viernes, 19 de julio de 2019

La agresión sexual, de preocupantes síntomas de sociabilización, es una cuestión de Estado


El reino de la razón sobre los instintos parece estar en uno de sus momentos más bajos, a la luz de los continuos casos de agresión sexual que copan portadas en los medios de comunicación de nuestra “desarrollada” sociedad. Y en este punto, no me dejaré arrastrar por el superfluo debate jurídico entre abuso y agresión sexual, pues para entendimiento de la Ética -que es lo socialmente sustancial- ambos conceptos tienen la misma baja catadura moral.

Para poder llegar a entender una actitud humana tan aberrante como es la agresión sexual, por atentar contra la libre voluntad, el respeto a la intimidad y la dignidad de las personas, debemos diferenciar entre su continente y su contenido. En este sentido, entenderemos como continente de la agresión sexual a la sociedad, quien define la estructura cultural en el ámbito de la exaltación de los sentimientos, y más específicamente en la relación existente entre deseo y placer. Y entenderemos como contenido de la agresión sexual tanto al individuo en sí mismo en concepto de autor, como a sus círculos sociales más allegados, como son el entorno familiar y el de amistades en concepto de cooperadores necesarios activos o pasivos, que en la suma definen de facto el uso de los valores de la experiencia moral en la relación manifiesta entre deseo y placer.

Obviamente, al referirnos a la agresión sexual como fenómeno sociológico, tanto su continente como su contenido parten de un marcado rasgo característico esencial, que no es otro que el uso indebido del placer carnal. Lo que nos aleja del elevado concepto clásico de la chresis aphrodision griega que aboga por el uso adecuado y en su justa medida de los placeres sexuales, en una clara vocación humanista por trascender al hombre de su naturaleza primogénita animal. Un hecho que nos delata a priori que tanto en la sociedad como continente, como en el individuo, la familia y las amistades como contenido de la acción sexual indebida, existe una distorsión conductual -y de posible hábito ya normalizado- de la gestión adecuada del placer, en términos de correcta oportunidad social, y de dominio y de templanza psicoemocional de los instintos más básicos a nivel personal. Por tanto, podemos afirmar que:

1.-Si la sociedad define la estructura cultural de la relación entre el deseo y el placer, y la sociedad se nos muestra como continente del fenómeno de la agresión sexual, ello significa que la sociedad está promoviendo -por acción u omisión- un conjunto de creencias, costumbres y hábitos temporales, por contextualizados, que favorecen la distorsión de los principios conductuales de las personas en relación al deseo y al placer. Siendo una de las causas principales la inmersión de las sociedades contemporáneas en la cultura del consumo exacerbado de experiencias de alto grado sensorial, dentro de la lógica comercial de una economía de libre mercado, que retroalimenta la adicción a una filosofía social fundamentada en el hedonismo: la convicción de la existencia individual como medio de obtención y disfrute de los placeres de la vida con carácter inmediato y elevado a la categoría de fin superior.

2.-Asimismo, si el individuo, la familia y las amistades definen el uso de los valores de la experiencia moral en la relación entre deseo y placer, y dichos actores se nos muestran como partes relacionadas en el contenido del fenómeno de la agresión sexual, ello significa que individuo, familia y amistades están promoviendo -por acción u omisión- una escala de valores morales temporales, por contextualizados, que asimismo también favorecen la distorsión de los principios conductuales en la relación entre deseo y placer. (Lo que Nietzsche calificaría como moralina). Siendo las causas principales tanto la influencia directa por inmersión de la filosofía hedonista, derivada de la sociedad como continente, como la dejación o defecto de responsabilidades en materia de educación moral -en términos de deberes y obligaciones-, tanto del entorno familiar como velador de un correcto comportamiento sexual de sus miembros, como del individuo como autor principal potencial de una acción sexual, como del círculo de amistades de éste como validadores de sus actos.

Como podemos deducir a la luz de lo expuesto, continente y contenido forman parte de una misma naturaleza que se retroalimenta en doble sentido, donde estructura cultural y valores morales convergen dando como resultado un tipo conductual concreto objeto de la presente reflexión: la agresión sexual. Y cuya responsabilidad recae en todas las personas que conformamos una misma comunidad social, pues todos somos a su vez continente y contenido de manera indisociable.

La parte positiva es que la agresión sexual, por ser una manifestación conductual, se puede corregir social e individualmente con el objetivo de que la práctica de los placeres sea sometida a un uso personal y social adecuado, mediante la inestimable y últimamente denostada herramienta de la educación. Educar en el justo momento y medida de la práctica de los placeres carnales, desde un enfoque de la chresis clásica, no solo es educar contra la agresión sexual, sino que a su vez representa educar en valores como el uso correcto de la libertad personal y el respeto a la dignidad hacia terceras personas, que son elementos nucleares de la tradición humanista occidental. Y seguramente, justamente la mala praxis de la libertad personal -por un sistema educativo familiar y social deficiente-, junto a una exaltación del individualismo propio de la sociedad de consumo, ha desencadenado en una cultura generalizada por la falta de respeto hacia el prójimo que, llevada a sus extremos en el campo conductual del deseo y el placer, han acabado generando el preocupante panorama actual de registro masivo de casos de agresión sexual.

Asimismo, y en sentido contrario, no educar contra la agresión sexual desde sus propios resortes fenomenológicos representa, por un lado, crear un estado de inseguridad y de consecuente alerta social -como comienza a ser patente en nuestras ciudades-, y por otro lado, normalizar la cosificación de la persona objeto del deseo hasta el punto de convertirla en un bien de propiedad personal temporal sujeto a los caprichos del agresor o agresores. Pues no hay que pasar por alto el gravísimo fenómeno actual de la agresión sexual, de rabiosa actualidad, que ha pasado de la acción individual esporádica de antaño -fruto de personas con patologías sexuales bien definidas- a convertirse en un rol excesivamente común de entretenimiento de ocio grupal por parte de sujetos jóvenes en edad. Es decir, la agresión sexual comienza a tomar ciertos tintes de sociabilización en ciertos estratos poblacionales.

El reino de la razón sobre los instintos es lo que nos trasciende como seres humanos, mientras que el imperio de los instintos sobre la razón nos subyuga al mundo animal, un escenario éste donde el concepto de civilización no tiene cabida. Pero aun siendo civilizados, ¡ay del desgraciado que transgreda en mi ámbito familiar más íntimo la libertad y el respeto carnal!, pues es mi despertará al más feroz de entre los animales feroces. Por lo que a falta de que nos transformemos en animales salvajes los unos con los otros, procuremos devolver los principios rectores del humanismo a las agendas de Estado. No permitamos -pues es responsabilidad de todos- que la máxima de Hobbes del hombre es un lobo para el hombre, ahora convertida en premonición de expectante cumplimiento, se normalice en nuestra sociedad contemporánea.


Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano