martes, 11 de febrero de 2020

La Dicotomía, la naturaleza substancial del ser humano

El hombre está sujeto a la constante universal de la dicotomía existencial. Un valor invariable de la vida cuyo principio se fundamenta en la dualidad de opuestos sobre la que se sustenta y estructura la propia vida. O dicho en otras palabras, el ser humano es dicotómico porque la vida, como substancia de su naturaleza sistémica, es dicotómica.

Y, ¿qué significa que el hombre es un sujeto dicotómico?. Pues que somos seres animales que nos debatimos, en nuestro día a día, en una lucha continua entre los opuestos que conforman nuestra propia realidad humana. Siendo la paridad de contrarios del ser-hacer el estado nuclear de toda dicotomía. A partir del cual, si prestamos un mínimo de atención, podemos observar cómo se ramifican los diversos estadios subdicotómicos derivados de éstos primogénitos que dan forma y consistencia a nuestra entidad como seres manifestados. Es decir, si optamos por polarizarnos en el estado del “ser” (versus el “hacer”), observaremos cómo éste se subdivide a su vez en una doble decisión conductual consiguiente: ser con uno mismo o ser con los otros, y éstos a la vez en un ser autorealizado o en un ser no autorealizado, desencadenando asimismo los estados dicotómicos de ser feliz o ser infeliz, continuando la tendencia en una dinámica fractal interminable -la cual a veces incluso puede llegar a generar un insalubre bucle existencial individual-, en una manifestación existencial llena de todos los matices psicoemocionales posibles y variados según las singularidades de cada persona, hasta que se vuelve a regresar al punto de origen nuclear de la dicotomía existencial: ¿ser o estar?. Y lo mismo sucede si optamos por polarizarnos en el estado del “hacer” (versus el “ser”), con todo su amplio espectro de historias posibles e incluso imposibles por imaginarias.

La dicotomía forma parte esencial de la mecánica humana, de la que participan como reactivos elementos tanto endógenos como exógenos al propio ser humano. El ámbito endógeno se caracteriza por la dimensión psicoemocional de cada persona en su capacitación de codificar y descodificar la indisoluble interrelación de su mismidad (consciente e inconsciente) respecto a su realidad más inmediata, salud fisiológica incluida. Mientras que el ámbito exógeno se caracteriza tanto por el determinismo ambiental o social a nivel general, como circunstancial a nivel específico, factores climatológicos incluidos.

Frente a una naturaleza irremediablemente dicotómica, el ser humano tan solo encuentra la armonía existencial, que es lo mismo que aludir a un estado de ausencia de continua tensión entre sus propios opuestos, en intentar anclarse de manera lo más sostenible posible en una posición definida en la filosofía clásica como el in medio virtus. Es decir, encontrar la virtud de nuestra relación con el mundo más inmediato en el punto medio de toda polarización. Una receta para el alma que ya adelantó Aristóteles hace poco más de veinticinco siglos atrás (Nihil novum sub sole). Pero como es por todos bien conocido, alcanzar un estado psicoemocional de equilibrio en un mundo marcado por grandes desequilibrios como el actual no solo es una empresa ardua, sino que requiere la fuerza de voluntad propia de héroes, aunque no por ello deja de ser una aventura factible.

Alcanzar el punto medio de equilibrio, en una realidad cuyo carácter principal es la dicotomía, equivale a alcanzar un estado personal de templanza con uno mismo y en relación al mundo que nos rodea. La templanza, asimismo, es un punto espacio-temporal psicoemocional en el que convergen dos fuerzas de mayor magnitud y en sentido contrario a la polarización dicotómica bien definidas: por un lado, tenemos el vector de fuerza del desapego, que nos permite desprendernos en la justa medida del poder gravitatorio de los opuestos polarizados; y por otro lado, tenemos el vector de fuerza de la voluntad activa, que nos capacita en la resistencia en su justa medida para no dejarnos arrastrar de manera irremediable hacia los extremos. Trabajar la templanza frente a la dicotomía, que es trabajar el desapego y la voluntad activa, es trabajar nuestra autoridad interna en un mundo tan dual como cambiante inmerso en un vertiginoso movimiento pendular.

Si bien la realidad dicotómica del ser humano es inevitable, por substancial a nuestra propia naturaleza, la búsqueda del in medio virtus es opcional de cada persona a título individual. Una opción que, por ser voluntaria, no está exenta de esfuerzo (una aptitud, sea dicho de paso, denostada en la sociedad hedonista contemporánea). Y de cuya sostenibilidad en nuestra cosmología existencial depende, en todo momento, de la persistencia en dicha conducta. O dicho de otra manera, no existe equilibrio personal alguno sino se busca y se trabaja de manera continua.

Pero el gran enemigo del in medio virtus, como receta álmica a la dicotomía humana, más allá de la voluntad activa que requiere esfuerzo y constancia en el mismo, reside en la irrenunciable necesidad del desapego personal frente a los hábitos de conducta que lindan los extremos en una vida en sociedad que, para vivirla, cobra su peso en oro, por no decir en vidas humanas. (Ver: La vida en venta). Y es que vivimos tiempos marcados por una sociedad extremista, en el que el punto medio entre pobreza y subsistencia, entre sufrir y disfrutar, o entre ser irresponsable o responsable ante las obligaciones sociales, por poner algunos ejemplos, se ha convertido casi en una quimera. La vida social ciertamente se paga muy cara, y desapegarse de la misma puede abocar a la marginalidad social. Pues la sociedad, tal y como la hemos construido, es una realidad orgánica desequilibrada que se desarrolla y evoluciona desde sus extremos, y no desde su posición más equidistante.

No obstante, con independencia del determinismo sociológico que condiciona la vida cotidiana de cada ser humano, la templanza -como actitud proactiva individual frente a una realidad dicotómica imperante- es un estado de consciencia personal. Y toda persona, en la intimidad de su consciencia, tiene la plena capacidad de crear universos paralelos en los que la dicotomía deja de existir. Una fuga de escape que, sin perder la referencia del Principio de Realidad en la que se vive, permite mantener la cordura en un mundanal entorno ya enloquecido de por sí.

Sí, vivimos en una dicotomía continua, pero ello no nos exime de reivindicar a nivel personal el derecho natural a una existencia lo más armoniosa posible. Sabedores que el in medio virtus no se encuentra en el mundo exterior, por mucho que lo busquemos (billetera en mano), sino en la reafirmación del centro de gravedad de nuestra propia mismidad.


Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano