martes, 7 de abril de 2020

Canto filosófico a los Colores vivos

"La Jungla", de Teresa Mas de Roda. Marzo 2020

Debo reconocer que hay pocas cosas en la vida que capten mi atención con tal intensidad, como polilla atraída por la luz, que los colores. Pero no todos los colores, sino aquellos que se muestran vivos y cálidos. Una tendencia de naturaleza instintiva que seguramente encuentra su huella ancestral latente en mi genoma mediterráneo y, por extensión, en la herencia cultural greco-romana cuya vida, templos y estatuas incluidas, se cromaban con tintes fuertes y vibrantes en un canto tan desinhibido como descarado al disfrute de la existencia mortal. Una declaración de principios que bien puede considerarse como un acto de rebeldía en una sociedad desarrollada como la actual, construida de manera prevalente sobre tonos neutros e incluso fríos, como son los cremas, beis, marrones, grises, colores oscuros varios y negros, principalmente. Y que, por otro lado, cabe subrayar a modo de nota declarativa, nada tienen que ver con los apasionados siete colores que componen el arco iris: rojo, naranja, amarillo, verde, turquesa, azul y violeta.

En este punto, resulta interesante observar la relación de los colores desde un punto de vista de sociología comparada. Puesto que si prestamos una mínima atención, podemos constatar que a mayor grado de desarrollo industrial de las sociedades, mayor preponderancia de los colores neutros y fríos sobre los vivos y cálidos, más propios éstos últimos de sociedades menos desarrolladas como norma general. Como si el hombre moderno culturalizara conceptos tales como la seriedad, la responsabilidad, el compromiso, el esfuerzo e incluso el civismo como conductas propias por esperables del individuo civilizado bajo una manifestación formal cromática neutra e incluso fría. Lo cual, a su vez, no deja de ser relevante como objeto de estudio sociológico por la baja intensidad del nivel vibratorio de dichos colores que, en esencia, tienen como denominador común una clara inclinación a la homogeneización de la diversidad. O dicho en otras palabras, en un mundo construido sobre un cromatismo neutro y homogeneizador se espera que habiten personas asimismo neutras como individuos y homogeneizadas como sociedad. Propio de la teoría del rodillo o del molde estandarizador de una filosofía existencial productivista.

Expuesto lo cual, podemos deducir por un lado que la culturalización de los colores contiene implícito una carga moral en la lógica humana, profundamente humana, de las sociedades. Y que, por otro lado, el color es una parte indivisible de la manifestación formal de una idea conceptualizada. Por lo que, al son de esta línea argumental, cabe concebir los colores como medios instrumentales para la capacidad cognitiva del hombre social. Es decir, que los colores, como entidad, participan tanto y en primera instancia de las disciplinas de la Filosofía de la Moral (que estudia el comportamiento del hombre en cuanto a lo que está bien o es correcto y a lo que está mal o es incorrecto) y de la Filosofía Gnoseológica (que estudia los principios y métodos del conocimiento humano), como en segunda instancia de la Filosofía Social (que estudia el comportamiento humano en sociedad) y de la Filosofía Estética (que estudia la esencia y percepción del gusto de la belleza del hombre). Una suma de conocimientos que, no seamos ingenuos, ya se trabaja de parte el marketing en sus diversas modalidades, y de manera transversal al conjunto de actividades humanas, para rentabilidad propia.

Es por ello que, personalmente, mi interés reflexivo se centra más en otra dimensión del color. Específicamente en aquella entendida como realidad independiente a la creada por el ser humano. Es decir, en el color en su mismidad, como esencia en su estado natural más auténtico y salvaje por virginal, exento de la injerencia de la mano cultural del hombre. Pero que, a su vez, éste estadio inmaculado del color como parte de la realidad física de la que participa el hombre le condiciona a éste de manera pura al no estar sujeto a ningún juicio de valor predeterminado. En este sentido, nos referimos a la naturaleza metafísica del color. Pues a nadie se le escapa que uno de los componentes y principios fundamentales de la realidad es el color, como impresión producida por la luz tanto en el mundo de las formas, de manera evidente, como en el mundo de las ideas (que se manifiesta a través de aquél), de manera menos evidente pero no por ello menos real.

A partir de aquí, y sobre la base axiomática que tanto la realidad formal como ideal se fundamenta sobre principios apriorísticos, como es la geometría en el mundo formal y los valores universales en el mundo de las ideas, base de la condicionada capacidad cognitiva humana como parte indisoluble de los mismos, cabe deducir que los colores como parte intrínseca de la manifestación estructural de dicha realidad es asimismo apriorística, lo que equivale a concluir que poseen una naturaleza de carácter universal más allá de los determinismos culturales humanos. Dicho apriorismo y universalidad de los colores, como bien sabemos, encuentra su elemento causal por genésico en su vibración electromagnética esencial (otro apriorismo previo de la vida como tal), cuyas longitudes de onda dan lugar a uno u otro color de la realidad conocida, a imagen y semejanza de la relación existente entre las diversas propiedades de las figuras geométricas en el plano del espacio. Así, de igual manera que un cuadrado es un cuadrado y no puede ser otra figura por los principios de la lógica tanto de identidad como de no-contradicción, asimismo el color rojo es rojo y no puede ser otro color, con independencia de que le cambiemos el nombre con el que lo identificamos.

Dicha naturaleza apriorística y universal de los colores, como fundamento estructural de la realidad en estado puro, afecta de manera directa a las ideas de realidad y de verdad en el ser humano como receptor cognoscente de dicha realidad. Pues el hombre conoce a través de su capacidad sensorial-intelectual perceptiva en relación al mundo en el que habita, y en dicho proceso cognitivo establece los parámetros de su propio cuadro de valores de verdades supeditado a la realidad aprehendida. Por lo que de aquella realidad independiente deviene ésta realidad humana concebida. A no ser, siempre cabe la posibilidad, que el hombre como individuo no se encuentre en posesión del pleno uso consciente de sus facultades mentales y emocionales, por distorsión de causas propias o ajenas (sociedad).

Es por ello que, a modo conclusivo, podemos afirmar categóricamente que los colores vivos, y no otros por fuertemente vibrantes, representan el significante apriorístico y universal de la exaltación de la vida en el sistema de referencias de nuestra realidad. Y justamente frente a ellos debo confesar que siempre me siento, sin excepción alguna, en un estado prácticamente de trance de reafirmación y celebración personal frente al gozo de la vida en su máxima expresión. Qué le vamos a hacer, los colores vibrantes son una de mis debilidades placenteras, a los que gustosamente me entrego siempre que se tercia y tengo ocasión en la búsqueda constante por sentirme vivo. Que no es poca cosa, en estos tiempos que corren. Disfruto de los colores vivos, luego existo.


Nota: Para artículos de reflexión sobre filosofía contemporánea del autor se puede acceder online a la recopilación del glosario de términos del Vademécum del ser humano