miércoles, 4 de marzo de 2020

La inevitabilidad: ¿cómo afrontar el bloqueo y la frustración existencial?


El hombre posmoderno, por tecnoecléctico y global, está educado en la falsa creencia de que con esfuerzo personal todo lo puede, tanto evitar como provocar una situación o circunstancia, como máxima de un pensamiento individualista liberal y hombrecentrista (el hombre como ente suprainteligente que sustituye a la idea de dios). Y en ese imaginario colectivo directamente influenciado por la filosofía capitalista de la autosuperación personal, bajo la falacia de la libre competencia y el principio de oportunidad, el hombre se consume por desgaste -hasta límites que rayan el suicidio mental y emocional- para alcanzar aquello que no puede alcanzar: cambiar el principio de realidad, que es aquel que determina lo que Es y lo que No Es.

Por mucho que el hombre se esfuerce en evitar o provocar una situación o circunstancia en un sentido concreto, si Es, será, y si No Es, no será. Un punto de inflexión del principio de realidad, que transciende la propia capacidad humana, cuyo fenómeno se conoce como inevitabilidad. Así pues, podemos definir la inevitabilidad como aquella fuerza natural de la realidad que impera por encima de la voluntad individual del ser humano como ente inteligente proactivo.

Luchar hasta la extenuación contra la inevitabilidad, por muy programado mentalmente que esté la persona para ello como leal seguidor del falso profeta social al que se denomina Mercado -quien promete la recompensa a todo duro esfuerzo, aun en un contexto cargado de deberes y obligaciones-, representa un acto de suicidio individual que en el mejor de los casos conduce a la depresión, por frustración de las expectativas creadas, o a la locura, por trastorno consiguiente de las frágiles facultades mentales. Pues la inevitabilidad se presenta como un invisible pero tangible muro psicoemocional, tan infranqueable como irresoluble de facto.

La inevitabilidad, como punto de inflexión del principio de realidad, si bien es un sistema referencial estructurado a partir de las coordenadas del espacio-tiempo de una sociedad singular y del hombre como punto espacio-temporal perteneciente a dicho contexto (hombre y circunstancias forman una relación simbiótica indisoluble), forma parte ya no de la realidad física sino de la realidad metafísica del hombre por ser una manifestación de la naturaleza del Destino. (Ver: ¿Existe el Destino o es otra cosa?, y Cuando el Destino interviene en nuestra vida, no cabe más que aceptar y fluir).

Así pues, si la inevitabilidad es una manifestación del Destino, y éste lo concebimos como una fuerza sobrenatural e ineludible que atenta contra el libre albedrío del ser humano, ¿cómo podemos actuar frente a la inevitabilidad?. En este punto, cabe diferenciar entre inevitabilidad positiva y negativa, es decir, allí donde concurre el fenómeno humano al que entendemos como suerte o carencia de suerte. En este sentido, la inevitabilidad positiva no conlleva mayor preocupación existencial para el hombre, al contrario, pues es aquella que cuenta a su favor con el factor suerte, entendiendo ésta como un suceso favorable para la vida de la persona cuya concreción surge como fruto de un suceso azaroso por poco probable e imprevisible. Contrariamente, el dilema existencial se plantea cuando el hombre se enfrenta a la inevitabilidad negativa, que es aquella que va en contra de los intereses de la persona por ausencia total del factor suerte. (Ver: La naturaleza de la Suerte y nuestra capacidad de obtenerla).

¿Cómo actuar, pues, frente a la inevitabilidad negativa?. La lógica de la razón sugiere que lo más inteligente frente a este tipo de inevitabilidad es la aceptación de lo que Es y de lo que No Es, pues una actitud contraria se asemeja al efecto simbólico de la muerte que puede encontrar un animal al cabecear con fuerza y de manera reiterada contra un muro imbatible. No obstante, la aceptación es una actitud de doble filo, pues en ella convive la dualidad conductual opcional de la inacción y la acción. Si la persona opta por la vía de la aceptación en su calidad de inacción o inmovilidad existencial, claramente está apostando por un comportamiento propio de la sumisión, el derrotismo y el abandono de sí mismo frente a su realidad negativa más inmediata. Mientras que si opta por el camino de la aceptación como acción o movilidad existencial, la persona adquiere un comportamiento propio de quien se siente responsablemente activo consigo mismo, desde un punto de vista consciente y moral, de cambiar su realidad negativa más inmediata. (Ver: Aceptación no es sumisión, es afianzarte en tu Autoridad Interna)

Postura proactiva existencial

Expuesto lo cual, desde la filosofía práctica que busca alumbrar la relación intrapersonal con la inevitabilidad negativa, la pregunta obligada es: ¿qué se entiende por una aceptación de la misma desde una postura proactiva existencial?. Para dar respuesta a dicha cuestión, desglosaremos de manera analítica las proposiciones derivadas de dicha premisa interrogativa:

1.-En primer lugar, cabe apuntar que toda aceptación del principio de realidad conlleva un desapego justamente de aquello que Es y que No Es.

