martes, 17 de septiembre de 2019

Más humildad socrática y menos sinceridad diplomática


Vivimos en una sociedad en la que la sinceridad stricto sensu, considerada como un comportamiento carente de fingimiento de lo que un observador siente y piensa en verdad frente a una circunstancia, hecho u objeto observado, se considera una actitud social políticamente incorrecta. En su lugar, la moralina social contemporánea -entendida como falsa moral kantiana- solo acepta la denominada sinceridad diplomática, que no es más que engañar al prójimo de lo que uno piensa y siente ciertamente con el objetivo de cumplir con los cánones de buena convivencia aceptados socialmente por una comunidad cada vez más artificial por virtual y por ende profundamente superficial.

Asimismo, es curioso observar cómo la sinceridad diplomática está íntimamente ligada a un valor moral de marcada influencia judeocristiana: la humildad, entendida no como sumisión sino como ausencia de soberbia, es decir, como cohibición del trato de superioridad frente a terceros (Ver: Las dos caras de la Soberbia: vicio y virtud a elegir). No obstante, el concepto contemporáneo de humildad no siempre ha sido el mismo a lo largo de la historia de la humanidad, pues más allá de la carga conductual heredada a partir de la Edad Media, el viejo filósofo Sócrates en la Antigua Grecia consideraba la humildad como el derecho conductual propio de todo ser humano de reconocer públicamente su valía y a no rebajarse, humillarse, o desvalorizarse. Un comportamiento individual y social que se conoce como humildad socrática, y que trasladado a los parámetros contextuales de nuestra era podemos definirlo sin ruborizarnos como soberbia positiva, pues permite al hombre mostrarse fiel consigo mismo y respecto al resto del mundo sin perder el respeto por los demás. Una actitud propia de espíritus maduros psicoemocionalmente que personalmente me gusta denominar Autoridad Interna (Ver: Conoce la fórmula de la Autoridad Interna).

Así pues, la humildad socrática tiene su equivalencia en nuestro tiempo a la soberbia positiva, la cual -tal y como la definía Nietzsche, el mal denominado filósofo soberbio por excelencia- conduce a la honestidad absoluta con uno mismo, siendo una virtud elevada propio de hombres que se han superado a sí mismos. Por lo que, como podemos entender visto lo expuesto, en el espacio de la humildad socrática no tiene cabida la sinceridad diplomática, pues ésta es engañosa por esencia tanto para propios como para extraños.

Es por ello que siendo la sinceridad diplomática la norma conductual de nuestra época, resulta caricaturesco presenciar en nuestra sociedad personas que más que pedir exigen sinceridad de opinión frente a una hecho, circunstancia u objeto, cuando lo que realmente esperan es una reacción de sinceridad diplomática para retroalimentar su propio autoengaño sobre un imaginario particular. En caso contrario, si a dichos individuos se les enfrenta a la humildad socrática, el resultado es una catarsis personal transitoria derivada de un bajo nivel de autoestima (buscan la continua aprobación del entorno, a expensas de su propia personalidad singular, si es que saben cuál es) y de una carencia en materia de gestión emocional, principalmente respecto a la frustración ante unas falsas expectativas creadas, que puede abocar a la rotura de las relaciones interpersonales.

No obstante, cabe apuntar que cada cual tiene el derecho de nacimiento de creer en lo que haya decidido creer. Solo faltaría. Ya que nadie puede vivir la vida por nadie. Aunque ello no exime, por alusión directa al Principio de Realidad, de la nocividad social que representa el hecho no solo de normalizar la sinceridad diplomática, sino incluso de elevarla a categoría de valor moral positivo socialmente aceptada.

Construir una sociedad desde la normalización de la sinceridad diplomática es crear una sociedad superficial basada en el autoengaño a nivel colectivo, así como promover el desarrollo de personalidades de mantequilla (por inconsistentes e inmaduras psicoemocionalmente) a nivel individual. Aunque, visto por otro lado, no hay mejor sociedad maleable para los hombres que son lobos para los propios hombres -rememorando a Hobbes-, que aquella fundamentada en la sinceridad diplomática.

Para la buena salud de todos, más humildad socrática y menos sinceridad diplomática, por favor.


Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano