martes, 31 de marzo de 2020

El clasismo intolerable en plena crisis pandémica

Fotograma de la serie House of Cards

En estas semanas en que la gente consciente (y temerosa de las plagas bíblicas) huye despavorida a la seguridad de un refugio doméstico contra la pandemia del coronavirus, emergen a la luz del sol conatos propios tanto de las grandezas como de las miserias humanas, las unas de naturaleza solidaria y las otras de naturaleza egoísta. Y si bien las primeras se elevan a la categoría de públicas por virales, en un tiempo necesitado por infundir un estado general de esperanza en medio de la desesperanza de la lucha contra un enemigo invisible, las segundas procuran esconderse en la intimidad de ciertos círculos sociales por un entendido pero no aceptado pudor al reproche moral colectivo. Siendo una de estas claras manifestaciones egoístas de la naturaleza humana la reafirmación de ciertos grupos sociales, en estos días de excepción que nos toca vivir, en un clasismo ya no decimonónico sino medieval.

El clasismo, como bien sabemos, es una postura conductual personal discriminatoria propia de un tipo de clase social que considera como inferiores al resto. Y bajo ésta lógica, los miembros de dicha clase social se perciben como poseedores de privilegios adquiridos por derecho natural frente al resto de la sociedad. En un sentido amplio del concepto, se puede afirmar que el clasismo es un racismo de clases, ya que es justamente la doctrina del racismo la que defiende la superioridad de una raza (en éste caso social) frente a las demás y la imperiosa necesidad de mantenerla separada del resto dentro de una misma sociedad para asegurar su “pureza”. Exempli gratia: En un Estado de Alarma como el actual, en el que el poder Ejecutivo unifica al amparo del principio del bien común los recursos sanitarios tanto públicos como privados del país para contrarrestar los efectos devastadores por desbordantes producidos por la emergencia sanitaria de la pandemia, todavía hay personas que manifiestan una descarada actitud de reivindicación exclusivista -gestiones secretas mediante- del derecho no legítimo a una asistencia sanitaria privada al considerar los hopistales de la red pública como “no normales”. Lo cual, no solo contradice la lógica del Principio de Realidad de una sanidad pública española considerada en el 2019 como la mejor del mundo por el Foro Económico Mundial (junto a Singapur, Hong Kong y Japón); sino que asimismo pone de manifiesto un claro prejuicio contra los hospitales públicos como receptores universales de personas de clases sociales consideradas como inferiores (equiparables, a su entender, a la casta india de los parias y los intocables); además de poner en evidencia su predilección por un hospital-hotel (propio de los centros privados que en condiciones normales aseguran el ratio de un enfermo por habitación como máxima del confort individual, evitando así la “incómoda” convivencia con otros enfermos desconocidos), frente a un hospital público stricto sensu moderno en asistencia médica y avanzado en recursos sanitarios.

Si bien el clasismo se puede entender como un condicionante cultural respecto al concepto relacional con la realidad más inmediata, no por ello deja de ser un verdadero tumor para la esencia de la Democracia como sistema de organización social, pues atenta contra la universalidad de los valores superiores de la igualdad de oportunidades y la justicia social, siendo a su vez y por derivación un agravio contra el propio Estado de Bienestar Social. Y ya nos ha demostrado sobradamente la Historia de la humanidad que el único camino factible, así como cognoscible por el entendimiento humano, para evolucionar hacia un mundo mejor no es otro que mediante la evolución y el desarrollo de la senda de los valores propios de la Democracia. Lo que significa, entre otros aspectos, reducir la brecha de justicia social existente entre los extremos de una misma sociedad, es decir entre pobres y ricos. Lo que implica, por un lado un esfuerzo de universalización de los servicios sociales comunes, y por otro lado un esfuerzo colectivo de culturalización democrática, como fin para alcanzar un estándar global homologado de la dignificación de la vida humana.

Aunque es cierto que el clasismo es consustancial al egoísmo humano (Ver: La Solidaridad,¿una ilusión para la naturaleza egoísta del hombre?), no es menos cierto que por ser un óbice para el desarrollo social en su conjunto, en términos humanistas, debe combatirse desde la reprobación moral colectiva y desde la educación generacional en particular. Pues siendo como es el clasismo un virus cultural, no hay mayor antídoto que una reeducación de raíz del mismo. El clasismo no tiene, ni puede tener, cabida en los modelos de organización social democráticos modernos, pues es un contradictorio contra la propia esencia de los mismos per se. Comencemos, pues, a desterrar el clasismo al ostracismo sociológico para sustituirlo por un valor democrático tan saludable, a la par que elevado humanísticamente, como es el merecido reconocimiento social a la meritocracia personal en una sociedad en igualdad de oportunidades. Solo así conseguiremos ayudar a construir de este mundo un lugar un poco mejor.


Nota: Para artículos de reflexión sobre filosofía contemporánea del autor se puede acceder online a la recopilación del glosario de términos del Vademécum del ser humano