miércoles, 25 de marzo de 2020

La sombra alargada de la Muerte nos obliga a cuestionarnos nuestro paso por la vida

Bergamo, Italia. Imagen de féretros por muerte de coronavirus

Pocas veces en la historia de la humanidad la sombra alargada de la Muerte se llega a percibir colectivamente de manera tan tangible como en la actual situación de una plaga pandémica, de naturaleza tan ancestral como casi bíblica, a la que se ve sometida el conjunto de la población mundial. Sí, vivimos un tiempo en que podemos sentir, aun sin ver, el revoloteo de la temida guadaña sobre nuestras propias cabezas.Y en esta situación, el estupefacto hombre moderno que hasta la fecha creía controlarlo todo, como inconfesable animal temeroso frente a las fuerzas sobrenaturales del Destino, se aferra a la vida agarrando catatónicamente uno de los dos cabos de salvación más próximo a su mano: el de la Razón, como bastión de la ciencia, o el de la Fe, como refugio de creencias supersticiosas. Según rece la convicción de cada cual. A su vez que, indistintamente, éste hombre de Razón u hombre de Fe intenta esconderse, en lo más profundo de su intimidad doméstica, para procurarse no ser delatado en su efímero aliento vital a los escrutinadores sentidos en alerta de la sombría y gélida figura de la Parca.

En esta tesitura, es inevitable relacionar las ideas de la Muerte y del Destino en un intento vacuo del hombre de todos los tiempos por dar respuesta existencial a conceptos opuestos irreconciliables como son la vida y la muerte, o el propio sentido del bien y del mal. No obstante, permítaseme no entrar en los mismos por haberlos desarrollado ya con anterioridad (Ver: Reflexión sobre la Muerte y ¿Existe el Destino o es otra cosa?), y porque es licencia de autor entretener los pensamientos en estas horas de espera sine die en reflexionar cómo el hombre, en nuestra frágil condición, afronta un devenir hacedero de naturaleza tan indecible como es la Muerte.

En condiciones normales, y en el seno de sociedades tan avanzadas sanitariamente -gracias al alto nivel de desarrollo de la ciencia médica- como opulentes en recursos de bienes y servicios sanitarios -por fortaleza del sistema de Bienestar Social, aun en estado de colapso-, una persona media suele someter a examen de consciencia el resultado del balance entre su haber y deber existencial al final de un largo viaje transitado por el mundanal teatro de la vida. Pero en una situación de plaga pandémica como la que nos toca vivir de rabiosa actualidad, donde la regla estipulada como normalidad adquirida queda suspendida a expensas de los caprichosos designios de la mortífera huesuda, queda abierta la caza aleatoria contra toda persona con independencia de su edad, género, condición social, capacidad intelectual, ideología, tendencia sexual, o raza. Todos, sin excepción alguna, podemos ser llamados sin aviso previo, y lo que resulta más terrible sin ocasión de podernos despedir de nuestros seres más queridos, en la cosecha indiscriminada de la larga guadaña.

Ante esta realidad de una posible fatalidad del azar, al ser humano consciente no puede más que embargarle dos imperiosas sensaciones, una de carácter emocional y otra de carácter mental. Emocionalmente, la posibilidad de una muerte sobrevenida por incontrolable y misteriosa activa instintivamente el profundo miedo ancestral a dejar de existir, más allá que la persona abrace el agnosticismo, el ateísmo o algún tipo de teísmo entre las 4.200 religiones existentes en el planeta. Una emoción básica que cada persona, en el fuero de su interior, deberá gestionar en concordancia con su credo individual llegado el caso. Mientras que mentalmente, la idea de una muerte súbita por repentina y rápida nos hace plantearnos una pregunta indelegable de ámbito trascendental: Y yo, ¿qué legado dejo para la humanidad?. Una pregunta, reformulada de manera tan diversa como personas respiran, cuya respuesta es tan singular como singular es la suma de historias que conforman la vida mortal de un hombre, y que obviamente traspasa el umbral del sentido de la individualidad de una existencia propia percibida como satisfecha o insatisfecha.

No obstante, tanto la adecuada gestión emocional que contrarreste el profundo miedo de dejar de existir, como la búsqueda de una respuesta gratificante a la pregunta mental trascendental de la aportación individual hecha en vida a la humanidad, solo tienen un fin último y común a todos los seres humanos: morir en paz. Pues no existe mayor terror para cualquier moribundo que afrontar el postrero suspiro con un profundo miedo a morir y con la triste e incluso rabiosa decepción de una vida mal vivida por desaprovechada.

Que la vida es un tiempo que nos regala día a día la Muerte, lo sabemos desde que tenemos consciencia de razón. Pero todos, a excepción de suicidas y otras tipologías de trastornos mentales, anhelamos vivir en el ilusorio de un tiempo eterno, emulando así la naturaleza reservada para los dioses. Y en ese imaginario entretenemos nuestra volátil vida en múltiples tareas mundanas por cotidianas, llegando a confundir lo verdaderamente importante de los superficialmente prioritario. Hasta que la alargada sombra de la Muerte hace presencia de manera prácticamente corpórea guadaña en mano, con una absoluta falta de cortesía y decoro por los sueños propios y de nuestros seres queridos, invadiendo atropelladamente la tranquilidad cotidiana de nuestras vidas para alterarlas en un inquietante estado colectivo de terror contenido. Es entonces que uno, como mortal que es y frente a la inevitabilidad de dejar un día cualquiera de ser, en un presente vívido en el que la Muerte se manifiesta descaradamente como una realidad tangible más allá de las fúnebres estadísticas televisadas, no puede más que hacerse la gran pregunta de carácter trascendental: Si hoy me toca partir, ¿cuál habrá sido mi aportación en ésta vida?.

Una gran pregunta que merece una gran respuesta, pues no es un tema menor. Y cuya conclusión, previsiblemente, puede llevar a una redefinición personal de la escala de valores, lo cual en muchos casos seguro resulta un ejercicio muy saludable. Pues al final, mejor tarde que temprano, todos deberemos enfrentarnos a una propia autoevalución existencial en nuestro día particular del juicio final. No obstante, y mientras gocemos del privilegio del tiempo suficiente para reflexionar sobre ello indulgencia de la Parca mediante, e independientemente del resultado al que cada cual pueda llegar, no está de más que en éstos tiempos de corte apocalípticos nos proveamos de alguna moneda de plata para guardar a buen recaudo como paño en oro en el bolsillo, por si a caso nos viéramos en la imprevisible e imperiosa necesidad de tener que pagar al mítico barquero Caronte que conduce a los difuntos al otro lado del río de este mundo. Pues, solo la Muerte y el Destino, conocen los dados con los que juegan.

[Este artículo ha sido revisado / ampliado a posteriori  en: Tipos de responsabilidad personal de carácter social frente a la vida]



Nota: Para artículos de reflexión sobre filosofía contemporánea del autor se puede acceder online a la recopilación del glosario de términos del Vademécum del ser humano