viernes, 13 de diciembre de 2019

Veo, veo... algo que parece ser pero que no es


Cuántas veces, en los últimos tiempos, hemos visto un sombrero cualquiera en nuestro entorno cotidiano cuando realmente es una serpiente boa que digiere a un elefante. Y es que, como dice el Principito de Saint-Exupéry, “los mayores siempre necesitan explicaciones (aclaratorias)”. Una necesaria aclaración debida, no tanto porque en nuestras ciudades tecnológicas sea un hecho ni mucho menos corriente el encontrarse con boas y elefantes, sino porque vivimos en una sociedad donde es habitual observar objetos, sujetos y circunstancias que parecen ser una cosa que en verdad no lo son. Es decir, vivimos en un tiempo marcado por la apariencia falsa.

Como aclaración introductoria apuntaré que en esta breve reflexión no deseo tratar el concepto de apariencia falsa, por engañosa, como una manipulación deliberada de la imagen personal para beneficio individual, como ya señalé en “La apariencia, un recurso de supervivencia de la sociedad contemporánea”, sino más bien como un fenómeno natural y objetivo propio de nuestro tiempo. Dígase natural porque es característico del hábitat humano occidental presente. Y defínase como objetivo porque dicho juicio de valor se basa única y exclusivamente en hechos empíricos.

Sí, la apariencia falsa es un fenómeno tan natural como objetivo de nuestra sociedad, donde las cosas no son lo que aparentan. Pero, ¿cuáles son las causas de esta realidad simulada?. Las respuestas no deben buscarse en principios epistemológicos como materia que estudia la capacidad del conocimiento humano, sino en causas sociológicas de naturaleza física. Es decir, son causas sociológicas en tanto en cuanto es la sociedad actual la que obliga a las personas, por fuerza mayor del mercado laboral y por extensión de la lógica propia de una economía de libre Mercado descontrolada, a ejercer roles que no le son propios ni desde un enfoque de habilidades personales ni desde un enfoque académico y/o profesional. Y es de naturaleza física porque dicho movimiento traslacional, ejercido por la sociedad como fuerza motriz, modifica la posición de la persona de su espacio natural de manera tan recurrente como continua en el tiempo. Pues sí algo caracteriza a la sociedad del siglo XXI es su alto nivel de aceleración en un estado incesante de cambio y transformación. Es por ello que el fenómeno de la apariencia falsa nos hace ver a un camarero allí donde deberíamos ver a un profesor, vemos a un taxista donde deberíamos ver a un ingeniero, y por contra, en el opuesto del espejo -redes sociales mediante- podemos ver a un profesional en activo allí donde deberíamos ver en realidad a una persona en paro, entre otras ilusiones. Ya que nada es lo que parece.

En este sentido, cabe señalar que la razón del poder de convicción que tiene la apariencia falsa sobre un colectivo social la encontramos en los estereotipos sociales, es decir, en la idea formal que las personas como grupo nos hacemos mentalmente (por inmersión cultural) respecto a un modelo concreto conductual individual en relación a un concepto de rol social singular estandarizado. Y es así como caemos de bruces en la trampa de la Prueba del Pato: si grazna como un pato, camina como un pato y se comporta como un pato, entonces -nos decimos-, ¡seguramente es un pato!. Nada más lejos de la verdad en una realidad humana supeditada al principio de impermanencia, donde la apariencia falsa, como fenómeno social natural y objetivo en un tiempo presente altamente volatil, hace de los estereotipos el camuflaje perfecto para una realidad simuada. (Ver: Los cambios sociales evidencian la capacidad del hombre de mudar la piel).

Una de las consecuencias que tiene una sociedad desarrollada al amparo de la manifestación de la apariencia falsa es que, para conocer la verdad última de la realidad más inmediata que nos rodea, se requiere de un esfuerzo mayor -por imperiosa necesidad proactiva personal- en conocer nuestro entorno (desde la duda metódica del conocimiento cartesiano como método cognoscente). Una premisa que, seamos sinceros, no marca tendencia actual en una civilización superpoblada de corte individualista y egoísta por hedonista. (Ver: Sobrepoblación mundial, efectos socio-económicos y políticos a corregir). Por lo que aunque alguien no sea un pato, si parece un pato porque se comporta laboral o vitalmente como un pato -aunque sea temporalmente-, para el conjunto de la sociedad es un pato, con independencia y desinterés absoluto de si es verdad o no. (Ver: Somos una sociedad empática frente al sufrimiento ajeno, pero carente de compasión). Lo que pone de rabiosa actualidad la famosa frase del filósofo político Maquiavelo del “pocos ven lo que somos, pero todos ven lo que aparentamos”.

Aunque, por otro lado, poco importa ya si vivimos en una sociedad de apariencia falsa o no, pues ciertamente la batalla se presenta actualmente perdida desde su inicio en el momento en que la ciencia moderna con los físicos (de la realidad) a la cabeza, en su tenacidad por revolucionar el conocimiento humano como motor social de transformación de nuestra especie, no solo utilizan la base de la realidad conocida como simple juguete en una nueva era de naturaleza cuántica, sino que parten de la certeza objetiva que dicha naturaleza, caótica por esencia, constituye la base de la realidad, nuestra realidad, de marcado carácter modulable por condicionable. (Ver artículo del MIT Technology Review: Este experimento simulado pone a prueba la realidad que conocemos).

Veo, veo... algo que parece ser pero que no es. Esta frase bien podría ser el axioma descriptivo del fenómeno de la apariencia falsa en nuestra sociedad, como fundamento de una realidad que se construye mediante un consenso colectivo profundamente cultural (Ver: La realidad objetiva humana no existe fuera del consenso general subjetivo). Es por ello que solo deseo acabar esta breve reflexión reclamando que la ilusión de las apariencias no nos lleven a engaño -en el caso que busquemos el conocimiento último de la verdad de nuestra realidad más inmediata-, así como demandar que aquello que podamos aparentar ser en un momento concreto de nuestra vida no nos condicione, a título individual, ha olvidarnos de saber quiénes somos realmente. Que nuestro Yo Soy no se vea fagotizado por el Yo sociabilizado del Mercado. Pues nunca, a lo largo de la historia, ha habido hábito alguno que haya convertido a una persona consciente en monje. Que la vida de la apariencia falsa no confunda nuestra mismidad. Pues si dejamos de ser quienes realmente somos, ¿qué nos queda?.


Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano