domingo, 29 de marzo de 2020

La Solidaridad, ¿una ilusión para la naturaleza egoísta del hombre?

Foto Carmen Vivas / El Independiente

Todo el mundo conoce el significado, aunque sea intuitivamente, del concepto de Solidaridad como implicación con una causa ajena por un lado, así como un acto requerido en situación de necesidad por otro lado. Por lo que podemos afirmar que implicación y socorro respecto a terceros son las dos ideas estructurales del concepto de Solidaridad. Es decir, si en un supuesto acto de Solidaridad no concurre o bien la implicación con causa ajena o bien la prestación de ayuda en un estado de clara necesidad, no podemos hablar de Solidaridad. En tal caso, Solidaridad sin implicación con la parte requerida hay que considerarla como caridad limosnera, mientras que Solidaridad sin la concurrencia de un estado de necesidad debe considerarse como beneficencia de escaparate, siendo tanto la caridad de limosna como la beneficencia de escaparate variantes manifiestas de un egoísmo interesado. Y todos sabemos que Solidaridad y egoísmo son dos ideales antagónicos por naturaleza.

Dicho lo cual, ¿qué tendencia se considera como natural por apriorística en el ser humano, la Solidaridad o el egoísmo? Si consideramos que prima la primera sobre la segunda, entenderemos la reticencia del hombre de ser egoísta por encima de ser solidario. Mientras que si lo consideramos a la inversa, entenderemos la resistencia del hombre de ser solidario por encima de ser egoísta. Como respuesta genérica a esta doble tesitura, y tomando como caso práctico objeto de estudio el comportamiento del hombre en la actual crisis de emergencia sanitaria global de la pandemia del coronavirus, queda en evidencia que el ser humano es mayoritariamente egoísta por naturaleza en su manifiesta defensa particular de la supervivencia identitaria, lo cual es patente de manera transversal en los multiniveles existentes dentro del sistema de organización social global: a nivel inter vecinal, a nivel inter regiones administrativas de un mismo Estado, e incluso a nivel inter países considerados como “aliados”.

Así pues, si la Solidaridad no es una característica innata del ser humano, debe considerarse por exclusión un elemento filosófico cultural (de hecho, es un concepto relativamente moderno fruto de la ilustración francesa). Una premisa que asimismo no es en absoluto desmerecedora de su alto valor antropológico, y por extensión sociológico, pues la Solidaridad institucionalizada, como otros elementos culturales adquiridos como puedan ser los derechos laborales, el respeto por el medio ambiente o la lucha contra la desigualdad entre géneros, fundamentan los resortes de una evolución en positivo de las sociedades humanas que trascienden al ser humano como ser animal a la categoría de ser social racional. En este sentido, podemos afirmar que el hombre requiere de la Solidaridad como ideal cultural para convertirse en una mejorada versión de sí mismo y, por extrapolación, para crear unas sociedades mejores por más humanizadas.

Lo que está claro, por otra parte, es que las sociedades modernas no integrarían como propio la Solidaridad como ideario individual y grupal a alcanzar sin un consenso colectivo previo. Un consenso social que encuentra su raíz en un sistema de creencias compartido (como herencia de una evolución secular del pensamiento humanista), forjado por una escala singular de valores morales. Por lo que hablar de Solidaridad es hablar de Ética Social. En esta línea argumental, la Solidaridad como Ética abarca tanto la ética de las virtudes, que entiende la Solidaridad como una virtud del comportamiento de las personas a título individual, como la ética de los principios, que concibe la Solidaridad como un principio rector para el conjunto de la sociedad cuya ascendencia afecta de manera integral al modelo de organización de la vida social. Dos caras de una misma moneda de la Solidaridad como Ética Social: la ética de las virtudes y la ética de los principios, una de ámbito individual y otra de ámbito institucionalizada por colectiva, que se retroalimentan mutuamente en el sistema de creencias que conforman la filosofía del hombre moderno, con mayor o menor eficacia.

Tanto es así que la Solidaridad en su dimensión de Ética Social de los principios representa el eje vertebrador de la Ética Política de las sociedades modernas. Pues los principios de Igualdad (de oportunidades) y de Justicia social, como valores superiores de las Democracias actuales, parten de una Ética Política asumida por la humanidad que bebe directamente de la Ética Social de la Solidaridad. O dicho en otras palabras, el comportamiento de la sociedad como sistema de organización política y el comportamiento de los individuos miembros de dicha sociedad como personas libres, se expresan de manera codependiente bajo la regulación normativa del ideario filosófico humanista de la Solidaridad.

La Solidaridad, por tanto, es la Ética Social que los seres humanos nos hemos otorgado culturalmente como seres sociales, bajo el pleno convencimiento que el hombre no puede vivir solo, sino que al contrario necesita vivir en convivencia común para supervivencia y desarrollo evolutivo de la propia especie, lo que comporta de manera implícita una actitud activa de colaboración mútua en los diversos aspectos de la vida humana.

Negar la Solidaridad entre miembros de una misma comunidad social, ya sea en el ámbito interterritorial de un mismo país o en el ámbito exterior entre países con un mismo proyecto socio-político y económico (como es el caso de la Unión Europea), no hace más que menoscabar a nivel político la Democracia global como valor universal, menospreciar a nivel económico la posibilidad de un Mercado humanista como garante del Bienestar Social colectivo, y primar el egoísmo sobre la Solidaridad a nivel social como vuelta a la antigua Ética individualista del hombre preilustrado. Todo un retroceso para la madurez del proyecto común denominado Humanidad se mire por donde se mire.

Quien sabe, quizás la Solidaridad no es más que una ilusión del hombre como ser animal que se cree en su soberbia pueril un ser elevado a la categoría de social. (Ver: El hombre moderno no sabe vivir en sociedad). La Solidaridad, como elemento cultural no innato a la naturaleza humana que es, será previsiblemente plenamente integrado por el hombre -más allá de una imposición por obligado cumplimiento normativo-, cuando éste finalice el irremediable tránsito de su propia evolución biológica a una evolución única y exclusivamente cultural a la luz del conocimiento (Ver: Somos seres tecnológicos cuya evolución se basa en el conocimiento). Solo entonces, la Solidaridad primará sobre el egoísmo en la naturaleza humana, pues habremos completado la metamorfosis de seres animales a seres sociales. Mientras tanto, y aun más cuando vienen tiempos mal dados, el hombre continuará siendo un lobo para el propio hombre.



Nota: Para artículos de reflexión sobre filosofía contemporánea del autor se puede acceder online a la recopilación del glosario de términos del Vademécum del ser humano