jueves, 12 de marzo de 2020

Pandemia, una reflexión sobre su triple efectología


A 51 días después de que las autoridades chinas declarasen en cuarentena la ciudad de Wuhan, epicentro del brote del nuevo coronavirus 2019-nCOV, a 41 días del primer caso de coronavirus confirmado en España, y a un día escaso de que la OMS declarase oficialmente el coronavirus como pandemia global, esta mañana de jueves de marzo hace un sol primaveral (aun estando en invierno) mientras el mundo se para.

Lo cierto es que el vertiginoso proceso en el que una epidemia localizada en la otra punta del planeta se ha convertido en una pandemia global, con efectos reales en la vida diaria como pueda ser el confinamiento de las personas en sus casas, el cierre de escuelas, centros culturales y de ocio, comercios e incluso de actividades parlamentarias, el cierre de fronteras entre países amigos, el vaciamiento impulsivo de supermercados, la emisión de programas de ocio televisivo sin público espectador, el colapso del sistema sanitario, el goteo incesante de contagios entre personas socialmente relevantes por “intocables”, y el triste balance de fallecimientos que suma y sigue a cada día que pasa, me genera -entre otras emociones profundamente humanas- un alto grado de expectación como observador pensante. Pues la aparición de la pandemia, para nuestra prepotente generación del bienestar en plena era tecnológica, representa una anomalía temporal -aun en proceso de asimilación- equiparable a la aparición de dinosaurios en pleno siglo XXI.

Hacer alusión a una pandemia es retrotraerse en la mentalidad colectiva prácticamente a la peste negra europea del siglo XIV que describen los libros de historia, originaria en Asia y exportada a Europa por los comerciantes italianos, que acabó con una cuarta parte de la población total y hasta la mitad en las zonas urbanas más afectadas (se estiman en 25 millones de fallecimientos solo en Europa). La cual representó la segunda oleada del brote de la peste bubónica originaria de Egipto en el 541 d.C., más conocida como peste de Justiniano, que se costeó la vida de 10.000 personas por día, llegando a destruir la cuarta parte de los habitantes del Mediterráneo oriental. Por tanto, hablar de pandemia es equiparable a hablar de una entidad tan ancestral como creidamente extinta. Craso error. Las evidencias de rabiosa actualidad demuestran que estábamos equivocados, y que la pandemia es un ente latente que subyace entre las sombras de nuestra realidad, la cual puede llegar a despertar en cualquier momento de la historia de la humanidad como monstruo invisible para el ojo humano. Y no hay nada más terrorífico, para el imaginario de un ser humano que cree controlarlo todo, que una mano asesina a la que no puede ver.

Expuesto el contexto, el interés de la presente reflexión no es tanto describir el fenómeno sino dilucidar su singular efectología, como observador temporalmente excepcional de los hechos empíricos. En esta línea, destacaría tres grandes pilares sobre los que se articula los efectos de la pandemia en la realidad del hombre de la era tecnológica y espacial (como elemento claramente diferencial al hombre preindustrial, medieval y clásico).

1.-Efecto Filosófico: El Hombre de la Razón se antepone al Hombre de la Fe.

Tanto es así, que el Gobierno de los Estados se deja en manos de los científicos, quienes son los que determinan cómo debe de organizarse y comportarse las comunidades humanas en un estado de excepción sanitaria. Dicha máxima es extensible, en un sentido de afectación directa, a las tres grandes doctrinas de fe manifestadas en el tripartito de gobiernos del hombre moderno: el gobierno político, el gobierno económico, y el gobierno religioso. Todos, sin excepción, hacen un acto de cesión voluntaria de su soberanía y autoridad sectorial en pos de un liderazgo superior consensuado colectivamente: la Ciencia, y con ella a la oligarquía de los Hombres de la Razón cuya única doctrina es la filosofía de vida científica.

2.-Efecto Sociológico: La actividad humana queda paralizada.

Tanto es así, que la vida social política, económica y religiosa queda limitada al ámbito doméstico preventivo. Todo aquello considerado como importante y prioritario en el engranaje del mundo moderno cotidiano inmerso en su frenesí evolutivo se convierte en intrascendente, dentro del contexto de una realidad que muda sus sistema de referencias por causas de fuerza mayor: la supervivencia de la especie. Un efecto forzoso de rotación inversa de la dinámica natural del sistema de organización social, que convierte prácticamente toda la actividad humana en inactividad, el movimiento en no-movimiento, en un estadio de pausa sine die a expensas del levantamiento del estado de excepción sanitario por parte del nuevo gobierno mundial en manos de los Hombres de Razón. Conscientes, todos sin excepción, del alto coste económico, y por extensión social, que comporta la paralización de la actividad productiva humana en una sociedad de Mercado. En este sentido, y como efecto colateral, las limitaciones y carencias de los diferentes modelos de Bienestar Social ponen en evidencia flagrante los puntos débiles de las Democracias contemporáneas, algunas de las cuales deberán ser objetos de revisión en un futuro postpandémico.

3.-Efecto Antropológico: El miedo ancestral del hombre de las cavernas resurge.

Tanto es así, que el miedo frente a un enemigo mortal invisible se expande con mayor rapidez que la propia pandemia, en una sociedad de la información a tiempo real. El miedo se hace viral, como efecto directo de un flujo informativo de los acontecimientos que se convierte en conocimiento, éste en consciencia individual, y elevándose la suma de dichas consciencias individuales a la categoría de una conducta social cuyo comportamiento activa la memoria de las células reflejo del miedo ancestral del hombre de las cavernas. En tal escenario, y a la luz de la lógica de una sociedad egoísta por capitalista, el instinto de supervivencia individualista -que no colectivo- provoca una estampida desordenada de las personas que, entre otros efectos propios de las fobias, vacía los supermercados de víveres como seguro de acopio a un escenario inminente lo más parecido a la guerra. El miedo animal ancestral, por tanto, convierte en máxima social el comportamiento individualista del “sálvese quien pueda”, redefiniendo así los esquemas morales colectivos hasta la fecha imperantes bajo una nueva visión nihilista de la realidad.

Dicho lo cual, y aun consciente de los múltiples elementos, variables e interconexiones existentes no desarrollados entre los tres grandes ejes expuestos sobre los que pivota la pandemia para no extenderme, y con el único objetivo de sintetizar casi conceptualmente la efectología de la situación imperante, en la presente crisis de emergencia sanitaria solo cabe tomar responsabilidad y paciencia a nivel individual, y coordinación de acciones a nivel colectivo, a la espera de vencer -tiempo y esfuerzo científico mediante- la pandemia actual que, una vez más, tiene en jaque al conjunto de la humanidad. Una inesperada experiencia circunstancial que representa, aun sin buscarlo, un punto de inflexión en la vida humana global que, con toda probabilidad, obligará a un cambio de paradigma en diversos ámbitos de la realidad conocida, siendo el económico y el social el más afectado. Mientras tanto, este humilde filósofo observa con atención reflexiva y pipa en boca ésta disfunción temporal que nos toca vivir, consciente que la vida, para ser vida, debe de ser frágil y efímera. Y que el único sentido que tiene la vida no es otro que aquel que cada uno le otorga. Así pues, en un tiempo de impás existencial, que cada cual crea en aquello que haya decidido creer desde la privacidad de su intimidad, sin que ello contradiga el Principio de Realidad, pues solo la lógica de la Razón nos hará libres como seres inteligentes.


En un lugar del Mediterráneo español,
a 12 de marzo de la era pandémica del Coronavirus.



Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano