domingo, 27 de diciembre de 2020

Cuatro buenos y malos hábitos de vivir la Vida

Aun recuerdo cuando un viejo profesor, a mis doce tiernos años, me dijo que la vida era una secuencia continua de pequeños instantes vividos. Un aforismo del que rápidamente deduje una premisa existencial: si no ponemos atención en estos pequeños instantes que se concatenan en el presente ininterrumpido, perdemos la vida al pasar por ella sin sentir haberla vivido.

Ciertamente, con un mínimo de observancia podemos identificar cuatro grandes malos hábitos que nos imposibilitan vivir la vida, ya sea por exceso o defecto. Véase: Si nos obsesionamos por la volatilidad del tiempo, el hombre tiende a correr, y en la velocidad de la carrera, acelera de tal manera el tiempo presente que lo hace desaparecer. Si en cambio nos proyectamos ansiosamente sobre el tiempo futuro, el hombre tiende a despreciar la vida presente para vivir un imaginario a alcanzar cuyo horizonte es tan engañoso, en distancia y corporeidad, como un espejismo en medio del desierto. Si por el contrario vivimos con apatía en piloto automático, el hombre tiende a ignorar la vida que vive hasta el punto de colapsar en un grave estado de autismo autoinducido, incapacitándose no solo en ver sino incluso en recordar su propio monótono deambular diario. Y, si nos anclamos por añoranza en un tiempo pasado por percibido como mejor, el hombre tiende a transfigurarse irremediablemente en un fantasma atrapado en una dimensión tan paralela como irreal por inexistente. Varias son, pues, las formas que tenemos para dejar de vivir la vida, aunque todas sin distinción comparten una misma causalidad: el desarraigo del único tiempo en el que trascurre la vida, que no es otro que el tiempo presente.

Dicho lo cual, de igual manera que podemos identificar los cuatro grandes malos hábitos que nos imposibilitan vivir la vida, podemos asimismo identificar los cuatro grandes buenos hábitos que nos permiten vivirla, los cuales a diferencia de los primeros no son independientes entre sí sino que forman parte, de manera codependiente, de un mismo corpus natural. El primero, sin lugar a dudas por no haber alternativa posible al amparo del principio de realidad, es vivir la vida desde el justo e inequívoco tiempo presente, pues la vida solo existe y transcurre en el ahora perpetuo. El segundo es, como elemento forzosamente necesario para la realización del primero, vivir desde una consciencia despierta, pues el hombre tan solo puede anclarse intencionadamente en el flujo continuo del tiempo presente desde la consciencia, a su vez que es imprescindible saber –por pura fisicología humana(*)- que el hombre única y exclusivamente puede desplegar su capacidad intencionada de ser consciente desde el tiempo presente del aquí y el ahora, de ahí la máxima que reza que consciencia es presencia y presencia es consciencia. Pero, aun expuesto lo anterior, la verdad es que no hay vida vivida si no se goza de la misma, pues una vida no gozada no es vida sino muerte en vida, por lo que el tercero de los grandes buenos hábitos no es otro que el imperativo existencial, por derecho natural, que nos decreta la irrenunciabilidad a disfrutar de la vida. Estado de gracia para el cual se requiere, como condición sine qua non, el cuarto y último buen hábito a identificar: la desdramatización de la vida en sí misma. Pues no hay vida a disfrutar si se dramatiza, siendo el dramatismo un estado que inexorablemente niebla la mente y endurece el corazón de los hombres haciéndoles perder la brújula interior que señala las verdaderas cosas que, aun aparentemente pequeñas, son las más importantes de la vida, tales como reír, mostrar afecto sincero por y con los seres queridos, y apreciar –cordialidad y empatía mediante- los buenos detalles y momentos vividos en su más amplio sentido. Que la vida solo se muestra rígida y encorsetadamente seria en la mente de los hombres no es ningún secreto, como tampoco lo es el hecho objetivo que la firme voluntad consciente de desdramatizar la vida posibilita a las personas la oportunidad de disfrutar del instante presente vivido con el mismo espíritu desapegado, inocente y divertido de un niño.       

No obstante, éste gran cuarteto de buenos hábitos para vivir la vida: presente, consciencia, disfrutar y desdramatizar, no están exentos de un trabajo intrapersonal para quienes ya somos adultos (por adulterados cultural y socialmente), donde una óptima gestión emocional juega un papel relevante por clave. Pues en el hombre no existe mayor enemigo para vivir la vida, y por extensión para experimentar el buen vivir, que un mundo emocional personal almidonado por autocontenido, deficiente por castrado, o deteriorado por enfermo, que cohíbe a la psiqué del individuo de experimentar el regalo del momento presente. Es por ello que, de manera natural, la práctica psicoemocional de los cuatro grandes hábitos para vivir la vida acaban cocreando un quinto buen hábito en calidad sustancial de condición necesaria por resultante: la higiene ambiental. Es decir, aquellas personas que han aprendido a vivir la vida concebida como la suma de pequeños instantes vividos, aprenden a su vez a valorarla en su justa medida (siendo la unidad de medida de la vida un tesoro por ser limitada y caduca), lo que les aboca a discriminar negativamente aquellos entornos percibidos como de poca o nula aportación existencial, convirtiéndoles en personas exigentes en relación a aquellas vivencias que desean vivir. Un hábito conductual externo reflejo, cabe apuntar por otro lado, de una madurez de conciencia interna por personal.

Como dijo el viejo profesor, la vida es una secuencia continua de pequeños instantes vividos. Y para aquellos que deseen reaprender a vivir la vida cabe señalar que nunca es tarde si la dicha es buena, pues los hábitos, al ser aprehensibles, hábitos son (sabedores que no hay hábitos sin práctica, ni práctica sin disciplina). Dispongámonos pues, los unos y los otros, ligeros de equipaje emocional y mental, a atrapar los pequeños instantes de nuestro presente con ganas de disfrutarlos, ya que a través de ellos transcurre la historia de nuestra propia vida. Conocedores que de vida solo hay una, y que nadie vive la vida por nadie. Y tú, ¿te vas a perder o a desperdiciar la tuya?.

 

(*) Fisicología Humana: Concepto compuesto creado por licencia del autor que significa el “estudio de la física humana”.


sábado, 19 de diciembre de 2020

Preludio de la crónica anunciada de unas fiestas navideñas dickerianas, ¿o quizás no?

En éstas fiestas navideñas, en pleno inicio de la tercera ola del temido manto invisible del Covid, parece como si nos encontrásemos ante las puertas de la llegada del Fantasma de las Navidades Futuras de Dickens, pues el escenario futurible -a menos de una semana vista- augura unas fiestas un tanto frías y solitarias. Al menos así se percibe para una cultura como la ibérica, y más especialmente la mediterránea, que es digna heredera de los banquetes greco-romanos por generosamente abundantes tanto en comida como en comensales allegados.

No obstante, si algo caracteriza a nuestra cultura bimilenaria es justamente el impetuoso espíritu de exaltación a la vida, y por extensión al buen vivir. Por lo que no es de extrañar que en estos días, picardía ingeniosa mediante, nos veamos a contra racionalidad empujados al juego del burladero no solo con la guadaña covidiana, sino también con las normas de restricción sanitarias impuestas por las autoridades competentes. Lo cual, es merecido de destacar, nos ha convertido en unos expertos intérpretes de parte de los Diarios Oficiales en los que se publican las resoluciones territoriales de las normativas restrictivas (hasta 17 diferentes en toda España), frente al defecto de forma y contenido acusados en los informativos mediáticos que en su intento de sintetizar pedagógicamente las nuevas leyes de uso y comportamiento excepcionales acaban por confundir al más docto.

No hay que decir que éste flagrante perfil conductual de corte profundamente hedonista del homo hispanis se debe, principalmente en el contexto presente, tanto a un hartazgo exacerbado frente a las continuas y cambiantes medidas restrictivas para la vida cotidiana de las personas –confinamientos individuales y sociales incluidos-, como en una predecible normalización sociabilizada de la situación de riesgo sanitario por la ya cansina prolongación en el tiempo de la misma (Ver: Confinamiento o el síndrome del león enjaulado). Un comportamiento que se ve agudizado, aún más si cabe en la inminente época de fiestas navideñas y a diferencia de otras culturas más desapegadas en materia afectiva, por la imperiosa necesidad emocional del homo hispanis del contacto –por no decir roce- de piel con los seres queridos. Un rasgo racial-fisiológico tan imprescindible para nosotros como el aire que respiramos, lo que nos aboca, aun frente a los peligros de una pandemia mortal, a abrazar como grito de guerra existencial la máxima del carpe diem. Puesto que, al fin y al cabo, ¿qué es una vida que no se puede disfrutar de vivir?.

Sí, el fantasma dickeriano del futuro, por mucho que anuncie su llegada en ésta fiestas navideñas tambores gubernamentales mediante, no va a llegar. Y no porque no lo intente en plena tormenta perfecta covidiana, sino porque se le va a burlar. Ya que la fuerza de la vida, o mejor dicho por vivir, en el homo hispanis siempre encuentra la manera de manifestarse, sabedor que su tiempo de vida es tan incierto como prestado. Un instinto básico de supervivencia individual y colectivo cuyo acto, aun pudiendo parecer a todas luces imprudente, no está reñido con unas normas mínimas autoimpuestas de prudencia (en el seno de un grupo familiar) para el goce de una festividad de la vida protegida.  

Ciertamente, y con independencia de culturas de origen, no hay mayor acto de penalización de libertad para una persona que la prohibición de encontrarse con sus seres queridos. Una necesidad que, de manera singular para el homo hispanis, es vital por ser de naturaleza emocional, superando por creces cualquier otro lúcido criterio de índole social o económico (aun siendo éstos de Estado). Pues el homo hispanis es ferviente creyente, tal y como bien plasmó un escritor anónimo en el Lazarillo de Tormes, que mas cuando la desgracia ha de llegar, elijas el camino que elijas, uno termina por llegar a su destino.  Así que: Felices fiestas y saludable año nuevo!. Y quien opte por prevenir (la familia) por no llorar, que recuerde que solo se llora lo que no se puede disfrutar. Que la vida no es un activo financiero a futuro sino, cautela intermedio, un estado de gracia del que solo se goza en un tiempo concreto: el presente.     


domingo, 13 de diciembre de 2020

Yo Creo (El Credo del Filósofo Efímero)

Encarando mi casi medio siglo de existencia, y ante la incertidumbre del tiempo de vida aún por consumir, rezo mi Credo particular a modo de declaración pública de principios e intenciones vitales:

 

1.-Creo en el Humanismo

Porque fuera de él el hombre queda a merced de los monstruos.

 

2.-Creo en la Democracia

Porque, aun en su imperfección, el hombre puede vivir en calidad de ciudadano libre.

 

3.-Creo en la Libertad

Porque sin ella no hay capacidad de autorrealización personal.

 

4.-Creo en la Ética

Porque sin Ética no hay Libertad, sino bien al contrario esclavitud a los más bajos impulsos pasionales animales.

 

5.-Creo en el Laicismo

Porque sin una mentalidad colectiva laica no es posible el crisol para una Ética universal, siendo lo opuesto caldo de cultivo para una tóxica moralina fundamentalista.

 

6.-Creo en la trascendencia de la Consciencia

Porque sin Consciencia no existe Ética, y aún menos Libertad personal.

 

7.-Creo en el Pensamiento Crítico

Porque no solo es reflejo de una Consciencia madura, sino a su vez voluntad manifiesta del libre albedrío individual.

 

8.-Creo en la Razón

Porque sin ella no existe Lógica alguna, y exentos de ésta el mundo queda irremediablemente a merced de bárbaros y dementes.

 

9.-Creo en la Inteligencia Emocional

Porque no hay Razón a la sabia luz de la ecuanimidad sin estabilidad emocional, ni persona psicológicamente sana sin una adecuada gestión emocional.

 

10.-Creo en la Sensibilidad

Porque sin Sensibilidad no hay ni Razón, ni Inteligencia Emocional, ni mucho menos humanidad.

 

11.-Creo en el Conocimiento

Porque solo el Conocimiento permite trascender nuestra Sensibilidad existencial, y posibilitar el vuelo hacia nuestra propia Libertad.

 

12.-Creo en una Sociedad Ilustrada

Porque un pueblo ilustrado es un pueblo que vela por la justicia equitativa.

 

13.-Creo en la Política como un servicio público

Porque si no se atiende a la res publica de todos solo se puede atender a la res privada de unos pocos, lo cual atenta contra los principios rectores de la Democracia.

 

14.-Creo en la Economía como un bien común

Porque la Economía no solo atiende a la generación de la riqueza individual, sino también a la administración de la riqueza y el bienestar colectivo y, aún más, a la cobertura de las necesidades del conjunto de una sociedad.

 

15.-Creo en la gobernanza del Estado sobre el Mercado

Porque sin un Mercado regulado por el Estado los valores morales universales tienden a extinguirse, y con ellos el propio valor de humanidad, ya que Humanismo y Capitalismo (ultra liberal) son dos conceptos antagónicos.

 

16.-Creo en el Estado del Bienestar Social

Porque fuera de él sólo cabe la injusticia y la desigualdad social.

 

17.-Creo en la Filosofía

Porque aquellos que no reflexionan, ya sean personas a título individual o colectivos a título social, son pasto del control intencionado de terceros.

 

18.-Creo en el Empoderamiento de las personas

Porque aquellos que no viven empoderados en sí mismos, viven psicológica y emocionalmente desde el Yo dependiente de los otros.

 

19.-Creo en mi Intimidad

Porque solo desde la Intimidad se puede reconocer la Mismidad, elemento substancial irrenunciable para poder vivir desde la fidelidad con uno mismo y frente a los demás.

 

20.-Creo en el Sentido Vital

Porque la vida sin Sentido es muerte en vida, y la vida no tiene más Sentido existencial que aquel que cada uno le quiera dar, siendo éste un voto individual de obligada renovación a cada nuevo día.

 

21.-Y, Creo en el Amor

Porque sin Amor la vida resulta fría y hostil, sabedor que el Amor con uno mismo y con los seres queridos es como un bello jardín, cuyo mantenimiento no se debe descuidar sino se quiere dejar marchitar.

 

Amén.

 

sábado, 12 de diciembre de 2020

El agua, cuando se convierte en oro, deja de ser vida

Que el agua es vida, y por contraposición la ausencia de la misma es muerte, es una máxima latente en todo organismo viviente por puro y ancestral instinto de supervivencia básico. Una correlación de identidades tan integrada en la psiqué del hombre contemporáneo que incluso, en nuestra pueril exploración de búsqueda de vida en el espacio exterior, rastreamos indicios de agua en sus diferentes estados manifestantes como premisa irrefutable para la posible existencia de vida alienígena. Y si bien sabemos, a estas alturas del conocimiento humano, que la vida requiere en su complejidad de otros elementos primogénitos como son el carbono, el hidrógeno, el oxígeno y el nitrógeno, no es menos cierto que, desde hace casi 27 siglos, no hacemos otra cosa que reafirmar el postulado del presocrático Tales de Mileto quién decretó que el agua es la esencia primera de toda vida existente y por existir.

Manifestado lo cual, no me avergüenzo en admitir que hace cuatro días escasos me recorrió un escalofrío por todo el cuerpo ante la noticia de que el agua ha comenzado a cotizar en la bolsa de Nueva York –más conocida como Wall Street-, el mayor mercado de valores del mundo en volumen monetario y el primero en número de empresas adscritas. Es decir, las fauces tan hambrientas como feroces por impiadosas del derecho a la explotación comercial de la propiedad privada, al que denominamos Capitalismo, le ha hincado con fuerza y decisión los colmillos al agua sin intención previsible de liberarla. He aquí, sin lugar a dudas, el principio de agonía del agua como recurso vital de libre acceso para el conjunto de la humanidad. Pues ya sabemos que, si de algún vicio capital peca el capitalismo, éste es justamente el de la avaricia descarada por desmedida sin atisbos de rubor mediante.     

No obstante, todo hay que decirlo ingenuidades aparte, lo cierto es que el hecho que el agua se haya convertido en un producto a especular en el mercado bursátil de futuros, como ya lo es el petróleo, el oro o el trigo, era de esperar –y de hecho ya tardaba- en una economía de mercado global y en la lógica capitalista de un planeta sobresaturado con recursos limitados (Ver: Sobrepoblación mundial, efectos socio-económicos y políticos a corregir). De hecho, de haberlos ya los había quienes a finales del siglo pasado anunciaban, como neoprofetas, que el agua se convertiría en el petróleo del futuro (a corto plazo). Puesto que solo se requieren dos elementos singulares para dicha ecuación: que el producto sea vital para la vida cotidiana del hombre y que dicho producto sea escaso tanto en su abastecimiento como en su distribución. Características las cuales cumple el agua por idiosincrasia natural.

Pero, la pregunta pertinente es: ¿resulta ético que el consumo del agua, como elemento imprescindible para la vida, quede concentrado en manos de grupos especuladores como son los financieros?. Ya que si bien el agua es un bien común de dominio público prácticamente en todo el planeta, la cotización en bolsa de la preciada sustancia molecular del H20 abre las puertas a nivel mundial a un control partidista del uso y consumo del agua al amparo de los principios rectores del capitalismo, pues convierte el agua en un activo financiero privado. O dicho en otras palabras, un grupo financiero de Wall Street podría decidir (en un futuro imaginable por viable) sobre el uso o no del agua de un río, de un manantial, de un pozo o de una presa para los habitantes de un pueblo cualquiera del planeta, según sus propios intereses de rentabilidad financiera. Lo cual, desde una conceptualización amplia del caso, este grupo de inversión estaría asimismo decidiendo sobre el propio futuro de la vida de dicha población, pues la vida resulta incompatible exenta de agua. En cuyo supuesto, ¿podemos afirmar que dicha práctica financiera es compatible con la Ética?

En éste, como en todos los supuestos controvertidos en materia de Ética aplicada, existen dos caras de una misma moneda: para la filosofía capitalista es plenamente ético, pues prima el capital al amparo de una supuesta cesión previa de los derechos sobre el uso del agua (malabarismos legales mediante); mientras que para la filosofía humanista es categóricamente anti ético, pues devalúa el valor de la dignidad de la vida humana sujeta a criterios de cotización de recursos. Como siempre, nos encontramos frente a la eterna batalla de las res privada versus la res publica, el derecho del bien privado contra el derecho del bien público, más acuciante si cabe desde que el Capitalismo se ha erigido como nueva religión mundial (con toda la transmutación de las escalas de valores morales que ello implica).

Sobra apuntar que, como humanista declarado, abogo por el agua como recurso de bien común. Y como defensor de los Estados Sociales y Democráticos de Derecho apelo a la imperiosa regulación de los Mercados como garantía de la res publica. Pues es por todos bien sabido que el hombre se convierte en un lobo para el propio hombre, como bien anotó Hobbes, desde el momento en que el hombre deja de ser el activo principal a proteger en una sociedad. Si sustituimos al hombre por el capital ¿qué nos queda?, más que una sociedad dividida entre ciudadanos de primera con derecho de vida adquirido, y ciudadanos de segunda con derecho de vida alienable.

Pero aún más, si concebimos el agua como un bien común, por imprescindible para el sustento de la vida humana, ¿cómo podemos a su vez concebir su uso y disfrute como un bien privado? La respuesta a éstos opuestos manifiestos se ha visto reconciliado, a lo largo de la historia de la humanidad, sobre la premisa que dicho bien privado sobre el uso del agua siempre ha estado sujeto al agua como recurso declarado de bien común bajo principios de redistribución equitativa y solidaria, siendo el Estado como garante de la res publica el mediador ecuánime entre todas las partes implicadas. Un sistema de gestión pública voluntarioso del buen hacer que salta por los aires desde el preciso momento en que el Estado, como gobierno de todos los miembros que participan de una misma comunidad, pueda ser sustituido por un grupo financiero, como gobierno de unos pocos para beneficio propio, que previsiblemente reemplace los principios de equidad y solidaridad del agua como bien público por principios de parcialidad e insolidaridad, dando así lugar a una inevitable adulteración peyorativa del concepto del bien común. Pues, ¿se puede continuar aceptando el agua como bien público sobre la práctica admitida de la injusticia social de su uso como bien privado?. Un escenario futurible que, a todas luces, resulta inadmisible.

En resumidas cuentas, el uso del agua como bien privado no puede atentar contra el agua como recurso natural de bien común. Un axioma que viola la declaración hostil de principios de la cotización bursátil del agua -no nos dejemos embaucar por el lobo disfrazado de oveja-, pues nunca el Mercado ha velado por el bien común por ser manifiestamente contra natura. Dicho lo cual, solo cabe esperar que nuestros gobernantes, como gestores del bien común, no se dejen encandilar por la flauta financiera de los hamelines financieros de Wall Street, pues todos sabemos como acaba el cuento. Si permitimos que el agua se convierta en oro, para unos pocos, dejará de ser vida, para todos los demás. Entonces poco nos servirá llorar como el rey Boabdil, pudiéndonos aplicar la célebre frase de su madre readaptada ante las presumibles restricciones de acceso al agua: Lloremos como esclavos sedientos lo que no supimos defender como hombres libres saciados.    


domingo, 29 de noviembre de 2020

El Nuevo Orden Mundial

Si alguna teoría de tintes conspiracionista se revela de rabiosa actualidad en plena era pandémica ésta no es otra que aquella a la que se conoce como Nuevo Orden Mundial, la cual es tan prolifera en elementos estructurales, ornamentales e incluso delirantes, como diversas son las personas que la esgrimen para entretenimiento de tertulias más o menos acaloradas. No obstante, de la amalgama de versiones de la susodicha teoría puede sustraerse cuatro supuestos elementos nucleares: el traspaso de un antiguo a un nuevo régimen socio-político, la existencia de un plan diseñado para instaurar un gobierno único, la autoría directa de una élite económica, y la firme voluntad de controlar las masas.

Esta tetradimensión de la teoría conjuracionista conforma una misma naturaleza política sustancial que, de hecho, no es nada nueva sino que bien al contrario existe desde que el hombre es un ser social, por lo que podemos observarla como un patrón de gestión de poder sociológico reiterativo a lo largo de la historia de la humanidad. Pues un Nuevo Orden Mundial es stricto sensu, dentro del mundo conocido, lo que instauró el Imperio Egipcio de los faraones y posteriormente el Imperio Romano en la Antigüedad, la Iglesia Católica (como heredera, sea dicho de paso, de la cultura romana) en la Edad Media, la Ilustración con la Revolución Francesa a la cabeza (germen de los actuales Estados Sociales y Democráticos de Derecho) en la era Moderna, y el Capitalismo con la Revolución Industrial ya en la era Contemporánea. Y llegados a éste corte temporal, como punto y seguido de nuestra historia, cabe apuntar que el imaginario colectivo sobre la teoría del Nuevo Orden Mundial se enriquece en su complejidad por devenir una figura poliédrica fruto de la suma de múltiples actores participantes, con independencia tanto de su insostenible relación antagónica como de la falta de rigurosidad histórica de los mismos a la luz de la lógica.

Si nos ceñimos a la observancia de nuestra actual era contemporánea, en la que llevamos registradas cuatro revoluciones industriales bajo un sistema de organización social basado en el capitalismo (cada cual más disruptiva y acelerada, si cabe, para la vida cotidiana del ciudadano medio: la era del carbón a finales del s.XIX, la era de la electricidad a principios del s.XX, la era de internet y de las energías renovables en la segunda mitad del s.XX, y la era de la inteligencia artificial a principios del s.XXI), podemos constatar tres nuevos hitos manifiestos de implantación de lo que podemos denominar proyectos para un Nuevo Orden Mundial con personalidad socio-económica y política propia por singular.

El primer proyecto para un Nuevo Orden Mundial, desde la primera revolución industrial, lo encontramos en 1945 tras el fin de la segunda Guerra Mundial, siendo los protagonistas los países Aliados que junto a Estados Unidos (con tan solo treinta años como primera potencia económica mundial), establecieron las bases no solo de la actual era de las relaciones internacionales políticas, sino a su vez planificaron el desarrollo y crecimiento económico y comercial del mundo desarrollado.

El segundo proyecto para un Nuevo Orden Mundial, desde la primera revolución industrial, debemos fijarlo en 2008 con la quiebra de la financiera norteamericana Lehman Brothers, la cual sume al mundo occidental -o primer mundo- en una profunda crisis del modelo capitalista y por extensión socio-económico que perdura hasta el día de hoy, afectando de manera directa a los Estados de Bienestar Social de la zona Euro. Este acontecimiento representa el inicio del fin de Estados Unidos como potencia mundial, y abre el camino de su relevo a China como nueva y emergente potencia económica global, con el tensionado reequilibrio de poderes a nivel internacional que ello implica.

Y el tercer proyecto para un Nuevo Orden Mundial, desde la primera revolución industrial, debe fijarse en 2020 con la declaración de pandemia global por coronavirus por parte de la OMS, lo cual como es bien sabido por todos no solo implica un recorte de los derechos fundamentales de las personas como ciudadanos y un retroceso de la economía productiva mundial (con la consiguiente caída de los PIB’s nacionales), sino sobre todo un cambio de paradigma económico y por extensión laboral y educativo por implantación de la realidad virtual de manera transversal en el conjunto de dimensiones de la vida cotidiana de los individuos (Ver: La Pandemia, el año cero de la nueva era).

Como puede deducirse a la luz de la cronología expuesta, los presumibles proyectos para un Nuevo Orden Mundial siempre surgen a partir de una catarsis global, ya sea de naturaleza bélica, financiera o sanitaria, que en todo caso tienen una afección directa sobre la economía, en su doble dimensión macro y micro, que obliga a una reestructuración de los parámetros de la realidad social conocida. Pero, llegados a éste punto, y sobre la aceptación de la existencia de la teoría del Nuevo Orden Mundial bajo los postulados de su naturaleza tetradimensional inicialmente presentados, la pregunta del millón no puede ser otra que: ¿quiénes están detrás del Nuevo Orden Mundial contemporáneo?.

Para responder a ésta pregunta, cabe señalar que a nadie se le escapa que los tres supuestos proyectos enumerados para un Nuevo Orden Mundial en los tiempos presentes, en el contexto de una sociedad estructurada sobre el eje vertebrador del capitalismo (donde prima el capital como generador de riqueza para beneficio de la propiedad privada, que no colectiva, pues en caso contrario no existiría la desigualdad y por extensión la injusticia social), están profundamente marcados por los designios del Mercado. El cual, no debe concebirse como un ente abstracto ya que cuenta con personas físicas y jurídicas bien definidas y corpóreas bajo el principio de realidad, sino que aún más el Mercado representa de facto el Estado dentro de los estados por su omnipotente influencia sobre el conjunto de las sociedades. Es decir, las entidades mercantiles –y con ellas las personas que conforman sus consejos de administración- que controlan el Mercado global dentro de una sociedad de consumo como la actual, se erigen ciertamente como un Gobierno mundial que opera sobre los gobiernos locales de los Estados democráticos (Ver: El Mercado, un nuevo modelo de Dictadura global). Por lo que en respuesta a la pregunta planteada sobre los actores del Nuevo Orden Mundial, la réplica no es otra que aquellas personas que dirigen el Mercado: las élites económicas.

Planteado lo cual, cabe puntualizar ciertos aspectos clave sobre la naturaleza de los actores de dichos Nuevos Órdenes Mundiales:

1.-En una sociedad de mercado capitalista, los actores del Nuevo Orden Mundial son agentes económicos.

2.-Dichos agentes económicos son una minoría de la población mundial por acumulación de recursos del Mercado (el 1% de los ricos del mundo acumula el 82% de la riqueza global), derivado de un proceso de centralización del mismo iniciado ya desde la primera revolución industrial.

3.-El fin último de estas élites económicas no es otro que velar por su status quo privilegiado que, en una sociedad de consumo, representa controlar a la masa como ciudadanos-consumidores mediante planes estratégicos de desarrollo a escala global.

4.-La implementación de un sistema de control sobre el conjunto de una sociedad de consumo pasa, irrenunciablemente, por el establecimiento de un Orden Mundial de continua actualización que preserve sus intereses, lo cual tiene implicaciones directas en los ámbitos económicos, políticos y sociales de los ciudadanos de a pie.

5.-El grado de control de masas de los actores del Mercado es, a día de hoy, directamente proporcional a la sociabilización tecnológica, proceso consolidado en la Cuarta Era de la Revolución Industrial (2011) y consagrado en el año cero de la Nueva Era que inaugura la pandemia [Ver: El derecho de ser Divergente, una cuestión de Estado (con validez caduca)].        

6.-Si bien las élites económicas que controlan el Mercado son los actores intelectuales y materiales del Nuevo Orden Mundial, los miembros de dicha élite económica no son inmutables sino cambiantes, tal y como se pone de manifiesto en la alteración interanual de la lista de personas más ricas del mundo o en el ranking de grupos empresariales con mayor capitalización del mercado. Dicha actualización anual de las élites económicas viene determinado, en la actualidad, por dos variables claves: el auge de la economía de bienes y servicios tecnológicos en detrimento de los negocios clásicos, y la traslación del eje geoeconómico de Estados Unidos a China como nueva potencia mundial del siglo XXI.

Y, 7.-El elemento sustancial de los miembros que componen la élite económica en un tablero de juego como es el Mercado global no es otro que el Capital, siendo elementos accidentales por anecdóticos los credos, costumbres e incluso vicios particulares de dichos miembros. Es decir, que un miembro de la élite económica sea sionista, por poner un ejemplo, no presupone que la corriente filosófica sionista sea la artífice intelectual del Nuevo Orden Mundial. Pues el Capital no tiene otro credo que su propia religión, la cual se vertebra sobre un valor humano, profundamente humano, como es el egoísmo personal (Ver: La exaltación del Egoísmo:el éxito del Capitalismo).

No obstante, el hecho que los presuntos proyectos para un Nuevo Orden Mundial se fragüen en la discrecionalidad, por no decir secretismo, de los despachos de las élites económicas que buscan el control de masas para rentabilidad propia, es justamente un caldo de cultivo perfecto para todo tipo de especulaciones de los amantes de las teorías conspirativas. Por lo que, ¿quién soy yo para negar a los conspiracionistas la participación de illuminatis, masones, satanistas, reptilianos e incluso bebedores de sangre de hormigas azucaradas sin colorantes ni aditivos, entre muchos otros imaginarios, como manos invisibles que manejan los hilos del Nuevo Orden Mundial?.

La historia del Nuevo Orden Mundial se repite desde que el hombre tiene historia como ser social y político, pues es un reflejo externo de nuestra propia naturaleza egoísta sobresaturada de luchas de poder. Por lo que aquello que debe escandalizarnos en la actualidad no es la existencia de un Nuevo Orden Mundial (por enésima vez), sino la falta de control sobre el mismo en la vergonzosa cesión voluntaria de la responsabilidad de gobernanza de los Estados Sociales y Democráticos de Derecho a favor de un nuevo gobierno global instaurado por el Mercado. Los muchos –como rebaño de ovejas- se dejan gobernar por unos pocos –como manada de lobos-, aún conscientes que son devorados. El ciudadano libre, una vez más, desprecia su libertad para volver a la condición de esclavo, en un mundo cuya luz ilustrada se apaga por momentos. Nihil novum sub sole.   

   

sábado, 28 de noviembre de 2020

El derecho de ser Divergente, una cuestión de Estado (con validez caduca)

Que vamos camino de mudar la actual realidad física por otra de naturaleza virtual, es un hecho inevitable, tal como soplan los vientos que anuncian las gafas de realidad aumentada que en breve comercializará facebook con la intención de que éstas suplanten a los actuales teléfonos móviles con nuevas y mejoradas aplicaciones, o que asimismo pronostica el proyecto Neuralink de Elon Musk cuya interfaz conectará cerebro humano con internet, entre otros avances en materia de inteligencia artificial propio de la ciencia ficción (ver: Neurotecnología: el peligro de la pérdida de control sobre la percepción de la realidad). Un cambio de realidad a una década vista en el que, sin lugar a dudas, los parámetros de referencia del ser humano sobre lo que es la realidad se verán profundamente alterados, siendo el hombre engullido por una madriguera de conejo virtual más delirante incluso que la de Alicia en el país de las maravillas. Lo cual no solo abocará a una transformación abrupta del mundo de las creencias humanas, y por extensión a una redefinición disruptiva de la moral, sino que afectará a su vez de lleno a lo que debemos de entender como conocimiento en su más amplio sentido.

Y en éste escenario -dioses del Olimpo no quieran que sea distópico por ausencia de humanidad-, es una obviedad que la sociedad como sistema de organización humana será sí o sí de corte orwelliano. Es decir, el hombre como individuo y ser social estará sujeto a un control férreo no solo de desarrollo de habilidades y capacidades sino también de pensamiento, por pura lógica de inmersión a una realidad virtual creada por agentes terceros que, en una sociedad de consumo, tienen como fin último el control de las masas para beneficio mercantil propio. Por lo que, llegados a éste punto, la pregunta del millón no es otra si, en dicho horizonte futuro, el hombre tendrá criterio propio o, por su contra, todo el criterio referente tanto a quien es (ontología), como a lo que el mundo que le rodea es (epistemología), le vendrá determinado por un paquete predefinido de programación neuronal apto para su autoconsumo por imperativo legal.

Hacer referencia al criterio propio equivale a hacer referencia a la capacidad de desarrollo del pensamiento crítico por parte del ser humano como ser racional y sintiente, sin cuya capacidad, por otro lado, no puede existir el libre albedrío (ver: Y tú,¿tienes libre albedrío?). Así pues, en el supuesto de una futurible sociedad orwelliana, resulta evidente dilucidar que la capacidad de criterio propio quedará reservada a las élites que controlan al resto de la masa como población (o rebaño) necesaria que retroalimenta la economía de consumo. Es decir, la consciencia de la población de consumo, como mentalidad colectiva existencial, vendrá determinada por la consciencia con capacidad de criterio propio de los controladores de la masa. Por lo que, cualquier individuo que forme parte de dicha masa y que desarrolle, de manera inducida o por naturaleza deductiva personal, un criterio propio será considerado como un Divergente, que no es otro que todo aquel que diverge por pensar de manera diferente a la corriente del pensamiento preestablecido.

No obstante, sólo cabe la posibilidad que un Divergente no sea perseguido, o purgado socialmente, en una inminente sociedad orwelliana que requiera de éstos para la tan necesaria creación del pensamiento disruptivo, el cual es la piedra angular de toda innovación como motor de desarrollo y competitividad de las sociedades de mercado tecnológico. Aunque, muy a nuestro pesar, no tardaremos en ser testigos como la capacidad innovadora humana es sustituida por la capacidad innovadora de la Inteligencia Artificial por su alto grado de eficacia, efectividad y eficiencia (ver: La IA sustituirá a los humanos en los departamentos de Innovación de las empresas).

Lo cierto es que el panorama que nos viene encima no vislumbra un buen agüero, cuya futurible sociedad orwelliana encuentra su razón de ser, por evolución gravitatoria natural, en el imperio de los mercados como Gobierno global que manda y ordena sobre los propios gobiernos de los estados locales (ver: El Mercado, el nuevo modelo de Dictadura mundial). De lo que se deduce que el ser Divergente, como derecho fundamental de toda persona al amparo del libre criterio propio como ser pensante, debe ser considerado hoy más que nunca un tema de Estado. Pues solos los estados, en obligación de sus competencias por velar por los principios rectores de la Democracia moderna que bebe de los derechos humanos, tienen en su haber la capacidad de hacer preservar el derecho inalienable de todo ciudadano a una vida vivida con criterio propio, mediante acciones no solo activas y decididas en materia de educación pública, sino incluso en materia legislativa de regulación de unos mercados que en su voracidad por controlar a los ciudadanos-consumidores arrasan con toda consciencia con pensamiento crítico a su paso.

Señores, en estos tiempos de transición inter realidades en los que aun somos capaces de distinguir lo que es un pensamiento propio del que no lo es, por falta de completarse el proceso de inmersión de la nueva realidad virtual sobre nuestra realidad actual, reivindiquemos el derecho humano, profundamente humano, a la Divergencia de razonamiento. Reivindiquémoslo sin demora antes de sucumbir al eterno sueño virtual de una noche de verano al puro estilo shakesperiano, o al sueño eterno ulisiano de una ciberhechicera Circe contemporánea, pues entonces por no saber, no sabremos ya ni quiénes somos. ¿O a caso el hombre puede saber quién es sin libre e independiente pensamiento propio?.

Firmado: Un Divergente, por adelantado.


sábado, 21 de noviembre de 2020

Velemos por la veracidad del conocimiento sociabilizado

 

Todos afirmamos creer qué es el conocimiento como saber, entendiéndolo al menos por un lado tanto como aquel conjunto de datos de información que -experiencia mediante- nos permiten adquirir una percepción conceptual de la realidad, como entendiéndolo por otro lado como aquella metodología racional que al amparo de las leyes fundamentales de la Lógica nos acercan cognitivamente a una percepción objetiva de lo que llamamos Principio de Realidad, el cual bien puede resumirse en: lo que es Es, y lo que no es No Es.

Dicho lo cual, la pregunta pertinente que se precia es: ¿qué es aquello que creemos saber y por qué?. Un dilema frente al que todo el mundo, sin excepción alguna, no puede evitar más que mirar a su alrededor para encontrar una respuesta, pues es justamente en ese contexto ambiental o hábitat humano en el que se desarrolla una persona como individuo donde reside la respuesta de dónde extraemos el conocimiento que creemos saber y por qué creemos saberlo. Es decir, el conocimiento encuentra su fuente directa en los otros (99 por ciento en lo que hemos aprendido, leído o escuchado, y 1 por ciento en aquello deducido personalmente por capacidad de pensamiento crítico propio si es que se tiene). Un hecho empírico, aún más acuciante si cabe, en un mundo complejo como el actual cuyo conocimiento integral de la realidad conocida es demasiado extenso para la limitada capacidad aprehensiva humana de un solo individuo, cuya alta especialización del conocimiento en campos de estudio singulares le confiere la característica de una naturaleza segmentada por multiatomizada, y donde dicho conocimiento poliédrico se reinventa cada día de manera vertiginosa en un proceso de actualización continua mediante la gestión de la inteligencia colectiva en un contexto global e interrelacionado a tiempo real. Es por ello que, muy a mi pesar, la figura del humanista como persona polímata es una idea romántica, por actualmente inexistente por inviable.

Llegados a éste punto, la pregunta obligada no puede ser otra que ¿cómo se crea el conocimiento?. Cuya respuesta resulta tan simple como obvia, a la luz deductiva de lo anteriormente expuesto: por sociabilización (ver: La realidad objetiva humana no existe fuera del consenso general subjetivo). Es decir, el conocimiento es sociabilizado o no lo es. Un rasgo sustantivo que conlleva, de manera implícita por necesaria, dos factores sociológicos claves: un acceso colectivo a dicho conocimiento (publicidad), y un consenso colectivo respecto a dicho conocimiento (acuerdo social). Y sobre este axioma, la epistemología como estudio del conocimiento humano, da paso ya no a la sociología sino a la filosofía de la moral. Pues en un mundo humano, profundamente humano, organizado por una sociedad estructurada sobre el eje vertebrador del capitalismo (donde prima el capital como generador de riqueza para beneficio de la propiedad privada, que no colectiva, pues en caso contrario no existiría la desigualdad y por extensión la injusticia social), la publicidad del conocimiento para su consenso social se ve profundamente determinada por el tipo de escala de valores morales del que parte dicha voluntad de publicidad. O dicho en otras palabras, puede existir publicidad de conocimiento no sujeta al presumible valor moral por excelencia de la verdad, bajo parámetros conductuales intencionados de control de la sociedad. Con lo que llegamos a la pregunta del millón, objeto de alto interés por parte de cualquier ciudadano moderno que se precie como fiscalizador de los principios rectores democráticos: la publicidad del conocimiento ¿proviene de un solo proveedor o de múltiples proveedores independientes entre sí?.

Lo que resulta una obviedad es que un presunto escenario de monopolio sobre el conocimiento es inversamente proporcional al grado de salubridad de un conocimiento verdadero. Por lo que no hay mayor garantía para la publicidad de un conocimiento fundamentado sobre la verdad del mismo que un sistema de publicidad democrático, donde participan múltiples proveedores, de manera libre e independiente, en el abastecimiento de dicho conocimiento para su posible verificación, validación y posterior consenso colectivo. Pues si algo hay de frágil en todo este proceso, ya no es el conocimiento per se sino el propio ser humano, el cual no solo conoce por sociabilización en un mundo que reniega peligrosamente del pensamiento crítico, sino que aún más es, aun sin quererlo, un producto cultural desde el preciso momento incluso anterior a su propia concepción. Libertas capitur, sapere aude.  


sábado, 14 de noviembre de 2020

La Pandemia, el año cero de la nueva era


Que la pandemia es una causa-efecto que tiene un impacto directo sobre toda (pan) la población (demos), es un hecho objetivamente indiscutible ocho meses después de que la OMS declarase oficialmente el brote de coronovarius como pandemia global. Pero este tsunami infeccioso que afecta peligrosamente a la salud del ser humano, va más allá de alterar la vida cotidiana de las personas, pues lleva consigo el impetuoso germen arrollador de la creación de una nueva era de la humanidad en la que los hombres vivirán en un mundo que será de todo menos real. O, al menos, donde el principio de realidad se verá profundamente redefinido.

La pandemia está transformando, de manera tan acelerada como descarada -por su carencia de disimulo-, el bosque figurativamente hablando en el que habita el hombre. Mientras éste no ve más allá de los árboles que tiene justo frente a sus narices (llámense confinamiento, pérdida de empleo, cierre de negocios y empresas, alarmas sanitarias, limitación de derechos fundamentales, devaluación de la calidad de vida, necesidad de reinvención profesional, instinto de supervivencia familiar, malabarismos científicos, reality show políticos, redefinición del modelo educativo, o reinvención de los principios democráticos, entre otros), el hombre queda impedido de la capacidad para ver el conjunto del bosque. Un bosque que, sin que el hombre de a pié se percate, está transmutando su naturaleza esencial material en una de carácter virtual por tecnológica, con la misma rapidez que una manzana madura en el suelo se ve afectada en un proceso de podredumbre por unas bacterias que la consumen para reconvertirla en una nueva realidad conforme al famoso principio de conservación de la masa: la materia no se crea ni se destruye, solo se transforma. Con la singularidad que dichas bacterias no son biológicas, sino algorítmicas.

Es decir, la contaminación tecnovírica del bosque, al que también podemos denominar realidad o hábitat natural del ser humano, está transformando el mundo clásico tetradimensional en un nuevo universo multidimensional cuya esencia o arjé último son ceros y unos estructurados, tal como moléculas con identidad natural propia, en un conjunto de algoritmos con capacidad de autoevolución. Donde el espacio físico queda engullido por el espacio virtual de internet, entendiendo éste como un nuevo caldo primigenio de vida mediante la interrelación de megadatos de información, los cuales cocrean un horizonte de conocimientos exponencialmente infinitos potenciados por el aprendizaje profundo de la inteligencia artificial. Llegando incluso, allí donde la naturaleza virtual requiere corporizarse por requerimiento obligado de las leyes físicas, a iniciar la colonización del espacio exterior propio del ser humano mediante robots o seres tecnológicos con un nivel de independencia característica de cualquier animal que se precie, pero con una capacidad de inteligencia potencial muy superior a la humana. [Ver: La consciencia artificial cuestiona la consciencia humana, Como seres imperfectos ¿qué implica crear seres perfectos para corregir la imperfección?, y La Roboética o la falacia de controlar a los robots (Teoría de la Revolución Robótica)].

Una nueva era futurible a corto plazo cuyo año cero se inicia con la actual pandemia global, por devenir ésta –sin discusión alguna- un acelerador de realidades posibles gracia mediante de la incipiente cuarta revolución industrial fundamentada en la inteligencia artificial, la cual aboca al ser humano a un nuevo paradigma existencial con una afectación directa y transversal al conjunto de sus dimensiones más vitales. No es por ello baladí que la estrategia transmutadora maestra de la realidad por parte de las nanobacterias tecnológicas resulte tan precisa como inteligente: primero afecta y coloniza el elemento nuclear sobre el que se vertebra la sociedad humana conocida como es el mundo laboral. Y, a partir de ahí, como un juego expansivo más de dominó que de ajedrez, coloniza el mundo profesional (con sus roles caducos) y por extensión el mundo económico, para proseguir imperativamente con el mundo educativo (ya en fase obsoleta) y paralelamente con el mundo del ocio (tan sociabilizado como delirante por consumista), y así proseguir su fogatización infalible por el conjunto de actividades de la vida cotidiana del ser humano. Llegados a éste punto, tal será la transformación de nuestra realidad que, sin lugar a dudas, el mundo tal y como lo conocemos dejará de existir.

Ciertamente, los árboles no nos dejan ver el bosque. Pero no por ello es menos cierto que la transición inter realidades es un hecho, por lo que la cuestión no es otra que readaptarse o morir, aunque sea en el intento (Ver: La Teoría de la Readaptación). Mientras tanto, como ciudadanos tan parejos como perplejos a aquellos que protagonizaron la caída del Imperio Romano, continuamos aferrándonos a un juego existencial del que no solo nos han arrebatado el tablero y las fichas, sino que por no haber no hay ya ni panem et circenses. La nueva era tecnológica ya está aquí, y con ella la sombra alargada de la tecnopurga social se ceba sobre todo el primer mundo. La pandemia, por tanto, ha dejado de ser sanitaria para convertirse en existencial. El hombre postpandémico o será tecnológico, o no será.

Es por ello que expuesta la presente reflexión y a la espera del día final del mundo contemporáneo, de cuyo proceso transitorio rezo para que se alargue más allá de mi corta esperanza de vida aunque ello implique alargar la agonía, me permito deleitarme estoicamente -e incluso con cierto pose de descaro contra la (re)evolución tecnológica-, con el sabor a madera de mi inseparable pipa ahumada que me reconecta con el placentero mundo clásico de una civilización en peligro eminente de extinción. Y mientras fumo, a la espera de lo inevitable, no puedo evitar rememorar las más que acertadas palabras del César: alea iacta est.

sábado, 7 de noviembre de 2020

La Teoría de la Readaptación: readaptarse o morir (en el intento)

Hay una gran diferencia entre la Teoría de la Evolución darwiniana y la Teoría de la Readaptación -ésta última creada bajo licencia de autor del que escribe como objeto de la presente reflexión-, ya que si bien la primera se contempla en el continuo temporal de un proceso que conlleva siglos, la segunda deviene ya no en un  escenario de años, sino de meses, en el mejor de los casos. Y si bien ambas tienen como factor vertebrador la supervivencia del individuo como parte de una especie, la Teoría de la Evolución se circunscribe al ámbito biológico (a día de hoy ya superado por la raza humana, ver: Somos seres tecnológicos cuya evolución se basa en el conocimiento), mientras que la Teoría de la Readaptación a la que me refiero se limita al ámbito laboral, cuya  dimensión humana es de una gran trascendencia para el hombre contemporáneo. Puesto que a nadie le resulta ajeno, a éstas alturas del desarrollo de la humanidad, el hecho objetivo que el mundo laboral representa el principio existencial sobre el que se sustenta la identidad del hombre del siglo XXI, no solo afectando a todos y cada uno de los niveles de la famosa pirámide de Maslow (que contempla la cobertura de necesidades fisiológicas, de seguridad, sociales, de estima y reconocimiento, y de autorrealización), sino inclusive al propio concepto de dignidad de la vida humana actual que es un valor resultante del cómputo de todas aquellas en su conjunto, por representar las rentas del trabajo la fuente mayormente en exclusiva para el sustento vital de la práctica totalidad de los individuos en una sociedad de consumo sin modelo social alternativo. Es decir, no hay vida para el hombre moderno fuera de la sociedad instaurada, ni pertenencia a la misma sin capacidad económica para sufragarla.

Es por ello que, en tiempos como los presentes, en un mundo en continuo cambio y transformación vertiginoso, cuya única certeza no es otra que la incertidumbre propia del principio de indeterminación, la Teoría de la Readaptación como modelo conductual automatizado de las personas por imperativo de fuerza mayor fruto de un instinto existencial por intentar adaptarse a un entorno profesional volátil lleno de abismos, adquiere una trascendencia de rabiosa actualidad. Readaptarse, por tanto, no significa ni más ni menos en el contexto actual que agarrarse a un flotador laboral a mano, por precario que sea, para sostenerse a flote en una sociedad de consumo cuyo estado del  bienestar social brilla por su ausencia por hacer aguas, aunque ello implique saltar de flotador en flotador laboral por puro instinto de supervivencia, en una realidad que se deconstruye cada día en un juego más propio del purgatorio en el que los perfiles laborales se extinguen para crear unos nuevos que vuelven a extinguirse aceleradamente para crear otros diferentes en un ciclo sin fin aparente. Un juego macabro capaz de enloquecer al más cuerdo y de desesperar al más optimista. A imagen y semejanza del castigo que Zeus procuró a Prometeo tras robar el fuego del Olimpo, condenándole a la pena ejecutada por un águila que le comía su hígado inmortal, el cual tras crecer nuevamente cada día, el águila volvía a comérselo al día siguiente. Este, y no otro, es el crudo concepto de readaptarse en los tiempos que corren.

La Teoría de la Readaptación contemporánea acusa una adaptación continua de la persona al siempre nuevo entorno laboral cambiante, lo cual implica un esfuerzo constante de reinvención profesional y por extensión curricular, que a su vez requiere de grandes dotes personales de gestión psicoemocional tanto de resilencia como de resistencia, pues aquel que no sabe sortear los renovados retos incesantes o se rinde a la fatiga intrínseca que conlleva el propio proceso, cae sin remedio al abismo. Es por ello que todo readaptado sigue luchando adelante, conscientes que aún resilentes y resistentes no hay seguridad de éxito alcanzable. Pero como bien saben todos los readaptados: la esperanza es lo último que se pierde, aunque en ello vaya la vida (pues el tiempo empleado no es oro, sino tiempo de vida que se va descontando). Y no hay peor horizonte futurible para un readaptado que hundirse bajo el nivel de las arenas movedizas de la precariedad de las que intenta salir con todas sus fuerzas, aunque ello implique luchar contra un entorno socialmente hostil por excluyente. Echando mano de una tuneada versión shakesperina, podemos resumirlo con la leyenda que reza: readaptarse o morir (aun en el intento), esa es la cuestión.

No obstante y siendo rigurosos, cabe apuntar que la Teoría de la Readaptación si bien puede aplicarse de manera abrumadoramente extensiva al conjunto de la sociedad, y más en los tiempos que nos tocan vivir, no es universal. Pues ésta no es aplicable a aquellos individuos que en tiempo de una realidad tan incierta como impermanente como la actual, viven por encima de los designios cambiantes del mercado laboral, ya sea inactivos y aun así imperceptibles a éstos, ya sea inclusive con capacidad de modular la realidad ambiental para su propio beneficio. Siendo la diferencia sustancial entre los readaptados y éstos últimos, en que si bien los primeros dependen su subsistencia de las rentas del trabajo, los segundos viven de rentas del capital. O, dicho en otras palabras, en una sociedad de consumo y del bienestar donde se paga por vivir en ella de manera ineludible y por imperativo legal, la diferencia la establece, como bien apuntó Quevedo, en el poderoso caballero Don Dinero.

Expuesto lo cual, es oportuno señalar que la Teoría de la Readaptación es directamente proporcional a la desigualdad social, en términos de distribución media de la renta de una sociedad entre el conjunto de sus conciudadanos. Dos magnitudes sociales directamente relacionadas que van más allá de la aplicación de medidas correctivas en materia de políticas de justicia fiscal (condición sine qua non para que haya justicia social), las cuales permiten redistribuir las rentas de un país para sostener y dar cobertura a políticas asistenciales propias de los Estados de Bienestar Social tan necesarias hoy en día, sino que afectan de manera directa no solo a las estrategias del mercado laboral de una sociedad, y con ello al modelo productivo por el que apuesta un país, sino que afectan asimismo de lleno a las políticas educativas que deben estar alineadas con la actividad profesional real por factible. O, dicho en otras palabras, la sociabilización de la Teoría de la Readaptación como realidad ciudadana pone en relieve la urgencia de cambios estructurales de una sociedad de manera transversal. Pues solo existen ciudadanos readaptables como perfil profesional normalizado en sociedades claramente fallidas.  

Más allá de lo expuesto, solo hay un escenario peor que una sociedad inmersa bajo los parámetros de la Teoría de la Readaptación, que no es otra que una sociedad desesperada por incapacidad de poderse readaptar laboralmente ante la flagrante necesidad de una subsistencia personal y familiar. Y ya se sabe que de la desesperación laboral, la cual conlleva penuria económica, a la rabia social hay un pequeño y frágil paso. Así pues, recemos a los dioses del Olimpo para que nuestros gestores de la res publica tengan la sabiduría suficiente para estar a la altura de las circunstancias históricas que nos tocan vivir. Fiat lux!

España, a 7 de noviembre de la segunda oleada

de la Pandemia del Conoravirus (2020)

sábado, 13 de junio de 2020

Sacrificio, la séptima parada del Ulises moderno en su viaje personal


No hay que ser un Ulises clásico para haber tenido que hacer algún tipo de Sacrificio en la vida. Si bien justamente el Sacrificio es el tema principal que se deriva de la séptima parada del viaje que Ulises, en su intento por regresar a su país Ítaca tras finalizar la guerra de Troya, realizó en su descenso al Hades, el mundo de los muertos. Según narra Homero en la Odisea, tras saber Ulises por medio de la hechicera Circe que para conocer el camino de regreso a su país necesitaba el consejo del famoso adivino ciego de la ciudad de Tebas conocido por Tiresias, el cual hacía tiempo que había fallecido, Ulises tuvo que bajar hasta el inframundo de Hades, lo cual solo podía hacerlo como mortal mediante el sacrificio previo de varias ovejas con cuya sangre debía dar de beber a los espectros. El Sacrificio, por tanto, se me tercia como el octavo concepto a analizar, desde un enfoque tanto de la Filosofía Contemporánea como de la Filosofía Efímera, en éstas Reflexiones filosóficas del viaje de Ulises, un viaje sea dicho de paso que la Odisea describe durante diez largos y tormentosos años.

Naturaleza del Sacrificio

Cuando nos referimos al Sacrificio, éste siempre es en primera persona, pues no hay Sacrificio para el ser humano que no sea de carácter personal, dejando de lado a observadores externos de un Sacrificio que no es propio. Un comportamiento conductual humano en el que concurren necesariamente tres elementos indisociables: la renuncia consciente a algo que estimamos (pues si no hay consciencia de ello no existe renuncia alguna), la voluntad de alcanzar un objetivo mediante la práctica sacrificada (pues nadie sacrifica nada de manera consciente para no conseguir algo concreto), y el gran esfuerzo que implica dicho acto de Sacrificio (pues no existe Sacrificio sin algún tipo de dolor de pérdida personal). Sobre ésta premisa, cabe señalar que el Sacrificio, además, se presenta en la cosmología humana en una triple manifestación como Valor, como Motivación y como Tipo de Redención que cabe desarrollar.

Así pues, respecto al Valor del Sacrificio éste puede ser tanto positivo como negativo, dependiendo de las connotaciones sociales que tenga el objeto a alcanzar mediante el acto sacrificado, pues no es lo mismo moralmente sacrificar una vida humana –conducta que en ciertos contextos puede calificarse de crueldad-, que sacrificar un tiempo de nuestra vida para lograr, por ejemplo, un proyecto profesional. Asimismo, la Motivación del Sacrificio puede ser tanto interesada o altruista, como voluntaria o a contra voluntad –conducta ésta específica de la abnegación por implicar la renuncia de la propia voluntad-, dependiendo del estado de ánimo personal que promueva el acto del Sacrificio. Mientras que en lo que se refiere al Tipo de Redención del Sacrificio, entendiendo aquí redención como proceso requerido del coste a pagar mediante la práctica sacrificada para alcanzar el objetivo deseado, puede ser tanto religioso –el cual, en tal caso, hablaríamos propiamente de oblación por su categoría de ofrenda dirigida a conseguir la gracia de una divinidad-, como profundamente mundano.

Ciertamente, con independencia de su triple manifestación, el Sacrificio aún perdura en el imaginario colectivo –por condicionamiento histórico- como una práctica necesaria vinculada al ámbito de las religiones, cuyo valor y motivación viene marcado por los preceptos de éstas, y donde el esfuerzo extraordinario que una persona tiene que realizar para alcanzar un beneficio mayor se confunde, a partes iguales, por un lado entre la actitud personal por lograr un estado de consciencia más elevado que posibilite al individuo reconocer la verdad última de las cosas y, por otro lado, entre la instrumentalización del Sacrificio como medio de control de masas ejercido por las religiones sobre las personas a título individual (ver: Sacerdotes: relatores de mitos que juegan con la esperanza de los hombres).

Sacrificio por Libertad

No obstante, dejando de lado la naturaleza religiosa del Sacrificio, más propio de personas abnegadas por cesión de su propia voluntad bajo control de terceras personas, el Sacrificio busca siempre y en todos los casos alcanzar un bien mayor que trascienda al propio individuo y, que asimismo, le permita percibir un cierto sentido de adquisición de Libertad, ya sea con uno mismo o respecto a otros dependiendo de cuál sea el objeto a alcanzar. Por lo que podemos afirmar que el fin último de todo Sacrificio es la Libertad. Dos conceptos que parecen antagónicos, pero que no lo son bajo la lógica casuística, donde el Sacrificio se erige como causa y la Libertad como efecto.

Y, justamente, el concepto de Libertad a alcanzar mediante la práctica personal sacrificada  es lo que difiere en la dimensión mundanal del Sacrificio a lo largo de la historia de la humanidad. Pues mucho ha llovido desde los tiempos clásicos en que el bien mayor a liberar mediante el Sacrificio eran las ideas, siendo el caso más célebre el sacrificio de Sócrates quien estuvo dispuesto a morir en defensa de su propia filosofía. Lo cual, permítaseme la anotación, es interesante destacar que cada vez que nos entablamos en un debate de rechazo o de defensa de la Filosofía no estamos más que repitiendo el juicio contra Sócrates. Pero alegatos pedagógicos aparte a favor de la Filosofía para indulgencia del Filósofo Efímero que escribe, lo cierto es que muy pocos son aquellos que hoy en día sienten la necesidad de sacrificarse por su ideas, sobre la máxima contemporánea de que vale más tener paz que tener razón, siendo el bien superior a libertar en la actualidad un cierto estatus de bienestar personal dentro de un sistema de referencia de Mercado (Ver: Nadie está exonerado del precio que tiene que pagar por su propia libertad personal).

La doble incongruencia del Sacrificio en la sociedad de Mercado

Pero, ¿qué sucede si el Sacrificio realizado no conduce a la Libertad esperada? He aquí el quid de la cuestión en la gran incongruencia del Sacrificio que realiza gran parte de la sociedad moderna, ya que no hay Libertad posible a alcanzar dentro de un sistema existencial de referencia de Mercado [Ver: Hemos caído en la trampa existencial de la esclavitud de la Productividad (en quiebra)]. Puesto que siendo el Mercado un continuo social en constante cambio y transformación, donde los paradigmas de ayer no tienen cabida en el hoy y éstos a su vez son perecederos frente a un mañana incierto, la Libertad personal se antoja como una entidad ilusoria por carecer de estabilidad singular en un Mercado caracterizado por su alto grado de impermanencia. Es decir, en tanto la Libertad no cuenta con unas coordenadas espacio-temporales concretas en un sistema de Mercado móvil por volátil, alcanzar su posición resulta tan improbable estadísticamente para cualquier mortal como para el Principio de Indeterminación de Heisenberg determinar la masa y posición de una partícula a escala cuántica. De lo que se deduce que en la sociedad contemporánea la Libertad es una ilusión y, por tanto, el Sacrificio personal derivado resulta vano en parámetros absolutos.

Una incongruencia propia de la cultura capitalista, el cual promueve el sacrificio individual en términos de productividad para alcanzar un estado de bienestar social mediante una ilusoria Libertad económica y por extensión personal, que asimismo resulta doblemente incongruente por contradecir frontalmente la cultura hedonista imperante, propia del comportamiento consumista como eje vertebrador del Mercado, que tiende a expulsar de la lógica existencial de las personas todo posible sufrimiento personal que impida una experiencia continuada de placer inmediato (ver: La sociedad de no-dolor no permite el sufrimiento como crecimiento personal y Solo fuera de la pereza hay vida).

Expuesto lo cual, podemos deducir que el Sacrificio como causa para alcanzar el efecto esperado de una Libertad anhelada, en el contexto de las reglas de juego impuestas en la sociedad moderna, es una ecuación cuyo resultado existencial es propio del absurdismo filosófico de Albert Camús. Tanto es así, que en un sistema de referencias donde en verdad el Sacrificio busca un resultado ilusorio, no puede hablarse de Sacrificio sino más bien de suicidio personal y colectivo motivado por una estafa sociabilizada [ver: La estafa de ser pobre (modelo Ponzi)].

Llegados a éste punto, es exigencia para el Ulises moderno evaluar la escala de efectividad en una tentativa de Sacrificio personal antes de llevarla a cabo, pues al fin y al cabo el valor que se pone como deuda es la propia vida. Que el Sacrificio, si así se presta, sea mayormente de agrado a título personal que a los ojos de los dioses (ya sean paganos, como el Mercado, o religiosos), pues nadie, ni los dioses mismos, pueden vivir la vida por ningún mortal.     




Nota: Para artículos de reflexión sobre filosofía contemporánea del autor se puede acceder online a la recopilación del glosario de términos del Vademécum del ser humano

viernes, 12 de junio de 2020

Entrega, la sexta parada del Ulises moderno en su viaje personal


No hay que ser un Ulises clásico para haber sentido el impulso o la necesidad de la Entrega a una circunstancia, situación, hecho o persona en nuestra vida. Si bien justamente la Entrega es el tema principal que se deriva de la sexta parada del viaje que Ulises, en su intento por regresar a su país Ítaca tras finalizar la guerra de Troya, realizó en la Isla de Ea, tierra de la hechicera Circe. Según narra Homero en la Odisea, tras liberar Ulises a su tripulación transformada en animales por la magia de Circe, gracias a la ayuda que el mensajero de los dioses Hermes le brinda para protegerse contra cualquier hechizo, Ulises se Entrega a un año de placeres con la maga Circe en su palacio antes de volver a partir, no sin antes tener dos hijos con ella (Telégono y Casífone), para regresar a su país natal Ítaca donde le espera su esposa. La Entrega, por tanto, se me tercia como el séptimo concepto a analizar, desde un enfoque tanto de la Filosofía Contemporánea como de la Filosofía Efímera, en éstas Reflexiones filosóficas del viaje de Ulises, un viaje sea dicho de paso que la Odisea describe durante diez largos y tormentosos años.

Para entrar en materia, podemos apuntar que la Entrega hacia algo o alguien más que una acción es un estado anímico que puede ser tanto negativo como positivo, dependiendo de si en dicha Entrega concurre la rendición o en su contra la superación personal. Respecto a su dimensión negativa de dejarse dominar por un objeto o sujeto, y con independencia de si resulta efecto de una decisión a voluntad o contra voluntad propia, me limitaré a remitirme tanto a los estadios de (auto)Engaño y Docilidad ya desarrollados con anterioridad y de manera generosa en el undécimo y duodécimo de los trabajos herculianos modernos, recogidos en la Revisión Filosófica de los 12 trabajos de Hércules. Por lo que en ésta reflexión me centraré, de manera específica, en la Entrega en su dimensión positiva como dedicación esfuerzo y atención mediante respecto a un quehacer, que permite al ser humano superarse a sí mismo o, si más no, poner a examen las propias capacidades personales en relación a alcanzar un objetivo determinado.

En esta línea argumental, podemos observar seis tipos de Entrega de superación personal propias según el Ámbito de afección, el Medio instrumental, y el Objetivo focalizado. Veámoslo:

I.-El Ámbito de la Entrega:

La Entrega tanto puede ser interna como externa, es decir respecto a uno mismo a nivel personal como respecto a otros a nivel social. En este sentido podríamos hablar de una Entrega intrapersonal e interpersonal. No cabe decir que en el primer caso nos hallamos en el ámbito del crecimiento y desarrollo personal, mientras que el segundo caso es más propio del ámbito del crecimiento y desarrollo social. Si bien en ambos la Entrega parte del elemento nuclear que es el individuo entregado, podemos observar, con independencia de la naturaleza de las motivaciones interferientes, al menos una diferencia notable digna de ser destacada: el nivel de control de la Entrega. Ya que en la Entrega personal con uno mismo el control está sujeto al propio individuo entregado, mientras que en la Entrega respecto a otros el control está interferido por terceras personas. La relevancia del grado de control de la Entrega reside, justamente, en la posible desviación o traslación de la acción como Entrega del eje estructural de la misma que no es otro que el propio individuo de partida que se entrega. Por lo que puede decirse que existe una relación directamente proporcional entre el nivel de control de la Entrega y el grado de congruencia o fidelidad de la misma con el individuo entregado. Es decir, a mayor o menor control personal de la Entrega, respectivamente mayor o menor grado de congruencia de la Entrega con el individuo entregado. Una consideración no menor si entendemos que la Entrega virtuosa, por positiva, es aquella que se desarrolla desde la plena fidelidad de una persona con su propia mismidad y desde ésta con respecto a los demás. Ya que en caso contrario la Entrega representaría una cesión del poder personal en términos de devaluación de la Autoridad Interna (Ver: Conocela fórmula de la Autoridad Interna). Por lo que ya no podríamos estar hablando de la Entrega en su dimensión positiva sino en su dimensión negativa, pues concurriría un tipo de rendición personal mediante frente a terceros.

II.-El Medio de la Entrega:

Otro tema es el Medio instrumental de la Entrega, que lo entenderemos como aquella Entrega que se manifiesta a través de una instrumentalización intelectual o pasional. Sobre ésta última me remitiré, por ampliamente desarrollada, a la reflexión filosófica correspondiente sobre la pasión en el glosario de términos del Vademécum del Ser Humano [ver: Apología de la pasión (como estado de consciencia de crecimiento personal y social)]. Mientras que respecto a la Entrega intelectual como Medio instrumental, qué decir más que es un verdadero placer en todos los casos. Pues en la Entrega intelectual concurre tanto la curiosidad desenfadada, como la aventura voluntaria por conocer, y asimismo el juego siempre creativo de las ideas. En caso contrario no se trataría de una Entrega positiva, sino negativa en tanto que obligatoria y por ende fruto de una rendición personal previa, carente por tanto de curiosidad, de aventura y de juego. La diferencia entre ambos tipos de Entrega, no solo radica en que la primera es un camino de trascendencia individual del hombre por entregarse éste a un arte mayor respecto a sí mismo como es la intelectualidad, sino que a su vez dicha Entrega es un camino de felicidad personal, contrariamente a la Entrega negativa por sumisión obligada que conduce a estadios más propios de la tristeza y/o de la pesadumbre. Además, la Entrega intelectual en su dimensión positiva permite crecer al ser humano en un estado de consciencia de libertad individual a la luz de la Razón, dotándole de una mayor capacidad de libre albedrío en tanto desarrolla en su viaje personal el pensamiento crítico; todo lo contrario a la Entrega intelectual en su dimensión negativa que, por ser ésta efecto de una rendición personal previa, sume al hombre en un estado de carencia de libertad necesaria para el desarrollo de la Razón abocándolo a estados propios de un fundamentalismo obediente, donde no tiene cabida el pensamiento crítico más allá del pensamiento duplicante por repetitivo.  

III.-El Objetivo de la Entrega:

Y junto al Ámbito y al Medio de la Entrega encontramos el Objetivo focalizado de la misma, el cual puede tener en su finalidad tanto un sujeto como un objeto, es decir una persona o una cosa, circunstancia o hecho. En ambos casos, la Entrega se presenta como un proceso simbiótico entre el individuo entregado y el sujeto u objeto al que se Entrega. Una interacción intrapersonal o interpersonal/cosal, intelectual o pasional, en la que las partes implicadas se benefician mutuamente en su desarrollo existencial por medio de una asociación íntima. Es decir, en dicha Entrega participa como efecto del desarrollo una transformación positiva en doble dirección, permitiéndose a ambas partes implicadas alcanzar un estadio de superación en términos de mejora con respecto al punto de partida inicial. Pues en caso contrario, si no concurren dichas características, nos situaríamos frente a una Entrega en su dimensión negativa, pues toda rendición supone tanto un beneficio como un estadio de mejora desigual entre las partes, llegando incluso a poder producirse una devaluación del mismo estadio de partida inicial por parte del individuo que se Entrega. Y no existe peor naturaleza de Entrega, para el individuo entregado, que aquella en la que éste se anula a sí mismo para erróneamente reafirmar su identidad personal desde y por el objetivo de la Entrega, ya sea un sujeto o un objeto, incurriendo así contra el principio lógico de identidad. En tal caso no puede hablarse de simbiosis alguna, sino más bien de un proceso de fagocitación.

Expuesto lo cual, el Ulises moderno debe ser tan prudente como consciente en su Entrega personal con respecto a su realidad más inmediata a lo largo de su viaje existencial, no sea ya que le ocurra lo mismo que al Ulises clásico que por el camino perdió su identidad como rey de Ítaca al calor de los placeres de la hechicera Circe, sino que incluso pueda llegar en su Entrega inconsciente a transformarse en un animal cualquiera a imagen y semejanza de los argonautas imprudentes descritos en la Odisea. Así pues, frente a toda Entrega: fiat lux!  



Nota: Para artículos de reflexión sobre filosofía contemporánea del autor se puede acceder online a la recopilación del glosario de términos del Vademécum del ser humano