2.-En segundo lugar, debemos de entender que todo principio de realidad singular por concreto, y con él su doble dimensión manifestada de lo que Es y lo que No Es, cuenta con una dirección que indica la orientación del movimiento de la misma en la cosmología del hombre como individuo. Pues, al fin y al cabo, una realidad en su singularidad contextual no es más que un sistema espacio-temporal que va en una dirección y un sentido determinado (aunque dicha dirección temporal no sea visual ni geométrica, sino aperceptible e intuible).

Y, 3.-En tercer lugar, derivado de las proposiciones anteriores, si la aceptación de la inevitabilidad negativa conlleva el desapego de un principio de realidad singular que cuenta con dirección y sentido determinado, ergo la postura proactiva existencial a la misma comporta optar por un posicionamiento vital en dirección y sentido contrario al de la propia inevitabilidad.

Ir en dirección y sentido contrario a un estadio de inevitabilidad equivale a que una persona realice un giro de 180 grados con respecto a su realidad vital de referencia que, no por ser la única conocida por habitual, es la última y exclusiva realidad a la que como individuo puede optar a vivir. Un movimiento rotatorio personal, íntimo e intransferible que requiere su tiempo y asimismo grandes dosis de generosidad y comprensión consigo mismo, ya que el proceso lleva implícito una profunda reestructuración de los esquemas mentales -ya de por si rígidos por oxidados- del propio ser humano, y con ello una previsible transformación de su escala de prioridades vitales.

Focalizar la atención vital en dirección contraria a la posición en que se sitúa la inevitabilidad, no solo representa reaprender a mirar en sentido opuesto, así como dejar de esforzarse por persistir en continuar un camino tomado para dar vuelta atrás en la búsqueda de nuevos horizontes asequibles para la condicionada capacidad humana, sino incluso aún más, y seguramente lo más difícil que no por ello imposible, aprender a vivir de manera diferente a como se vivía hasta el momento. ¿Y cómo se consigue éste cambio de rumbo existencial que nos aleja de la inquietud y la frustración que produce la inevitabilidad?. A la luz de la lógica se iluminan cuatro pasos bien diferenciados por orden cronológico:

Uno, ser conscientes del hecho de encontrarse atrapado en la naturaleza de la inevitabilidad negativa. Pues no se puede gestionar aquello de lo que no se es consciente.

Dos, parar la dinámica autómata de agotar los recursos personales mediante un esfuerzo persistentemente infructífero. Pues toda expectativa frustrada requiere, en algún momento de su evolución, de una firme evaluación y conclusión de realidad.

Tres, buscar nuevos espacios en los que podamos reencontrarnos con nuestra mismidad. Ya que si no sabemos quiénes somos más allá del rol social de turno que ocupamos, y cuáles son los principios rectores -mentales y emocionales- que constituyen nuestro yo esencial, no alcanzaremos una visión diáfana de lo que queremos y podemos hacer en verdad.

Y cuatro, vivir de manera coherente, de hecho y no solo de pensamiento, con esta nueva y actualizada versión de nosotros mismos, que nos permite asimismo observar bajo un nueva mirada el entorno contextual en el que nos desarrollamos como personas. Pues no hay cambio sin acción.

A partir de aquí, no existen atajos, ya que nadie puede hacer su camino de crecimiento y desarrollo personal por nadie. Y todos, sin excepción, con independencia del rumbo vital que tomemos, como reacción de huida o no frente a la inevitabilidad, nos vemos sometidos a la discreción de las temidas Moiras de la antigua tradición griega, quienes juegan a capricho con nuestra Fortuna. Dicho lo cual, finalizar la presente reflexión apuntando una verdad objetiva elevada a categoría de ley universal: el movimiento genera movimiento. Un axioma aristotélico que, en el caso que nos ocupa de la inevitabilidad como estado de bloqueo y frustración existencial, cabe completarlo con otra proposición actualizada: el movimiento frente a la inevitabilidad solo se genera modificando la dirección y sentido de dicho movimiento. Como dijo el poeta español Machado: “Caminante, no hay camino, / se hace camino al andar. / Al andar se hace camino, / y al volver la vista atrás / se ve la senda que nunca / se ha de volver a pisar.”



Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano