sábado, 28 de marzo de 2020

El deber inalienable de defender a nuestros ancianos (versus una “purga” social)


Resulta a todas luces mezquino, propio de una descarada bajeza moral, que un gobierno europeo contemporáneo como es el caso de los Países Bajos -país que cabe recordar fue colonia española durante casi cien años en la época abarcada desde Carlos I hasta Felipe IV-, reproche a los estados soberanos de España e Italia el actual estadio de colapso sanitario en plena batalla contra la pandemia del coronavirus por atender a “personas viejas” en las preciadas por limitadas Unidades de Cuidados Intensivos (UCI) hospitalarias. Una crítica directa y feroz a la gestión de los recursos públicos sociales de los países del sur de Europa en situación de emergencia sanitaria que, la llamada Europa del Norte (entre los que se encuentran, además, Alemania y el resto de los países nórdicos), esgrimen como baza política para incumplir el principio de solidaridad de ayuda económica entre países miembros de la Unión Europea cuando más se necesita.

Política europea a parte, cuyo proyecto común se demuestra cada día más como una enteléquia (Ver: Unión Europea, la farsa de una historia de desencuentros e intereses partidistas), la discrepancia de visiones interculturales sobre el trato social que se merecen nuestros ancianos es tan antiguo como la propia humanidad. De hecho, desde los orígenes del hombre como ser pensante, existen dos grandes posiciones antagónicas que marcan el perfil evolutivo de las diferentes sociedades modernas: la visión platónica que tiene una concepción positiva de los ancianos en sentido de utilidad social y de virtudes morales, características que recoge el filósofo en su obra La República; y la visión aristotélica que contrariamente tiene una concepción negativa de los más mayores en sentido de inutilidad social y asimismo de vicios morales, rasgos que recoge tanto en su obra La Retórica como en su Ética a Nicómaco.

No obstante, salvo etapas oscuras como la edad media e incluso el renacimiento profundamente influenciados por la línea aristotélica en la escolástica de Santo Tomás de Aquino, la norma general del pensamiento occidental de tradición grecoromana en su evolución a lo largo de los siglos se fundamenta sobre la reafirmación de la posición platónica de valorar la vejez como un bien social a proteger, ya no tan solo por utilidad colectiva como bien público sino de manera indisociable como defensa responsable de la dignidad de la vida humana. En este sentido encontramos tanto al filósofo romano Cicerón en su Diálogo sobre la vejez, que como primer gerontólogo de la antigüedad apuesta por la buena calidad de vida que le corresponde vivir al ser humano en sus últimos años de existencia; pasando por Schopenhauer en sus aforismos que defiende el valor positivo de la vejez con independencia de las dificultades propias de la edad (pues la vejez se llegó a considerar una enfermedad de la que la sociedad debía de prescindir); hasta llegar al siglo XX con la filosofía espiritualista de Hesse en su obra Elogio a la Vejez, o con el existencialismo de Simone de Beauvoir (discípula y compañera de Sartre) con su ensayo La Vejez (1970) que critica la actitud negativa de la sociedad, principalmente la de Estados Unidos y Francia, para con los ancianos. Entre otros.

Asimismo, cabe apuntar que dicha corriente de pensamiento positivo sobre la vejez, propia de una visión cosmológica de corte humanista que sobrepasa las diferentes escuelas filosóficas habidas, ha sido integrado en los principios rectores de la mayoría de los Estados Sociales y Democráticos de Derecho modernos en su sistema de salud pública, a través de la ciencia de la gerontología como promoción de los cuidados y salud de nuestros más mayores, y de la la geriatría como especialidad médica que se ocupa de su prevención y enfermedades. Por lo que cuestionar el concepto del principio de dignidad de vida de las personas ancianas como un bien público a resguardar, representa atentar tanto contra los valores políticos universales de igualdad y justicia social de las democracias avanzadas, como contra la filosofía humanista -como ideario evolucionado común por consenso colectivo- del hombre como ser trascendental más allá del rol social que ocupa.

Expuesto lo cual, cabe afirmar categóricamente que las sociedades consideradas como modernas por evolucionadas socialmente tienen el deber de proteger a sus miembros más vulnerables, bajo los principios rectores de la Democracia, entre los que se encuentra la población de la tercera edad con especial relevancia. Una obligación política que emana de una responsabilidad de ética social de cuidar y proteger a aquellos miembros de la sociedad que han aportado con su esfuerzo existencial a la construcción de la misma a lo largo de su vida, así como de una responsabilidad moral individual con los ancianos en calidad de nuestros ascendientes familiares con rango de padres o abuelos que nos han otorgado la vida y, en muchos casos en plena situación de crisis económica de rabiosa actualidad, el paraguas social necesario para el sustento de innumerables familias en situación de precariedad económica.

Reducir el concepto de dignidad de vida de nuestros padres o abuelos al valor de utilidad social presente, no solo deshumaniza a las personas ancianas y por extensión al resto de generaciones, sino que equivale a otorgar a la vida un valor productivo en términos de rentabilidad económica, muy propio de la filosofía ultraliberal y por ende carente de toda empatía humana del pensamiento capitalista que impera en el orbe occidental desde las últimas décadas.

Es por ello que frente a postulados que abogan por “sacrificar” a nuestros mayores como estrategia de purga social en pos de rentabilizar la gestión de los recursos públicos de una sociedad no caben medias tintas, sino que al contrario hay que plantar oposición de manera tan decidida como enérgica. A los políticos u otros destacados miembros de la sociedad global, que haberlos haylos (como el caso de Lagarde cuando era directora general del Fondo Monetario Internacional, actual presidenta del Banco Central Europeo, sirva de recordatorio de paso), que defienden tan semejante barbaridad humana, solo cabe el reproche moral alto y claro del conjunto de la ciudadanía, así como la apertura sin dilación de diligencias civiles que acarree el cumplimiento de una pena de trabajo social en centros sociosanitarios de atención de mayores, en combinación con la obligatoriedad de realizar estudios humanistas. Frente al liberalismo deshumanizante, más Platón y Cicerón aunque sea por imperativo legal.


Nota: Para artículos de reflexión sobre filosofía contemporánea del autor se puede acceder online a la recopilación del glosario de términos del Vademécum del ser humano