martes, 5 de noviembre de 2019

El Paro: error del sistema económico y social que atenta contra la dignidad humana


Hoy me he levantado con la noticia del día: el paro vuelve a subir. Lo cierto es que no es una noticia nueva desde que, hace ya más de una década -que se dice pronto-, se produjo la gran crisis bancaria de finales del siglo XX que arrastró a toda la economía productiva. Así como es esperable por los vientos de tormentas de recesión que se avecinan y cuya fría brisa de avanzadilla ya podemos sentir en el rostro los mortales de a pié.

El paro, que se ha convertido en un fenómeno sociológico endémico de nuestros tiempos, es un concepto tan cotidiano asociado a la dinámica del mercado laboral, y por extensión a la salubridad económica y social del país, que hasta ahora no me había percatado de su fuerte carga significativa como conjugación verbal: interrupción o cese de un movimiento, actividad o acción. O como dicta la Real Academia de la Lengua Española, para ser más rigurosos: detener o impedir el movimiento o acción de alguien (sic). Lo que los filósofos lo traducimos en términos aristotélicos, como la imposibilidad de un acto de realizarse como potencia, proceso para el cuál interviene irremediablemente en toda la naturaleza el fenómeno físico del movimiento inexistente en este caso.

Para ser sinceros, apuntaré que hasta la fecha había afrontado filosóficamente el paro en términos de desempleado (Ver: El parado, exponente cuántico a escala humana, Reivindico a los parados de más de 40 años:Jóvenes Altamente Cualificados, El viaje del Héroe moderno: el desempleado, 1 de Mayo Fiesta del Trabajador Fallido: el Precariador, La lacra del siglo XXI: hacerse maduro profesionalmente, El gato que ladra y no pierde su identidad, entre otros). Aunque hoy me apetece reflexionarlo desde un enfoque más fenomenológico, cuyos apuntes al avance temático ya desarrollé en su día en “La Recesión, propia de una naturaleza incapaz, accidental y obsoleta”.

Y es que el paro, como estado de inmovilidad, es mucho más que la imposibilidad de la realización de un acto en potencia en materia teórica de la filosofía de la naturaleza (hoy conocida como física), pues su claras implicaciones sociales equivalen a la imposibilidad de una persona por realizarse como ser humano con plena dignidad. Pues si bien es cierto que la dignidad es un valor inherente y consustancial al ser humano por el simple hecho de serlo, al tratarse de un derecho natural inviolable e intangible de la persona, no es menos cierto que a la práctica la dignidad humana es una cualidad que viene facilitada -por no decir otorgada- por la omnipotencia del Mercado en una sociedad compleja como la contemporánea (No nos hagamos los inocentes). Ya que el paro -como inacción obligada contra voluntad por fuerza mayor- representa la imposibilidad de una persona de poder ganarse el sustento vital. ¿O a caso no se priva de dignidad a una persona a quien se le impide trabajar para poder ganarse la vida y por tanto autorealizarse tanto profesional como familiarmente?. En este sentido, todo sujeto como acto requiere de medios vitales para obtener la realización de su dignidad humana como potencia, siendo ésta compuesta tanto por elementos objetivos como son los propios para el sustento y desarrollo de una economía doméstica (vivienda, alimentación, transporte, salud, mantenimiento de los hijos, etc), como por el elemento subjetivo de la felicidad derivado por aquellos. Lo contrario, como es la realidad paralizante del paro, es atar de pies y de manos a una persona y dejarla a su suerte -y/o a la de su posible familia más próxima, a falta de un Estado del Bienestar Social como garante- para que pueda subsistir.

El paro, por tanto, desde un enfoque fenomenológico representa un error funcional en la dinámica mecanicista del sistema tanto privado como público. En el ámbito del sector privado, el paro equivale a un fallo estructural en el modelo económico del Mercado, el cual no tiene capacidad de generar movimiento laboral suficiente para el conjunto de estratos productivos de una sociedad. Mientras que en el ámbito del sector público, el paro equivale a una brecha social en el desarrollo orgánico de los Estados, los cuales se muestran incapaces de garantizar los derechos básicos democráticos a todos sus ciudadanos con el fin primero y último de asegurar una vida digna. Una disfunción social, en este caso, que encuentra su causa principal en la carencia de una gestión óptima de equilibrio entre derechos civiles y sociales (beneficio público) y tutelaje de los intereses partidistas del Mercado (beneficio privado).

Sí, a todas luces nuestro sistema económico da error, y su alarma de fallo de funcionamiento se denomina paro. O dicho en otras palabras, el paro es el síntoma de un sistema económico y social en quiebra técnica. Pues una parte de la maquinaria social queda inservible por inactiva e inmovilizada. En este sentido, los efectos de detener el flujo de movimiento productivo social son por todos conocidos: precariedad y pobreza con inercia dominó en términos generales, tal y como si de una bomba de agua de estanque que deja de funcionar se tratase con el previsible resultado del deterioro progresivo e irremediable del ecosistema que ayudaba a regenerar y crecer. Es por ello que el paro, más allá de ser un efecto colateral de una mecánica económica que no funciona, es una responsabilidad política por su trascendencia social. Pues es la política la que se encarga del buen funcionamiento de la organización de las sociedades humanas, incluyendo la economía, y no ésta la que se debe de encargar de la capacidad y directrices de la gestión política como instrumento de reorganización social no democrática y partidista sobre el conjunto de ciudadanos.

El paro, por tanto, es la antítesis del movimiento como fuerza motor social y, por extensión, de la preservación de la dignidad humana de los individuos. Así pues, la reflexión obligada por consciencia no puede ser otra que plantearnos el ¿cómo podemos generar de nuevo la fuerza cinética social suficiente allí donde la fuerza de trabajo productivo se encuentra paralizada de manera obligada?. Es decir, ¿cómo desbloqueamos como sociedad la inmovilidad laboral forzada que genera sufrimiento en millones de familias?. Una reflexión colectiva inaplazable que debe ayudar a redefinir, sin lugar a dudas, una sociedad de futuro bajo nuevos paradigmas de gestión pública y privada más equitativos y humanistas.

Mientras tanto, paro mediante, vivimos en la consolidación de una sociedad en la que la riqueza acaba acumulándose en manos de unos pocos ciudadanos cuya opulencia les permite comprar a precio de saldo a los ciudadanos más pobres, y donde éstos, justamente por la desigualdad social existente, se ven obligados a venderse a los primeros. Y es que como reza el refranero: en río revuelto ganancia de pescadores. Quizás sea hora que desempolvemos de las librerías, como punto de partida reflexivo colectivo, “El Contrato Social” de Rousseau. Que la libertad e igualdad de los ciudadanos de un Estado vuelva a ser objeto inalienable de un contrato social vinculante, pues el paro requiere para su resolución positiva, antes que medidas económicas, de medidas combativas por fundamentales en materia de filosofía política. Sin ideas filosóficas no es posible la convicción social, y sin ésta no hay acción política viable capaz de transformar a mejor la realidad existente. La fuerza de erradicación contra el paro no se encuentra en la búsqueda de medidas viciadas del Mercado, sino en la búsqueda de la idea filosófica de una nueva sociedad carente de paro. Al pan, pan; al vino, vino; y al Mercado, situémosle en su justa posición: detrás del contrato social contra el paro.


Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano