martes, 14 de abril de 2020

Seamos valientes, pues de ello depende nuestro modelo de sociedad

Jeremy Porath, de Rejected Princesses

Desde pequeños se nos anima a ser valientes, a pesar que paradójicamente ya de mayores se nos insta a limitar dicha valentía en una sociedad estandarizada, aunque este es trigo de otro costal. De hecho, la valentía es una actitud humana que siempre se ha valorado en el conjunto de las civilizaciones a lo largo de la historia de la humanidad, por lo que se puede decir que es un valor atemporal sociológicamente positivo. Por lo que la primera pregunta que se nos presenta es si la valentía es un comportamiento innato al ser humano como ser animal, o una conducta del ser humano aprehendida culturalmente como ser social. Para dar una respuesta válida, previamente debemos definir qué entendemos como valentía. En este sentido, como es bien sabido por todos por consenso colectivo, concebimos el concepto de valentía como aquella actitud humana que requiere de valor y determinación a la hora de enfrentarse a situaciones arriesgadas o difíciles. De lo que se deduce que la valentía, en primera instancia, se compone tanto de un motivado comportamiento proactivo, como de la necesidad voluntaria u obligada de superar un previsible sentimiento de miedo, ya que encararse a una situación arriesgada o difícil es incompatible con las tres emociones básicas restantes que definen toda actitud humana (alegría, tristeza y rabia). Por lo que podemos concluir en éste apartado preliminar cuatro elementos proposicionales:

Primero, que valentía sin una firme y decidida acción conductual no es valentía.

Segundo, y como complementación a la primera proposición, que valentía sin el factor de superación de un estado emocional de miedo intrínseco a la propia acción no es valentía. (Es decir, que aquella persona que se enfrenta a una situación arriesgada y difícil y no siente miedo, no puede considerarse como un individuo valiente sino como un individuo temerario, propio de seres humanos con un daño cerebral irreversible conocido como la enfermedad de Urbach-Wiethe).

Tercero, que al ser el miedo una de las cuatro emociones básicas (desencadenantes de los pensamientos y los sentimientos) con las que toda persona se relaciona consigo mismo y en relación a su realidad más inmediata, la gestión cotidiana de la misma emoción hacen de la valentía un valor conductual innato del ser humano.

Y Cuarto, que al ser el hombre un ser social por naturaleza, la valentía asimismo también deviene un valor innato de la sociedad, con independencia de los refuerzos culturales añadidos a la misma en las diversas civilizaciones habidas y por haber.

Expuesto lo cual, podemos afirmar que la valentía es una conducta apriorística del ser humano íntimamente ligada al instinto básico animal de superación y supervivencia, para el buen desarrollo tanto individual como colectivo. Pero que, en todo caso, cabe subrayar que la valentía no participa del supuesto de temeridad (como ya hemos dejado patente), sino que en el hombre como ser animal dotado de consciencia y capacidad de raciocinio denota y es propio del ámbito de la idea personal y social de responsabilidad (con uno mismo y respecto a los demás). De lo que se deduce, en segunda instancia, que la valentía como conducta responsable conlleva un contenido intrínseco de carácter profundamente Ético. Es decir, que la valentía forma parte de la filosofía de la moral que observa y juzga la conducta humana en términos de aquello que es correcto e incorrecto, o bueno y malo, en un contexto social espacio-temporal determinado.

No obstante, si bien la valentía implica responsabilidad, y dicha conducta participa de la Ética, la cual viene determinada por las singularidades sociales, no puede considerarse la valentía como un valor ético relativo (cuyo grado de moralidad fluctúa al antojo de criterios sociológicos de turno), sino como un valor ético absoluto, pues la valentía bebe directamente del valor moral universal y apriorístico de la idea de justicia. Y al ser la justicia como valor universal una virtud, y no un vicio, en la condición humana -de hecho representa la virtud más completa por ser la suma de todas las virtudes como bien decretó Aristóteles en su Ética a Nicómaco-, la valentía como valor conductual del ser humano solo puede ser concebida desde la Ética virtuosa. Es decir, la valentía representa el ideal humano a perseguir por encima de cualquier otro.

Así pues, seamos valientes como individuos y como sociedad, pues al ser valientes construiremos una humanidad más justa, honesta, equitativa, buena, bella, fuerte, prudente, solidaria, voluntariosa, magnánima, y libre. O sintetizando, una humanidad más feliz, que al fin y al cabo es el objetivo último que persigue la Ética virtuosa de la que participa la valentía por derecho natural propio. Mientras que contrariamente, renunciar a ser valientes equivale a renunciar a una vida personal y en sociedad virtuosa, y por tanto a crear una realidad humana más infeliz. Comportémonos pues con valentía, comenzando en primer lugar con nuestras propias vidas, pues el hombre es a la sociedad lo que el ladrillo a una construcción. Insuflémonos hoy mismo del valor necesario para volver a ser valientes, pues es desde el hoy que se edifica el mañana, y no hay mejor oportunidad que el ahora para comenzar a construir de nuevo la sociedad que todo ser humano se merece a la luz del ideal de una vida digna compartida. Y desde la consciencia de que la valentía no es una opción social, sino una decisión personal. Fiat lux!



Nota: Para artículos de reflexión sobre filosofía contemporánea del autor se puede acceder online a la recopilación del glosario de términos del Vademécum del ser humano