Inmortalidad Formal es un tipo de Eternidad que trasciende a la propia vida del hombre, pues lo que perdura in aeternum son sus acciones en vida (ya sean creativas o conductuales) y no su naturaleza biológica, la cual no supera el umbral de la Muerte como singularidad. (Ver: Reflexión sobre la muerte). No obstante, para que exista la Inmortalidad Formal se requiere de la concurrencia tanto del valor de universalidad en las obras creadas, como de la exposición pública de las mismas como medio de conocimiento general, así como un reconocimiento colectivo consensuado para su divulgación y transmisión intergeneracional. Por otra parte, cabe apuntar que la Inmortalidad Formal es relativa en tanto depende de la existencia del ser humano, sin el cual dicha Inmortalidad se convierte en la nada más absoluta.

Así pues, frente a la pregunta inicial de cómo acabar con la Inmortalidad, si ésta es de naturaleza formal tan solo se puede finiquitar mediante o bien la aniquilación del resto de la especie humana con educación y acceso al conocimiento universal humano, o bien mediante un apagón radical de pérdida de dicho conocimiento en un mundo distópico en el que el ser humano se vuelve por desmemorizado y progresivamente inculto en menos racional y más animal. ¡Zeus no lo quiera!

Expuesto lo cual, si Hércules pudo matar a la hidra de Lerna es que ésta no pertenecía a las especies inmortales puras o absolutas. Por lo que nosotros, como Hércules modernos y con mayor o menor esfuerzo, igualmente podemos emularlo en un mundo en el que no es eterno ni el propio Universo. Y es que, si alguna entidad existe puramente inmortal ésta no es otra que la Muerte, pues es la única Eternidad ininmutable perceptible por el último supuesto sujeto, objeto u horizonte de sucesos que pueda llegar a existir en el final de toda realidad imaginable. Si alguien puede cerrar el ciclo de todo lo que Es, y aún así perdurar a posteriori, ésta es justamente la Muerte. La única inmortal y eterna.



Nota: Para artículos de reflexión sobre filosofía contemporánea del autor se puede acceder online a la recopilación del glosario de términos del Vademécum del ser humano