viernes, 21 de febrero de 2020

Neurotecnología: el peligro de la pérdida de control sobre la percepción de la realidad


Recién salido de afrontar la batalla cuerpo a cuerpo contra el virus de la gripe, de la que aun me siento medio aturdido, quisiera explicar un hecho anecdótico a modo introductorio que, asimismo, es el origen causal de la presente reflexión. Hace un par de días, a la hora periódica establecida para tomarme una pastilla de ibuprofeno, no conseguía atinar con el fármaco adecuado entre los acumulados sobre la mesita de noche ya que me resultaba imposible leer el nombre del medicamento. Allí donde en verdad ponía “ibuprofeno” en letras latinas, para buen entendimiento de un españolito de a pie, tan solo podía leer (engañosamente) caracteres germanos ilegibles para mi por más que me esforzara. En esta tesitura, la mente lógica en vez de cuestionar lo que percibía mediante el sentido de la visión, a la cual le otorgaba plena validez, comenzó a elucubrar cómo había llegado un medicamento alemán hasta allí, generando todo tipo de argumentos plausibles que no vienen al caso. El quid de la cuestión es que el virus de la gripe, mediante un ataque virulento que me arrastró a los dominios febriles de la alucinación, consiguió hackear mi software orgánico: el cerebro, haciéndome percibir una realidad inexistente mediante una alteración del estado de consciencia. O dicho en otras palabras, mi percepción, base de la Lógica (como ciencia del razonamiento humano) y de la Razón (como facultad para resolver problemas) sobre la que se fundamenta el Principio de Realidad, se vio seriamente comprometida.

Esta pequeña, pero vívida, anécdota no solo me hizo recordar la frágil condición humana respecto a la triple relación existente entre consciencia-percepción-realidad -de la que ya me he explayado en diversas reflexiones anteriores (Ver, por poner algún ejemplo: ¿Qué es la Consciencia?, y La realidad objetiva humana no existe fuera del consenso general subjetivo)-, sino que me hizo poner la atención especialmente sobre el avance imparable y sin control de una de las grandes revoluciones vanguardistas de nuestro tiempo: la neurotecnología.

Para quien aún no sepa qué es la neurotecnología, señalar que es aquella práctica que se sirve de la tecnología para influir sobre el sistema nervioso del ser humano, y concreta y especialmente sobre el cerebro. Y no, no se trata de ciencia ficción sino de una realidad innovadora de rabiosa actualidad, cuya visión y misión es la mejora de las capacidades humanas naturales por superación de éstas, un objetivo ya compartido en la actualidad por diversas empresas a nivel mundial. De hecho, la compañía Neuralink del visionario Elon Musk anunció recientemente que a lo largo del presente año implantará un interfaz a una persona, por primera vez en la Historia de la humanidad, que conectará su cerebro humano con cerebros artificiales dotándolo así de altas capacidades intelectuales inimaginables. Y ya se sabe que, tras un primer caso, solo es cuestión de tiempo que la práctica se extienda a muchos otros, ya sea bajo políticas reactivas de competitividad, de búsqueda del principio de igualdad de oportunidades, de discriminación negativa por selección artificial de clases sociales, o de control social de masas, entre otras tantas motivaciones sujetas a la naturaleza humana. El tiempo las dilucirá.

Motivaciones más o menos transparentes a parte, lo que es evidente es que la neurotecnología acelera la evolución del ser humano en un doble sentido que, aunque puedan parecen realidades tangentes, conforman una misma naturaleza por retroalimentación:

1.-La neurotecnología, desde el momento que busca transformar al hombre en un Posthumano mediante la tecnología, deviene en el germen del Transhumanismo. [Ver: El Transhumanismo, el lobo (del Mercado) con piel de cordero].

2.-La neurotecnología, desde el momento que busca conectar el cerebro humano con un cerebro artificial, deviene la crónica de una muerte anunciada del pensamiento individual en beneficio de un pensamiento colectivo por computacional (Ver: La educación on line del futuro: ¿enseñar o adoctrinar?).

En este sentido, no hay que obviar las previsiones que pronostican que dentro de 15 o 20 años la Inteligencia Artificial será ya más inteligente que el ser humano, y que tendrá asimismo capacidad para autoreproducirse por sí misma con unos estándares de perfección muy altos, relegándonos a los seres humanos a un nivel de inteligencia equiparable a la de los chimpancés respecto a la inteligencia de los nuevos seres artificiales. Un futurible cercano, de tintes distópicos, que nos obligará por fuerza mayor a hacernos preguntas tales como: Como seres imperfectos, ¿qué implicaciones tiene el crear seres perfectos para corregir nuestra imperfección?; o reflexionar seriamente sobre temas tan trascendentales como: La consciencia artificial, ¿puede cuestionar la consciencia humana?, entre otras muchas cuestiones. (Ver la sección de Robología / roboética).

Pero eludiendo discurrir por apasionantes variables derivadas del fenómeno, y regresando al tema de reflexión que nos ocupa tras haberlo contextualizado somera aunque suficientemente, lo que es una evidencia es que el foco de la neurotecnología se haya tanto en la manipulación del cerebro humano, como en la invasión de éste por parte de la inteligencia artificial. Por tanto, pensemos: si el cerebro humano es el centro lógico-operativo de la capacidad perceptiva del hombre sobre su mismidad y en relación a su realidad más inmediata, y dicho centro queda intervenido por un ente externo (llámese cerebro global artificial en una era tecnológica interconectada), ergo la percepción del hombre sobre la realidad queda claramente en estado de flagrante peligro, así como por extensión su propia consciencia y, en consecuencia, su libre albedrío. Con todo lo que ello implica sociológica y ontológicamente. O dicho en otras palabras, con la neurotecnología no sabremos discernir si aquello que percibimos es real o no, y por tanto si nuestra capacidad cognitiva es libre o está sometida por manipulación.

Así pues, es adecuado afirmar que la neurotecnología, sin control público roboética mediante, es un peligro tanto para la libertad individual, como para la Democracia como sistema de equidad social, como para el mismo Principio de Realidad. Es por ello que ya tardamos en legislar sobre neurotecnología (e inteligencia artificial) bajo los preceptos rectores del Humanismo, pues la promoción comercial de los interfaces cerebrales está a la vuelta de la esquina, en un entorno incipiente del 5G, a módicos plazos financiables y con múltiples aplicaciones ultra atractivos para el consumidor. Pensar lo contrario es pecar de ingenuos.

Y por si alguien tuviera algún resquicio de duda sobre mi posicionamiento al respecto, aclarar que a mi que no me busquen para conectarme al Gran Hermano del Orwell del 2030 (por poner una fecha estimada), pues tengo gran estima a mi intimidad y mi libertad de pensamiento. Ya tengo bastante con lidiar con la realidad de un Ibuprofeno que a veces se me muestra en español y otras en alemán, para que me vayan cambiando más realidades por intereses ajenos. El derecho a la libre percepción de la realidad objetiva debería ser, a partir de ahora, un derecho inalienable de la condición humana por ley al que me acojo y suscribo por adelantado. Frente al transhumanismo y al control social de los individuos, más Humanismo.


Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano