viernes, 27 de septiembre de 2019

El círculo vicioso de los políticos, en el que los ciudadanos quedamos excluidos


El modelo de organización de las democracias occidentales se sustenta, como todos sabemos, en un sistema de partidos políticos dentro de un Estado fundamentado en la separación de poderes (teóricamente, pues bien conocemos la teoría de los vasos comunicantes inherente a la naturaleza humana). Dichos partidos políticos, con independencia de su tipología de cuadros o de masas -propio de ideologías de derechas y de izquierdas, respectivamente-, en principio se catalogan como entidades de interés público creadas para promover la participación de la ciudadanía en la vida democrática y contribuir a la integración de la representación de los mismos a nivel estatal.

No obstante, a nadie se le escapa a estas alturas de la película que dentro de los partidos políticos cabe diferenciar tanto a los simpatizantes (de carácter más volátil y rotatorio) y a los afiliados (parroquianos con carnet) por un lado, como a los dirigentes de los partidos y a los candidatos a ocupar cargos políticos en la Administración Pública por otro lado, siendo éstos últimos -considerados popularmente como políticos profesionales (pues sus rentas de “trabajo” proceden de la vida política)- los que toman las decisiones políticas de facto en nombre del conjunto de la ciudadanía en un sistema de representación piramidal socioestadísticamente tan poco democrático como su propio sistema orgánico de funcionamiento interno (aunque este es trigo de otro costal).

Así pues, y atajando en el desarrollo argumental, nos encontramos que el actual modelo de organización de las democracias occidentales se sustenta sobre un grupo reducido (pero altamente costoso) de ciudadanos que han convertido la política en su profesión o modus vivendi. Lo cual nos conduce a una conclusión tan obvia como real: la motivación principal y objetivo último de los políticos profesionales es velar por su modelo de vida personal. Ergo, para poder mantener un modus vivendi que depende de la voluntad de terceros, los políticos deben ocupar su tiempo en ganarse dichas voluntades, cuya única vía en el mundo de las relaciones humanas dentro de una sociedad no es otra que convirtiéndose en proveedores de favores de tipo y naturaleza diversa. Y es aquí donde entra en escena y con especial relevancia el factor económico, ya que sin dinero los políticos no pueden financiar las partidas de sus millonarias estructuras de partido, de sus aparatos de propaganda y de sus campañas electorales que les permita acceder a cuotas de poder necesarias para gestionar favores. He aquí, por tanto, el círculo vicioso:

1.-Los políticos viven de la política.
2.-Los políticos, para vivir de la política, son dadores de favores.
3.-Para ser dadores de favores, los políticos necesitan dinero.
4.-Los políticos buscan dinero en el Mercado (sector bancario y empresarial)
5.-Los políticos deben favores al Mercado.
6.-Los políticos se aseguran continuar viviendo de la política.
7.-Los políticos vuelven a comenzar el círculo viciado sin fin.

Por lo que, la pregunta del millón no es otra de ¿a quién representan los políticos?. La respuesta es diáfana: a sí mismos y a aquellos a los que deben favores para garantizar la sostenibilidad de su modus vivendi (que es igual a señalar al Mercado). Una ecuación donde queda excluido el interés general, siendo lo mismo que decir que ponen en última posición de la lista de prioridades políticas las necesidades reales del conjunto de la ciudadanía, y siempre y cuando no les genere un conflicto de intereses.

No en vano, el economista Armstrong, en uno de sus últimos artículos sobre Capitalismo versus Capitalismo Híbrido, pone de manifiesto que la fortaleza de la economía China radica justamente en su liderazgo político no elegido que, en consecuencia, no necesita prometer “cosas estúpidas” (sic) para mantener el poder y así poder ejecutar sus líneas estratégicas de desarrollo social del país con planes a largo plazo.

Sin intención alguna de hacer apología del Capitalismo Híbrido chino, contrario a la cultura democrática humanista de nuestra civilización greco-romana, lo que sí que es evidente es que en los Estados Social y Democráticos de Derecho occidentales urge redefinir nuestro modelo de organización política a través de establecer nuevos controles y límites de gestión de la res publica, evaluación tácita de responsabilidades incluidas. (Ver: ¿Necesitamos a los políticos para velar por el bien colectivo versus el bien individual?). Lo que de paso afectaría de manera colateral pero con efecto directo a una necesaria redefinición de las reglas de juego del actual Mercado de libre competencia -en su omnipotente ascendencia sobre la sociedad civil-, objeto causal principal de las grandes desigualdades sociales existentes. Ya que en caso contrario, el actual modelo del círculo político vicioso en el que estamos inmersos hace inviable, como todos somos testigos y protagonistas en primera línea de afección, de cualquier planteamiento serio y diligente de gobernanza de un país catalogado como moderno por parte de unos políticos que, al fin y al cabo, no son más que servidores públicos como bien definía Platón.

Barcelona, a poco más de un mes de las cuartas elecciones generales
en los últimos cuatro años, en una España con grandes desequilibrios sociales.



Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano