domingo, 19 de abril de 2020

La Paz es un ideal irrenunciable para el hombre

Alegoría de La Paz. Museo del Prado, Madrid

Si la paz es una cualidad tan anhelada, ¿por qué al hombre le resulta tan difícil vivir en paz?. La respuesta, más allá de buscarla en mil y una posibles excusas de mal pagador, la encontramos por contraste justamente en los atributos esenciales del concepto de paz, tales como equilibrio, estabilidad, tranquilidad o armonía. Atributos, asimismo, difíciles de hallar en la propia naturaleza del ser humano, principalmente porque al menos dos de nuestras cuatro emociones básicas -con las que nos relacionamos de raíz con el mundo como seres animales- son de propenso carácter violento: el miedo y la rabia; sin menospreciar una tercera susceptible de ser computada como es la tristeza que también puede abocarnos a la violencia por su principio de desequilibrio emocional. Es decir, que la violencia, como conducta diametralmente opuesta a la paz, forma parte intrínseca de la naturaleza humana como ser animal. Aspecto que ya desarrollé ampliamente en la reflexión de corte antropológico “¿Por qué existe la violencia?”, donde se expone la competitividad animal por conseguir recursos como uno de los ejes vertebradores, y cuya línea argumental puede complementarse hasta la fecha con reflexiones más de carácter sociológico ( Ver: ¿Por qué nos atraen las películas de violencia, intriga y sexo? Y, ¿cómo nos afectan?) y político (Ver: Violencia, la dicotomía entre Derecho y Sociedad, y ¿Normalizar la violencia política es Democracia?).

Dicho lo cual, lo que sí sabemos con certeza a priori es que la Paz es un estado de consciencia individual y/o colectivo que requiere a nivel interno de la concurrencia tanto de la ausencia de inquietud, como de la ausencia de la violencia en sí misma, y que se manifiesta externamente mediante una casuística caracterizada por el equilibrio y la estabilidad en el hombre como ser animal y ser social. Dos dimensiones indisociables de la Paz en las que ambas (ausencia de inquietud y violencia a nivel interno, y equilibrio y estabilidad a nivel externo) requieren de una voluntad consciente y activa previa por parte del ser humano para alcanzarla. Lo cual exige de un irrenunciable esfuerzo personal y social. Pues si algún valor moral trasciende al hombre como ser animal, éste es justamente la Paz como ideal a conseguir sobre la propia naturaleza violenta inherente al ser humano. Siendo conscientes, a su vez, que la naturaleza del hombre se manifiesta en un movimiento continuo oscilante entre los opuestos de una existencia dual propia determinada por los estadios tandémicos del ser-hacer y del orden-caos (Ver: La Dicotomía, la naturaleza substancial del ser humano, y El hombre, un ser que habita en la frontera entre el orden y el caos).

Así pues, más allá de la naturaleza dicotómica del hombre cuyo rasgo inherente es la violencia como ser animal, ¿por qué el ser humano se esfuerza en alcanzar la Paz?. Para poder responder a dicha cuestión, cabe partir de la premisa de las dimensiones interna y externa de la Paz anteriormente expuestas como potencial estadio conductual humano. Como derivada de la dimensión interna, y sobre el supuesto de una persona sana en el uso y desarrollo de sus facultades mentales, la Paz tanto representa la palanca de transformación personal que permite al hombre acceder al estado de consciencia denominado como Felicidad, como representa la plataforma facilitadora óptima para el desarrollo de una vida personal digna. Pues no hay Felicidad ni vida dignificante desde la no-Paz. Mientras que como derivada de la dimensión externa, la Paz es la consecuencia lógica de la Justicia social, reflejo de una buena política como sistema de organización humana a la luz de la Sabiduría colectiva. De lo que se deduce que la Paz, en su manifestación externa, representa una de las máximas culminaciones de la Ética Social. Pues no hay Justicia Social, y por extensión ni Sabiduría colectiva y por tanto Ética Social, desde una sociedad inmersa en la no-Paz.

Es por ello que la Paz debe reconocerse como un valor universal del hombre, tal que ideal de mejora de la condición humana a integrar en el mundo de las formas. Conscientes que la Paz, en términos sociales, no es más que la suma de la Paz individual de los diversos miembros que conforman dicha sociedad. Y para que exista la Paz personal, como elemento nuclear de la Paz social, el hombre individual debe aplicarse a modo de condición sine qua non en las artes humanistas que le permitan trascender su propia naturaleza animal, como es el cultivo de la sensibilidad por la Belleza en todas las manifestaciones del Arte (Ver: La Sensibilidad, el camino trascendente del hombre), o el cultivo por el amor a la Sabiduría como alimento de la curiosidad humana mediante el uso del conocimiento (Ver: Solo el camino virtuoso de la Sabiduría hará de éste mundo un lugar más feliz). Aunque comenzando, indelegablemente, por un óptimo entendimiento y gestión de su mundo emocional, materia que a día de hoy aún es la gran asignatura pendiente del sistema educativo obligatorio. Pues de las emociones deriva las estructuras de pensamientos, y de éstas la conducta personal del hombre como manifestación explícita de sus actos. Ya que, al fin y al cabo, ¿qué es la Paz sino el arte del buen gobierno personal con nosotros mismos y con los demás?. Por lo que podemos concluir con categoría de aforismo que el hombre, como ser consciente racional, no puede ni debe renunciar nunca a una existencia vivida desde la Paz. Dixi!



Nota: Para artículos de reflexión sobre filosofía contemporánea del autor se puede acceder online a la recopilación del glosario de términos del Vademécum del ser humano