miércoles, 2 de octubre de 2019

Apología de la pasión (como estado de consciencia de crecimiento personal y social)


No hay mayor incoherencia, a su vez que mayor belleza paradójica conductual, que un hombre pasional defendiendo la virtud del comportamiento equilibrado. Y si algún estereotipo buscamos capaz de hacer connivir ambos opuestos éste no es otro que Cicerón, el célebre filósofo, jurista, político, escritor y orador romano. Un hombre contradictorio por impresionante e intemperante que tanto promulgaba la cultura del in medio virtus aristotélico, como en su vida personal era propenso a reaccionar con excesa vehemencia ante los cambios. En otras palabras, de Cicerón diríamos hoy en día que era un hombre carente de gestión emocional (por muy docto en filosofía de la política que fuera), lo cual le acarreó muchos e importantes enemigos hasta acabar asesinado por el entorno del César, quienes le cortaron la cabeza y las manos para exhibirlas en la tribuna del Foro que servía de púlpito (rostra) desde el que el mismo Cicerón arengaba en antaño al pueblo en su condición de senador.

Pero más allá de la pasión ciceriana, máximo exponente del concepto de la pasión stricto sensu como sentimiento vehemente capaz de dominar la voluntad y perturbar la razón, ya sea por amor, odio, celos o ira intensa, que conlleva una perturbación o afecto desordenado del ánimo de la persona, la cual se ve abocada de manera irremediable a un estado emocional de padecimiento, podemos encontrar una actitud exenta de autodestrucción en lo que denomino la consciencia pasional.

Entenderemos aquí consciencia pasional como aquel estado de ánimo fruto de un proceso intelectual previo que hace que una persona desarrolle una actividad con pasión, fuera de cualquier exceso psicoemocional que comporte un desequilibrio conductual consigo mismo y frente a terceros. De hecho, en términos de desarrollo competencial y de habilidología, podemos equiparar la conciencia pasional con un grado superlativo de la motivación (Ver: Conoce la fórmula de la Motivación).

En este sentido, los hombres sólo deberían dedicarse a aquellas actividades por las que sintieran pasión o, mejor dicho, tuvieran consciencia pasional sobre las mismas. Puesto que la pasión no solo empuja la voluntad de los hombres a tomar acción, sino que invita al conocimiento profundo sobre la materia objeto de la pasión, lo que va emparejado a una actitud de reflexión e investigación proactiva que conduce a una superación continua sobre el saber hacer de dicha naturaleza. Características éstas propias tanto del ámbito del comportamiento como de las habilidades profesionales (independientemente si socialmente son productivas o no). Así como, en el ámbito del desarrollo personal y la gestión emocional, la pasión deviene la puerta de entrada hacia la autorealización individual y hacia los estados de conciencia conocidos como felicidad, que a su vez son caminos inestimables para el autoconocimiento del Yo Soy (tan denostado hoy en día).

Pero aún más, y derivado de lo expuesto, los hombres sólo deberían hablar de aquello por lo que sienten pasión. Pues la pasión como comportamiento, desarrollo de habilidades profesionales, crecimiento personal y gestión emocional, aporta sabiduría en el sentido de tener inteligencia (del latín sapere) y capacita a las personas con la facultad de actuar de manera sensata, prudente y acertadamente. (Y no es menos cierto que en la actualidad urgimos de más sabios y de menos homo gallinaceos).

Contrariamente, hoy en día confundimos la pasión como la exaltación de los deseos más íntimos, en alineación con una sociedad de mercado que promulga, para su propia sostenibilidad económica, la cultura del hedonismo (el placer sensorial inmediato como bien máximo). Un concepto limitado de la pasión que empuja a las personas a subsistir desde actividades productivas no pasionales, negándose así su autoconocimiento y desarrollo personal en pos de la adquisición comercial de espacios de enajenación colectiva reservados al tiempo del ocio hedonista, en el que el Yo Soy es sustituido por el Yo de los Otros.

La búsqueda y desarrollo de la pasión como estado de consciencia personal y filosofía de vida, como se ha expuesto, no solo tiene grandes beneficios para el ser humano como individuo, sino que enriquece saludablemente al conjunto de la sociedad como catalizador de talentos con rasgos de personalidad equilibradas para el bien común. Tanto es así que, si la cara es el espejo del alma -como bien señaló el viejo Cicerón-, la pasión como consciencia personal es el alimento del alma.

Miremos pues las caras de los prójimos a nuestro alrededor, y preguntémonos si viven con o sin pasión, pues en ellas veremos reflejadas de manera diáfana la respuesta de en qué tipo de sociedad estamos viviendo y construyendo. Como dijo el antecesor del verdugo de Cicerón: alea iacta est.


Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano