jueves, 17 de octubre de 2019

Dura lex, sed lex: el garante de la tranquilidad social

Barcelona en llamas. Noche del 16/10/19

El hombre es un ser social por naturaleza, como bien ya apuntaba Aristóteles en el siglo IV a. c., idea que posteriormente popularizó el ilustrado Rousseau en el siglo XVIII con su “Contrato Social”. Lo que significa, principalmente, que no solo necesitamos de los otros congéneres para vivir, sino que además requerimos de unas normas de comportamiento común consensuadas para poder convivir en sociedad, ya que en caso contrario el hombre sería un lobo para el propio hombre (homo homini lupus) como recordaba el fundador de la filosofía política moderna Hobbes ya con un siglo de anterioridad.

Así pues, de la necesidad de establecer unas reglas de comportamiento comunes para garantizar la convivencia en el seno de una misma comunidad nace justamente el Derecho, cuyo principio general proveniente del derecho romano -base del derecho europeo y de los códigos civiles contemporáneos- no es otro que el enunciado normativo que reza: dura lex, sed lex, traducido como “la ley es dura, pero es ley”. Una máxima latina que, aun a día de hoy, representa el principio fundamental de todos los Estados Democráticos de Derecho. O dicho en otras palabras, la ley garantiza la convivencia social del ser humano que vive en las sociedades contemporáneas civilizadas.

En este sentido, podemos afirmar que la ley es, por esencia, tanto una exigencia de la vida en común de los seres humanos, como una garantía para la preservación y defensa de las libertades e intereses de cada una de las personas que conviven en una misma comunidad, siempre a la luz de la razón humana y al respeto hacia los valores humanistas (fundamento de los derechos humanos), como bien desarrolló el filósofo y abogado Voltaire a las puertas de la Revolución Francesa.

Si entendemos, por otra parte, que convivencia no solo significa vivir junto con otros (del latín convivere), sino que conlleva implícito el inestimable valor social de vivir en seguridad (cualidad de estar cuidado y protegido a nivel individual y colectivo), llegaremos a la conclusión lógica por puro razonamiento deductivo que la ley es el instrumento que tenemos los seres humanos para garantizar la tranquilidad social como uno de los consensos máximos para la convivencia en comunidad. Por tanto, y a modo de síntesis, de éstas premisas surge un axioma diáfano: si el ser humano es un ser social por naturaleza, y éste requiere de reglas y normas consensuadas para vivir en convivencia, siendo el fin último de la convivencia una vida en común segura y protegida para todos y cada uno de los miembros participantes, ergo la ley es el garante de la tranquilidad social.

¡Y qué gran valor es la tranquilidad social! Propio de sociedades maduras y de ciudadanos psicoemocionalmente sanos. Pues de la tranquilidad brota la belleza de la creación humana rica en sus múltiples manifestaciones, y el hombre puede desarrollarse en plena dignidad de la inviolabilidad individual. Ya que la tranquilidad social, desde un espacio positivo de libertad personal propio de Estados Democráticos, es fruto del respeto, la concordia y de la buena educación cívica. Y aún más, ya que la tranquilidad social es el irrefutable reflejo del elemento nuclear de una convivencia pacífica.

Sí, dura lex, sed lex, pues sin ley no hay cabida para la tranquilidad social, y sin ésta no puede existir la convivencia pacífica, así como sin paz solo se puede vislumbrar -por experiencia histórica- un horizonte marcado por la carencia de libertades públicas e individuales, así como por un escenario sociocontextual desigual, injusto y privado de pluralidad política. Sin paz no hay libertad de pensamiento, y mucho menos de autorealización personal.

Es por ello que uno no puede dejar de horrorizarse -como observador pasivo y asustado desde mi atalaya de Barcelona- por los recientes episodios de guerra callejera (que recuerdan la Semana Trágica de 1909) protagonizados por centenares de nuestros jóvenes en Cataluña, quiénes de manera explícita han optado activamente por la vía de la violencia prebélica antes que por los innumerables recursos de cambio social que ofrece la Democracia, como sistema de organización social pacífica, con todas las garantías propias de los Estados de Derecho. Jóvenes, por no decir adolescentes, que con la razón ennubolada enarbolan la bandera negra como estandarte cuyo lema apela a la lucha hasta la muerte. Jóvenes a los que, indudablemente -no eximamos nuestra responsabilidad-, les hemos fallado como sociedad. Pues como sociedad les hemos fallado en educarlos adecuadamente a la luz de los principios rectores de la Democracia. Como sociedad les hemos fallado al no poder ofrecerles un futuro laboral en un sistema de Mercado excluyente por desequilibrado. Como sociedad les hemos fallado al no garantizar a sus familias los derechos sociales propios de un Estado de Bienestar Social. Como sociedad les hemos fallado por permitir la gobernanza a manos de unos dirigentes enajenados que prometen una Ítaca y a su vez son incapaces de gestionar la frustración social derivada de su indiligencia e irresponsabilidad política. Sí, como sociedad les hemos fallado, aunque ello no elude de responsabilidad civil sus actos incívicos, por jóvenes que sean. La responsabilidad, sin lugar a dudas, debe ser compartida, y la ley como garante de la tranquilidad social debe ser aplicada.

Acabo esta breve reflexión a la espera que a lo largo de los días sucesivos, que se prevén calientes en disturbios propios de guerrillas urbanas, no haga aparición ningún cisne negro como punto de inflexión de no retorno hacia un estado social donde la ley, democrática, aún siendo de naturaleza dura no tenga capacidad de gestionar positivamente la crisis existente en Cataluña (como sucedió en la Alemania de 1938 con la Noche de los Cristales Rotos). Hoy, más que nunca, por el bien de la convivencia y la tranquilidad social, y en defensa de la denostada Democracia, cabe reclamar el principio fundamental de nuestro Estado de Derecho: dura lex, sed lex.


Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano