domingo, 15 de marzo de 2020

Confinamiento o el síndrome del león enjaulado


Nunca hubiese imaginado el vivir en primera persona un confinamiento domiciliario obligado por orden de las autoridades estatales democráticas competentes en pleno siglo XXI, y en cambio así nos encontramos para nuestra sorpresa en medio de un excepcional Estado de Alarma causado por la crisis sanitaria de la pandemia del coronavirus. Y en esta inesperada por insólita situación, a nadie se le escapa que el hecho de confinar a una persona en su domicilio, aunque sea por motivos de fuerza mayor por emergencia social, equivale a encerrarla o recluirla en un espacio que no por ser tan confortable como conocido puede llegar a percibirse como menos asfixiante. Pues no hay persona sana a quien le guste verse obligado a estar encerrado en ningún sitio, reprimiendo así los impulsos naturales como animales que somos de disfrutar de la libertad de movimiento. Por lo que podemos deducir en primera instancia, y a la luz de la experiencia observable, que toda reclusión por disciplina social imperativa conlleva implícito dos comportamientos conductuales humanos concretos: la paciencia (ante una situación que tiene su propio proceso evolutivo ajeno a la voluntad individual) y el autocontrol sobre el instinto de libertad personal (ante una situación externa que coarta dicha libertad), derivados asimismo por efecto directo de un cambio abrupto en los hábitos individuales de la vida social.

Hacer referencia a la paciencia y al autocontrol sobre el instinto de libertad personal como elementos conductuales nucleares del confinamiento domiciliario, es materia de estudio propio de la gestión emocional sobre las habilidades que rigen el comportamiento individual. Pues es la capacidad de gestión emocional de cada persona a título individual la que determina la buena o mala adaptación de las habilidades conductuales requeridas para la situación o circunstancia obligada por el Principio de Realidad.

En este sentido, con independencia de la irremediable e indelegable fase de adaptación que toda persona debe pasar frente a la novedad de un escenario de reclusión forzosa, una inadecuada gestión emocional sobre los principios de la paciencia y el autocontrol sobre el instinto impulsivo de libertad individual en una experiencia sine die (que conlleva implícito al cumplimiento preceptivo de la responsabilidad social por individual), pueden abocar a la persona a experimentar cuadros de ansiedad con conatos de rabia incluida como acto reflejo de estados de impotencia que, más allá del trastorno correspondiente para la salud mental del sujeto, tendrán una presumible incidencia negativa sobre la convivencia doméstica del entorno más próximo.

Contrariamente, una adecuada gestión emocional resulta imprescindible por imperativo psicológico para resolver favorablemente una situación excepcional como el confinamiento domiciliario obligado. Siendo la gestión emocional una habilidad innata o aprehendida -dependiendo de cada caso en particular- que, sin lugar a dudas, se verá reforzada positivamente por activa o pasiva por parte de aquellas personas que bien gozan de una rica vida interior creativa, o bien saben crearse un cuadro de tareas que les permite ocupar las horas a lo largo de los días monótonos, o bien tienen la capacidad de desconectarse mentalmente en modo encefalograma plano mediante la inmersión en actividades de ocio enajenadoras como la televisión, los videojuegos o las redes sociales. Medidas todas ellas que ayudan a apaciguar los síntomas propios del síndrome del león enjaulado.

No obstante, reeducar o adquirir el estado emocional de la paciencia y el autocontrol sobre el impulsivo instinto de libertad personal de la mañana a la noche no resulta tarea nada fácil, y más en una sociedad que ha hecho de la impaciencia y de la libertad individual radical dos de los pilares conductuales máximos en una sociedad hedonista por transliberal, la cual se caracteriza por vivir a expensas del consumismo de experiencias efímeras y de la superficialidad sobre la exigencia de valores morales por conductuales. Por lo que un estado obligado de confinamiento domiciliario resulta una prueba de examen ineludible que nos permite testear el material psicoemocional con el que está hecho cada persona. Un ejercicio de autoevaluación interesante cuyos resultados no deberíamos desaprovecharlos para beneficio futuro tanto a nivel individual, como a nivel colectivo como sociedad.

Pero con independencia de cómo se gestione dicha situación, lo que está claro es que tras un previsible periodo largo de contención sobre la paciencia y el instinto de libertad personal, con mayor o menos dosis de aceptación y/o resignación por parte de cada cual, resultará asimismo interesante observar cómo se comportará el ser humano, tal león enjaulado que ansía su libertad, una vez se levanten todas las restricciones. No solo será interesante observar el tránsito del síndrome del león enjaulado que adquiere nuevamente un estado de plena libertad a nivel individual, en su comportamiento consigo mismo y en relación con los demás, sino asimismo su comportamiento como grupo animal social al observar que, tras su confinamiento, su mundo como realidad conocida habrá cambiado su paisaje habitual. La pregunta, a la espera de los acontecimientos venideros, está en el aire: ¿seremos los mismos una vez recuperemos la libertad en un nuevo mundo por reconstruir?. Filosofía a parte, la evidencia será manifestada en un tiempo próximo, con claras connotaciones en el ámbito social, político y económico del ser humano. Solo hay que esperar y observar, y la respuesta nos será revelada.


Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano