viernes, 24 de enero de 2020

La voz humana construye nuestra realidad

Serena Saénz, soprano. Imagen de tenorvinas.com

Acabo de asistir, un año más, a la final del concurso internacional de canto Tenor Viñas, en el inmejorable marco del Liceu de Barcelona. Donde poco más de una quincena de finalistas, entre sopranos, mezzosopranos, tenores, barítonos, bajo-barítonos y bajos, de trece países distintos representantes de tres continentes diferentes, han tensado sus cuerdas vocales -al compás del piano- para alcanzar el podium maximum tanto en la modalidad masculina como femenina. Un verdadero deleite para oyentes aficionados y doctos en la ópera presentes. Pero, sin lugar a dudas y sin desmerecimiento de la ópera, la verdadera protagonista del evento que ha sido capaz de crear la magia ambiental protagonizada no es otra que la voz humana.

Sobre la voz humana se ha estudiado mucho, pues es materia específica de la fonología y la fonética, así como submateria de la biología como mecánica fisiológica. Tanto es así, que recientemente un grupo de científicos ha conseguido “hacer hablar” a una momia egipcia de 3.000 años de antigüedad mediante la replicación artificial de su aparato vocal. Por lo que, ciencia no-ficción a parte, particularmente me interesa centrar el objeto de la presente breve reflexión sobre la voz humana desde una materia tan antigua como el propio sonido de los hombres: la filosofía, y más concretamente desde su rama metafísica.

Y, ¿por qué tratar la voz humana desde la metafísica, y no desde la gnoseología, la estética o la lógica, por poner algunos ejemplos? Pues porque la voz humana representa uno de los componentes estructurales fundamentales de nuestra realidad. He aquí el axioma primero por principal.

A partir de aquí, veamos sus proposiciones derivadas por método deductivo:

1.-La voz es componente estructural de la realidad, pero no es la realidad en sí misma; ergo la voz es sustancia de la realidad.

2.-La voz, como sonido, es forma, pero no materia de la realidad; ergo la voz es esencia de la materia.

3.-La voz, como entidad percibida a través de los sentidos, es significante de la consciencia, pero no es la conciencia; ergo la voz es contenido de la consciencia.

4.-La voz es rasgo de singularidad de la persona, pero no es la persona; ergo la voz es accidente de la persona.

Por lo que podemos concluir mediante la clásica regla de inferencia del modus ponendo ponens, que la voz humana, como componente estructural fundamental de la realidad del hombre, es sustancia de la realidad, esencia de la materia, contenido de la consciencia, y accidente de la persona. Una naturaleza tetradimensional que, si bien ayuda al hombre a trascenderse sobre sí mismo y en connivencia con la realidad coexistente, pertenece a la dimensión de la realidad creada por el ser humano, quedando excluida su ascendencia sobre la realidad en sí misma e independiente del ser humano. Dicho lo cual, y a la luz de esta constante lógica, no está de más apuntar que la voz humana no pertenece a la categoría de entidades universales por apriorísticas, entre otros razonamientos porque no forma parte del mundo de las ideas sino del mundo de las formas.

Y es justamente en el mundo de las formas, dentro del sistema referencial de la realidad creada por el hombre, que la voz ha manifestado su magia transmutadora en el palacio de la ópera del Liceu de Barcelona. El sonido se hizo carne, y la carne creó -mediante la alquimia de la sustancia, la esencia, el contenido y el accidente de la voz-, una realidad que aun siendo efímera no por ello desmerece su alto valor como claro exponente de la gran belleza que el ser humano es capaz de materializar. Por favor, silencio, que la voz inspirada está creando.



Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano