miércoles, 8 de abril de 2020

¿Por qué nos sentimos atraídos por el Triángulo como forma e idea?

Museo de Louvre, París.

El hombre, desde lo albores de la humanidad, siempre se ha sentido maravillado por la esfera, intuyendo aun sin saberlo que representa la forma geométrica más perfecta del Universo, y que asimismo es el alfa y omega de la existencia -con o sin vida- que da sentido al mismo. Un tema ya desarrollado anteriormente, años atrás, en: Venimos de la esfera y, tras una vida en espiral, a la esfera regresamos. Pero todo y así, sufrimos una atracción que puede considerarse de naturaleza magnética respecto a las formas triangulares, como pueda ser las pirámides egipcias, el frontón de cornisa inclinada de los templos clásicos de la Antigua Grecia y Roma, los pináculos, torres y cimborrios de las catedrales medievales, la estructura de la Torre-Eiffel, o construcciones más modernas de obra civil varia como puentes o rascacielos en forma de triángulo y repartidos por el conjunto del globo terráqueo, tanto por tierra occidentales, como de oriente próximo y medio, así como africanas y de extremo oriente.

La pregunta que se tercia es, por tanto, ¿por qué el hombre se percibe atraído por las formas triangulares?. Una cuestión que, al igual que la estructura de triple lado o vértice del triángulo, tiene tres respuestas reflexivas posibles que conforman de manera interrelacionada un mismo cuerpo conclusivo.

En primer lugar, y desde una dimensión Metafísica y por extensión ontológica, porque si bien la esfera es la forma geométrica más perfecta del Universo, y por tanto la primera y última singularidad de la Realidad, toda forma conocida y por conocer dentro de dicha Realidad encuentra como forma nuclear de los mismos al triángulo. Es decir, tanto la esfera como forma del ente existencial en sí mismo o matriz universal de la Realidad, como todos los polígonos que conforman las multiformas que contiene dicha Realidad (sobre la base de los sólidos platónicos), pueden ser divididos en un número finito de triángulos, ya sean éstos esféricos o planos, y no en ninguna otra forma geométrica. Lo que convierte al triángulo en un componente y principio fundamental de la Realidad. Un apriorismo que, por su propia esencia consustancialmente omnisciente, resuena como valor universal en la propia naturaleza del ser humano como parte consciente participante de dicha Realidad fundamental. (Ver: Somos cuerpos geométricos con un centro existencial que nos da estabilidad y sentido a la vida).

En segundo lugar, y desde una dimensión Estética derivado de la naturaleza metafísica de dicha figura geométrica, porque al ser el triángulo un valor universal apriorístico de la estructura fundamental de la Realidad, su forma -como elemento nuclear del tejido de la existencia que se trasciende hacia la perfección de todo lo que Es- constituye por identificación parte intrínseca de la idea de la Belleza como valor asimismo apriorístico y universal a alcanzar por el ser humano. Pues sería una contradicción lógica que el hombre persiguiera la idea de la Belleza sin anhelar, a su vez, alcanzar la forma con la que se fundamenta ésta. Ya que si bien el hombre vive desde el mundo de las ideas, se manifiesta existencialmente a través del mundo de las formas.

Y en tercer lugar, y desde una dimensión de la Filosofía de la Ciencia, porque el ser humano, en su búsqueda continua por alcanzar la verdad última de la Realidad a través de su capacidad cognitiva, resolvió hace siglos -Filosofía mediante, cabe puntualizar- el enigma práctico del triángulo como elemento nuclear geométrico de la Existencia física: la forma triangular no solo es el único polígono que no se deforma cuando actúa sobre él una fuerza, sino que además tiene una gran capacidad de sostener y distribuir el peso de una estructura. Un conocimiento que el hombre, prácticamente desde que es hombre racional, le ha dado un uso práctico para beneficio particular.

He aquí pues, tres respuestas que conforman una sola unidad teórica polifacética, frente a la pregunta de la fuerza atractiva que produce el triángulo, tanto como forma como idea, sobre la efímera por frágil y caduca condición humana. Una reflexión filosófica a modo de suspiro solo apta para mentes inquietas y curiosas, que intenta arrojar un poco de luz al sentido propio que cada cual le otorga a la Vida. Aunque, bien sé que sé menos que Sócrates, y que la única verdad para el ser humano es aquella en la que haya decidido creer.


Nota: Para artículos de reflexión sobre filosofía contemporánea del autor se puede acceder online a la recopilación del glosario de términos del Vademécum del ser humano