viernes, 26 de julio de 2019

La triple naturaleza sustancial de la espera


Hoy me toca esperar, al igual que ayer y anteayer. De hecho, fumando (en pipa) espero, como cantó la acrtriz española Sara Montiel en la película “El último cuplé”. Lo cierto es que la espera resulta siempre tediosa, pues es un estado tenso -dependiendo del grado de interés y apego personal que suscita el objeto esperado- a camino entre la acción o resolución y la pasividad o descanso. La espera es ese tiempo indefinido e interminable del paso de las manecillas del reloj entre segundos, minutos u horas. La espera es un agujero insondable en el continuo del tiempo, donde el mismo tiempo parece dejar de existir por relantización absoluta de su movimiento. Pero, más allá de cómo definamos subjetivamente la espera, ¿qué podemos esperar de ella?; y, más aún, ¿cuál es su naturaleza?.

El viejo filósofo Kant, en su famosa obra “Crítica del Juicio”, afirmaba que de la espera sólo se pueden esperar tres cosas: la felicidad, el triunfo del bien, y la paz perpetua, como no podía ser de otra manera como precursor del idealismo alemán que era. Sobre la base que en la naturaleza no existe la finalidad, pero que aún así el hombre necesita pensar en la finalidad de sus acciones. Un postulado cuyo fondo comparto personalmente (Ver: La vida no tiene sentido si no se la das tú), pero no así en sus conclusiones sobre la finalidad de la espera en sí misma. Ya que sus reflexiones filosóficas se basan en juicios teológicos, una postura nada recriminable desde una mirada retrospectiva comprensiva hacia un contexto de la ilustración prusiana del siglo XVIII en plena expansión del protestantismo.

No, amigo Kant, de la espera tanto se puede esperar, como consecución de una situación, circunstancia o hecho, la felicidad como la infelicidad, el triunfo del bien o el triunfo del mal, así como la paz perpetua o temporal como la guerra eterna o temporal. Pues el hombre, más allá de su propia voluntad de proyectarse sobre un plano idealista, vive en un plano realista. Y en el dominio físico de las formas, la resolución de la espera viene determinada tanto por la suma de historias o acciones de la persona como sujeto de la espera, como de los determinismos y condicionantes de su entorno, con independencia total del tipo de moral aplicada en cada caso. Por lo que se puede afirmar que la espera conlleva una naturaleza resultante potencialmente incierta del objeto esperado, por situarse por antonomasia fuera de nuestro control en términos absolutos. No existiendo más espera certera que la propia muerte.

Una vez resuelto el hecho de que de la espera tan solo podemos esperar incertidumbre, veamos cuál es su naturaleza desde un enfoque ontológico. En este sentido, podemos apuntar que la espera tiene una triple naturaleza:

La espera como esperanza. En esta primera dimensión de su naturaleza existe una correlación, con fundamento real, entre el significado del sujeto que espera y el significante del objeto esperado. Entendiendo los elementos del fundamento real como la previsión de una resolución posible en términos estadísticos. En este caso, la esperanza como naturaleza de la espera se enmarca dentro del ámbito psicoemocional de los pensamientos positivos.

La espera como ilusión. En esta segunda dimensión de su naturaleza existe una correlación, sin fundamento real, entre el significado del sujeto que espera y el significante del objeto esperado. Entendiendo los elementos del fundamento irreal como puras creencias imaginativas sin correspondencia alguna del mundo de las ideas en relación al mundo de las formas. En este caso, la ilusión como naturaleza de la espera se enmarca dentro del ámbito psicoemocional tanto de los pensamientos positivos como negativos.

La espera como plena incerteza. En esta tercera dimensión de su naturaleza no existe correlación alguna entre el significado del sujeto que espera y el significante del objeto esperado, pues si bien existe sujeto y objeto de la espera, no existe ni significado ni significante de los mismos. En este caso, la plena incerteza como naturaleza de la espera se enmarca dentro del ámbito psicoemocional tanto de los pensamientos positivos como negativos.

Así pues, observamos que la espera tiene la triple naturaleza de la esperanza, la ilusión y la plena incerteza, las cuales se manifiestan de manera conductual en un individuo dependiendo de la capacidad en materia de gestión psicoemocional del mismo frente a la acción de la espera. En este sentido, si bien la actitud conductual no forma parte de la naturaleza stricto sensu de la espera, no podemos obviar el determinismo que ésta ejerce sobre la espera en sí misma, ya que si bien la influencia del comportamiento individual es ajeno sobre su sustancia (lo que es la espera como naturaleza), sí que puede influenciar sobre su accidente (cómo se manifiesta la espera de manera subjetiva en el individuo), en términos clásicos aristotélicos. En este sentido señalaremos, pues, que la espera como sustancia forma parte del ámbito ontológico, mientras que la espera como accidente forma parte de ámbito psicoemocional.

Y, llegados a este punto, si tuviéramos que caracterizar la espera como accidente, cuya ascendencia cabe remarcarse como profundamente psicoemocional, deberíamos recurrir al amplio espectro del orbe emocional que va desde una actitud (manifiesta o no) de indiferencia hasta el deseo más exultante, pasando por el punto medio que es la templanza. Una manifestación, subjetiva y singular por individual del comportamiento de una persona frente a la espera como accidente, que viene condicionada, en cada caso particular, por determinismos biológicos, ambientales o culturales, y psicológicos, donde queda patente la calidad y madurez del mimbre del que está hecho cada ser humano.

No obstante, con independencia de la triple naturaleza sustancial de la espera, todo individuo debería aprender a enfrentarse a la espera bajo una actitud de templanza -aunque en ello nos lleve nuestro esfuerzo personal-, pues no hay nada inteligente en avanzarse en malgastar energías vitales innecesariamente, ya sea en un sentido positivo o negativo, por un futuro que aún no ha llegado. Lo cual nos aleja del momento presente que es la vida. (Ver el concepto de templanza en la Fórmula de la Autoridad Interna).

Y con templanza y esperanza, fumando (en pipa) aun espero la resolución final de mi espera, mientras acabo de perfilar ésta breve reflexión cuyo entretenimiento me ancla en el presente continuo de mi fugaz vida. Alea iacta est!


Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano