jueves, 30 de enero de 2020

La Biblioteca, un nodo dimensional al encuentro del saber


Abbey Library St. Gallen, Suiza
Reconozco que siento una predilección especial por las bibliotecas, una especie de atracción irresistible cual polilla a la luz desde que tengo noción de consciencia. Si tuviera que sintetizar los elementos nucleares de dicha gravitación, sin lugar a dudas destacaría el libro, el espacio y el conocimiento. El libro como unidad representativa de un conjunto formado por sumas de valores de enteros semejantes (relación intraespecífica), dotados cada uno de ellos de carga magnética para mi travieso espíritu curioso. El espacio como singularidad temporal cuya energía emanada es capaz de transmutar, por alteración del campo vibratorio del continuo espacio-tiempo, mi cuerpo más íntimo y emocional. Y el conocimiento como preciado brebaje fermentado a partir de los extractos secretos de la realidad, celosamente preservado bajo un riguroso sistema armónico, de cuyos efectos pseudoalucinógenos debo la expansión de mi mente que siempre acaba siendo proyectada hacia un viaje trascendental. Un nodo dimensional formado por libros, espacio y conocimiento que me permite esgrimir, tras previa inmersión en el mismo, los desafíos más mundanos por cotidianos de la realidad.

“El silencio, el uso inteligente de la luz, el olor de los libros, los movimientos respetuosos de las personas que trabajan, y la sabiduría inabarcable que contiene el conjunto de millares y millares de volúmenes, nos hacen percibir las bibliotecas de igual manera que espacios sagrados... los únicos espacios sagrados que pertenecen a toda la Humanidad”, afirmaba con sumo acierto mi viejo amigo Jesús Oliver-Bonjoch, profesor de Historia del Arte y Doctor en Arquitectura, en su sesión inaugural del curso “Los orígenes míticos de la civilización”. Una maravillosa y completa descripción de las bibliotecas, que si bien fue inspirada en su visita a la Biblioteca Nacional y Universitaria de Ljubljana (Eslovenia), es extensible al conjunto de bibliotecas del mundo, aunque éstas se encuentren olvidadas en medio del desierto más recóndito, como es el caso de la Biblioteca de Chinguetti (Mauritania).

Para los que nos sentimos impetuosamente atraídos por las bibliotecas, lo cierto es que éstas devienen un verdadero acelerador intelectual. No solo porque adentrarse en dichos espacios multidimensionales es equiparable a disfrutar de un hammam para la mente, y por extensión el alma, con independencia de su arquitectura estructural e interiorística que siempre devienen un potenciador del alo sagrado de los mismos. Sino que en pleno siglo XXI, incluso con la aceptada limitación de conocimiento albergable en las unidades de memoria física que son los libros (los verdaderos ladrillos de toda biblioteca), trabajar sobre cualquier materia objeto de estudio desde el seno de una biblioteca es una experiencia tan enriquecedora como espiritual.

Personalmente, todo hay que decirlo, prefiero la intimidad de las bibliotecas privadas antiguas, donde libros, espacio y conocimiento hacen la función de catalizador de ideas tanto apriorísticas, como consagradas e incluso de nuevas por descubrir; y donde el ordenador (internet mediante), como instrumento de labore natural de la era tecnológica, hace las veces de portal interdimensional en un universo fractal por esencia. En esa singularidad espacio-temporal sacralizada al conocimiento, la realidad se deconstruye para liberar conceptos radicales que, como elementos nucleares físicos, se entrecruzan hasta crear nuevas cadenas de moléculas de existencias imposibles. Aunque a veces, solo a veces, la paciencia del observador que persiste en bucear por las aguas etéreas de la reflexión tiene su recompensa, y las cadenas de moléculas de realidades alternativas formadas por ideas atómicas posibles revelan, como hilo conductor que interconecta lo visible con lo invisible, uno de tantos axiomas parciales que conforman la Verdad.

Qué decir que la inmersión prolongada en la dimensión desconocida del conocimiento más allá de los límites de nuestra realidad, cuya falsa seguridad de la distancia física intermundos viene dada por la solidez estructural del espacio de una biblioteca, conlleva sus peligros para la frágil naturaleza de la mente humana. La cual, puede llegar a perderse por dimensiones paralelas en un punto de no retorno sine die, e incluso puede regresar a nuestra realidad tetradimensional con una pérdida evidente de juicio mundano para la percepción de terceros observadores. Es por ello que cada buscador del conocimiento y la verdad, una vez que se adentra en las profundidades multidimensionales a través de una biblioteca como nodo espacio-temporal de acceso, requiere tomar las medidas de precaución necesarias para no perecer bajo los efectos secundarios de un estado de enajenación mental transitorio o permanente. En mi caso personal, el recurso que me permite navegar por el insondable espacio del mundo de las ideas posibles e imposibles sin desanclarme del mundo mortal de las formas, regulando la capacidad de oxígeno de raciocinio en el paseo interdimensional, no eso otro que el humo de mi pipa. Por lo que no realizo inmersión en biblioteca alguna si no es pipa en boca mediante. Toda precaución es poca, y más si el viaje hacia la búsqueda del conocimiento y la verdad se realiza en solitario.

Narrativa literaria, o no, a parte. Lo cierto es que siento una fascinación por las bibliotecas antiguas, que no tiene parangón en mi orbe personal. Seguramente por que las percibo como criptas del saber congeladas en el tiempo. Por lo que esta breve reflexión no intenta ser más que un sencillo y humilde reconocimiento hacia estos grandes tesoros de la humanidad como son las bibliotecas. Consciente de ser un afortunado al poder deleitarme en estas líneas creativas, pipa en boca, mediante el placer que siento al escribir desde la intimidad de una bella biblioteca privada, que a la par me sirve de despacho -por no decir refugio- temporal. Pues es el hombre, y no el conocimiento albergado en las bibliotecas, quien es de naturaleza temporal. Ya que el hombre pasa, mientras que los conceptos perduran.


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Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano