lunes, 2 de diciembre de 2019

Hemos caído en la trampa existencial de la esclavitud de la Productividad (en quiebra)


En el mundo occidental vivimos para producir, hasta tal punto que hemos confundido la productividad con la vida. Una distorsión de la realidad humana que, además, retroalimentada por la filosofía de una cultura neoliberal deshumanizada por abusiva, conlleva implícita en los tiempos presentes una paradoja espacio-temporal cuya lógica existencial es un verdadero reductio ad absurdum: se vive para producir, sin que la productividad asegure la capacidad para vivir dignamente.

Por su parte, los economistas, como sacerdotes del dios Mercado que se han hecho con el poder incluso político, aludirán múltiples argumentos para racionalizar los opuestos sociológicos irreconciliables de la Productividad en una lógica contemporánea a todas luces ilógica -pues no existe lógica alguna en trabajar para no poder vivir con dignidad-, sintetizados en el credo capitalista del “tiempo es oro”. Un axioma que encierra, como caja mágica sin cerraduras, la trampa existencial del engaño de la Productividad. Véase:

1.-El tiempo no es oro, sino que es vida, ya que el tiempo es un vector propio de la dimensión humana que consume toda persona en su traslación desde un punto o estadio espacial a otro diferente.

2.-El oro, como destino a alcanzar mediante el tiempo dedicado por la vida de una persona, se cotiza en el actual sistema económico de libre mercado como un valor socialmente caro y en continua tendencia al alza.

3.-Ergo, el cambio de valor económico de mercado desigual entre la unidad devaluada de tiempo y la unidad revalorizada del oro se traduce, en resumidas cuentas, en que una persona debe consumir mucha vida propia para poder conseguir el oro necesario que le permita vivir con dignidad. He aquí el principio de la esclavitud de la persona trabajadora en un sistema de explotación de recursos humanos del Mercado.

Una filosofía de vida productivista que traspasa el umbral del mercado laboral, dígase el segmento de la sociedad adulta como población activa en términos de productividad económica, pues dicha filosofía de explotación humana alcanza el sistema educativo de nuestros jóvenes en una estrategia de programación sociabilizadora. Solo hay que observar el volumen ingente de deberes y exámenes continuos a los que se ven sometidos nuestros hijos en edad escolar, sin margen para una vida propia, en una clara sociabilización de la esclavitud para con el adulto del mañana en aras de una productividad conductual como promesa (no asegurada ni asegurable) de un futuro prometedor.

Sí, la productividad es un ladrón de vidas personales tanto para adultos como para adolescentes y jóvenes que hemos normalizado socialmente. Una filosofía de vida occidental que, asimismo, tiene una segunda consecuencia no por ello menos trascendente: la productividad implica la disolución entre espíritu y materia como naturaleza dual imprescindible para la salubridad del desarrollo del ser humano. Entendiendo aquí la dimensión espiritual como aquel alimento para el alma que permite al hombre realizarse como ser transcendental (ver: Pensar, la gastronomía del alma que no sirve para comer). Ya que la productividad, que absorbe la vida del ser humano contemporáneo por completo, es una apología no solo de todo aquello que representa el mundo material de las formas, sino por extensión de la búsqueda del bien máximo a través del goce temporal de los placeres del mismo (cultura hedonista). Lo que representa que la productividad como filosofía de vida es la culminación del hombre como ser materialista, que conjugado en la lógica de un mercado capitalista deviene en la exaltación del individualismo como valor moral aceptado socialmente. (ver: La exaltación del Egoísmo: el éxito del Capitalismo). Un contexto de necesitada e imperiosa revisión reflexiva a nivel colectivo si entendemos que la dimensión espiritual del hombre ilumina, entre otros aspectos, los valores rectores propios del Humanismo como sistema de referencia y organización moral de las sociedades occidentales. En otras palabras, no busquemos en la naturaleza de un hombre eminentemente materialista, y por extrapolación en su sociedad, resquicio alguno de los valores universales humanistas que permiten al ser humano trascender como especie animal.

Por otro lado, uno no puede dejar de sorprenderse por el éxito social acumulado de la filosofía de vida productivista, en su capacidad de esclavizar al hombre contemporáneo por cesión de la voluntad propia. Un fenómeno social de enajenación colectiva que, sin lugar a dudas, encuentra su razón de ser en la zanahoria del sistema económico de libre mercado: el acceso a la cultura del consumo de ocio. La productividad, por tanto, premia al hombre esclavizado de por vida en el disfrute, sensorial y temporal por obsolescente (principio generado por el consumismo), de los múltiples y personalizables placeres creados por el propio Mercado, a imagen y semejanza del clásico condicionamiento del perro de Pávlov en su modelo conductual de estímulo-respuesta.

No obstante, la zanahoria del modelo productivista es sostenible socialmente si se cumple, solo si se cumple, una premisa imprescindible: la seguridad de la cobertura de las necesidades básicas de la pirámide de Maslow. Es decir, el hombre como ser esclavizado a voluntad propia por el imperio de la filosofía de vida productivista se revelará contra el propio sistema cuando su estado de bienestar social quede desatendido. Un escenario de quiebra del productivismo como modelo social que viene dado cuando el oro (de la vida) se encarece tanto que no hay tiempo (de vida) para poder adquirir una vida doméstica digna. (Ver: La vida en venta). O dicho en otras palabras, cuando no hay tiempo suficiente para un oro tan caro. Un cuadro social de tintes distópicos que, sin caer en el negativismo gratuito, comienza a ser una realidad de rabiosa actualidad a nivel global. (Ver: La Recesión, propia de una naturaleza incapaz,accidental y obsoleta , y El paro: error del sistema económico y social que atenta contra la dignidad humana). Lo cual responde a las causas de la actual epidemia de revueltas sociales que acontece en los diversos países de libre mercado en el conjunto del planeta.

Como bien apuntó Aristóteles: in medio virtus, la virtud está en el punto medio, en el equilibrio de los opuestos. Por lo que frente a la trampa de una productividad engañosa en quiebra social, la receta no es otra que más Humanismo. El Capitalismo neolibeal ha muerto.¡Viva el Capitalismo Humanista!


Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano