miércoles, 25 de septiembre de 2019

Vivamos desde la concordia intimam, en un mundo carente de concordia res publica

Imagen de Miquel Porras Sánchez

Todo ser humano anhela alcanzar la concordia intimam en su paso por esta vida, que no es más ni menos que la concordia interior conocida como paz personal. Pero como toda paz como concepto significativo es doctrinal, pues forma parte de un conjunto de ideas y principios morales que integran el universo de creencias de una persona, esta paz aun siendo personal ciertamente pertenece a la categoría de la paz filosófica (con independencia de la naturaleza del credo que cada cual profese). Ergo no se puede acceder a la concordia intiman sin previamente haber transitado por un proceso individual de reflexión lógico-racional crítico sobre los grandes problemas de la existencia humana, en el que se alcanzan conclusiones intelectuales a partir de premisas conocidas mediante la inferencia de nuevos datos desconocidos (pensamiento analítico, coherente y lineal mediante).

No obstante, la paz filosófica como sustrato imprescindible por indisociable de la paz personal que nos permite alcanzar un estado de concordia intimam es más que un simple proceso de pensamiento intelectual o de racionamiento filosófico aséptico, pues en ella participa la metafísica por el simple hecho objetivo de que el ser humano es un ser espiritual en esencia (Ver: La Espiritualidad como realidad de la naturaleza humana). Entendiendo espiritualidad como la capacidad de trascendernos a nosotros mismos como seres pensantes y sintientes por encima de rasgos individuales y de caracteres colectivos socioculturales.

Como ya apuntó Aristóteles en su obra Moral a Nicómaco dedicada a su hijo, “la concordia supone siempre corazones sanos”, y no puede existir un corazón sano sin un estado espiritual sano con uno mismo y frente al resto del mundo, es decir, en acuerdo espiritual consigo mismo. Por otro lado, cabe señalar que un estado espiritual sano tan solo se alcanza mediante la alineación entre lo que todo ser humano como individuo piensa y siente, materia que en la actualidad denominamos gestión psicoemocional. Una alineación de pensamiento y sentimiento que tan solo se alcanza actuando en la vida cotidiana a través del “justo medio salvando los opuestos”, tal y como defendía el filósofo cordobés Maimónides en los tiempos del al-Ándalus (de gran influencia en el pensamiento medieval posterior), haciéndose eco, todo hay que decirlo, tanto del in medio virtus aristotélico como de la máxima estoica de vivir en un estado de serenidad más allá de los excesos propios de un comportamiento desbocado e irracional.

Es por ello que para alcanzar el tan anhelado estado espiritual sano, que se manifiesta en el mundo exterior a partir de un mundo interior caracterizado por la serenidad, la claridad mental y el equilibrio emocional (no olvidemos que nuestro mundo exterior es un reflejo de nuestro mundo interior), se requiere de un concordato personal. Entendiendo concordato aquí y en este contexto singular no como un acuerdo entre la Iglesia católica y un Estado como sociedad civil, sino como un acuerdo formal e intrínsecamente personal respecto a materias mundanas comunes -propias de la experiencia de vida individual- entre la dimensión espiritual de una persona y su dimensión más material como ser social. Lo cual requiere de una profunda revisión y ajuste de encaje íntimo de carácter periódico -pues la vida se rige sobre el principio de impermanencia heraclitiano (nada permanece nunca igual)-, de nuestra ascendencia espiritual (entendámoslo como reclamo o reivindicación álmica) respecto nuestro universo de creencias de cómo es y funciona el mundo.

Por lo que podemos afirmar, llegados a este punto, que para lograr la concordia intimam se debe partir de un concordato personal, el cual posibilita alcanzar un estado espiritual sano que nos conduce inequívocamente a la tan esperada paz filosófica o paz personal.

Asimismo cabe destacar que la concordia intimam, cuyo objetivo es la consecución de una vida en equilibrio interno entre los deseos y aspiraciones personales y las expectativas reales que nos ofrece la vida a través de nuestro entorno más inmediato (yo soy yo y mis circunstancias, como señalaba Ortega y Gasset), no solo es una vía que permite al ser humano como individuo trabajar en el conocimiento sobre sí mismo (Yo Soy), lo que le lleva a un camino de crecimiento, desarrollo y madurez personal próximo al estado de consciencia que denominamos felicidad (Ver: Conoce la fórmula de la Felicidad), sino que a su vez es una vía de trabajo activo que permite a la sociedad como colectividad humana centrarse en la equidad como valor moral indispensable de la justicia social de cualquier Estado democrático que se precie (en el sentido de la máxima del jurista romano Ulpiano de vivir honestamente, sin dañar a nadie y dar a cada cual lo que le corresponde).

Contrariamente, es patente evidenciar pública y privadamente que las personas que viven sin concordia intimam se caracterizan por tener una personalidad volátil (pues no saben en verdad quienes son), tienen un mundo emocional insalubre por voluble (pues ceden o regalan continuamente su voluntad a terceros), y protagonizan su existencia desde la carencia de la tan anhelada paz interior (por las tensiones que conlleva vivir en una desalineación crónica entre lo que se piensa y lo que se siente). Un perfil de personas, más común de lo recomendable por su manifiesta masa crítica social en la sociedad de mercado contemporánea, imposibilitadas de un comportamiento conductual equilibrado al no existir la autoridad de consciencia requerida para el equilibrio de opuestos en su propio mundo interior. Lo cual, extrapolado al ámbito colectivo, nos da como resultado axiomático un Estado -como modelo de organización de un espacio humano común- claramente carente de equidad y por tanto injusto socialmente. Pues si no existe concordia intimam en los ciudadanos de un país a título individual, ¿cómo esperar que pueda existir concordia res publica a título colectivo en dicho país?. Lo que nos lleva a concluir, a modo de proposición filosófica, que la justicia social pasa irremediablemente por la equidad personal: Sin concordia intimam no existe concordia res publica.

Una proposición ésta ciertamente difícil de resolver en un mundo multisocio-cultural e interconectado globalmente. Por lo que a falta de la concordia res publica, resulta poco inteligente no vivir desde la concordia intimam a título personal, ya que nadie vive la vida por nadie. Pues si bien la primera requiere como condición sine qua non de la segunda, no así ésta de la anterior.

Amig@, que la inefables incongruencias de nuestro tiempo no nos roben ni la voluntad ni la capacidad de alcanzar una existencia vivida desde la concordia personal.



Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano