lunes, 30 de septiembre de 2019

La Profundidad marca la diferencia entre maneras de vivir

Arte callejero en latas de BCN. Foto: Esther

La profundidad es la distancia existente entre un objeto, que se sitúa por debajo del punto referencial, y su plano de referencia. Por lo que podemos decir que para que se dé la profundidad deben coexistir dos factores claves en el universo humano: geometría y percepción. Geometría, ya que la profundidad pertenece al mundo dimensional de las estructuras espacio-temporales; y percepción, porque dicha geometría -para que sea para un sujeto cognoscente- deber ser reconocida como realidad, ya sea ésta de naturaleza física o metafísica.

La naturaleza de la profundidad de tipología física la concebimos como un evento o suceso eminentemente físico, es decir, resultante de la correlación entre dos puntos espacio-temporales, que representan la suma total de ocho coordenadas en un sistema euclidiano (coordenadas que a su vez se pueden incrementar exponencialmente en un sistema cuántico o subatómico). Pero que al necesitar de la percepción como capacidad cognitiva del ser humano, ésta profundidad de naturaleza física puede desembocar en una percepción metafísica, ya que en la ecuación introducimos la variable compleja del mundo de las ideas.

En este sentido, imaginemos a una persona paseando por entre edificios en una calle estrecha de una ciudad. La estructura geométrica de la calle misma será percibida por la persona, desde un punto de vista puramente físico, como un espacio de profundidad derivado del efecto visual denominado como punto de fuga (las rectas de las paredes de los edificios y de las líneas de definición de la calle convergen visualmente en un punto proyectado en el infinito). Si la persona transita por dicha calle sin poner atención en su caminar, de manera automática, la profundidad del lugar no traspasará los límites de la realidad física. No obstante, si la persona atiende voluntariamente en consciencia a los estímulos mentales y sensitivos del lugar, la profundidad física puede evolucionar hacia una profundidad metafísica (propia del mundo de las ideas) tomando como referencia un punto de atención o estímulo subjetivo de la misma. Un efecto resultante del estado de una consciencia despierta o, más concretamente, de una actitud de consciencia presente, que es aquella que atiende a los pequeños instantes existentes por percibidos que configuran el presente continuo de la vida.

Mientras que la profundidad de naturaleza metafísica, tanto puede derivar de la realidad física como generarse independientemente de ésta. Pues la profundidad metafísica es esencialmente intelectual por pertenecer al mundo de las ideas. Y si bien éstas, las ideas, son una representación mental de conceptos concretos o abstractos, reales o imaginarios, de igual manera participan de la geometría al ser los pensamientos figuras con propiedades espacio-temporales, caracterizándose por sus estructuras neuro-lingüísticas interrelacinadas en puntos convergentes. Tanto es así que hasta el pensamiento abstracto o disruptivo no pueden sustraerse de la geometría matemática. Por lo que podemos afirmar categóricamente que todo proceso intelectual es, por antonomasia, un suceso de profundidad metafísica.

Expuesto lo cual, queda patente que la profundidad, como geometría y percepción física y/o metafísica, marca la diferencia entre maneras de vivir que tiene el ser humano. Por lo que encontramos personas que viven su existencia cotidiana desde una percepción geométrica de la vida más superficial, por eminentemente física; y los hay quienes por el contrario viven su mundana cotidianidad desde una percepción geométrica de la vida más profunda, por eminentemente metafísica (propio de inteligencias intrapersonales). Ambas actitudes conductuales, por otro lado, no pueden extraporlarse por equivalencia a planteamientos más o menos pragmáticos respecto al mundo material propio de la subsistencia individual en una sociedad de mercado (aunque existan connotaciones evidentes, pues el hombre no es un sujeto aséptico), sino que deben enmarcarse única y exclusivamente en la dimensión de la autorealización espiritual personal, con independencia de su utilidad social.

No obstante, no es menos cierto que aquellos seres humanos que viven su existencia desde la profundidad metafísica se acercan más al modelo de la trascendencia humanista a título individual. Así como, por devenir seres profundamente reflexivos por pensantes, representan un activo intelectual de valor colectivo inestimable para una sociedad que, ahora más que nunca, necesita analizar qué hacer consigo misma y hacia dónde desea evolucionar. Pues, por mucho que corramos por entre las calles estrechas de nuestras modernas ciudades hacia la conquista de nuevos horizontes futurables, ello no es sinónimo de una mayor calidad de vida. Más pensar para existir, y menos correr automáticamente para (mal) subsistir, por favor.


Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano