miércoles, 7 de agosto de 2019

Ante una implosión del mundo personal solo cabe reconstruir la realidad


La vida suele transcurrir sin mayores complicaciones para la mayoría de las personas que habitan en su zona de confort. Aunque, en algunas ocasiones, una persona puede llegar a romperse interiormente -bajo parámetros psicoemocionales- , al verse sometida a una fuerza de presión de la vida mayor a la fuerza de resistencia o presión interior del propio individuo. Es entonces que se produce una implosión del mundo personal.

La implosión del mundo personal, que genera una explosión hacia dentro del ser humano, o bien acaba estallando creando -tiempo mediante- un nuevo efecto de retroexpansión que permite la reconstrucción de la estructura psicoemocional de la persona, o bien supera la propia explosión interna comprimiendo todo el mundo psicoemocional de la persona a un punto de nulidad cercano a cero, como si de la formación de un agujero negro interno se tratase. Está claro que en este segundo caso la persona queda rota interiormente, con las consecuentes manifestaciones de patologías psicológicas o incluso físicas resultantes, como puedan ser depresiones, shocks traumáticos, ataques cardíacos, etc. Mientras que en el primer caso, en el efecto de la retroexpansión para la reconstrucción de la estructura psicoemocional de la persona, ésta no solo debe de pasar por un profundo proceso de gestión emocional, sino también de redefinición de su esquema vital de creencias y de su escala de valores morales. Y es sobre éste segundo caso justamente que deseo centrar la presente breve reflexión.

Es evidente que en éste supuesto la implosión del mundo personal conlleva de manera inequívoca una causa de deconstrucción, por fuerza mayor, de la realidad del individuo que necesitará de una nueva reconstrucción, a posteriori, de la misma. Un proceso en el que cada persona, a título individual, necesita de un tiempo singular propio. Pues la deconstrucción por implosión de la realidad personal es equiparable a un apagón de la luz vital interior de un individuo, cuyo reencendido (en alusión metafórica) es directamente proporcional a la fuerza de la chispa vital del mismo. Y es que cuando se produce una implosión del mundo personal la vida deja de tener sentido, generalmente de manera transitoria, hasta que la persona vuelve a rearmarse psicoemocionalmente para volver a encontrar u otorgar un nuevo sentido a su propia existencia.

He aquí que nos hayamos frente a un proceso, no exento de duelo personal, cuya sanación pasa por tres estadios bien definidos: un primer estado de desapego hacia la realidad implosionada que ya no existe, un segundo estado posterior de aceptación de la realidad existente como resultante tras la implosión (principio de realidad), y un tercer y último estado de reconstrucción de los esquemas de la realidad personal sobre los fundamentos de la nueva realidad imperante por resultante.

Lo relevante de la fase de reconstrución de los esquemas de la realidad personal es que ésta afecta al universo de creencias del individuo, pues le obliga a replantearse tanto aquello en lo que creía que ya no es, como en aquello que a partir de ahora debe creer por ser. Y todo ello en relación a la vida como marco de referencia donde la persona se desarrolla como ser pensante y sintiente, que no es materia menor. Una redefinición de las creencias sobre la naturaleza y funcionamiento de la realidad que, asimismo, afectan como doble cara de una misma esencia al esquema de valores morales de las mismas creencias. Pues la deconstrucción y reconstrucción de una realidad humana es un fenómeno que implica indisolublemente la deconstrucción y reconstrucción de la estructura mental y emocional de una persona, y no existe pensamiento ni sentimiento sin carga moral. Y no hay que decir que en dicho tránsito, al tratarse de un proceso íntimo, personal e intransferible, la herramienta de la gestión emocional representa un valor inmensurable. Por lo que a mayor práctica en en materia de gestión emocional, mayor control psicoemocional tendrá una persona en un proceso de implosión del mundo propio, por refuerzo natural de la capacidad de resilencia del individuo. (Ver: Manual de la Persona Feliz, Tecnología mental para una buena salud emocional).

No obstante, no quisiera finalizar esta breve reflexión sin apuntar una verdad inmutable in saecula saeculorum como es que el tiempo es una gran medicina para la implosión de los mundos personales, y que el secreto para el tránsito exitoso entre la deconstrucción y la reconstrucción de una realidad humana personal no es otro que no perder de vista en ningún momento el centro de gravedad de todo ser humano: el sentido particular que otorgamos a la vida. Pues es justamente este sentido (de la vida) el que nos insufla las fuerzas necesarias para continuar viviendo el presente con plena capacidad para seguir reinventando el futuro de manera obstinadamente creativa. Ya que por encima de nuestro cielo perceptible, ya esté despejado o nublado, siempre brilla de manera inmutable el sol (nuestra luz). Aunque a veces nos empeñemos en autoconvencernos que ha cesado de iluminarnos. Y recordando, una y tantas veces como sea necesario, el hecho que, en verdad, la vida para que sea vida siempre implosiona desde el interior. Nihil novum sub sole!


Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano