jueves, 5 de diciembre de 2019

¿Nuestras ciudades se convertirán en las nuevas Pompeyas por el cambio climático?

Ciudadanos fallecidos por sorpresa en la antigua Pompeya

Esta mañana, desde un gran ventanal de un edifico de Barcelona, he podido ser testigo ocular de una pareja de mujeres que caminaban cogidas del brazo bajo una fuerte lluvia al cobijo de un frágil paraguas que resistía heroicamente una ráfaga de viento tempestuoso. La relativa serenidad de las mujeres se ha troncado en sorpresa en el momento en que el viento les ha arrebatado literalmente el paraguas, quedándose tan solo con la empuñadura del mismo en las manos, el cual ha acabado clavado en el césped por el que transitaban. Las mujeres, atónitas por lo sucedido, se han quedado paralizadas bajo la intensa lluvia sin más reacción que la de quedarse mirando durante unos eternos segundos el paraguas, a unos metros de distancia de ellas, incrustado en la tierra por el bastón sin puño, como un nuevo pequeño árbol ornamental más del jardín urbano. Un estado de súbita sorpresa y de arrebato de impotencia experimentado por las dos mujeres parejo, esta vez mezclado con un claro sentimiento de terror, al que debieron de padecer las personas que en los últimos meses han fallecido engullidas por el agua de manera repentina y sin aviso previo mientras caminaban o conducían sus vehículos en la Europa tecnológica del siglo XXI, España incluida, a causa de las grandes e inesperadas tormentas producidas por los recientes fenómenos meteorológicos (des)conocidos como la DANA (Depresión Aislada en Niveles Altos). Una imagen que no ha podido dejar de evocar en mi mente la sorpresa mortal, sin margen de reacción humana alguna, que debieron sufrir los más de 15.000 ciudadanos de la entonces desarrollada y sofisticada ciudad romana de Pompeya.

Transcurridas varias horas de la anécdota que afortunadamente no tuvo consecuencias mayores, como la caída de árboles o desperfectos en mobiliario urbano e infraestructuras dispares protagonizados en otros puntos de la geografía española, que han ocasionado accidentes de diversa gravedad, en una de las ciudades más importantes de Europa como es Barcelona no cae del cielo roca ardiente ni ceniza de ninguna erupción volcánica (emulando la milenaria ciudad del sur de Italia), pero sí que continúa cayendo del cielo una cantidad ingente de agua, acompañada de fuertes ráfagas de viento, de dimensiones diluvianas casi bíblicas. La Naturaleza no solo demuestra su fuerza, sino que parece tener la firme voluntad de querer arrodillar la soberbia humana quebrantando nuestro alto sentido autoproclamado de seres con capacidad de controlar el medio natural en el que vivimos. La causa, según voces preclaras de la ciencia, no es otra que el cambio climático provocado por la acción del hombre.

Sobre las causas y efectos del cambio climático stricto sensu no deseo entrar, ya que por un lado existen muchas y mayores autoridades en la materia que un humilde servidor, y por otro lado ya aporté mi granito de arena reflexivo en el artículo “El calor convierte al hombre en un animal violento irracional”. Pero sí que me interesa señalar el Principio de Impermanencia que conlleva un estado global de transformación climática para la realidad humana. Un hecho objetivo que, alcanzado un punto de inflexión como el que nos encontramos en la actualidad, provoca episodios temperamentales por parte de la fuerza de la Naturaleza sobre la vida humana cotidiana, cuya impredecibilidad -por falta de datos estadísticos sobre patrones históricos-, no solo rompen el statu quo de tranquilidad que los hombres contemporáneos gozamos en nuestros hábitats artificiales por urbanos de confort (ya no digamos en el mundo rural), sino que incluso nos sitúa en una posición de impotencia hacia los mismos por falta de capacidad de reacción que genera una clara percepción emocional colectiva de desprotección como especie. Una realidad fehaciente que bien actualiza la célebre frase del rey Felipe II, tras el diezmo de la Armada española ocasionado por las fuertes tormentas frente a las costras inglesas, del “yo no mandé a mis barcos a luchar contra los elementos”. O, como bien podríamos tunear en el contexto presente: “nosotros no construimos una sociedad moderna destinada a luchar contra los elementos”.

Lo que es una evidencia es que la transformación climática que protagonizamos no solo pone en jaque a las estructuras de ingeniería civil de nuestra sociedad, sino también al emplazamiento estratégico de gran parte de nuestras poblaciones emergidas principalmente al calor del auge de la industria de la construcción y del turismo, a tenor de los efectos devastadores que día sí y día también podemos seguir a través de los medios de comunicación a lo largo y ancho del globo terráqueo, en un aparente ataque de rabia celosa de la Naturaleza por reconquistar mediante la fuerza de los elementos un espacio que siempre le ha pertenecido. No olvidemos que la Naturaleza es un cuerpo orgánico global, aunque sus efectos se perciban localmente sin distinción de fronteras humanas, haciendo como propia la famosa Teoría del Caos. Un ataque de la Naturaleza -quizás como ejercicio del derecho natural legítimo de defensa propia frente a la especie humana- que, por otro lado, se ejecuta con tanta imprevisibilidad como rapidez que al hombre de a pie le coge por absoluta sorpresa, convirtiendo nuestras ciudades modernas en una especie de nuevas Pompeyas. Aunque, eso sí, seamos rigurosos, sin un efecto mortal tan devastador (por el momento, mientras no persistamos en aumentar la media de la temperatura mundial ya en fase crítica).

La diferencia sustancial entre la Pompeya clásica y las Pompeyas modernas no solo reside en el nivel de mortalidad humana, que haberlas haylas -no escondamos la cabeza ni desdramaticemos la situación-, sino en el grado de conocimiento científico y de sensibilidad social sobre el movimiento climático. Es por ello que los pompeyanos contemporáneos (permítaseme esta licencia de autor) no tenemos excusa alguna en la dejación de responsabilidades por trabajar, de manera colectiva y decididamente, en el objetivo de imperiosa necesidad de poner remedio a una situación que aun no ha alcanzado el nivel de no-retorno (por unas preocupantes escasas décimas de grado de temperatura de diferencia en la escala del calentamiento global).

La impermanencia del carácter actual de la Naturaleza, tan caótica en su deslocalización como imprevisible por veloz e intensa, está posicionando al hombre contemporáneo en un estadio similar al del pompeyano del pasado. Que nuestra arrogancia, y aún más nuestro comportamiento egoísta de mirada corta en pos de un beneficio económico volátil, no nos aboque a repetir la historia. No obstante, conociendo la naturaleza humana, siempre habrá quien de las cenizas -o mejor dicho de las tierras anegadas- haga negocio para provecho propio. Pulvis es et in pulverum reverteris, polvo eres y en polvo te convertirás, aunque personalmente, y resguardado en mi atalaya personal pipa en boca, si puedo elegir, beneplácito de las Moiras mediante, prefiero convertirme en polvo tras una muerte serena ya en edad avanzada y por causas naturales.


Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano