miércoles, 6 de mayo de 2020

Apicem Aurum, el pavo juglar que toda fiesta social precisa

La fiesta del rey haba. J. Jordaens, 1640/45. Viena

Meses atrás recopilé para mi Bestiario Urbano una de las subespecies más incordiantes de la familia humana por sus rasgo característico de generar ruido y desorden superficial sine die aun sumergido bajo el agua: el Homo Gallinaceo. Pero no sería justo para éste, ni así quedaría completo el bestiarum, si prescindiera de catalogar a su pariente natural más culto: el Apicem Aurum, conocido popularmente como pico de oro. No obstante, cabe aclarar que si bien ambos forman parte del mismo árbol genealógico, es oportuno aclarar que si bien el Homo Gallinaceo procede de la estirpe menos noble de los gallus gallus domesticus, por su parte el Apicem Aurum desciende de la notable estirpe -por derecho de adquisición propio- de los pavo cristatus, denominados vulgarmente como pavos reales. Así pues, y en una primera instancia, se sabe reconocer al Apicem Aurum por su tendencia natural, como pavo en esencia que es, de gustar pavonearse frente a propios y ajenos.

Pero ahondemos, tal biopsia rigurosa de laboratorio realizada por un zoologo, en los elementos substanciales que componen el extraordinario abanico policromado del plumaje constitutivo de los Apicem Aurum, cuyo despliegue hipnotiza a los observadores sumiéndoles en un profundo trance de idolatría tan irracional como incondicional. O, dicho en otras palabras, veamos cuál es el secreto del éxito social del que gozan y alardean los Apicem Aurum tanto en su forma como en su fondo.

En su forma, que por ser la manifestación exterior de su naturaleza resulta la más evidente al ojo observador inexperto, los Apicem Aurum se comportan -una vez comienzan a interactuar tras salir de su fingido anonimato y falsa discreción-, como verdaderos juglares que ansían ser el entretenimiento de encuentros y fiestas sociales varias mediante la exhibición de sus picos de oro tan deslumbrantes como incombustibles, tal flautas dignas de Hamelín, convirtiéndose con tales estratagemas en los protagonistas exclusivos de la incauta plaza conquistada por imposición recia de sus asfixiantes monólogos, cuya inflexibilidad no permite disidencia de opinión alguna. Monólogos propios, stricto sensu, de cronistas profesionales de lo acontecido y de lo que acontece, a cambio tan sólo de la inocente dádiva de los placeres propios de las fiestas mundanas, y de la no tan inocente contrapartida de una pleitesía sutilmente exigida en forma de reconocimiento social por parte de todos los asistentes sin excepción. Pues ya es de imaginar que en una sociedad que vive bajo la máxima del entretenimiento y la diversión, el Apicem Aurum como cronista juglar con pico de oro es lógico que sea elevado, por aclamación popular inducida como efecto de una estrategia sibilina, a la categoría de reyecito. El cual, todo sea dicho de paso, requiere del pavoneo por adulación ajena como el aire que necesita para respirar.

Mientras que en su fondo, que por ser la manifestación interna de su naturaleza resulta la menos evidente al ojo observador inexperto, los Apicem Aurum se caracterizan por gozar de una excelente memoria como materia prima requerida para el desarrollo argumental de sus entretenidas crónicas. Capacidad retentiva que, aún hoy en día en la sociedad contemporánea, se considera falsamente un atributo de gran inteligencia, cuando en realidad la memoria tan solo es, y no por ello es menos, una habilidad personal y no uno de los diversos tipos de inteligencia múltiple que definen el intelecto del ser humano. Es por ello que el Apicem Aurum no crea, sino replica. Es decir, que su rica verborrea, que puede alargarse de manera ininterrumpida durante horas para pavonamiento propio y medio de entretenimiento e incluso divertimiento social ajeno, no aporta nada nuevo por estar exenta de creación intelectual alguna, ya que se circunscribe al ámbito puro de la narración descriptiva, con mayor o menor profusión de detalles del caso, tejiendo su argumento mediante hebras de hechos históricos y de opiniones ajenas favorables al uso propio de loros ilustrados. Por lo que su base argumental, al fin y al cabo, no deja de ser una sucesión de copias y pegas de razonamientos que, si bien denotan un buen nivel de cultura particular sobre el caso expuesto, no son más que plagios de terceros.

Así pues, y como se puede observar, el éxito social del Apicem Aurum, solo concebible en el contexto de una sociedad sin demasiado criterio que alaba el entretenimiento como bien superior, reside en una combinación de diversos factores. En primer lugar, en un narcisismo patológico proclive a manifestarse como juglar social que busca encumbrarse en reyecito de su entorno. En segundo lugar, en el don oportuno del inestimable atributo personal de la memoria que permite gestionar adecuadamente las historias de lo acontecido y lo que acontece con arte propio de cronista. Y en tercer lugar, en la gracia del uso tan hábil como efectista del trovador que hila relatos, más o menos afines, vacíos todos ellos de creatividad propia pero fieles réplicas de argumentos ya creados por otros para esparcimiento ajeno.

De éstos especímenes de Apicem Aurum podemos encontrar de manera transversal en el conjunto de la sociedad humana, si bien abundan con especial relevancia en la actualidad entre los follajes de aquellos hábitats donde se profesan periodistas, historiadores, economistas, politólogos y otros cienciasocialeslogos, e incluso entre los tertulianos mediáticos omnipresentes de profesión difusa, principalmente. Juglares sociales elevados a reyecitos a los que si bien no cabe menosvalorar su nivel de conocimiento, no por ello se les debe eximir de resituarlos en su justa medida como simples pavos ególatras del circo social, pues su patente conocimiento singular entraña memoria, sin lugar a dudas, pero no por ello implica inteligencia, capacidad ésta que a parte del pensamiento lógico requiere de los denominados pensamientos crítico y creativo necesarios para identificar, analizar y resolver cuestiones planteables. Y justamente los Apicem Aurum, más allá de entretener, poca inteligencia se les vislumbra. Pues por sus argumentos los reconoceremos.

Habrá quien considere que mi percepción personal hacia los Apicem Aurum, y más especialmente hacia su reconocido éxito social actual, pueda venir derivado de un sentimiento de celos. Nada más lejos de la verdad, en todo caso es fruto de un sentimiento de indignación al amparo de la Equidad como valor social requerido, pues no existe Equidad alguna -como reflejo de Justicia Social- en otorgar mérito a quienes no se lo merecen. Aunque, ciertamente, ¿quién soy yo para contradecir a una sociedad que prima el entretenimiento en detrimento de la inteligencia como bien social, verdad?. Mientras tengamos Apicem Aurum que no pare la fiesta, que a los filósofos ni se les entiende ni se les espera.


Nota: Para artículos de reflexión sobre filosofía contemporánea del autor se puede acceder online a la recopilación del glosario de términos del Vademécum del ser humano