lunes, 9 de diciembre de 2019

La inopia informativa como estrategia de control social


El ser humano occidental contemporáneo vive en el interior de una burbuja tecnológica de confort gracias a la gestión inteligente de megadatos en plena cuarta era de la revolución industrial. Datos que, mediante códigos numéricos y alfabéticos, representan simbólicamente objetos, sujetos y circunstancias concretas, describiendo así nuestra realidad cognoscente en una era que denominamos del Conocimiento. Y en este contexto, damos por supuesto que dicho conocimiento, transmitido gracias a la gestión de los datos de base tecnológica, nos acercan a la verdad objetiva de la realidad. Pero, ¿qué sucedería si la burbuja de datos de información como hábitat en el que nos desarrollamos como personas, en vez de abrirnos al conocimiento de la verdad del mundo nos aislara del mismo e incluso fuera objeto de manipulación? La respuesta es clara: viviríamos en la inopia informativa. Es decir, desconoceríamos la verdad objetiva del mundo real por pura mecánica de desinformación.

Es entonces que podríamos hablar de la inopia informativa como estrategia de control social, encontrando sus instrumentos de gestión clave tanto en el abastecimiento como en la distribución de datos informativos subjetivos, sesgados e incluso falsos para beneficio de un poder superior de naturaleza manipuladora y opaca. En otras palabras, la inopia informativa es una capacidad potencial humana real en manos de quienes proveen la información y que asimismo controlan los canales de difusión de la misma (hoy en día interconectados, casi como exoesqueletos, en nuestra vida cotidiana). Un escenario de claro tinte distópico, propio de una sociedad orwelliana, en la que cada día más uno no puede dejar de preguntarse si ya es una realidad de facto.

Personalmente considero que así es, que la burbuja tecnológica en la que vivimos y nos desarrollamos como seres humanos del siglo XXI nos ha sumergido, por intereses partidistas que escapan al entendimiento del hombre de a pie, en un estado psicológico y emocional colectivo de inopia de la verdad. (Ver: La verdad: la gran quimera de los mortales con múltiples caras). Pero, más allá de los engranajes funcionales de dicho estado de control social -que dejo para los doctos en ingeniería psicosocial-, me interesa observar sobre sus causas. En primer lugar, cabe apuntar que la información, como cadena de transmisión del conocimiento y lanzadera para alcanzar la verdad objetiva de la realidad, en un estado inducido de inopia social tiene como efecto substancial la creación de un estado de pensamiento colectivo homogeneizador, y como efecto accidental por secundario la inmersión de la población en un estado de opinión latente de baja intensidad, potencialmente alterable emocionalmente cuando así se requiera por estrategia de cambio y transformación de la realidad social. Y, en segundo lugar, y derivado de la anterior proposición, la inopia informativa lleva a la amputación social de la capacidad individual de desarrollar un pensamiento crítico, por ser peligrosamente contrario al pensamiento colectivo homogeneizador. (Ver: ¿Está en peligro el pensamiento individual?)

Dicho lo cual, la pregunta consecuente resulta obvia: ¿puede el hombre ser libre sin capacidad para desplegar un pensamiento crítico individual?. La respuesta, a todas luces, es que no. De lo que se deduce dos conclusiones diáfanas: Una, que el hombre contemporáneo no es libre, por no ser libre de pensamiento, siendo los pensamientos quienes determinan nuestra actitud y comportamiento frente al mundo propio y ajeno. Y dos, que si el hombre no es libre es, por tanto, esclavo de alguien. (Ver: Y tú, ¿tienes libre albedrío?).

Sí, ciertamente vivimos en una sociedad en que el pensamiento crítico no alienado con el pensamiento colectivo homogeneizador, dentro de la lógica manipuladora de la inopia informativa, no solo está socialmente cada vez más estigmatizado, sino que es objeto de políticas activas basadas en la teoría de la Espiral del Silencio e, incluso, en algunos casos más graves objeto de ataques directos de acoso y derribo mediante estrategias de difamación como acción ruin de desprestigio social. Un fenómeno real que acontece, paradójicamente, en las denominadas sociedades abiertas por democráticas, en las que se presupone que la información transparente y veraz es un derecho fundamental del ser humano.

Es por ello que hoy más que nunca, en medio de un estado social inducido de inopia informativa que determina profundamente nuestra capacidad de conocer y entender el mundo, cabe reivindicar -desde un espíritu humanista decididamente rebelde- el derecho al pensamiento crítico. Una capacidad natural e íntima que todo ser humano tiene, al menos hasta que el transhumanismo sea ley imperante [ver: El Transhumanismo, el lobo (del Mercado) con piel de cordero], y mientras el sistema educativo actual no acabe por eliminar todo resquicio de asignaturas reflexivas como es la Filosofía.

Para acabar, tan solo constatar el hecho que la inopia informativa ha transformado, por una desviación tan intencionada como viciada en el proceso evolutivo, la flamante era de la Gestión del Conocimiento como promesa de una renovada ilustración humana (gracias a la sociabilización de internet con la tercera revolución industrial de finales del siglo XX), en la actual era del Control del Conocimiento como estrategia de vigilancia y sometimiento social en un mercado global (en plena cuarta era de la revolución industrial propia del siglo XXI). Por lo que vivimos tiempos en que la Verdad, como conocimiento último de la realidad, nunca ha estado en una situación tan difícil de alcanzar, especialmente para las nuevas generaciones inmersas en la burbuja tecnológica. Y aún más, el hombre, como ser cognoscente, no puede conocer verdad alguna sin el acto previo de pensar crítica y libremente, y si no puede pensar bajo estos parámetros -como proceso reflexivo para analizar, entender y evaluar su realidad más inmediata a la luz de la Lógica (capaz de dilucidar la noción de la Verdad)-, se convierte en un simple rumiante de paquetes consumibles de estados de opinión precocinados, justamente, por quienes controlan la gestión de los datos de información. He aquí el principio del automatismo humano por implementación social del pensamiento único, cuya máxima se basa en gestionar las psicoemociones de los ciudadanos-consumidores para poder gestionar sus decisiones.

Aunque, al fin y al cabo, qué se yo, pues servidor, a sus 48 años recién cumplidos no es más que un divergente humanista en la burbuja tecnológica, el cual se rebela cada día pipa en boca por ser un hombre libre, aunque solo sea -que ya es mucho- libre de pensamiento. Libertas capitur, saper aude (la libertad se conquista, atrévete a saber).


Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano