lunes, 16 de diciembre de 2019

El futuro de los jóvenes está en manos del Juego del Trile


Como cada domingo, y previo a salir a la calle a disfrutar del día en familia, mis hijas dedican la mañana a estudiar y a hacer deberes, pues la presión educativa del sistema docente actual no permite a los mayores del mañana tener tiempo casi ni para respirar, y ni mucho menos para realizarse personalmente. Solo hay que observar el volumen ingente de deberes y exámenes continuos a los que se ven sometidos nuestros hijos en edad escolar, sin margen para una vida propia, en una clara sociabilización de la esclavitud para con el adulto del mañana en aras de una productividad conductual como promesa (no asegurada ni asegurable) de un futuro prometedor. [Ver: Hemos caído en la trampa existencial de la esclavitud de la Productividad (en quiebra)].

Y mientras ellas se aplican, ciertamente con buenos resultados académicos -para orgullo personal-, uno no puede dejar de pensar en la responsabilidad que como padres tenemos al empujarlas con ánimo ferviente hacia un futuro incierto por trilero. Me explico: motivamos a nuestros hijos a que dediquen una parte decisiva de su vida (como mínimo hasta los 23 años), aquella que justamente determina su formación que les condicionará como trabajadores adultos, a perseguir una bolita profesional identificada en uno de los diversos cubiletes del mercado laboral. Una dedicación existencial cuyo recorrido natural requiere de una inversión considerable de tiempo personal (siendo conscientes que el tiempo es vida). Con el riesgo previsible que, una vez concluyan su formación profesional -que por ser profesional, en el mundo de hoy, equivale a un aprendizaje especializado-, la bolita profesional ya no se encuentre bajo el cubilete laboral identificado inicialmente años atrás, sino en otro cubilete cambiado por la diestra mano del trilero. Entiéndase aquí como trilero al profesional de la estafa que maneja bolita y cubiletes en el denominado Juego del Trile. Por lo que si identificamos al trilero con el Mercado, y al Juego del Trile como una estafa, ergo podemos concluir que el Mercado opera bajo la lógica -socialmente aceptada- de una actividad fraudulenta.

La pregunta consiguiente es, ¿y entonces, qué hacen nuestros jóvenes una vez corroboran que no existe oferta laboral para aquella actividad que se prepararon?. La respuesta es obvia: vuelven a buscar -intuición e incluso oráculo mediante en una sociedad sobresaturada de información y en continuo cambio y transformación-, el cubilete laboral donde pueda hallarse la tan anhelada bolita profesional. Lo cual requiere de un esfuerzo personal nada desdeñable en lo que actualmente se conoce como reinventarse profesionalmente, una respuesta conductual a modo de panacea social que lleva implícita la inversión de una considerable cantidad de tiempo vital añadido de más en dicho proceso para adecuarse a las competencias profesionales demandadas por la nueva especialización actualizada (bajo criterios del caprichoso trilero del Mercado). Es decir, la deseada bolita profesional, cuya recompensa puede llegar a asegurar el sostén económico para el desarrollo de una vida familiar digna, más allá de representar el premio natural a una vida académica de preparación previa, se convierte en todo un reto lleno de suerte a imagen y semejanza de la escurridiza bola voladora quaffle en un partido de quidditch en el imaginario mundo de Harry Potter.

En este contexto de cubiletes laborales volátiles, en que la posición de la bolita profesional se modifica de manera recurrente en un movimiento continuo del Mercado, los jóvenes españoles cuentan con tres horizontes futuros posibles:

1).-Un futurible, en una probabilidad estadística de uno de cada tres jóvenes, en el que se alcanza una bolita profesional acorde a la preparación académica. Es decir, donde los jóvenes trabajarán de aquello que propiamente estudiaron.

Un grupo minoritario cuyo status quo viene determinado tanto por la suerte personal, no exenta de esfuerzo, como por un alto grado de preponderancia en una filiación rica en relaciones sociales, ya sea de descendencia profesional directa o indirecta.

2).- Un futurible, en una probabilidad estadística de uno de cada tres jóvenes, en el que se alcanza una bolita profesional vía reinvención profesional. Es decir, donde los jóvenes trabajarán en un sector diferente al propio.

Un grupo mayoritario, por la suma progresiva de parte del colectivo que sigue (punto 3) a lo largo del tiempo, que en un mercado laboral restrictivo por insuficiente acabarán ocupando puestos de trabajo poco cualificados y, por extensión, de claro perfil precario. (Ver: España, viento en popa y a toda vela hacia un país eminentemente de camareros).

Y, 3).- Un futurible, en una probabilidad estadística de uno de cada tres jóvenes, en el que no se alcanza atrapar ninguna bolita profesional. Es decir, donde los jóvenes se verán abocados al desempleo. (Actualmente con una tasa del 35%, el segundo país de Europa en paro juvenil tras Grecia).

Un grupo que, junto al colectivo que les precede (punto 2), acabarán viviendo una existencia económica, por ratio de rentas de trabajos más o menos temporales, en un estadio que bien puede situarse en el umbral de la pobreza (menos de 15.000€ al año). [Ver: La estafa de ser pobre(modelo Ponzi) y La mitad de los trabajadores en España son pobres ilustrados sin identidad de clase social propia].

Tres escenarios futuros posibles en el tablero del Trile que, por otro lado, cuenta entre sus reglas con un efecto secundario descrito con letra pequeña del que nadie se percata, y menos aun los jóvenes que se sienten en su haber con todo el tiempo del mundo: el juego tiene fecha de caducidad. Tanto es así que, de manera tan irremediable como severa por abrupta e implacable, la mano invisible del trilero retira los cubiletes del mercado de la oferta laboral para aquellos jóvenes que alcanzan la edad adulta de los 40 años, a mucho estirar. O dicho en otras palabras, de los 40 años de vida laboral que potencialmente tienen nuestros jóvenes como población activa (franja comprendida entre los 25 a los 65 años), tan solo tienen asegurado el trabajo -aunque sea temporal y por fórmula de reinvención- los 15 primeros años (de los 25 a los 35, aproximadamente). Por lo que aquellos jóvenes que a los 35 no se hayan consolidado en un lugar de trabajo fijo tienen todos los números de perder la posibilidad real de volver a acceder al mercado laboral a partir de los 40 años. Lo que les obligará a reinventarse profesionalmente y de manera continua durante los 25 años restantes de su vida laboral, sin que dicho esfuerzo personal sea garante de éxito alguno en un Mercado que discrimina por edad. (Ver: La lacra del siglo XXI: hacerse maduro profesionalmente). Y es que, como bien sabemos los que peinamos canas, el hombre no se come el Mundo, sino que es el Mundo quien se alimenta de hombres con indisimulada ferocidad y desdén.

Pero, todo y así, ¿quién es alguien para ensombrecer la bendita esperanza de nuestros jóvenes? Pues no hay nada más maravilloso que soñar, aunque los sueños, como bien escribió Calderón de la Barca, sueños son. Que nuestros jóvenes continúen soñando en ser astronautas, ingenieros, médicos, bomberos o lo que les plazca ser, mientras se esfuerzan estudiando para ello, que los padres continuaremos rezando a la diosa de la Fortuna para que la bolita siga permaneciendo en su cubilete, aunque para ello haya que tratar con el trilero usurero (si es que es posible...).

Y aquí cuelgo mis reflexiones por hoy, que mis hijas ya han acabado de estudiar y ahora, que es el único momento certero de la vida que atesoramos, toca salir a disfrutar en familia. Que mañana, si es que llega, será otro día.


Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano