viernes, 12 de julio de 2019

Vivimos rodeados de extraños

Ramblas de Barcelona

Nos hemos acostumbrado a vivir entre extraños. Paseamos por las ciudades cruzándonos de manera continua con personas que no solo no conocemos, sino que no nos importan. De hecho, damos por normalizado el hecho de convivir con y entre desconocidos. Algo que, por otra parte, resultaba incomprensible para las primeras comunidades humanas de antaño donde los lazos sociales eran fundamentales para la supervivencia de la colectividad.

Una de las razones actuales de la falta de necesidad por conocer al prójimo es que no requerimos -o al menos eso es lo que creemos- de una relación casi familiar con los miembros que forman parte de nuestra comunidad para garantizar nuestra seguridad personal y familiar, pues las relaciones sociales intergrupo las hemos suplido por un garante protector mayor al que denominamos Sistema, Mercado o Estado. Y ello es consecuencia, en parte, porque nuestras complejas sociedades contemporáneas están sobredimensionadas poblacionalmente, lo que nos resulta imposible conocer y relacionarnos con todos y cada uno de sus miembros; así como, suma y sigue el alto grado de volatilidad existente en el mercado laboral y la rotación en el flujo migratorio continuo de personas en un entorno global, los roles o aportaciones sociales que los diferentes miembros de la comunidad a título individual realizan sobre el conjunto del grupo como colectividad se nos presentan difusas e indefinidas por desconocidas.

Sí, vivimos en un hábitat humano percibido como seguro (relativamente) al amparo de la burbuja protectora del Sistema en el que nos desarrollamos como personas con categoría de ciudadanos de pleno derecho, mientras miramos asimismo de reojo y con cierto recelo -aunque sea inconscientemente- a la persona que pasa por nuestro lado en la calle, comparte fila de espera en la tienda, se sienta junto a nosotros en el metro o se sitúa a la par con nuestro vehículo. Pero ni nos importa ni nos preocupa, ya que desde que nacemos nos acostumbramos a los extraños, aunque sean partícipes de nuestra propia existencia. Lo cual no significa que, a causa del desconocimiento que acusamos los unos sobre los otros, mantengamos de manera latente un cierto instinto de alerta contra el extraño, eso sí en un educado -por correcta compostura- sentimiento de activa defensa directamente proporcional al grado de reconocimiento como igual una vez sondeados sus rasgos estéticos, ademanes externos y manifestación conductual.

Lo cierto es que si viviéramos en la era prehistórica de los primeros humanos, con independencia de que formásemos parte de los jomones japoneses, de los aleutianos rusos, o de los íberos o celtas ibéricos, no guardaríamos tanto la compostura -ni mucho menos- frente a un extraño, pues todo aquello que desconocemos lo percibimos en primera instancia y de manera instintiva desde tiempos ancestrales como un peligro potencial. Contrariamente, hoy en día, a falta de atacar, amenazar o salir corriendo impulsivamente, estamos educados por siglos de entrenamiento en el refinado arte de la convivencia con extraños mediante el pose normalizado de una indiferencia recelosa, evitando mayormente el contacto visual de unos con otros como si no existiera nadie más a nuestro alrededor en medio de las abastadas ciudades, pues la simple evasión al contacto de la mirada extraña lo significamos como una medida de protección de la integridad física personal. -Y es que el mundo, aunque aparentemente apacible, está repleto de peligros-, nos decimos continuamente. Un mensaje de autoprecaución que los medios de comunicación ya se encargan de recordarnos a diario con el relato de trágicas noticias, aumentando así de paso sus niveles de audiencia. (Ver: ¿Por qué nos atraen las películas de violencia, intriga y sexo? Y, ¿cómo nos afectan? y ¿Por qué existe la violencia?).

Este fenómeno sociológico (de raíz antropológica) provoca que las personas transiten en pleno siglo XXI llevando a cuestas su mundo particular con una adecuada distancia e indiferencia de seguridad frente a terceros, hasta el punto que unos acaban siendo invisibles para los otros y viceversa. Una individualización de la vida que, por ende, es promulgada como estándar de calidad de felicidad por parte de la denominada sociedad de consumo (Ver: La exaltación del Egoísmo: el éxito del Capitalismo).

Queda claro, pues, que el extraño no es más que una persona a la que no conocemos, cuyo desconocimiento activa un miedo primitivo, casi cavernícola, que nos predispone a un estado de alerta defensiva. Un miedo ya no inoculado pero si potenciado por un sistema de organización económica de libre mercado que obliga, a las diferentes individualidades que somos partes de la totalidad de una misma colectividad como sociedad, convivir de manera dividida. Y, en este sentido, no hay más que rememorar la máxima de Julio César: Divide y vencerás.

Aunque todo fenómeno tiene su reverso en un mundo dual, por lo que su lectura complementaria nos señala que el extraño -al fin y al cabo y soltando el lastre propio del miedo irracional-, no deja de ser más que una persona que nos queda por conocer. Y a quien conocemos, como bien sabemos, no solo se le pierde el miedo, sino que se crea un enlace abierto a una posible relación fructífera para ambas partes. Lo que en una constelación social representa un claro fortalecimiento de las partes que conforman el colectivo como comunidad. O, como mejor escribió el fabulista Esopo de la antigua Grecia: La unión hace la fuerza.

De extraños está repleto el mundo, aunque ciertamente más extraño es si cabe tanto la obstinación como la miopía del ser humano, en cuanto al aprovechamiento de suma de potencialidades comunes como sociedad se refiere. Pero no hay por qué extrañarse, pues en nuestra heredada sociedad de los ciegos el tuerto siempre es el rey. Y hasta que no sanemos nuestra apegada ceguera, permítanme continuar caminando por la calle tratando a mis semejantes desconocidos con cierto recelo en calidad de extraños, pues de los ideales utópicos al martirio solo hay un pequeño paso, y servidor solo tiene vocación de filósofo que no de santo.



Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano