martes, 22 de octubre de 2019

Ejercer la impunidad por la fuerza o cómo convertir al hombre social en un ser animal

Furgón policial destrozado por estudiantes en Londres, 2010

Existen dos tipos de impunidad, aquella que está amparada por la ley, y aquella que se toma por la fuerza. La que se ajusta a Derecho, asimismo, puede ser un espejismo por temporal, pues si cambia la condición legal del inimputable, el sujeto puede ver rescindido su estatus social de impune quedando expuesto a la fuerza de la misma ley que en antaño le protegía, como suele suceder en el ámbito de personas que ocupan cargos públicos en un sistema rotatorio por democrático. Mientras que aquella impunidad que se toma por la fuerza, la vida útil de su naturaleza es directamente proporcional a la fuerza coercitiva ejercida para mantener dicho estado de impunidad (tercera ley de Newton), la cual también acaba siendo temporal por desgaste y pérdida progresiva de la energía cinética necesaria para tal fin.

Desde un enfoque social, por regulado jurídicamente, observamos que si bien la impunidad amparada por ley es legítima y la impunidad tomada por la fuerza es ilegítima, la primera puede transformarse en ilegítima y la segunda en legítima, dependiendo del desarrollo sociocontextual de las mismas como tantas veces nos ha demostrado los devenires de la Historia. No obstante, en esta breve reflexión, personalmente me interesa centrarme en los tipos de impunidad de naturaleza forzosa y de carácter ilegítimo, por ser fenómenos de rabiosa actualidad en nuestros días.

Lo que está claro es que un acto de ejercicio de impunidad por la fuerza equivale a una voluntad activa de autoconcederse una protección social que individual y colectivamente no se posee, lo que conlleva a una transgresión consciente de un conjunto de reglas, normas y costumbres consensuadas socialmente que están debidamente reflejadas en un ordenamiento jurídico. De lo que se deriva que dicho acto, por ser contrario a la ley, es per se doloso. Y que en la motivación de la realización de dicho acto, autoconcedido por una concepción subjetiva del derecho natural versus el derecho positivo imperante, se ha producido un proceso de cambio y transformación de los valores morales del individuo respecto al resto de la sociedad.

Pero, ¿cuál es la causa que provoca un cambio de principios morales en un individuo o colectivo que motiva a actuar con autoconcedida impunidad frente a la sociedad mediante el uso de la fuerza?. La cuestión solo tiene dos respuestas posibles: la racionalidad y la irracionalidad. En el caso de una motivación racional participa el pensamiento lógico-reflexivo crítico, cuyas acciones pueden devenir el germen de un futuro cambio social en alguna de las dimensiones concretas de la sociedad. En este ámbito se enmarcarían conceptos como la desobediencia civil o la objeción de consciencia, que aun pudiendo ser moralmente legítimas (por una presumible alineación con valores universales), continuarían siendo jurídicamente ilegítimas y por tanto susceptibles de ser penalizadas en tanto y cuanto no alcancen su objetivo de cambio social, y por extensión normativo. Mientras que en el caso de una motivación irracional participa, por ausencia de la razón, la exaltación de los instintos más básicos del hombre como ser animal. En este ámbito se enmarcarían conceptos como la violencia pseudoideológica callejera -con o sin pillajes gratuitos- (caso disturbios de Cataluña), o la participación activa o pasiva en redes de rapto y abuso de menores para trata sexual (caso Epstein), por poner algunos ejemplos, que siempre serán concebidos como actos categóricamente ilegítimos tanto moral como jurídicamente de principio a fin.

No cabe decir que el ejercicio de una autoconcedida impunidad mediante el uso de la fuerza frente a la sociedad aun motivada por la racionalidad, fruto del pensamiento crítico, suele acabar desembocando asimismo en actos irracionales -motivados des de la exaltación de los sentidos- cuando participa un volumen crítico de individuos. Pues como decía Ortega y Gasset en su obra La rebelión de las masas, el problema de la multitud es que puede enloquecer en cualquier momento como caballo desbocado que arrastra todo a su paso, produciendo tumultos y disturbios. Y además, como tristemente quedó patente en el famoso Experimento de la Cárcel de Stanford de 1971, en el seno de dicha masa orgánica los individuos suelen adoptar roles desproporcionados por desmesurados de manera transversal a los diversos niveles de poder existentes -aunque sean de perfil tribal-, que se alejan de la convencionalidad de sus propios rasgos de personalidad sociabilizada como individuos fuera de la masa, por efecto enajenador del micro hábitat creado, generando una contagiosa explosión en cadena de las conductas emocionales humanas más viles.

De lo que se sustrae, a modo de conclusión tras lo expuesto, que los actos de autoconcesión de impunidad por la fuerza y por tanto ilegítima, no solo son propios de individuos que se consideran superiores moralmente al resto de sus conciudadanos -aunque sea por enajenación mental transitoria-, sino que su acciones acaban evolucionando hacia posturas irracionales de comportamiento manifiestamente exaltados, donde el hombre como ser social queda anulado por el hombre como ser animal. Y ya se sabe que en el mundo animal solo impera una ley, y no es justamente la del imperio de la razón y la ilustración -no nos llevemos a engaño-, sino la de aquel que golpea y oprime con mayor fuerza.



Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano