martes, 30 de julio de 2019

Nadie está exonerado del precio que tiene que pagar por su propia libertad personal


Nadie está exonerado del precio que tiene su propia libertad. Una carga cuyo peso sobre los hombros de los hombres es directamente proporcional a la suma del peso de los bienes materiales que desea abarcar. Un deseo que, por otro lado, puede ser tanto de naturaleza voluntaria, como de naturaleza obligatoria por las sucesivas cuentas que se van añadiendo al rosario personal e intransferible de la responsabilidad moral de un individuo por social.

Sí, el precio para saldar la deuda contraída por nacimiento para adquirir con pleno derecho la libertad personal pesa. Una pesantez que no solo carga físicamente sobre las frágiles espaldas de los hombres, sino que sobremaneramente presiona como sargento con tornillo de apriete insaciable sobre las mentes humanas. Pues el precio en el mundo de las almas mortales se paga con dinero como moneda de canje, y el dinero exige -por imperativo legal y sin miramientos- unos plazos de pago in tempus, secuencialmente tan vertiginosos que sumerge al hombre en un continuo estado de pseudotrance propio del tempus fugit. Ya que en este contexto la vida se convierte en dinero y éste en tiempo, ergo la vida no es más que tiempo a pagar. (A imagen y semejanza del argumentario de la película distópica In Time).

Ante esta tesitura, para alcanzar la tan anhelada libertad personal el hombre solo cuenta con dos opciones bien definidas: o saldar el pesado precio del conjunto de bienes materiales que desea abarcar, el cual siempre tiende a agrandarse dentro de la lógica del bienestar en una economía de mercado, o bien reducir la necesidad de dichos bienes materiales hasta la mínima expresión con el objetivo de menguar el peso del precio de la libertad a pagar. He aquí la eterna dicotomía del comportamiento humano basculante entre epicureísmo (que bebe del hedonismo) versus estoicismo.

Lo cierto es que optar por la vía voluntuosa de saldar el pesado precio de unos bienes materiales (cuya valoración siempre al alza viene dada por el Mercado) como medio para alcanzar la libertad personal, no es garantía alguna de conseguirlo, por más empeño que la persona disponga. Pues como reza el versículo, muchos son los llamados y pocos los elegidos (un tema resbaladizo donde hay más suerte que meritocracia). Ya que el peso cada vez mayor del dinero acaba alargando el tiempo, y éste consume literalmente la vida de aquel que corre contra reloj para conquistar la libertad bajo el grito de guerra existencial del libertas capitur!, a menos que la diosa Fortuna le socorra antes que la esperanza se convierta en su propia trampa mortal.

Mientras que optar por la vía de reducir el peso del precio, como pago para excarcelar nuestra libertad personal, mediante la minimización de los bienes materiales abarcables, resulta siempre una medida de garantía de éxito asegurado. Como bien saben los ascetas desde tiempos inmemoriales. Aunque para ello se requiere una decidida actitud ya no de desapego al mundo material, sino de aprender a disfrutarlo en su justa medida, que no es otra que la que viene marcada por nuestras propias capacidades y oportunidades al beneplácito de los caprichosos hilos del destino. Pues no existe mayor sufrimiento que aquel que se deriva de obstinarse en lo inalcanzable. Ya que los sueños, como sabiamente versó Calderón de la Barca, sueños son. Y éstos, los sueños, son justamente uno de los grandes problemas de un mundo contemporáneo que mercadea con la ensoñación, aunque ésta es harina de otro costal.

Lo que es una evidencia es que el hombre nace con el derecho positivo a la libertad personal, y que solo él, exclusivamente él, puede transmutarlo en un derecho natural de pleno disfrute. Es decir, que el hombre nace con la prerrogativa de poder conquistar su propia libertad individual, y que de él depende en su libre albedrío de luchar o no por ella. Por lo que frente a la actitud de gravar el precio o de aligerarlo de cara al pago obligatorio previo para alcanzar la libertad, uno no puede dejar de preguntarse en cuál de los dos casos el hombre tiene consciencia y valora verdaderamente su libertad personal. ¿El que se desvive sin vivir, o el que vive sin desvivir?. La respuesta, a la luz de la razón y del eco de la paz interior, se muestra de manera diáfana.

Entonces, podemos preguntarnos, ¿a caso no existe punto medio entre ambos extremos?. La respuesta no pude ser otra que sí y no, por su complejidad. Sí que existe punto medio en cuanto la libertad personal, a fin de cuentas, no es más que un estado de consciencia con independencia del determinismo ambiental. Y no existe punto medio en cuanto dicho estado de consciencia es altamente inestable justamente por el mismo determinismo ambiental. No en vano, quien de verdad busca alcanzar la libertad personal acaba por mediar distancia con el mundo de las formas, desde que el hombre es hombre. Aunque éste es un lujo solo accesible para privilegiados, pues la sociedad, como si de la isla de Circe se tratase, ya se encarga de inmovilizar al hombre con resistentes embrujamientos de responsabilidad moral, emocional, económica y/o material.

Así pues, a quienes buscan el in medio virtus de la libertad personal desde la cárcel del mundo material de las formas, solo cabe esperarlos batallas internas continuas entre los espíritus epicúreos y estóicos dignas de las aventuras de Hércules. Aunque éste parece ser un mal menor para el hombre contemporáneo que, si por algo se caracteriza, es por su apreciable decantación hacia una descarada resistencia a la libertad individual.

En mi caso particular, como hombre basculante del montón que soy, hoy me decanto conscientemente y en pleno uso de mis facultades mentales por el estoicismo para acariciar mi inestimable libertad personal, sabedor que la filosofía es más importante que la religión del materialismo, que el sentido y la finalidad que tiene un hombre en su Yo Soy es lo más importante de la vida, que todo ser humano está limitado por un destino incontrolable, y que la conducta correcta de una persona en cuerpo, mente y espíritu es posible únicamente en el seno de una vida tranquila evitando perturbaciones del alma. Una actitud estoica para tiempos convulsos, gintonic en mano y pipa en boca. Sic fiat!



Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano