miércoles, 12 de febrero de 2020

La lacra de la ignominia sociabilizada contra los desempleados

La ignominia es una deshonra, vejación, desprecio, humillación o degradación, entre otros adjetivos descalificativos a la par, que se hace en público. Una ofensa pública que sufre la dignidad de una persona, perdiendo así el respeto de los demás, cuyo origen se encuentra en uno de los castigos más afrentosos que imponían los militares del antiguo Imperio Romano, y que ha perdurado hasta nuestros días bajo nuevas y actualizadas formas.

La ignominia sociabilizada por excelencia en los tiempos que corren es, sin lugar a dudas, la pérdida pública de dignidad personal que la sociedad ejerce sin pudor alguno contra los desempleados (población activa en situación de paro laboral), con independencia de su alta cualificación o experiencia profesional que tengan en su haber, bajo la máxima del “tanto tienes, tanto vales”.

En este sentido, la ignominia de la sociedad del siglo XXI se fundamenta en la discriminación negativa sobre dos proposiciones rectoras: la prevalencia por la apariencia de un estatus de prestigio social (que asimismo equivale a ser titular de una economía doméstica holgada) versus una persona catalogada como pobre social y económicamente, y la prevalencia de la ley del más fuerte versus aquellas personas más débiles por carentes socialmente de posibilidades.

Un concepto de ignominia propio de sociedades actuales que priman el éxito social frente al fracaso social, sin que en ello concurra inteligencia, sensibilidad, concurso de méritos, o igualdad de oportunidades alguno. Una sociedad tan superficial como injusta, propio de sistemas de organización socioeconómicos desequilibrados, que valora por encima de todo el tener sobre el ser, despreciando cualquier tipo de talento humano que no conduzca -bajo criterios selectivos del Mercado- al tan anhelado prestigio social.

En un contexto en el que los trabajos de ayer no tienen cabida en la realidad presente, en el que los estudios de hoy pueden previsiblemente no tener salida en el mercado profesional del mañana, en el que el corte de admisión laboral se sitúa en los 45 años (y bajando), en el que las disciplinas de moda cambian de manera vertiginosa en un mundo en continua transformación, y en el que el Estado de Bienestar Social se ve progresivamente menguado por una oligarquía económica global acaparadora, la ignominia social es una realidad que planea sobre la vida de cualquier persona sin distinción (a excepción de aquella minoría que vive de rentas por privilegios de cuna). La ignominia tristemente sociabilizada, por tanto, no es un elemento de riesgo circunstancial potencial a superar, sino que se ha convertido en un principio de realidad temporal. Pues a mayor tiempo de vida de una persona, vista la dinámica del sistema de referencia contextual, mayor es el riesgo real de acabar siendo presa de la ignominia en una sociedad discriminatoria por desequilibrada.

La detestable cara oculta de la ignominia sociabilizada, no es tanto que sea la propia dinámica de la sociedad como objeto ignominioso la que convierta a cualquier individuo en un sujeto ignominiado por expulsión forzosa del sistema, que ya es grave de por sí, sino que la ignominia ataca de manera tan contundente como impiadosa la línea de flotación de todo ser humano: su propia dignidad personal. No es por ello de extrañar que en España, por poner un ejemplo local, cada dos horas y media se produzca un suicidio, lo que equivale a diez suicidios por día. Que se dice pronto. Una estremecedora cifra que, siendo España la cuarta potencia europea y el catorceavo país más rico del mundo, duplica a las muertes por tráfico, supera en once veces a los homicidios y en ochenta a los asesinatos por violencia de género según datos del 2019.

Es por ello que hay que decir bien claro y alto que la ignominia sociabilizada es una verdadera lacra de nuestras sociedades modernas, con rasgos propios de una pandemia sociológica. Y que, por ser la ignominia fruto de una sociedad desequilibrada, es por extensión un fenómeno profundamente antidemocrático, todo sea dicho de paso. Buscar, por tanto, las causas de la ignominia sociabilizada en una sociedad de libre mercado en evidente crisis sistémica es poner la atención en el dedo que señala la luna en vez de focalizarse en la luna misma, pues la raíz de la ignominia sociabilizada se encuentra en los valores morales que como sociedad hemos implementado por consenso colectivo, aunque sea inconscientemente y por impulso reactivo. Por lo que la batalla contra la ignominia sociabilizada debe enfrentarse desde el ámbito educativo, y más específicamente des de la moral humanista que revalorice la dignidad de las personas como individuos, con independencia de cuál sea su rol social circunstancial. Pues las circunstancias de la vida cambian, como bien sabemos todos aquellos que peinamos canas, pero las personas perduran y deben protegerse como el activo máximo de toda sociedad que se precie como humana.


Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano