lunes, 21 de octubre de 2019

El Capitalismo neoliberal ha muerto ¡Viva el Capitalismo Humanista!


Que el Capitalismo es un sistema de organización socio-económica que no funciona, es una evidencia aplastante, a la luz de las grandes desigualdades sociales existentes marcadas por un abismo de vértigo entre unos pocos que acaparan mucho y unos muchos que malviven con muy poco. Y aún así, hacemos como los tres monos que no ven, no oyen y no hablan, pues más temor parece generar el hecho de afrontar la incógnita a una alternativa al Capitalismo actual, que el miedo a convivir con el anormal Principio de Realidad normalizado. Tanto es así, que criticar al Capitalismo es equiparable -aun a día de hoy y bajo la percepción errónea de los tres monos-, a ser señalado como un comunista o un antisistema. Un reductio ad absurdum que salpica incluso a la defensa de los principios rectores del Estado de Bienestar Social versus las salvajes prácticas de un Capitalismo neoliberal, como si defender los derechos civiles que configuran las constituciones de los países democráticos europeos frente a un Mercado desatado y feroz fuera propio de postulados de una trasnochada ultraizquierda en pleno siglo XXI. Todo un despropósito (o un ataque a propósito) propio del ámbito de la ignominia generalizado por una minoría de rentas altas -más de capital, que de trabajo- que, desde su espacio de confort, optan por la ceguera social voluntaria por interesada.

Que el Capitalismo actual no funciona como modelo de organización social y económico queda patente en la fulminación de facto -con ensañamiento y alevosía añadida- de la piedra angular de la Democracia: el Principio de Igualdad, máximo valor jurídico de los Estados de Derecho. Pues el Capitalismo, a través de la mecánica del Mercado, ha anulado ya no la igualdad material entre los ciudadanos de un misma misma sociedad -más propio de postulados de regímenes socialistas-, sino la igualdad de oportunidades entre ciudadanos de un mismo espacio común socio-económico supuestamente libre, equitativo y solidario.

Es por ello que, como apuntan cada vez un mayor número de pensadores -entre ellos muchos economistas de nueva generación-, es necesario una urgente reinvención del Capitalismo para paliar los problemas sociales (aumento de la desigualdad y de las cuotas de pobreza), económicos (crisis sistémica del modelo productivo) y políticos (clara afección negativa contra la propia naturaleza de la Democracia) que él mismo ha causado a través de sus prácticas incontroladas. En este sentido, más allá del “realismo capitalista” fisheriano que señala que fuera del Capitalismo no hay vida y que éste condiciona el Principio de Realidad social contemporáneo, hay quienes apuntan hacia nuevos sistemas económicos denominados como capitalismo progresista, socialismo participativo, o democracia económica, entre otros.

Principios del Capitalismo Humanista

No obstante, personalmente -y sin entrar a debatir dichos modelos-, abogo por un sistema al que denomino Capitalismo Humanista, cuyos cuatro principios fundamentales son los que siguen:

1.-El Capitalismo Humanista como valor moral social antepone la persona como objeto de protección pública frente al capital como objeto de protección privada.

2.-El Capitalismo Humanista como organización social se articula mediante los preceptos de un Estado del Bienestar Social.

3.-El Capitalismo Humanista como organización jurídica antepone los derechos sociales y civiles fundamentales de un Estado Social y Democrático de Derecho frente a las reglas partidistas del Mercado capitalista de libre competencia.

4.-El Capitalismo Humanista como sistema de organización económica establece criterios ejecutivos, mediante mecanismos de redistribución y limitación de las rentas, en la firme defensa por un modelo de sociedad equilibrada entre los principios rectores democráticos de igualdad de oportunidades y justicia social, y el derecho democrático a la propiedad privada.

Como a nadie se le debe escapar, los cuatro principios fundamentales del Capitalismo Humanista expuestos, que beben de la filosofía humanista occidental de tradición greco-romana, comportan afrontar dos grandes caballos de batalla de rabiosa actualidad:

1.-La lucha antagónica entre los poderes de la Democracia Social y la Dictadura Capitalista,

y, 2.-El pulso desigual entre justicia y equidad social (que por ser social es res publica), y el derecho sin límites acumulativos de la propiedad individual (que por ser individual es res privata).

En ambos casos, el planteamiento de los problemas a resolver resulta diáfano: o defendemos un modelo socio-económico para todos generando un espacio de bienestar social colectivo, o defendemos un modelo organizativo exclusivo para unos pocos privilegiados generando grandes desequilibrios sociales. En este sentido, queda claro que el Capitalismo Humanista toma parte decidida por la primera opción, siendo consciente que dichos problemas son resolubles, aunque pudieran parecer todo lo contrario a primera vista por fuerza mayor e influencia del denominado “realismo capitalista”. No obstante, si analizamos con detenimiento los enunciados de los problemas planteados en su suma, ambos participan de una misma variable codependiente como raíz clave a despejar: el derecho a la propiedad privada.

Redimensión de la Propiedad Privada

Los detractores del Capitalismo Humanista apelarán al derecho inalienable de la propiedad privada, fundamento del Derecho occidental por herencia del derecho civil romano. Pero no hay que olvidar que hoy en día contamos ya con excepciones normalizadas de limitación a dicha figura jurídica en los países democráticos por causas de interés general, como es la expropiación para el desarrollo y ejecución de infraestructuras estratégicas para el Estado (carreteras, vías férreas, aeropuertos, etc), o mediante la aplicación de políticas fiscales (impuesto de bienes inmuebles, impuesto de sucesiones, impuesto sobre la actividad económica, etc). Por lo que no resulta descabellado ampliar el marco legislativo de limitación al derecho de la propiedad privada con el fin de garantizar la equidad y la justicia social sobre el conjunto de recursos de una sociedad, que es lo mismo que abogar por una política de redistribución de la renta del capital y del trabajo más equitativa y solidaria. En esta línea cabría definir dónde se sitúa el límite de la propiedad privada, para que no sea causa de desequilibrios sociales desestabilizantes, y cuál sería la naturaleza de los nuevos instrumentos ejecutivos de dicho límite (salariales, de bienes tangibles, de recursos, etc). Ya que la propiedad privada debe ser plenamente compatible con un estado del Bienestar Social colectivo, y viceversa.

En este punto, por efecto sociológico a una redimensión de la propiedad privada, cabe apuntar que sería necesario trabajar colateralmente en la búsqueda de nuevos elementos motivadores complementarios a la riqueza personal en una redefinición de la Pirámide de Maslow, como puedan ser el salario emocional, el enriquecimiento personal en materia de gestión del conocimiento, la revalorización social del individuo, otros beneficios de servicios sociales, etc.

Redefinición en la Redistribución de las Rentas

Por otro lado, los detractores del Capitalismo Humanista también podrían apelar a que una redistribución de las rentas, derivadas de la gestión sobre la limitación de la propiedad privada, acarrearían una desaceleración de la economía productiva (por relajación de la clase trabajadora), lo que conllevaría a un aumento de la inflación (subida de precios, especialmente de los productos de consumo de primera necesidad), y por consiguiente a la destrucción del Mercado (por caída del consumo y posible implantación de política de precios máximos), tal y como sucedió en la causa principal de la caída del Imperio Romano tras la implantación de un costoso modelo de bienestar social (panem et circenses). En este sentido, cabe apuntar que los efectos devastadores de dicho escenario ya los sufrimos a día de hoy, no por relajación de la clase trabajadora sino por su imposibilidad de trabajar y/o de cobrar unos salarios dignos -entre otros factores-, y aun sin limitación alguna a la propiedad privada y por extensión sin control público a la sobre-acumulación de recursos colectivos en manos de un porcentaje minoritario de la sociedad. Así como señalar que, a diferencia del resto de épocas de la Humanidad, entre ellas la acaecida en la era del Imperio Romano, el ser humano ha dejado de ser la única fuerza laboral existente tras la aparición de los robots. O dicho en otras palabras, vamos a marchas aceleradas hacia una sociedad cuyo horizonte está marcado por una población activa productiva que no es humana sino artificial, convirtiendo la política de distribución de las rentas de capital y de trabajo ya no en una opción sino en una necesidad social.

Por todo ello, mediante la redimensión del derecho a la propiedad privada en la ecuación del Capitalismo Humanista, como palanca imprescindible de cambio positivo hacia la redefinición de la redistribución de las rentas en un estado de Bienestar Social sostenible, no solo se puede alcanzar una sociedad articulada en un contexto de justicia y equidad social óptima para el conjunto de la ciudadanía, sino que -legislación nacional e internacional mediante- la Democracia Social se erigiría como poder de organización socio-económico legítimo por sobre los mandatos impositivos de la Dictadura Capitalista. Ya que controlado el derecho a la propiedad privada en beneficio del bien común, el Capitalismo pasaría a ser un instrumento de gestión de desarrollo de la Democracia, y no a la inversa como sucede en la actualidad.

El Capitalismo neoliberal ha muerto. ¡Viva el Capitalismo Humanista!.


Enlaces relacionados:




Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano