miércoles, 1 de abril de 2020

Bufonocracia versus Meritocracia: el pago de premiar la tontería social sobre el mérito

Sanitarios improvisando trajes de protección con bolsas.

Tocan tiempos de rasgarse las vestiduras, por replicación humana de la fábula de la cigarra y la hormiga, en el que el ser humano contemporáneo personifica sin lugar a dudas y de manera magistral el personaje de la cigarra. Aunque éste, como muchos otros aprendizajes sin completar por parte de la humanidad, es una de las grandes asignaturas pendientes que al hombre se le atraganta desde que es hombre. De hecho, ésta fábula que nos hace una comparativa entre quienes son previsores en la vida, inteligencia mediante, frente a los que no lo son de cara a afrontar futuribles difíciles -que siempre acaban siendo certeros por su periodicidad cíclica-, es de autoría atribuida a un prosista de la Antigua Grecia ya citado por las tres generaciones consecutivas de los grandes maestros-discípulos de la filosofía clásica de hace más de 24 siglos: Sócrates, Platón y Aristóteles. O sea, que la reválida a superar, por enésima vez, viene de lejos.

Y ante esta despreocupación vital que demuestra el hombre como constante atemporal de su naturaleza humana en momentos de cierto bienestar social, que le aboca a despreocuparse por un mañana incierto como consecuencia directa en gran medida de su limitada memoria intergeneracional (quizás por nuestra descendencia biológica con los desmemoriados peces y por añadido de una deficiente educación en materia de Historia), llegándose incluso a creer de manera ilusoria que los malos tiempos nunca volverán, provoca que socialmente tengamos una tendencia predilecta sobre los bufones saltimbanquis que solo tienen como fin último entretener al pueblo al son de la política del panem et circenses, en detrimento de las personas meritosas por cultivadas que aportan valor añadido a la evolución y desarrollo positivo de la sociedad en su conjunto. Tanto es así que vivimos en una sociedad moderna en la que se valora más al bufón guaperas, al bufón chuta pelotas, al bufón chismoso sin pudor ajeno, o al bufón gracioso por vulgar que tanto habla como canta sin arte alguno, entre otros miembros de la familia buhonera, elevándolos socialmente a la categoría de héroes públicos con una retribución de su peso en oro, y convirtiéndolos así en referentes estereotipados del éxito y la fama social a imitar. O al menos, hasta que la desgracia se cierne sobre la sociedad, como es el caso actual en plena crisis sanitaria de la pandemia del coronavirus, en la que no hay bufón de turno del que echar mano que tenga utilidad social alguna. Es entonces, y en este contexto, en que la sociedad se hace consciente del precio que debe pagar por premiar la tontería sobre el mérito, tal cual despertase abruptamente de un sueño tan irreal como autoinducido.

Ahora, el hombre se rasga las vestiduras en un autoexamen de conciencia colectiva de su propia estupidez, mientras se apresura a vender a precio de saldo sus héroes con pies de fango para reunir los recursos económicos suficientes que le permita reinstaurar un gobierno meritocrático capaz de afrontar una situación propia de guerra. Es decir, reorganizar de urgencia la sociedad bajo el mando de personas discriminadas positivamente en base a sus méritos en los diferentes ámbitos sociales de imperiosa necesidad, en los que predominan los valores asociados a la inteligencia racional (intelectualidad) y a la inteligencia emocional derivada de la misma (vocación, aptitud, trabajo, esfuerzo, compromiso, responsabilidad, diligencia, etc). Un trabajo propio de Hércules si consideramos la desigualdad social permitida y mantenida durante décadas entre bufones y meritosos en un claro agravio comparativo de carácter retributivo como termómetro de reconocimiento social, en el que durante años los honorarios semanales de un futbolista de élite han sido el equivalente a más de once años de salarios anuales de médicos, profesores o investigadores; o los honorarios semanales de un bufón televisivo de ocio, que han representado la equivalencia a más de dos años de los salarios anuales de dichos profesionales de marcado carácter y utilidad social, por poner algunos ejemplos. (Ver: Los influencers, el desalentador polígrafo de la sociedad). Y ello sin contar, por ende, las ridículas partidas presupuestarias -sometidas sea dicho de paso a una continua política de recortes- referentes a la cobertura de recursos materiales y de servicios para el buen desarrollo de tan insignes actividades humanas, conllevando por efecto colateral una sangrante reducción de la plantilla de profesionales en dichos cuerpos sociales de máxima utilidad pública.

Que la meritocracia se imponga por integración en la mentalidad colectiva como valor social a defender en la era postpandémica por parte del conjunto de las sociedades modernas, es una de las acciones más inteligentes que puede tomar el ser humano en defensa del bien común como especie, y asimismo como reacción de madurez evolutiva manifiesta por parte de los individuos en su conjunto. Si bien a su vez resulta ésta una presunción tan inocente, visto los derroteros de la historia de la humanidad, como el hecho de concebir que en la lógica de la fábula el hombre asume por transmutada convicción el papel de la hormiga en lugar del de la cigarra. Aunque, como reza el refranero popular, de esperanza también vive el hombre. Y servidor, como filósofo tan efímero como ilusorio por esperanzador, desea creer -no sin esfuerzo- que el hombre en su cualidad de ser racional tiene la plena capacidad de aprender de sus errores. Pues de lo contrario, solo cabe aceptar el triunfo de la oscuridad de la sinrazón sobre la luz de la Razón.

Expuesto lo cual, no hay más que finalizar con la pregunta pertinente por obligada para una reflexión colectiva: ¿Bufonocracia o Meritocracia?. Dos opciones a elegir a futuro que determinarán la construcción de la nueva sociedad postpandémica. Una responsabilidad ineludible de la que todos, sin excepción alguna, deberemos dar cuentas de cara a generaciones futuras. La parte esperanzadora es, si algo caracteriza justamente al hombre, su capacidad de libre elección frente a cualquier encrucijada. A partir de aquí, fiat lux!


Nota: Para artículos de reflexión sobre filosofía contemporánea del autor se puede acceder online a la recopilación del glosario de términos del Vademécum del ser humano