martes, 28 de abril de 2020

El Honor, ¿ha dejado de tener vigencia como valor moral en nuestra sociedad?


El hombre moderno vive en una sociedad en la que, por voluntad propia, expone públicamente su intimidad personal, familiar y así como su propia imagen -muchas veces de manera grotesca-, a través de las redes sociales como medio normalizado de establecer relaciones interpersonales. O más bien, extrapersonales, ya que dicha exposición pública sobrepasa normalmente y con conocimiento de causa los límites del propio círculo de conocidos. Una conducta exhibicionista que, más que buscar el mero hecho de crear relaciones humanas, parece propio de una conducta narcisista mal entendida propia de quienes buscan reafirmar su autoestima personal, y por ende construir su identidad social, vía acumulación de likes virtuales. Aunque ésta es harina de otro costal. Lo que nos interesa del fenómeno sociológico expuesto, por todos conocido, es que justamente la intimidad personal, la intimidad familiar y la propia imagen son los principios rectores que constituyen un derecho fundamental conocido como Honor. Por lo que la pregunta pertinente no puede ser otra que aquella que plantea si el Honor, como derecho fundamental de la persona, ha dejado de tener valor en sí mismo en nuestra sociedad. O, reformulando de manera diferente: ¿Ya no es considerado el Honor como un valor universal?.

A la vista de los acontecimientos de la dinámica sociológica particular en la presente era de las nuevas tecnologías, inmersa en la lógica de una cultura profundamente hedonista, parece ser que la respuesta es que no, que el Honor ya no mantiene su categoría de valor universal. O al menos en la dimensión que podemos considerar como externa del Honor. La cual abarca la Dignidad de la persona de puertas hacia afuera, y que se despliega exteriormente mediante conceptos tales como la reputación, el prestigio, la opinión, la gloria o la fama. Un elenco de atributos todos ellos relacionados con la imagen social de la persona. Y es que frente a una patente relativización o relajación social contemporánea de dichos atributos en términos morales -en una sociedad donde se premia la bufonocracia por encima de la meritocracia-, la escala de valores que caracteriza como propia a dichas cualidades se ha visto claramente afectada negativamente, distorsionando de paso y por efecto empático los estándares de calidad de la imagen social de la persona y, por extensión, el propio concepto del Honor que yace herido de muerte en su propia desvalorización social. Tal es así que incluso el descrédito y el desprestigio han pasado a formar parte de manera tan normalizada como inherente de la nueva dinámica social de la imagen pública de la persona contemporánea, llegándose incluso a concebir como herramientas estratégicas de ésta. Por lo que el propio Derecho al Honor, regulado en los ordenamientos jurídicos de las democracias modernas, que persigue delitos de la talla de la injuria y la difamación, ha caído en desuso por una imperante relatividad social sobre los mismos. Así pues, podemos afirmar por pura observancia empírica que el Honor, en su dimensión externa, ha dejado de ser de facto un valor universal.

No obstante, otro cantar bien diferente es, en cambio, el Honor a nivel interno. Es decir, el Honor que abarca el ámbito de la Dignidad de la persona de puertas hacia adentro, que es aquel que ostenta toda persona en su mismidad como ser humano por derecho natural. Una categoría de Honor que transciende al propio Derecho del Honor -actualmente devaluado como ya se ha expuesto- propio de la legalidad normativa o derecho positivo, pues el Honor a nivel interno emana directamente del derecho natural a la Dignidad de la vida humana, en el que concurren de manera indisociable los principios de respeto e inviolabilidad de la persona. De hecho, al ser el derecho a la Dignidad humana el elemento substancial del Honor personal a nivel interno, y siendo aquel la estructura fundamental sobre la que se cimientan los Derechos Humanos, ergo el Honor personal a nivel interno es una característica irrenunciable e indelegable de toda persona por ser eje vertebrador de los Derechos Humanos. Y siendo éstos un compendio de valores universales a alcanzar por el hombre, así pues el Honor personal a nivel interno continúa manteniendo de manera atemporal su categoría de valor universal.

Por otro lado, cabe apuntar que si bien el Honor a nivel externo se relaciona con la imagen pública de la persona, el Honor a nivel interno debe relacionarse con la Dignidad de la vida humana stricto sensu, de la que participa connaturalmente tanto la inviolabilidad de la consciencia personal como la protección de la idea de justicia social en el hombre como animal social. Por lo que atentar contra el Honor externo puede incurrir ciertamente en un desprestigio social más o menos desdramatizado susceptible de ser extendido a delitos tipificados en clara prescripción social, pero atentar contra el Honor interno incurre directamente en el campo de la injusticia humana e incluso en posibles actos catalogados como inhumanos. De lo que se deduce que, ante una flagrante carencia de respeto por el Honor a nivel externo propio como norma conductual sociabilizada, el respeto por el Honor a nivel interno tanto con uno mismo como con los demás requiere de una consciente actitud de responsabilidad moral.

Asimismo, a nadie se le escapa que la línea divisoria entre la ausencia normalizada del Honor a nivel exterior y el irrenunciable respeto del Honor a nivel interior es extremadamente difusa a la práctica, y más teniendo en cuenta que las sociedades modernas se vertebran sobre un derecho fundamental como es el de la libertad de expresión (desmadrado) en un mundo global e interconectado a tiempo real. Una frágil frontera que solo desde la responsabilidad moral puede lidiarse con plenas garantías, y sobre el pleno convencimiento -educación mediante- que la defensa del honor personal a nivel interno es una conducta virtuosa por emanar de un valor universal del que el hombre no puede, ni debe, renunciar para su propia trascendencia humana. Frente a la ausencia del Honor externo como conducta viciosa, más educación en valores morales para la defensa del Honor interno como comportamiento conductual virtuoso. En el Honor personal, que nada tiene que ver con clases sociales, nos jugamos la dignidad como seres humanos a título individual.


Nota: Para artículos de reflexión sobre filosofía contemporánea del autor se puede acceder online a la recopilación del glosario de términos del Vademécum del ser humano