viernes, 24 de abril de 2020

La Bondad no es ninguna debilidad, pues en ella reside la valentía y la sabiduría por construir un mundo mejor

Caín matando a Abel, Frans Floris 1540-1570 (pintura flamenca)

Que no todos los hombres son buenos, es una constatación empírica para todas las sociedades habidas y por haber. Pues como sabemos la bondad es la inclinación conductual hacia el bien, y en cambio existen un gran número de personas que, contrariamente, se inclinan hacia el mal. Entendiendo como el bien y el mal aquellos comportamientos humanos ajustados o no a la moral tanto social (subjetiva o sociológica) como universal (objetiva o metafísica), pues ésta Ética universal inspira a la primera en calidad de Ética contextual. Por lo que sobre la presente premisa no puede considerarse la bondad como una tendencia natural de orden universal de fomentar el bien por parte de la especie humana. Ergo, si existen hombres con una clara inclinación hacia el bien y otros hacia el mal, tampoco puede afirmarse que todos los hombres son buenos o malos, sino que en la familia humana coexisten dos grandes grupos de individuos formados por aquellos considerados como buenos y aquellos considerados como malos, a la luz del reflejo de sus actos.

Dicho lo cual, el ser humano, bueno o malo, ¿nace o se hace?. Para esta pregunta no hay una respuesta categórica, ya que el hombre bueno o malo tanto nace como se hace. Es decir que, indiscutiblemente, toda persona nace con unos rasgos de personalidad definidos, derivados de determinismos biológicos y psicológicos propios, singulares e intrasferibles, cuyas características condicionan su perfil de bondad o maldad, como por ejemplo pueda ser el nacer con o en ausencia de la capacidad de empatía. A su vez que, con independencia de dichos rasgos de personalidad marcados de nacimiento, el hombre es potencialmente susceptible de reconvertirse de bueno en malo y viceversa mediante determinismos ambientales y culturales que condicionen su material biológico y psicológico de origen. Por lo que el hombre ni es bueno por naturaleza y es la sociedad quien lo corrompe como afirmaba Rousseau, ni el hombre es malo por naturaleza y es la sociedad quien lo corrige hacia la bondad como defendía primero Hobbes y más tarde Kant. Ya que ambos axiomas, despojándolos de todo rango absolutista, son verdaderos de manera complementaria.

Así pues, lo relevante del hombre bueno o malo no es tanto si nace o si se hace, en términos de rasgos inherentes o aprehendidos de personalidad, sino si actúa conforme a los principios del bien o del mal en términos de personalidad conductual. Pues solo desde los actos humanos, más allá de los pensamientos y sentimientos urdidos en el fuero interno de cada persona, se puede establecer un juicio de valor moral objetivo. Y sobre la base que ningún ser humano es bueno o malo en sentido puro o radical, pues de lo contrario pertenecería metafóricamente a la naturaleza de los ángeles o a la de los demonios que corresponden al imaginario de la mitología. Llegados a este punto, debemos diferenciar por un lado la acción, y por otro lado el juicio de valor de la misma, para determinar la bondad o la maldad de un ser humano.

Respecto a la acción, como manifestación conductual del hombre bueno o malo, nos encontramos tanto con la acción interna del hombre como ser individual, como con la acción externa del hombre como ser social. A nivel interno, la acción del hombre se debate en una continua tensión entre las fuerzas opuestas de su esencia instintiva y animal respecto a su esencia consciente y humana, como ser cuyo desarrollo vital se basa en el movimiento perenne entre el equilibrio y su contrario, y cuyo punto equidistante entre ambas fuerzas radica en la Razón. Por lo que a mayor proximidad de la Razón mayor bondad conductual, mientras que a mayor distancia de la Razón mayor maldad conductual. Un principio propio del alma humana que ya desarrolló magistralmente Platón en el famoso mito del Carro Alado en su obra Fedón. Por su parte, a nivel externo, la acción del hombre se disputa en una persistente tensión entre las fuerzas opuestas de su instinto de búsqueda de la libertad pura como ser animal que es, y del cumplimiento de una libertad normativa impuesta por las normas y reglas de la sociedad como ser social a la que pertenece, siendo en éste caso el punto equidistante entre ambas fuerzas el principio de legalidad, es decir la Ley. Por lo que a mayor observancia del principio de legalidad mayor bondad conductual, mientras que a mayor distancia del mismo principio mayor maldad conductual.

Por su lado, respecto al juicio de valor de la acción, como manifestación conductual del hombre bueno o malo, éste se rige por la precisa observancia del sistema referencial constituido por los denominados Valores Universales propios de la filosofía humanista, entre los que encontramos principalmente: la amistad, el amor, la confianza, la equidad, la fraternidad, la gratitud, el honor, la honradez, la igualdad, la justicia, la libertad, la paz, el respeto, la responsabilidad, la sabiduría, la solidaridad, la tolerancia, la valentía, y la verdad. En este sentido, un balance conductual positivo proclive a dichos Valores Universales, considerados como los máximos exponentes de la Ética humana, social y política del hombre moderno por consenso colectivo, indican un alto grado de bondad en el comportamiento humano. A su vez que, por oposición de contrastes, el cómputo conductual negativo a dichos Valores Universales reflejan un alto grado de maldad en el comportamiento humano. Y entre ambos extremos, todo un amplio espectro de grados de bondad y de maldad. En éste punto, cabe apuntar que todos los vicios conductuales humanos que definen un perfil de personalidad propio de un hombre malo (entendiendo como vicio el polo opuesto a la virtud como regla de comportamiento alineada con los Valores Universales), convergen en una misma actitud común: el egoísmo. Por lo que debe considerarse al egoísmo, por ser germen de toda conducta reprochable que convierte al hombre en un ser ruin, como la raíz de todo mal en sus diversos grados de manifestación.

Es por ello que, a modo de conclusión, podemos resolver la reflexión sobre la bondad desde cuatro proposiciones integradas:

1.-La bondad transciende al hombre sobre su naturaleza animal, por requerir de la concurrencia tanto de la Razón como de los Valores Universales en los que ésta se fundamenta.

2.-La bondad es una actitud de máxima valentía, por precisar de la fuerza consciente interna suficiente para equilibrar la propia naturaleza del hombre en continua tensión a la luz de la Razón, a la vez que opta por ceñirse a Derecho para un bien superior como es la armonía social.

3.-La bondad es una manifestación de máxima sabiduría, por apelar a voluntad al hábito conductual consciente del ser humano inspirado en las altas virtudes de los Valores Universales.

Y, 4.-La maldad es una actitud de cobardía y una manifestación de ignominia, por partir de un rasgo conductual contrario a la Razón, al Derecho y a los Valores Universales como es el egoísmo.

Expuesto lo cual, en una sociedad que vive inmersa en el egoísmo como valor superior del capitalismo ultraliberal (anteponiendo la religión del capital por encima de la filosofía humanista), librémonos del mal como conducta normalizada, pues solo desde la valentía y la sabiduría de la bondad es posible construir sociedades más humanas y justas socialmente. Dixi!



Nota:
 Para artículos de reflexión sobre filosofía contemporánea del autor se puede acceder online a la recopilación del glosario de términos del 
Vademécum del ser humano