miércoles, 30 de octubre de 2019

Sacerdotes: relatores de mitos que juegan con la esperanza de los hombres


Que se sepa, a día de hoy conviven en el mundo 4.200 religiones de credo tan diverso como antagónico, sobre todo respecto a las monoteístas que conciben que solo hay un único dios para toda la humanidad, sin mencionar las innumerables religiones ya extintas a lo largo de la Historia. Lo que sociológicamente representa, según fuentes estadísticas, que más de la mitad de la población mundial se considera religiosa, es decir que participa activa o pasivamente de una religión.

Todos sabemos, asimismo de manera más o menos rigurosa, que la religión es un sistema cultural de referencia conductual que relaciona a las personas como individuos y colectividad con elementos de naturaleza sobrenatural, trascendentales y/o espirituales. Pero, ¿cuáles son los factores comunes a todas las religiones?. A la luz de una observación comparativa, podemos fácilmente señalar cuatro rasgos característicos:

1.-La Verdad: Todas las religiones se consideran en posición de la única verdad existente respecto al resto de creencias sobre la naturaleza y cosmología humana. Lo cual suele conducir a postulados claramente fundamentalistas por intransigentes, cuya influencia social es directamente proporcional al nivel de poder que una religión en particular como estructura orgánica posee sobre una sociedad en concreto.

2.-El Mito: Todas las religiones sustentan su Verdad mediante el argumento de un mito, ya sea de tradición oral, pictórica, escultórica o literaria recogida en los denominados textos sagrados, en el que relatan la realidad humana como existencia mediante acontecimientos protagonizados por seres sobrenaturales y fantásticos.

3.-Las Prácticas: Todas las religiones contemplan prácticas conductivistas individuales y colectivas (rituales, celebraciones, iniciaciones, oficios, liturgias, festividades, etc) con el objetivo de modificar los comportamientos privados y públicos de las personas, en aras de crear un modelo cultural basado en el arraigo del mito dentro de una sociedad como sistema de organización humana.

Y, 4.-La Esperanza: Todas las religiones, en su afán mitológico de explicar la existencia del hombre y reconciliar bajo su Verdad conceptos opuestos irreconciliables como son la vida y la muerte, el bien y el mal, la destrucción y la construcción, la justicia y la injusticia, entre otros, explotan el sentimiento (que a su vez es una necesidad muy humana) de una esperanza metafísica como reducto último del instinto de supervivencia y trascendencia del ser humano frente a las múltiples vicisitudes de la vida.

Es por ello que los sacerdotes, como personas que han consagrado su vida a cualquiera de los miles de credos existentes en el mundo, no son más que relatores de mitos que buscan la adhesión y fidelización de nuevos miembros a su sistema de creencias mitológicas mediante la explotación del sentimiento de la esperanza humana en la consecución de una vida mejor, aunque sea post mortem.

Ciertamente, por otro lado, sobra apuntar que cada cual es libre de creer en aquello que ha decidido creer -y más si su concepción particular sobre el mundo ha sido objeto de adoctrinamiento ya desde la tierna edad-, por lo que existen tantas verdades subjetivas como hombres con creencias dispares existen en el planeta. (Ver: La Verdad: la gran quimera delos mortales con múltiples caras). Y, al fin y al cabo, dentro de esta poliamalgama de creencias existentes, la identidad del hombre como ser individual acaba reduciéndose a aquello que uno defiende en su vida cotidiana. (Ver: Somos lo que defendemos). Pero no es menos cierto, de igual manera, que por encima de creencias de corte más o menos mitológicas se impone un valor universal irrefutable: el Principio de Realidad, que es el faro propio de la verdad objetiva que ilumina la lógica de la razón humana.

Es por ello que no es de extrañar que los relatos mitológicos de las religiones suelan chocar de frente con la lógica aplastante por universal del Principio de Realidad, llegando a exponerse en un ridículo público manifiesto por puro reductio ad absurdum. En esta línea, la última perla que me ha llegado vía vídeo, gracias a mi mujer Teresa, de un relator de mitos con hábito negro a través de las redes sociales, es el aviso de denuncia formal por parte de una de las más grandes religiones monoteístas del planeta, como es el catolicismo, contra prácticas tan saludables como el yoga o las técnicas de mindfulness (hoy en día materia de cátedra universitaria) a las que considera verdaderas puertas de entrada delos demonios -como seres sobrenaturales malignos- en nuestras vidas. Es tal el absurdo de dicha afirmación categórica a la luz de un humanismo ilustrado, que no voy más que a echar mano del concepto romano clásico sobre religión que lo define como escrúpulo supersticioso. A partir de aquí, sobran las palabras. Y sobre relatores de mitos, personalmente me decanto por Homero (La Iliada, La Odisea), Sófocles (Edipo Rey), Platón (Diálogos), Apolonio de Rodas (El viaje de los argonautas), entre otros tantos mucho más interesantes y de mejor agüero.


Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano 

martes, 29 de octubre de 2019

La indiferencia, naturalezas y tipos de afrontar la vida


Hoy, no voy ha negarlo, me he levantado con cierto estado de ánimo indiferente ante aspectos mundanos de mi realidad más inmediata, en una clara reacción de desapego por rechazo ante circunstancias o hechos que mi ser sintiente, más que mi ser pensante sociabilizado en la responsabilidad del deber, persiste en resistir. Y ya se sabe que aquello que resiste, persiste, como bien dijo un sabio. Todo y reivindicando asimismo el hecho que, contrariamente a la creencia imperante de la pseudoreligión positivista, la indiferencia como rechazo por resistencia personal frente a aspectos concretos de la vida que nos desagradan también forma parte del ámbito de la salud emocional. ¡Solo faltaría, como si tuviéramos la obligación de estar siempre contentos pase lo que pase!.

Es por ello que justamente hoy me apetece, prácticamente como autoterapia personal de corte socrática por mayéutica, dar a luz un nuevo razonamiento lógico -tanto deductivo como inductivo- sobre el concepto de la indiferencia como actitud de rechazo, no de desinterés. En este sentido, comienzo alumbrando la base argumental de esta breve reflexión sobre la creencia subjetiva de que cuatro son las manifestaciones de la indiferencia en el ser humano. A saber:

1.-La indiferencia pura

Ésta tipología de indiferencia se enmarca dentro del concepto clásico de la adiaforía, que sitúa a una persona en un estado de ánimo de indiferencia hacia sujetos, objetos o acontecimientos al margen de cualquier tipo de juicio de valor moral sobre el bien o el mal de los mismos. Un tipo de indiferencia que, por ser el hombre un ser de naturaleza profundamente moral -con independencia de su escala de valores- resulta irreal por imposible y por ende utópica. Pues todo ser humano manifiesta un juicio de valor sobre la realidad focalizada como manera de relacionarse con la misma, a no ser que viva en estado vegetativo.

2.-La indiferencia estoica

Ésta tipología de indiferencia se enmarca dentro de la filosofía estóica, donde se prioriza el dominio y control psicoemocional frente aquellos sujetos, objetos o acontecimientos potencialmente perturbadores para la vida cotidiana de una persona. Una filosofía de vida que marca distancias personales, mediante la actitud de la indiferencia -pudiendo llegar a manifestarse como apatía-, respecto a todo aquello que no se considere moralmente bueno o virtuoso. Un planteamiento que requiere, sin lugar a dudas, de un fuerte carácter personal fundamentado stricto sensu en la razón pura kantiana, que hace que la persona viva su vida desde la Autoridad Interna como estado de consciencia individual. (Ver: Conoce la fórmula de la Autoridad Interna y Valórate, ámate y vive desde tu autoridad interna)

No hay que decir que éste tipo de indiferencia estoica es propia de verdaderos héroes -en el sentido clásico- cuando se debe convivir diariamente y de manera continua en el tiempo con el sujeto, objeto o acontecimiento que provoca la reacción de un estado consciente de indiferencia activa. Ni decir que dicha indiferencia estoica no implica obligación alguna de mostrarse forzadamente feliz en la coexistencia con una situación de rechazo, pues ello atenta contra la libertad de expresión de la personalidad y la salud psicoemocional individual. Por algo la tristeza y la rabia (manifestada mayormente como enfado entre personas civilizadas) forman parte de las emociones básicas de todo ser humano, aunque el pusilánime y pueril positivismo intente convencer de lo contrario en una sociedad marcada por la falta de carácter. (Ver: Aceptación no es sumisión, es afianzarte en tu Autoridad Interna).

3.-La indiferencia cínica

Por su parte, ésta tipología de indiferencia se enmarca dentro de la filosofía cínica, que no es más que un revulsivo contestatario de la apatía propia de la indiferencia estoica anteriormente expuesta. Es decir, los cínicos -en sentido de la escuela clásica- no se callan su “verdad” frente a un sujeto, objeto u acontecimiento que les produce indiferencia por rechazo, encontrando la razón del rechazo en todo aquello que suponen actos manifiestos contra la moral buena o virtuosa. Una actitud contestataria frente la causa de la indiferencia que puede abocar al ámbito conductual de la irreverencia, la provocación y la desvergüenza personal (la anaidea griega), desde un enfoque contextual social. (Ver: Más humildad socrática y menos sinceridad diplomática y Reivindico el Ego como instinto básico de existencia y supervivencia personal).

4.-La indiferencia cínica moralina

Y en última instancia, encontramos lo que denomino la indiferencia cínica moralina, que es una tipología que se enmarca dentro del concepto de cinismo contemporáneo tan habitual en nuestra sociedad, que no es otra que aquella actitud de distancia que tiene una persona en la defensa de algo desde una moral pobre, considerada así al mostrarse alejada del concepto de la moral pura kantiana por objetiva y alineada con los valores morales universales. Una moral pobre, profundamente contextualizada sobre los intereses partidistas de un ámbito social espacio-temporal concreto, a la que Nietzsche denominaba moralina en contraposición a la Moral verdadera.

En este sentido, es habitual observar cómo la tipología de la indiferencia del cinismo moralino se ve confrontada a la vez y en una misma situación concreta con otras tipologías de indiferencia como son la estoica y la cínica (clásica), por simple efecto reactivo. Lo cual, como es obvio, lleva al desencuentro entre dos o más personas, siendo el único puente de coexistencia posible entre dichos antagonismos la estricta observancia de las normas y pautas educacionales de la convivencia social.

Personalmente, reconozco que mi perfil de personalidad viene caracterizado ya en la madurez por la indiferencia estoica, aunque la fuerza serena de mi carácter me puede abocar a la indiferencia cínica (clásica) cuando la última gota de la paciencia estoica derrama el vaso de una realidad deformada permisible, permitiéndome conscientemente un autoliberador conato de dignidad personal. Aun a pesar de que dicho desahogo pueda ser malinterpretado, y aun más recriminado, en un micro hábitat social por una indiferencia cínica moralina que por ser pobre y distorsionada en valores es hipócrita a la luz de la razón de la Moral.

Dicho lo cual, y a la espera que la presente autoterapia mayéutica haga efecto (ver: La filosofía como terapia personal), regreso -no sin resistencia, pero sí con fuerzas renovadas- a la mundana cotidianidad para volver a ejercer una actitud activa y serena de la indiferencia estoica como beneficio de la salud personal. Pues al fin y al cabo, nadie puede vivir por nadie, y cada cual debe vivir consigo mismo lo mejor que pueda.



Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano 

jueves, 24 de octubre de 2019

Reflexión de Filosofía Política en el día de la exhumación de Franco


Intentar forzar una pieza en un lugar que no le corresponde, acaba por dañar tanto la pieza como al supuesto encaje de destino, por muy buenas razones que tengamos para llevar a cabo dicha acción. Una idea que bien puede extrapolarse al proceso de transferir una idea al mundo de las formas, y más cuando nos adentramos en materia de filosofía de la política o teoría de la política social. Pues la Historia está sembrada de ideologías que pretenden forzar su materialización en una realidad contextual inapropiada, provocando por efecto reactivo directo una resistencia inicial que acaba transmutándose en una oposición frontal posterior por parte de una masa crítica social. Un proceso paradójico humano, profundamente humano, en el que la razón intenta imponerse mediante la sinrazón. Ya que no existe racionalidad alguna desde el justo momento en que se traspasa el umbral del respeto hacia el prójimo, que en su grado más leve -pero no por ello menos inaceptable- se manifiesta en la coacción de la libertad individual en su significado más amplio, y en su grado más grave equivale a atentar contra la integridad física de las personas al grito belicista de la muerte.

Hoy es un día señalable en los libros de texto futuros de la Historia de España a causa de la exhumación de los restos de Francisco Franco del monumento funerario del Valle de los Caídos. Un acontecimiento que despierta sensibilidades a partes iguales en una sociedad española dividida, motivadas por el recuerdo aun reciente en la memoria colectiva -sobre todo la de los más mayores- tanto del derrocamiento de la segunda República, como de la sucesiva implosión de la Guerra Civil, así como de la posterior implementación del régimen de la Dictadura. Un recuerdo que posiciona a la sociedad heredera de Azaña y Franco en dos bandos cromáticos, cada uno con sus razones de fundamento y cada cual con sus tristemente muertos -atrocidades humanas mediante- como recriminadora artillería argumental de parte. No obstante, partidismos a un lado, si algo nos ha enseñado ésta oscura por dolorosa etapa reciente de la historia española, al análisis de una mirada retrospectiva tras 40 años de convivencia pacífica en Democracia, son tres los postulados inalienables a la luz de la dignidad humana y la lógica socio-política que debemos preservar:

1.-La razón, ejercida desde la violencia para la supresión de la libertades individuales -entendidas éstas en el más estricto sentido de los derechos civiles democráticos-, deja de ser razón.

2.-Las ideas políticas solo pueden ser sostenibles en el mundo de las formas sociales vía consensos transversales, previo alcanzar un nivel de madurez óptimo por parte de la sociedad objeto de destino.

y, 3.-No existe un único y exclusivo concepto de España como nación, solo existen ciudadanos de un amplio espectro cromático ideológico que vivimos en comunidad bajo el sol de un mismo Estado al que denominamos España.

Es por ello que si nos apartamos del sendero que rechaza la imposición de la razón por la fuerza, si menospreciamos el necesario consenso social como imperativo democrático para desarrollar e implementar nuevas o viejas ideas políticas, e incluso si obligamos a los ciudadanos a elegir entre identidades nacionales diversas, podríamos vernos alimentando -aun por inconsciencia- las circunstancias que en un pasado aun caliente nos llevó como país a un desencuentro fraternal irreconciliable. (Ver: Casus belli probable del siglo XXI)

Sí, hoy, sin lugar a dudas, es un día que pasará a la historia española por su trascendencia más política -aunque sea puramente simbólica- que social. Un día en el que no tiene cabida una posible discrepancia ideológica acalorada más que en el sano debate del ámbito de la libertad de pensamiento y la pluralidad política. Un día en el que como sociedad no debemos desperdiciar la ocasión de aprovechar para reflexionar respecto de dónde venimos, dónde nos encontramos y hacia dónde vamos, realizar comparativas de los diversos modelos de organización social que hemos protagonizado como país a lo largo de los últimos dos siglos, y elevar la Democracia como espacio de concordia, desarrollo y paz social a la categoría de bien común. Una reflexión que no solo nos conducirá a un mayor entendimiento de la Historia colectiva -muy necesario especialmente entre los más jóvenes-, sino que nos cargará con una mayor consciencia de responsabilidad democrática en aras de no permitirnos volver a repetir los errores del pasado.¡Larga vida a la España democrática!.

...Y a los fundamentalistas de uno u otro bando, que los reenvíen a la escuela por el bien de todos, por favor. (Ver: Allí donde se ilumina elfundamentalismo, se apaga la razón y se involuciona socialmente)



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miércoles, 23 de octubre de 2019

La educación online del futuro: ¿enseñar o adoctrinar?


La velocidad de vértigo a la que está sometida la sociedad, cuyo principio de realidad sufre un continuo estado de cambio y transformación, provocando que si nos despistamos lo más mínimo dejemos de reconocer aquel paisaje cotidiano que hasta la fecha conocíamos, tiene como efecto colateral la destilación de la formación reglada. A la cual, previo proceso intencionado de centrifugación, la estamos sintetizando en cápsulas modulares de conocimiento práctico, creando situaciones tan dispares como la aparición de nuevos grados universitarios en los que en un periodo de tiempo menor al que en antaño se estudiaba una carrera (al menos en mi época), ahora se estudian -teóricamente- dos carreras a la vez y de naturaleza dispar. Todo bajo la filosofía de buscar lo fácil, hacerlo rápido y tenerlo para ayer.

Un proceso marcado por el propio ritmo acelerado de la sociedad en el que, por sobrar, comienzan a sobrar incluso los profesores por ser elementos estadísticos de ralentización del proceso formativo. O al menos así si comienza ha concebirse en la nueva era de la revolución educativa del siglo XXI, con la compañía china Squirrel AI a la cabeza, máximo exponente del nuevo paradigma de la formación reglada online de interactuación alumno-ordenador en el que las tutorías están guiadas por un algoritmo de inteligencia artificial en substitución del clásico profesor humano. La fórmula de Squirrel AI está teniendo tanto éxito que en los cinco años de vida de la empresa ésta ya ha abierto 2.000 centros de aprendizaje en 200 ciudades chinas con un registro de más de dos millones de estudiantes (equivalentes a todo el sistema de escuelas públicas de la ciudad de Nueva York), y ya están planificando duplicar los centros abiertos a un año vista en una expansión sin parangón (Fuente: MIT Technology Review). Una tendencia que, a nivel mundial, queda respaldada por las decenas de millones de estudiantes que ya usan alguna plataforma de inteligencia artificial online para aprender.

Evidentemente, el auge imparable de la aplicación de la inteligencia artificial como metodología de aprendizaje no solo es debido a la riqueza de recursos pedagógicos multiniveles que posibilitan las plataformas online, así como la facilidad educativa ofertada en materia de gestión personalizable del tiempo para beneficio del alumno, sino aún más en el alto nivel de éxito de aprobados que obtiene versus el sistema educativo clásico en un mismo periodo de tiempo objeto de estudio. No obstante, el nuevo modelo educativo esconde un troyano de profundas implicaciones sociales: el peligro potencial a una formación global estandarizada. O, dicho en otras palabras, la posible homogeneización del conocimiento para la implementación de un pensamiento único. (Ver: ¿Está en peligro el pensamiento individual?).

Enseñar implica, a la luz de la filosofía humanista, ayudar a los alumnos a desarrollar su racionalidad desde un proceso lógico-reflexivo; es decir, enseñarles a pensar por sí mismos. Un factor clave, y aun más irrenunciable, para una formación sana de la individualidad de las personas. En cambio, el nuevo sistema formativo basado en la inteligencia artificial se decanta sin prejuicio alguno en no contemplar dicho axioma, ya que su objetivo principal no es otro que el alumno aprenda una materia concreta y en un tiempo predeterminado -por requerimientos socioproductivos-, y descarta que comprenda su propio proceso de aprendizaje, lo cual no da cabida al maravilloso despliegue de la lógica creativa, base del pensamiento crítico y disruptivo, que caracteriza al hombre como ser reflexivo. Ergo, si no se enseña, lo que realmente se está planteando es una apuesta clara y decidida por el adoctrinamiento, pero no en un sentido ideológico -aunque aquí podríamos abrir el melón de la ideología productivista del Mercado-, sino más bien en un sentido de neuroprogramación para el desempeño funcional de roles profesionales socialmente pre-estandarizados.

Desde el momento en que el profesor, como activo docente con pleno derecho para el ejercicio de la libertad de cátedra y por tanto garante del pensamiento crítico, queda excluido de la lógica del nuevo sistema formativo de futuras generaciones, el tipo de enseñanza futura, así como el modelo de pensamiento imperante, tiene el peligro no solo de acabar homogeneizado sino incluso de ser monopolizado (gestión del control) por unas pocas manos partidistas: los directivos de las empresas tecnológicas de formación. Lo cual, sin lugar a dudas, viciará la actual naturaleza de beneficio social de la educación en pos de un beneficio marcadamente económico.

Así pues, y filosofía mediante, como sociedad tenemos el imperativo moral de reflexionar qué modelo formativo de futuro deseamos desarrollar a través de las nuevas herramientas pedagógicas de las plataformas online con base de inteligencia artificial: ¿enseñar o adoctrinar?. Dos opciones diferentes para dos horizontes de la humanidad tan divergentes como antagónicos. Personalmente, como filósofo humanista y docente universitario -aunque cada vez más a tiempo parcial muy a mi pesar por causa mayor de un Mercado excluyente-, abogo sin fisuras por la enseñanza frente al adoctrinamiento. Pues, como ya apuntó Platón, el mayor objetivo de una sociedad es educar correctamente a la juventud. Así que dejemos los modelos sociales orwellianos (de la novela “1984”) para el ámbito de la recreación artística o el ocioso mundo de los videojuegos.



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martes, 22 de octubre de 2019

Ejercer la impunidad por la fuerza o cómo convertir al hombre social en un ser animal

Furgón policial destrozado por estudiantes en Londres, 2010

Existen dos tipos de impunidad, aquella que está amparada por la ley, y aquella que se toma por la fuerza. La que se ajusta a Derecho, asimismo, puede ser un espejismo por temporal, pues si cambia la condición legal del inimputable, el sujeto puede ver rescindido su estatus social de impune quedando expuesto a la fuerza de la misma ley que en antaño le protegía, como suele suceder en el ámbito de personas que ocupan cargos públicos en un sistema rotatorio por democrático. Mientras que aquella impunidad que se toma por la fuerza, la vida útil de su naturaleza es directamente proporcional a la fuerza coercitiva ejercida para mantener dicho estado de impunidad (tercera ley de Newton), la cual también acaba siendo temporal por desgaste y pérdida progresiva de la energía cinética necesaria para tal fin.

Desde un enfoque social, por regulado jurídicamente, observamos que si bien la impunidad amparada por ley es legítima y la impunidad tomada por la fuerza es ilegítima, la primera puede transformarse en ilegítima y la segunda en legítima, dependiendo del desarrollo sociocontextual de las mismas como tantas veces nos ha demostrado los devenires de la Historia. No obstante, en esta breve reflexión, personalmente me interesa centrarme en los tipos de impunidad de naturaleza forzosa y de carácter ilegítimo, por ser fenómenos de rabiosa actualidad en nuestros días.

Lo que está claro es que un acto de ejercicio de impunidad por la fuerza equivale a una voluntad activa de autoconcederse una protección social que individual y colectivamente no se posee, lo que conlleva a una transgresión consciente de un conjunto de reglas, normas y costumbres consensuadas socialmente que están debidamente reflejadas en un ordenamiento jurídico. De lo que se deriva que dicho acto, por ser contrario a la ley, es per se doloso. Y que en la motivación de la realización de dicho acto, autoconcedido por una concepción subjetiva del derecho natural versus el derecho positivo imperante, se ha producido un proceso de cambio y transformación de los valores morales del individuo respecto al resto de la sociedad.

Pero, ¿cuál es la causa que provoca un cambio de principios morales en un individuo o colectivo que motiva a actuar con autoconcedida impunidad frente a la sociedad mediante el uso de la fuerza?. La cuestión solo tiene dos respuestas posibles: la racionalidad y la irracionalidad. En el caso de una motivación racional participa el pensamiento lógico-reflexivo crítico, cuyas acciones pueden devenir el germen de un futuro cambio social en alguna de las dimensiones concretas de la sociedad. En este ámbito se enmarcarían conceptos como la desobediencia civil o la objeción de consciencia, que aun pudiendo ser moralmente legítimas (por una presumible alineación con valores universales), continuarían siendo jurídicamente ilegítimas y por tanto susceptibles de ser penalizadas en tanto y cuanto no alcancen su objetivo de cambio social, y por extensión normativo. Mientras que en el caso de una motivación irracional participa, por ausencia de la razón, la exaltación de los instintos más básicos del hombre como ser animal. En este ámbito se enmarcarían conceptos como la violencia pseudoideológica callejera -con o sin pillajes gratuitos- (caso disturbios de Cataluña), o la participación activa o pasiva en redes de rapto y abuso de menores para trata sexual (caso Epstein), por poner algunos ejemplos, que siempre serán concebidos como actos categóricamente ilegítimos tanto moral como jurídicamente de principio a fin.

No cabe decir que el ejercicio de una autoconcedida impunidad mediante el uso de la fuerza frente a la sociedad aun motivada por la racionalidad, fruto del pensamiento crítico, suele acabar desembocando asimismo en actos irracionales -motivados des de la exaltación de los sentidos- cuando participa un volumen crítico de individuos. Pues como decía Ortega y Gasset en su obra La rebelión de las masas, el problema de la multitud es que puede enloquecer en cualquier momento como caballo desbocado que arrastra todo a su paso, produciendo tumultos y disturbios. Y además, como tristemente quedó patente en el famoso Experimento de la Cárcel de Stanford de 1971, en el seno de dicha masa orgánica los individuos suelen adoptar roles desproporcionados por desmesurados de manera transversal a los diversos niveles de poder existentes -aunque sean de perfil tribal-, que se alejan de la convencionalidad de sus propios rasgos de personalidad sociabilizada como individuos fuera de la masa, por efecto enajenador del micro hábitat creado, generando una contagiosa explosión en cadena de las conductas emocionales humanas más viles.

De lo que se sustrae, a modo de conclusión tras lo expuesto, que los actos de autoconcesión de impunidad por la fuerza y por tanto ilegítima, no solo son propios de individuos que se consideran superiores moralmente al resto de sus conciudadanos -aunque sea por enajenación mental transitoria-, sino que su acciones acaban evolucionando hacia posturas irracionales de comportamiento manifiestamente exaltados, donde el hombre como ser social queda anulado por el hombre como ser animal. Y ya se sabe que en el mundo animal solo impera una ley, y no es justamente la del imperio de la razón y la ilustración -no nos llevemos a engaño-, sino la de aquel que golpea y oprime con mayor fuerza.



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lunes, 21 de octubre de 2019

El Capitalismo neoliberal ha muerto ¡Viva el Capitalismo Humanista!


Que el Capitalismo es un sistema de organización socio-económica que no funciona, es una evidencia aplastante, a la luz de las grandes desigualdades sociales existentes marcadas por un abismo de vértigo entre unos pocos que acaparan mucho y unos muchos que malviven con muy poco. Y aún así, hacemos como los tres monos que no ven, no oyen y no hablan, pues más temor parece generar el hecho de afrontar la incógnita a una alternativa al Capitalismo actual, que el miedo a convivir con el anormal Principio de Realidad normalizado. Tanto es así, que criticar al Capitalismo es equiparable -aun a día de hoy y bajo la percepción errónea de los tres monos-, a ser señalado como un comunista o un antisistema. Un reductio ad absurdum que salpica incluso a la defensa de los principios rectores del Estado de Bienestar Social versus las salvajes prácticas de un Capitalismo neoliberal, como si defender los derechos civiles que configuran las constituciones de los países democráticos europeos frente a un Mercado desatado y feroz fuera propio de postulados de una trasnochada ultraizquierda en pleno siglo XXI. Todo un despropósito (o un ataque a propósito) propio del ámbito de la ignominia generalizado por una minoría de rentas altas -más de capital, que de trabajo- que, desde su espacio de confort, optan por la ceguera social voluntaria por interesada.

Que el Capitalismo actual no funciona como modelo de organización social y económico queda patente en la fulminación de facto -con ensañamiento y alevosía añadida- de la piedra angular de la Democracia: el Principio de Igualdad, máximo valor jurídico de los Estados de Derecho. Pues el Capitalismo, a través de la mecánica del Mercado, ha anulado ya no la igualdad material entre los ciudadanos de un misma misma sociedad -más propio de postulados de regímenes socialistas-, sino la igualdad de oportunidades entre ciudadanos de un mismo espacio común socio-económico supuestamente libre, equitativo y solidario.

Es por ello que, como apuntan cada vez un mayor número de pensadores -entre ellos muchos economistas de nueva generación-, es necesario una urgente reinvención del Capitalismo para paliar los problemas sociales (aumento de la desigualdad y de las cuotas de pobreza), económicos (crisis sistémica del modelo productivo) y políticos (clara afección negativa contra la propia naturaleza de la Democracia) que él mismo ha causado a través de sus prácticas incontroladas. En este sentido, más allá del “realismo capitalista” fisheriano que señala que fuera del Capitalismo no hay vida y que éste condiciona el Principio de Realidad social contemporáneo, hay quienes apuntan hacia nuevos sistemas económicos denominados como capitalismo progresista, socialismo participativo, o democracia económica, entre otros.

Principios del Capitalismo Humanista

No obstante, personalmente -y sin entrar a debatir dichos modelos-, abogo por un sistema al que denomino Capitalismo Humanista, cuyos cuatro principios fundamentales son los que siguen:

1.-El Capitalismo Humanista como valor moral social antepone la persona como objeto de protección pública frente al capital como objeto de protección privada.

2.-El Capitalismo Humanista como organización social se articula mediante los preceptos de un Estado del Bienestar Social.

3.-El Capitalismo Humanista como organización jurídica antepone los derechos sociales y civiles fundamentales de un Estado Social y Democrático de Derecho frente a las reglas partidistas del Mercado capitalista de libre competencia.

4.-El Capitalismo Humanista como sistema de organización económica establece criterios ejecutivos, mediante mecanismos de redistribución y limitación de las rentas, en la firme defensa por un modelo de sociedad equilibrada entre los principios rectores democráticos de igualdad de oportunidades y justicia social, y el derecho democrático a la propiedad privada.

Como a nadie se le debe escapar, los cuatro principios fundamentales del Capitalismo Humanista expuestos, que beben de la filosofía humanista occidental de tradición greco-romana, comportan afrontar dos grandes caballos de batalla de rabiosa actualidad:

1.-La lucha antagónica entre los poderes de la Democracia Social y la Dictadura Capitalista,

y, 2.-El pulso desigual entre justicia y equidad social (que por ser social es res publica), y el derecho sin límites acumulativos de la propiedad individual (que por ser individual es res privata).

En ambos casos, el planteamiento de los problemas a resolver resulta diáfano: o defendemos un modelo socio-económico para todos generando un espacio de bienestar social colectivo, o defendemos un modelo organizativo exclusivo para unos pocos privilegiados generando grandes desequilibrios sociales. En este sentido, queda claro que el Capitalismo Humanista toma parte decidida por la primera opción, siendo consciente que dichos problemas son resolubles, aunque pudieran parecer todo lo contrario a primera vista por fuerza mayor e influencia del denominado “realismo capitalista”. No obstante, si analizamos con detenimiento los enunciados de los problemas planteados en su suma, ambos participan de una misma variable codependiente como raíz clave a despejar: el derecho a la propiedad privada.

Redimensión de la Propiedad Privada

Los detractores del Capitalismo Humanista apelarán al derecho inalienable de la propiedad privada, fundamento del Derecho occidental por herencia del derecho civil romano. Pero no hay que olvidar que hoy en día contamos ya con excepciones normalizadas de limitación a dicha figura jurídica en los países democráticos por causas de interés general, como es la expropiación para el desarrollo y ejecución de infraestructuras estratégicas para el Estado (carreteras, vías férreas, aeropuertos, etc), o mediante la aplicación de políticas fiscales (impuesto de bienes inmuebles, impuesto de sucesiones, impuesto sobre la actividad económica, etc). Por lo que no resulta descabellado ampliar el marco legislativo de limitación al derecho de la propiedad privada con el fin de garantizar la equidad y la justicia social sobre el conjunto de recursos de una sociedad, que es lo mismo que abogar por una política de redistribución de la renta del capital y del trabajo más equitativa y solidaria. En esta línea cabría definir dónde se sitúa el límite de la propiedad privada, para que no sea causa de desequilibrios sociales desestabilizantes, y cuál sería la naturaleza de los nuevos instrumentos ejecutivos de dicho límite (salariales, de bienes tangibles, de recursos, etc). Ya que la propiedad privada debe ser plenamente compatible con un estado del Bienestar Social colectivo, y viceversa.

En este punto, por efecto sociológico a una redimensión de la propiedad privada, cabe apuntar que sería necesario trabajar colateralmente en la búsqueda de nuevos elementos motivadores complementarios a la riqueza personal en una redefinición de la Pirámide de Maslow, como puedan ser el salario emocional, el enriquecimiento personal en materia de gestión del conocimiento, la revalorización social del individuo, otros beneficios de servicios sociales, etc.

Redefinición en la Redistribución de las Rentas

Por otro lado, los detractores del Capitalismo Humanista también podrían apelar a que una redistribución de las rentas, derivadas de la gestión sobre la limitación de la propiedad privada, acarrearían una desaceleración de la economía productiva (por relajación de la clase trabajadora), lo que conllevaría a un aumento de la inflación (subida de precios, especialmente de los productos de consumo de primera necesidad), y por consiguiente a la destrucción del Mercado (por caída del consumo y posible implantación de política de precios máximos), tal y como sucedió en la causa principal de la caída del Imperio Romano tras la implantación de un costoso modelo de bienestar social (panem et circenses). En este sentido, cabe apuntar que los efectos devastadores de dicho escenario ya los sufrimos a día de hoy, no por relajación de la clase trabajadora sino por su imposibilidad de trabajar y/o de cobrar unos salarios dignos -entre otros factores-, y aun sin limitación alguna a la propiedad privada y por extensión sin control público a la sobre-acumulación de recursos colectivos en manos de un porcentaje minoritario de la sociedad. Así como señalar que, a diferencia del resto de épocas de la Humanidad, entre ellas la acaecida en la era del Imperio Romano, el ser humano ha dejado de ser la única fuerza laboral existente tras la aparición de los robots. O dicho en otras palabras, vamos a marchas aceleradas hacia una sociedad cuyo horizonte está marcado por una población activa productiva que no es humana sino artificial, convirtiendo la política de distribución de las rentas de capital y de trabajo ya no en una opción sino en una necesidad social.

Por todo ello, mediante la redimensión del derecho a la propiedad privada en la ecuación del Capitalismo Humanista, como palanca imprescindible de cambio positivo hacia la redefinición de la redistribución de las rentas en un estado de Bienestar Social sostenible, no solo se puede alcanzar una sociedad articulada en un contexto de justicia y equidad social óptima para el conjunto de la ciudadanía, sino que -legislación nacional e internacional mediante- la Democracia Social se erigiría como poder de organización socio-económico legítimo por sobre los mandatos impositivos de la Dictadura Capitalista. Ya que controlado el derecho a la propiedad privada en beneficio del bien común, el Capitalismo pasaría a ser un instrumento de gestión de desarrollo de la Democracia, y no a la inversa como sucede en la actualidad.

El Capitalismo neoliberal ha muerto. ¡Viva el Capitalismo Humanista!.


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jueves, 17 de octubre de 2019

Dura lex, sed lex: el garante de la tranquilidad social

Barcelona en llamas. Noche del 16/10/19

El hombre es un ser social por naturaleza, como bien ya apuntaba Aristóteles en el siglo IV a. c., idea que posteriormente popularizó el ilustrado Rousseau en el siglo XVIII con su “Contrato Social”. Lo que significa, principalmente, que no solo necesitamos de los otros congéneres para vivir, sino que además requerimos de unas normas de comportamiento común consensuadas para poder convivir en sociedad, ya que en caso contrario el hombre sería un lobo para el propio hombre (homo homini lupus) como recordaba el fundador de la filosofía política moderna Hobbes ya con un siglo de anterioridad.

Así pues, de la necesidad de establecer unas reglas de comportamiento comunes para garantizar la convivencia en el seno de una misma comunidad nace justamente el Derecho, cuyo principio general proveniente del derecho romano -base del derecho europeo y de los códigos civiles contemporáneos- no es otro que el enunciado normativo que reza: dura lex, sed lex, traducido como “la ley es dura, pero es ley”. Una máxima latina que, aun a día de hoy, representa el principio fundamental de todos los Estados Democráticos de Derecho. O dicho en otras palabras, la ley garantiza la convivencia social del ser humano que vive en las sociedades contemporáneas civilizadas.

En este sentido, podemos afirmar que la ley es, por esencia, tanto una exigencia de la vida en común de los seres humanos, como una garantía para la preservación y defensa de las libertades e intereses de cada una de las personas que conviven en una misma comunidad, siempre a la luz de la razón humana y al respeto hacia los valores humanistas (fundamento de los derechos humanos), como bien desarrolló el filósofo y abogado Voltaire a las puertas de la Revolución Francesa.

Si entendemos, por otra parte, que convivencia no solo significa vivir junto con otros (del latín convivere), sino que conlleva implícito el inestimable valor social de vivir en seguridad (cualidad de estar cuidado y protegido a nivel individual y colectivo), llegaremos a la conclusión lógica por puro razonamiento deductivo que la ley es el instrumento que tenemos los seres humanos para garantizar la tranquilidad social como uno de los consensos máximos para la convivencia en comunidad. Por tanto, y a modo de síntesis, de éstas premisas surge un axioma diáfano: si el ser humano es un ser social por naturaleza, y éste requiere de reglas y normas consensuadas para vivir en convivencia, siendo el fin último de la convivencia una vida en común segura y protegida para todos y cada uno de los miembros participantes, ergo la ley es el garante de la tranquilidad social.

¡Y qué gran valor es la tranquilidad social! Propio de sociedades maduras y de ciudadanos psicoemocionalmente sanos. Pues de la tranquilidad brota la belleza de la creación humana rica en sus múltiples manifestaciones, y el hombre puede desarrollarse en plena dignidad de la inviolabilidad individual. Ya que la tranquilidad social, desde un espacio positivo de libertad personal propio de Estados Democráticos, es fruto del respeto, la concordia y de la buena educación cívica. Y aún más, ya que la tranquilidad social es el irrefutable reflejo del elemento nuclear de una convivencia pacífica.

Sí, dura lex, sed lex, pues sin ley no hay cabida para la tranquilidad social, y sin ésta no puede existir la convivencia pacífica, así como sin paz solo se puede vislumbrar -por experiencia histórica- un horizonte marcado por la carencia de libertades públicas e individuales, así como por un escenario sociocontextual desigual, injusto y privado de pluralidad política. Sin paz no hay libertad de pensamiento, y mucho menos de autorealización personal.

Es por ello que uno no puede dejar de horrorizarse -como observador pasivo y asustado desde mi atalaya de Barcelona- por los recientes episodios de guerra callejera (que recuerdan la Semana Trágica de 1909) protagonizados por centenares de nuestros jóvenes en Cataluña, quiénes de manera explícita han optado activamente por la vía de la violencia prebélica antes que por los innumerables recursos de cambio social que ofrece la Democracia, como sistema de organización social pacífica, con todas las garantías propias de los Estados de Derecho. Jóvenes, por no decir adolescentes, que con la razón ennubolada enarbolan la bandera negra como estandarte cuyo lema apela a la lucha hasta la muerte. Jóvenes a los que, indudablemente -no eximamos nuestra responsabilidad-, les hemos fallado como sociedad. Pues como sociedad les hemos fallado en educarlos adecuadamente a la luz de los principios rectores de la Democracia. Como sociedad les hemos fallado al no poder ofrecerles un futuro laboral en un sistema de Mercado excluyente por desequilibrado. Como sociedad les hemos fallado al no garantizar a sus familias los derechos sociales propios de un Estado de Bienestar Social. Como sociedad les hemos fallado por permitir la gobernanza a manos de unos dirigentes enajenados que prometen una Ítaca y a su vez son incapaces de gestionar la frustración social derivada de su indiligencia e irresponsabilidad política. Sí, como sociedad les hemos fallado, aunque ello no elude de responsabilidad civil sus actos incívicos, por jóvenes que sean. La responsabilidad, sin lugar a dudas, debe ser compartida, y la ley como garante de la tranquilidad social debe ser aplicada.

Acabo esta breve reflexión a la espera que a lo largo de los días sucesivos, que se prevén calientes en disturbios propios de guerrillas urbanas, no haga aparición ningún cisne negro como punto de inflexión de no retorno hacia un estado social donde la ley, democrática, aún siendo de naturaleza dura no tenga capacidad de gestionar positivamente la crisis existente en Cataluña (como sucedió en la Alemania de 1938 con la Noche de los Cristales Rotos). Hoy, más que nunca, por el bien de la convivencia y la tranquilidad social, y en defensa de la denostada Democracia, cabe reclamar el principio fundamental de nuestro Estado de Derecho: dura lex, sed lex.


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lunes, 14 de octubre de 2019

¿Qué es la Democracia? (Carta abierta a los jóvenes catalanes)

Jóvenes independentistas cortan el AVE en Gerona. Foto EFE

Que la Democracia es el poder o dominio del pueblo, todo el mundo lo sabe (por uso popular de su etimología griega). Que la Democracia es un modelo de organización social que fue definido por primera vez por el viejo filósofo Platón en la Antigua Grecia del siglo IV a.C., prácticamente es también conocido de manera general. Y que la Democracia es el sistema de gobierno más utilizado por la inmensa mayoría de países en el mundo, es un dato cuyo conocimiento damos por hecho. Pero, a partir de aquí, ¿sabemos qué elementos debe tener la Democracia para ser considerada como tal? Y, aún más, ¿la Democracia, como voluntad del pueblo, tiene algún límite que al sobrepasarlo puede perder la condición de Democracia?

Estas son preguntas cuya respuesta deberían enseñarse en los centros educativos que forman a nuestros jóvenes, ya que su falta de conocimiento no solo conduce a la ignorancia sobre qué es o que no es Democracia, sino que incluso puede inducir a jóvenes y no tan jóvenes -como observamos en la actualidad- a comportamientos antidemocráticos. Y ya sabemos que el polo apuesto a la Democracia no es otro que la dictadura, la tiranía, la autocracia y/o el caudillaje.

Así pues, respondiendo a las preguntas planteadas, señalaremos en primera instancia que los elementos que debe tener una Democracia para ser considerada como tal son los llamados Principios Democráticos (Igualdad, Limitación y Control del Poder), cuyos valores superiores defienden la libertad, la justicia, la igualdad y el pluralismo político de todos los ciudadanos. Hasta aquí no hay mayores problemas, pues todas las personas aceptamos dichos valores de manera abstracta por conceptuales. El problema radica justamente cuando debemos definir, a la luz de nuestros intereses personales o colectivos, qué entendemos por libertad, justicia, igualdad y pluralismo político.

La respuesta viene respondida, a su vez, por la segunda pregunta objeto del planteamiento: ¿tiene la Democracia, como voluntad del pueblo, algún límite que al sobrepasarlo puede perder la condición de Democracia?. Es decir, ¿dónde está el límite para la aplicación individual o grupal de la libertad, la justicia, la igualdad y el pluralismo político para que continúe siendo Democracia?. La respuesta es tan clara como sencilla: en la Ley. O dicho en otras palabras, el fundamento principal de la Democracia es su ordenamiento jurídico (conjunto de leyes que regulan la Democracia como modelo de organización social). Es por ello que los países democráticos del siglo XXI se autodefinen como Estados Democráticos de Derecho (además de Sociales).

La consiguiente pregunta obligada, cuya respuesta parece que desconocen muchos jóvenes, no es otra que ¿quiénes crean, anulan o redefinen las leyes?. La respuesta la hallamos en los políticos (poder legislativo, uno de los tres poderes independientes que conforman la naturaleza de un Estado Democrático). Así pues, si existe una ley concreta que no nos gusta por considerar que atenta contra el concepto que tenemos de libertad, justicia, igualdad o pluralismo político, la Democracia nos permite participar de la vida política, de manera directa o a través de los partidos políticos (sistema representativo y/o participativo), por medio del uso del voto para conseguir modificar la ley. Siendo conscientes y teniendo en cuenta que la Ley, asimismo, regula el uso y gestión del voto para que éste se considere con todas las garantías propio de un proceso democrático. (En este punto, aconsejo leer: “El futuro de la Constitución: en manos dela educación sobre libertad de nuestros jóvenes)

Y, ¿qué pasa si no me gusta una Ley y actúo en contra de la misma?, parece ni siquiera preguntarse últimamente algunos jóvenes y otros tantos adultos por comportamientos públicos de rabiosa actualidad. En primer lugar, cabe remarcar que quien actúa contra la Ley está actuando contra la Democracia, pues la Democracia es Ley. Y, en segundo lugar, la Democracia como modelo de organización social tiene dos herramientas principales para defender la libertad, la justicia, la igualdad y el pluralismo político que garantice la buena convivencia entre todos los ciudadanos de un mismo Estado: las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado (la policía y el ejército, sujetos al mandato de los Poderes Ejecutivo -Gobierno-, Legislativo -Congreso/Parlamento-, y el Judicial -Tribunales de Justicia-), y el mismo Poder Judicial (los jueces, uno de los tres poderes independientes que conforman la naturaleza de un Estado Democrático). Es decir, si se actúa contrario a Ley la policía tiene la obligación de defender el cumplimiento de la misma con plena capacidad de arrestar a los infractores, y a posteriori los jueces deberán verificar los hechos de dicha infracción con plena capacidad de castigar económicamente y/o con privación de libertad a los autores del delito.

Expuesto lo cual de manera sencilla, extremadamente concisa y con plena intención pedagógica, ante los disturbios registrados a lo largo del día de hoy en Cataluña (como preludio de una semana caliente) por parte mayoritariamente de jóvenes proindependentistas, en ocasión de la publicación de la sentencia del Tribunal Supremo (máximo tribunal de justicia del Estado Democrático de Derecho español) sobre el caso de los políticos independentistas procesados, uno tiene la plena convicción que en muchos centros educativos catalanes no solo no se educa sobre los Principios Democráticos y su naturaleza, sino que incluso se incita a la revolución social como medio de disidencia política y rechazo a la autoridad con actuaciones manifiestamente antidemocráticas bajo una falsa bandera a la que mal denominan Democracia.

Para aquellos jóvenes catalanes conscientes que la ignorancia (en este caso socio-política) conduce al fundamentalismo ideológico, y deseen profundizar desde una visión crítica constructiva en el proceso catalán contemporáneo, les recomiendo el conjunto de breves reflexiones recopiladas en la obra abierta bajo el título “Crónicas del nubarrón independentista” realizadas por un humilde servidor catalán durante el período 2015-2018. Asimismo, tanto para estos como para aquellos otros que consideren tener la idea de un sistema de organización social mejor que la Democracia -con todas sus sombras por resolver-, estaré encantado de prestarles una lógica y reflexiva merecida atención. Libertas capitur, sapere aude.



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miércoles, 9 de octubre de 2019

El estudio de los Planetas: la dimensión insignificante de nuestra especie

Peebles, Mayor y Queloz, Premios Nobel de Física 2019

El estudio de los planetas, o más concretamente de los exoplanetas y la evolución del universo, ha resultado ser el astro más brillante en el firmamento de los Premios Nobel de este año, perteneciente al galardón de la Física. Con este evento, una vez más, la comunidad científica hace recordatorio colectivo -aun sin intención premeditada- sobre la ciertamente insignificancia de nuestra pretenciosa especie dentro del Universo (Ver: En una era postgeocéntrica, la noción del Universo es un baño de realidad para el egocentrismo humano). Lo cual ayuda ha resituarnos en nuestra justa medida, orgullo estéril a parte.

De hecho, la dimensión referencial de insignificancia -entendida ésta como valor ínfimo para el conjunto del que forma parte- de la especie humana respecto al Universo, viene determinado por dos magnitudes físicas de naturaleza vectorial concretas: la profundidad y la fragilidad.

El vector físico de la profundidad viene derivado del hecho objetivo que la materia observable, estrellas y planetas incluidos, representa menos del 5 por ciento del Universo, siendo el 95 por ciento restante materia y energía oscura por no visible. Es decir, que nuestra presencia como representantes de la Tierra en un cosmos con más de dos billones de galaxias (cada una con su conjunto particular de diversos sistemas solares propios), nos sitúa en una representación de escala submillonesimal. Un dato ya de por sí de vértigo que, si además consideramos que el Universo es finito por el tiempo (pues no sabemos que hay más allá de la distancia recorrida por la luz desde el Big Bang hasta hoy), nos equipara a una partícula de polvo prácticamente imperceptible por diminuta en el interior de una gran caja vacía, al menos en un sistema euclidiano. Ya que en un sistema cuántico, dicha caja -y con ella nuestra naturaleza- podría ser el reflejo de un universo multidimensional. En resumidas cuentas, la magnitud del vector físico de la profundidad, como punto dimensional referencial de la insignificancia de nuestra especie en el Universo, resulta insondable por ser asimismo irresoluble la propia naturaleza del Universo. Y, como bien señala el profesor de Princeton Peebles, uno de los galardonados con el Premio Nobel de Física, todo apunta a que nunca llegaremos a comprender completamente el Universo.

Por su lado, el vector físico de la fragilidad de la naturaleza humana, así como de la mayoría del conjunto de la vida en el Universo conocido, viene determinado por el hecho objetivo de que fuera de los planetas no podemos vivir (extendamos aquí el concepto de planetas incluso a posibles astros artificiales -definidos como cuerpos celestes- creados por vida inteligente, como puedan ser estaciones o naves espaciales). Tanto es así que podemos equiparar los planetas a pequeñas cápsulas diseminadas en suspensión a lo largo, ancho y profundo del oscuro Universo, tales como si delicados por desprotegidos invernaderos se tratase, donde se controla las condiciones climatológicas básicas óptimas para la creación y desarrollo de la vida orgánica aprovechando el efecto producido por la radiación solar.

Sí, los vectores de profundidad y fragilidad determinan nuestra insignificancia como especie frente al Universo del que humildemente formamos parte. De hecho, hace un suspiro que los humanos existimos en la vida del Universo (y menos aún en la Tierra), y éste ni se inmutará si hoy mismo desaparecemos de él, arrastrando incluso con nosotros mismos la vida del bello planeta azul. Pues el Universo no está exento del principio del ciclo de la vida, y tanto mueren planetas cada día como por formación nacen de nuevos a partir del gas y el polvo que gira entorno a las estrellas jóvenes.

Mientras tanto, desde nuestro pequeño y frágil invernadero al que denominamos Tierra, estudiamos los exoplanetas -aquellos que están fuera de nuestro sistema solar- y la evolución del Universo como seres curiosos y ávidos de conocimiento que somos, en busca de transcendernos como especie animal, racional y espiritual. Ojalá manifestemos colectivamente el mismo sentido de trascendencia humana para combatir nuestra demostrada tendencia autodestructiva. Pues en caso contrario, nuestro último grito existencial como especie no será más que el gesto de un chillido insonoro munchiriano en la insondable vastedad de la caja vacía y oscura del Universo.


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lunes, 7 de octubre de 2019

La intimidad, tanto un lujo contemporáneo como una declaración de rebeldía


Como todos sabemos, el lujo es un bien preciado al alcance de unos pocos privilegiados, ya que lleva implícito una barrera de entrada artificial -como dirían los economistas- que no es otra que su alto coste monetario de adquisición (Ver: ¿Por qué nos atrae el lujo?). Asimismo, de lujos existen tanto de naturaleza tangible como intangible, siendo uno de éstos últimos por excelencia en nuestra sociedad orwelliana (por su obra 1984) la intimidad.

Sí, la intimidad es un bien preciado por escaso en nuestro tiempo. Por un lado, porque el sector privado, al que denominamos Mercado, ha conseguido moldear las sociedades bajo un patrón económico sustentado en la extracción y gestión comercial de los datos personales del conjunto de los ciudadanos, mecanismos incluso de espionaje ocultos en aparatos domésticos mediante (Ver: Vivimos en una sociedad en la que valemos más por ser clientes/consumidores, antes que ciudadanos y personas y El “Conócete a ti mismo” lo ejerce el Mercado por nosotros). Y, por otro lado, porque el sector público, al que denominamos Estado, está aplicando de manera creciente políticas de vigilancia masiva a la población, con capacidad de seguimientos individualizados las 24 horas del día, en aras de un mayor control de la seguridad ciudadana. Una tenaza Mercado-Estado a la intimidad individual acelerada por el proceso de corte sociotecnológico conocido como globalización, surgido a partir de la mitad del siglo pasado en plena Tercera Revolución Industrial.

Pero, sociofenomenología de la intimidad a parte, lo interesante es observar su casuística contemporánea. Es decir, ¿cómo el ser humano actual se relaciona o comporta respecto a su intimidad, y cuáles son sus implicaciones?. Para ello, y en primer lugar, debemos definir el concepto de intimidad, entendiéndolo como un espacio inviolable de la privacidad más íntima de la persona.Y en segundo lugar, debemos situar el ámbito de manifestación de dicha intimidad, la cual -como todos sabemos- puede darse tanto en la dimensión interna como externa de una persona. Expuesto lo cual, podemos segmentar el comportamiento humano respecto la intimidad en tres tipologías de personas bien diferenciadas:

1.-IntraPersonales: Personas que ejercitan la intimidad en su dimensión interna.

Se trata de un colectivo minoritario, ya que la búsqueda de la intimidad interna equivale a la voluntad activa de desarrollar una vida interior, condición sine qua non que requiere de los estados de soledad y de silencio ambiental (Ver: La soledad voluntaria, un bien preciado desprestigiado). Un planteamiento existencial propio de pensadores y personas espirituales. Dicho colectivo, asimismo, suele extrapolar el ejercicio de la intimidad interna a su dimensión personal externa.

2.-InterPersonales: Personas que ejercitan la intimidad en su dimensión externa.

Se trata de un colectivo que, al igual que el anterior, también es minoritario. La característica fundamental de esta tipología de personas es su declarado activismo rebelde frente al control de la intimidad ejercido por el tándem Mercado-Estado. Un planteamiento existencial propio de antisistemas, pensadores y personas espirituales. Estos dos últimos perfiles, asimismo, suelen desarrollar el ejercicio de la intimidad externa parejo a su dimensión personal interna.

3.-ExtraPersonales: Personas que no ejercitan la intimidad ni en su dimensión interna ni externa.

Se trata del colectivo mayoritario en la sociedad contemporánea. Su rasgo característico fundamental es el uso sistemático de dispositivos móviles de conexión a la red de internet, tal si de un quinto miembro natural extensible de su organismo tanto fisiológico como intelectual se tratase. Son personas cuyas vidas, de manera integral, se desarrollan inmersas en un estadio pleno de sobre-exposición pública, cediendo a voluntad y con plena (a)normalidad su intimidad al sistema de control social ejercido por el tándem Mercado-Estado. Un planteamiento existencial propio de ciudadanos-consumidores hijos de la era tecnológica, y más especialmente a partir de la generación nacida desde la primera parte del presente siglo en plena Cuarta Revolución Industrial (Ver: El homo selfies, el alter ego virtual).

Como se puede deducir, a la luz de un racionamiento lógico objetivo, el hecho que construyamos una sociedad en la que el conjunto de la ciudadanía tiende de facto hacia la exclusión voluntaria de la intimidad en su desarrollo como personas -como cesión incontestable y normalizada a favor de los poderes fácticos del Mercado y del Estado-, no solo nos aboca al desarrollo de una humanidad sujeta a un peligroso control colectivo por parte de intereses políticos y comerciales partidistas (a través de la lógica de la economía de la atención, haciendo del “mundo feliz” del británico Huxley una profecía casi cumplida); sino que tiende a convertir al conjunto de ciudadanos de nuestras sociedades modernas en personas que construyen y fundamentan su identidad interna y externa desde la volatilidad del Yo de los Otros. Y ya sabemos que aquel que no se reconoce desde su Yo Soy es fácilmente reseteable psicoemocionalmente por fragilidad de su vida interior y consecuente carencia de madurez personal exterior.

No podemos devaluar y ni mucho menos despreciar la intimidad como faceta vital del ser humano, ya que la intimidad es para el crecimiento y desarrollo de una persona lo que el sueño es para la salubridad física y psicoemocional de un individuo. Asimismo, sin intimidad no hay pensamiento crítico, pues la intimidad genera ese espacio de reflexión con nosotros mismos y respecto a nuestra realidad que nos permite extraer conclusiones más allá de los estados de opinión sociales paquetizados (Ver: ¿Hemos desaprendido a pensar? y Pensar,la gastronomía del alma que no sirve para comer). Así pues, en la intimidad pienso, y puesto que pienso existo por encima de la voluntad homogeneizadora de terceros.



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viernes, 4 de octubre de 2019

La Modestia, una radiografía de tipos de personalidad


A veces nos encontramos por la vida con personas que muestran una actitud de modestia, entendida como cualidad de persona modesta, es decir, que no hace ostentación de sus buenas cualidades en una materia o hecho concreto. Pero no todas las modestias son de igual naturaleza, pues podemos toparnos con modestias sinceras, modestias falsas y modestias enfermas; así como tampoco se manifiestan de la misma manera, ya que podemos observar modestias temporales y modestias crónicas como hábito conductual. Hagamos su desglose:

Las modestias sinceras son propias de personas que denotan un estado emocional sano, aunque están sujetas a determinismos culturales que les obliga a declinar cualquier alago en exceso que públicamente engrandezca su persona como individuo. (En este punto, recomiendo la lectura de: “Más humildad socrática y menos sinceridad diplomática”). Su manifestación suele ser temporal por puntual, así como espontánea por un acto reflejo educativo. Asimismo, cabe apuntar que la naturaleza de la modestia sincera pertenece a la familia del orgullo discreto u orgullo educado por exposición de baja intensidad, en consecuencia la modestia sincera puede transmutarse en un conato reivindicativo de orgullo personal cuando el sujeto entiende que su modestia sincera está siendo malentendida o incluso atacada como signo de debilidad o incompetencia. (Ver: Reivindico el ego como instinto básico de existencia y supervivencia personal).

Por su parte, las modestias falsas son propias de personas que denotan un estado emocional tan insano como tóxico, pues más allá de estar sujetas a posibles determinismos culturales, utilizan la actitud de la modestia falsa como instrumento de engaño y manipulación de su entorno social más inmediato. Ya que en verdad éstas personas no se consideran modestas, sino más bien orgullosas de sí mismas con claros rasgos conscientes de descarada (por impúdica) altivez frente a la vida que revelan exclusivamente en su intimidad, pero que para encaje y supervivencia social actúan bajo el camuflaje de la modestia como medio instrumental de beneficio personal. La manifestación de la modestia falsa suele ser crónica, ya que dicha actitud suele conformar parte estructural del hábito conductual existencial construido por el sujeto. Asimismo, cabe apuntar que como la naturaleza de la modestia falsa pertenece a la familia de la prepotencia enmascarada, una vez destapada la falsedad de la modestia ésta puede transmutarse en un arrebato de rabia o ira, ya que la persona vive en una continua tensión controlada de superioridad respecto a los demás.

Mientras que las modestias enfermas, como bien indica su término, son propias de personas que denotan un estado emocional enfermo por psicopatológicas, es decir, por trastornos mentales ya sean de causa endógena u exógena. En este sentido, la modestia enferma es un rasgo característico de personas con bajos niveles de autoestima, e incluso de cuadros psicoemocionales depresivos en su grado más grave, cuya autopercepción personal registra importantes niveles de devaluación individual consciente respecto a su entorno social más inmediato. La manifestación de la modestia enferma tanto puede ser eventual como crónica, directamente proporcional a la psicopatología sufrida. Asimismo, cabe apuntar que como la naturaleza de la modestia enferma pertenece a la familia de la depresión, ésta puede transmutarse tanto en una actitud de anulación personal como de autodestrucción psicoemocional e incluso físico dentro de la polarización de su espectro conductual.

Así pues, como podemos observar, la modestia es una actitud cuyo registro nos dice mucho sobre el estado emocional, los rasgos de personalidad y el hábito existencial de una persona. Siendo su valor moral social asociado el concepto cultural judeocristiano de la humildad, que por ser cultural -cabe remarcar- no pertenece al marco de los valores universales, y que por tanto es susceptible de poder ser modificado mediante una adecuado proceso de reeducación.

Acabaremos señalando que por ser la modestia una actitud cultural, es decir un hábito educativo conductual -psicopatologías a parte-, y por tanto profundamente contextual a un espacio y un tiempo social, existe una conducta humana fuera del comportamiento de la modestia: la Autoridad Interna, que es aquella que permite al ser humano vivir mostrándose fiel a si mismo y respecto a su entorno exterior. (Ver: Conoce la fórmula de la Autoridad Interna y Valórate, ámate y vive desde tuAutoridad Interna). O dicho en otras palabras, el ser humano puede vivir una existencia sana psicoemocionalmente sin necesidad de adoptar la modestia como conducta personal y social. Aunque ello requiere, previamente, tanto de un trabajo personal de autoconocimiento como de un ejercicio de autotrascendencia sobre los cánones culturales limitantes establecidos. Cada cual que elija en plena consciencia de sus facultades emocionales y mentales la opción vital que más le convenga, sabedores que la máxima del “Yo soy Yo y mis circunstancias” de Ortega y Gasset puede transformarse en un “Yo soy Yo, a expensas de mis circunstancias”.

He dicho, modestia a parte.



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