martes, 25 de febrero de 2020

Del carnaval, el carnavalismo y los carnavalistas

Carnaval de Sitges 2020. Foto ByTeresa Mas de Roda

El carnaval es, sin lugar a dudas, una de las mayores festividades humanas de exaltación de la vida por excelencia. Seguramente porque su práctica contemporánea –con independencia de su origen milenario romano, griego e incluso egipcio- va íntimamente ligado a la celebración de los placeres más mundanos. No en vano se alude al carnaval como la fiesta de Don Carnal. Pero más allá de la onomástica pagana stricto sensu que es la celebración del carnaval como fecha señalada en el calendario anual de festividades, existe el carnavalismo, que debe entenderse como el comportamiento conductual que tienen cientos de personas de “vivir por y para el carnaval” durante gran parte del resto del año. Una práctica, elevada a la categoría de hábito, que conlleva una preparación previa interanual del festejo que puede alargarse durante meses, y que culmina con los días marcados entre el mes de febrero y marzo de cada año (siempre a disposición del calendario cristiano anticarne). ¿El objetivo?: no dejarse nada para última hora, y poder así asegurarse la rentabilidad máxima de unos días de fiesta marcados por la intensidad y los excesos hedonistas de quienes ponen valor existencial al tempus fugit.

Si el carnaval es la festividad, y el carnavalismo es el hábito conductual de vivir por y para el carnaval, los carnavalistas son aquellos que viven de facto el carnaval. Y es justamente sobre este colectivo que deseo centrar la presente breve reflexión, como aportación al Bestiario Urbano por ser digno de catalogación.

Hablar sobre los carnavalistas es aludir a aquellas personas que disfrutan de la festividad del carnaval, sí, pero como una forma integrada de entender la vida de corte filosófico, por lo que se debe excluir a todos aquellos que aprovechan el carnaval como una oportunidad festiva más para emborracharse y exponer públicamente tanto su talante incívico como su mediocridad humana (que de haberlos haylos, y en demasía para mi gusto). De hecho, los carnavalistas ponen en evidencia, por contraste de opuestos, la existencia de dos grandes grupos de personas en la sociedad: aquellos que viven desinhibidos y aquellos que viven inhibidos, siendo éstos últimos los que o bien no participan del carnaval por constreñimiento de su autoestima personal, o bien participan como simples espectadores externos por vergüenza propia coercitiva, o bien participan como actores secundarios forzando su desinhibición ingesta descontrolada de alcohol mediante.

Los carnavalistas, por tanto, destacan por ser personas desinhibidas, lo cual es una muestra indudable de salubridad emocional, pues manifiestan su grado de autoridad interna (son fieles y coherentes con ellos mismos) con independencia de los cánones sociales preestablecidos. Aunque ésta no es la única característica destacable por singular, pudiendo observar otros rasgos distintivos tales como:

1.-Los carnavalistas son personas con un alto y refinado gusto por la estética, haciendo que sus disfraces de carnaval sean pequeñas obras de arte que buscan, como fin primero, exaltar el culto a la belleza. Una característica propia de personas dotadas con una capacidad innata por la sensibilidad artística.

2.-Los carnavalistas, como buenas personas desinhibidas y con sensibilidad estética, son dados al exhibicionismo público. Pues no existe artista al que no le guste mostrar al mundo sus elaboradas creaciones en busca del efímero reconocimiento ajeno. El carnaval, por tanto, se convierte en la sala de arte abierta perfecta para exponer sus obras.

3.-Los carnavalistas, como buenos exhibicionistas artísticos, les gusta que sus creaciones más o menos conceptuales tomen vida, por lo que la interpretación del personaje disfrazado es un rasgo indisociable de la puesta en escena pública de la obra que personifican. Permitiéndose así el poder jugar con imaginación casi pueril, aunque sea de manera temporal, la recreación de otras vidas que no les son propias.

Y, 4.-Los carnavalistas como personas desinhibidas, sensibles por la belleza, exhibicionistas casi irreverentes, y actores espontáneos de personajes autoinventados, son animales sociales regalados a los placeres carnales de la vida, entre los que se encuentra el poder disfrutar de la buena música bailable o de una buena mesa gastronómica.

El carnaval es la fiesta de la exaltación de la vida, y los carnavalistas son -muchos de ellos aun sin saberlo- los discípulos del filósofo Aristipo que buscan mediante la práctica carnal entregada a su celebración placentera el sentido y la verdad última del bien máximo de esta vida.

Mucho mejor iría el mundo (por desdramatizado), si hubieran más carnavalistas en nuestras vidas. Pues un carnavalista es, por idiosincrasia, una persona tan alegre como respetuosa y tolerante. Dixi



Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano